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[RP] Nubes de Tormenta

Nicolino


Comenzaba el verano, y una cálida brisa soplaba en Xàtiva, y los rayos del Sol, intenso y brillante, acariciaban los tejados del Palau de los Borjas , filtrándose a través de los amplios ventanales en el despacho de Nicolás. Este, dubitativo, abría y cerraba unos libros, leía otros, anotaba en pergaminos y amarillentas hojas encuadernadas algunas palabras, y tachaba otras. Fechas y números se mezclaban en aquellos registros que sólo el podía entender la mayoría de las veces.

Y no eran solo registros, sino que nombres de personas, cartas y leyes. No podía llamársele jurista, como otrora pudo decirse, y solía preferir el campo abierto que recluirse su despacho para resolver tan menesterosos, pero sus planes tenían que pasarse al papel, y las normas que guiarían sus proyectos, transcribirse, así como toda norma civil, comercial o militar, que debiera darse a Valencia, solía pasar por aquel escritorio. Su suegra, ahora Reina, confiaba en él, y él sirvió al Reino de esa forma, también cuando fue Presidente de las Cortes.

Mas también servía a su hacienda. Junto a su esposa, y a las propiedades que tenían reservadas para sus hijos (y que algún día pasarían a ellos), su patrimonio conyugal incluía cuatro trigales, dos maizales, un campo dedicado a la cría de cerdos, un molino que se erigía entre esos cuatro trigales, y una panadería en la calle del mercado. Y la administración de todo aquello, no era cuestión sencilla, y debía emplear un escribano, que sí podía considerarse jurista, que le sirviera de ayuda para llevar la contabilidad de las cosechas, su producción y dónde estaba ahora mismo cada escudo que utilizaban en emplear trabajadores, poner en venta las carcasas, fabricar harina y amasar y vender el pan.

Eso era lo que revisaba ahora mismo, viendo el tiempo de la cosecha cercano. Las cuentas no quedaban como había previsto, y cinco sacos de harina habían desaparecido de dónde deberían estar. Además, debía revisar cómo crecían las cosechas.

Se puso de pie dejó la pluma y cerró los libros de la contabilidad. Tomó el manto de lino que había colgado en una de las sillas de su despacho, y se encaminó hacia la puerta, chocando con su esposa.


-Esposa mía, puede que regrese al anochecer-aún era temprano, plena mañana- Cuidad a los niños, iré a revisar como marcha todo en nuestros campos en las afuera de la ciudad.

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Ederne_bp


Los días habían pasado raudos y las molestias, propias, posteriores al parto, habían desaparecido, poco a poco y con ayuda de las doncellas había organizado mis tiempos y por fin la noche anterior había descansado merecidamente, mis pequeños hijos habían despertado solo dos veces exigiendo su alimento y como bien había prometido los había alimentado turnando mis pechos hasta saciarlos, luego las doncellas se habían ocupado del resto del trabajo y dormi como un ángel. Solo desperté inquieta un par de veces extrañando el cuerpo de mi esposo que hasta aquel día, ocupaba la habitación contigua, dejándome el tiempo y espacio para recuperarme por completo, le extrañaba sobre manera, el calor de su piel y porque no decirlo, sus mimos y caricias.

Al alba desperté y acudí nuevamente al cuarto de mis hijos, y para cuando termine de darles su leche, vestirlos, mimarlos y admirarlos, ya mi esposo se encontraba trabajando.

Le extrañaba de tal forma, que baje las escaleras para invitarle a dar un paseo por el jardín, quizás luego podría incluso convencerlo de compartir conmigo y los niños algunas horas.

Al llegar al despacho, me encontré con el cuerpo de mi esposo, chocando contra él. Tras una sonrisa, el Borja me informo
-Esposa mía, puede que regrese al anochecer Cuidad a los niños, iré a revisar como marcha todo en nuestros campos en las afuera de la ciudad.


¿Solo? - fue la primera pregunta, no pude asimilar todo de una vez, por lo cual le empuje débilmente hasta el interior del despacho.

Venía a proponerte otros planes, mi amor
- le dije coqueta, acercándome a él, con decisión mientras jugueteaba con mis dedos por la chaqueta y le sonreía tímidamente.

¿Por qué no me llevas contigo, amor? quizás pueda... serte útil - le susurre al oído-

Claro estaba que no tenía una sola intención de que Nicolás trabajase ese día, necesitaba un poco más cerca a mi esposo y lo conseguiría. Hasta ese momento, jamás había fallado mi forma de convencerle, y cierto era que aquel día, no sería el primero.

Anda, ¿qué puede ser tan importante como para que lo dediques a cosechas? - dije posando mi boca cerca de su oído - disfruta una tarde conmigo, me tenéis algo abandonada esposo, aquello me entristece sobremanera.

Los ojos de Nicolás no mostraban atisbos de convencimiento, pero mi mirada era suave y coqueta, aquello, seria pan comido

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Nicolino


La Berasategui erraba, para nada sería fácil. El Borja ya había decidido, y si había sido decidido, debería darse por hecho. El de Xàtiva no cambiaba sus decisiones pasara lo que pasara, incluso si se le lograba convencer de que se equivocaba, no lo admitiría y seguiría adelante. Retractarse le hacía correr el riesgo de parecer débil y era un riesgo que no estaba dispuesto a asumir en ninguna circunstancia. Y ahora, su esposa se interponía en su camino, e interponerse en el camino de un toro, podría resultar en ser embestido.

-Esposa
-comenzó a decir, frunciendo el ceño cuando ella le bloqueó el camino- He dado mi palabra, y prometí estaría allí. No sería conveniente que evadiera mis obligaciones, mas aún tratándose de algo de tanta trascendencia como en este caso.

"Me tenéis algo abandonada esposo, aquello me entristece sobremanera. ", había dicho su esposa. Aquello en cierta forma le molestaba. En ese momento, debería la haciencia de la familia, no solo la suya, y esa era la fuente de los lujos que podían darse y el mantenimiento del Palau. No poseía heredades ni tierras más que aquello, por más sangre noble que pudiera decir tener. Y el, si no se interesase por tales asuntos, estaría faltando a su deber con sus hijos, quienes vivían de ese sustento, y le sucederían en sus posesiones. Cometía una falta contra ellos si se dedicaba al ocio. Y Ederne también tenía obigaciones para con Antso y Aleida...

-Tampoco entiendo el sentido de vuestros reproches. ¿No he sido un buen marido, os he defendido siempre y amado con entrega total?. ¡No tenéis derecho a echarme en cara nada!.-dijo, subiendo su tono de voz, indignado...

-Más aún, debéis cuidar de nuestros hijos. No podéis dejarlos abandonados a su suerte en el Palau mientras vagamos por los campos. Y mis asuntos son de singular seriedad. No os necesito allí, así que os quedaréis aquí.-comenzaba a utilizar el imperativo. Aquello era un error.

-Ahora dejadme pasar. No puedo seguir perdiendo más tiempo en sinsentidos.-nunca se habia enojado con ella, pero ahora, quizás en parte por la reticencia del enfado debido a las bolsas de harina desaparecidas, la apartaba bruscamente de su camino.

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Ederne_bp


Mis colores pasaron del blanco papel, al rojo furia, pero ¿que se creía el Borja? ¿Que se había casado con una simple esposa abnegada que se dedicaría a criar hijos siendo relegada a una habitación? - que equivocado estas - susurre sin apenas mover los labios, mas para mí misma que para sus oídos.
Elevé el mentón y le mire digna, la furia podría haber explotado si no hubiese recordado como mantener mis sentimientos tan dominados durante tantos años. Si pensaba que lloraría o me sentiría disminuida por su altanería, estaba muy equivocado, eso estaba por verse.

-Ahora dejadme pasar. No puedo seguir perdiendo más tiempo en sinsentidos - un aire helado paso por mi lado. Y mis cabellos se mecieron con su paso y mi movimiento siguiendo su caminar.
No me moví de mi lugar, mas si gire mi cuerpo y el sonido de las botas de Nicolás sobre la alfombra y el roce de mi vestido en el movimiento fue todo lo que se escucho hasta que hable - Si piensas que con tu porte de señor y tu voz elevada me vas a intimidar, es que no me conoces, Borja - le dije sin elevar mucho la voz, pero si en tono decidido.

Se giro y le mire el perfil pincelado y serio que me ofreció cuando detuvo su andar, se me corto la respiración una fracción de segundos, paralizada por un amor que me conmovía mas allá de todo lo que sucedía en ese preciso momento. Continúe hablando dando por supuesto que el entendería el mensaje.
No te pido permiso para acompañarte, estas tierras, para tu fortuna o tu desgracia, son tan tuyas como mías, y si en ellas hay un problema, no es solo tuyo, sino nuestro, así juramos ante el Altar, estar en lo bueno y lo malo, pero me temo que lo habéis olvidado o tenéis un leve problema de memoria – use toda mi ironía en aquellas palabras y luego agregue - mi deber también es estar en ellas.
Como bien dices - continúe sin alterarme demasiado aunque aquello se volvía cada vez mas imposible de realizar, pues su cara no demostraba ni sorpresa ni ninguna señal de que mis palabras le afectaran, más bien parecía que le hablaba a una pared, pues ni un pestañeo ni un asomo de duda o culpa definí en el- debo cuidar a mis hijos, y no puedo dejarlos a su suerte en este Palau, pero son tan tuyos como míos, bien podrías quedarte tu a cuidarlos si así lo deseas.

El rostro del Borja se puso tenso cuando se giro a mirarme ante aquella afirmación, atónito, pero no le di oportunidad de decir algo.
Iré, lo quieras o no, si así lo deseas puedes largarte antes a los trigales y obviarme de tu propia vida, pero allí os daré alcance – tome un respiro y agregue - o bien puedes esperarme en las caballerizas e ir pidiendo arreglen mi caballo para acompañarte. No fue un Berasategui quien me domino, y juro por el Altísimo que no lo hará un Borja. – aquello no era una afirmación a la ligera, durante mis años vividos en Benicarlo, mi padre, mis hermanos y cuanta institutriz me educo, intento dominar mis impulsos y hacerme recatada, jamás me doblegue, jamás soporte que se me tratase como no quería, siempre me sentí con el libre albedrio de elegir que hacer en mi vida, buen Dios, siempre había sido yo quien definiera mi voluntad y aun con lo enamorada que me sentía de Nicolás, no podía soportar que él quisiera imponerme su voluntad, aquello, no lo podía aceptar.

Mis últimas palabras fueron acompañadas por mis pasos que pasaron justo por su lado abriendo la puerta y subiendo a las habitaciones donde, podría relajar mis músculos mientras cambiaba mi traje al de montura.
Aunque jamás me había enfrentado así con Nicolás y quizás en otras circunstancias habría sentido alegría por mi altivez, esta vez un profundo dolor en el pecho me acompaño, sentía los ojos inundados de lagrimas que me negué a dejar salir.

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Nicolino


Normalmente, cuando se enojaba, resultaba pasional y osado, a veces hasta vulgar. Maldecía en lo alto, y liberaba su ira. Aquello era lo típico cuando fallaba en algún asunto de Estado, era traicionado, o daba órdenes en el campo de batalla. Sin embargo, en esa ocasión, era gélido, firme, distante, y había reprimido, hasta la supresión, cualquier tipo de respuesta. No podía saberse si aquello era mejor o peor que lo otro, o era una reacción de mayor o menor importancia, pero la cuestión es que jamás demostraría violencia con su esposa.

Apretó los puños y se alejó, dando pasos largos y sonoros, mascullando confusas palabras entre dientes. Para él, ya no había nada más que discutir. Decidió iría ya mismo a los establos, ensillaría su caballo, y partiría cuanto antes hacia las afueras de la ciudad, sin más preámbulo. Ya había retrasado demasiado sus asuntos y perdido suficiente tiempo. Demasiado tiempo, diría, para sumarle más culpa a Ederne, pues segun él era toda suya y de nadie más.

Y así fue. Acarició las crines de su animal, respiró profundamente, y liberó el aire en su suspiro, casi un bufido. Puso un pie en un estribo, y subió a lomos del corcel. A su diestra estaba Taronja, el caballo de Ederne, con quién él mismo había corrido en Castilla, y que le había obsequiado a su esposa hace ya unos meses. Y casi materializándose su pensamiento, apareció encaminándose hacia las caballerizas la propia Berasategui, en sus ropas de montar, que le recordó una aciaga noche en Benicarló...

...sacudió la cabeza, e intentando apartar cualquier contradicctorio pensamiento de sí, y partió de allí al galope, dejando atrás toda imagen que le atara al Palau. Al alejarse más y más, pasó del galope al trote, y del trote al paso. Esperaba que cabalgar le ayudara a sentirse menos tenso. No era un largo viaje el que le deparaba, más que recorrer la ciudad hasta los campos lindantes, algo alejados de la sombra de las murallas de Xàtiva. Atravesó las puertas, y elevó la mirada al cielo. Una bandada de vencejos sobrevoló el cielo despejado, y se perdió en el horizonte, mientras él continuaba su camino.

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Ederne_bp


No había nada de sutil y suave en los modales que use cuando metí medio cuerpo en el baúl en busca de mi ropa de montar. Por sobre mi cabeza saltaron faldas, medias y todo aquello que estorbaba, mi fin estaba al fondo del baúl y de allí, saldría.

La rabia contenida y las ganas de mandar mas de algo, o alguien al diablo, lograron lanzar los botones del vestido que llevaba por toda la habitación, dejando solo el corsé, me puse la camisa y el pantalón negro, al menos, en el corto tiempo había recuperado mi figura, aunque la camisa negra no logro ser abrochada en sus primeros botones, sino desde el cuarto hacia abajo - bien, al menos no se me escapara nada de aquí.

Tome mi cabello en una coleta justo cuando una de las doncellas hacia ingreso con el rostro sudado a mi habitación.
Voy - comencé diciendo sin mirarla mientras me colocaba las botas – a salir con el señor a ver un problema en los trigales, cuidad de mis pequeños hijos en mi ausencia, volveré en unas horas para darles su alimento – acomode mis pantalones y cogí la capa – avisad a Montserrat que estaremos de regreso para la cena y que tenga todo dispuesto, seguro volveremos con apetito.
La muchacha asintió y casi inaudible dijo – muy bien señora

Cuando llegue a las caballerizas, Toronja estaba preparado y Nicolás ya montado sobre su caballo, el giro la cabeza y me miro con una ceja arqueada y una expresión de arrogante desprecio en la cara.
¿Cómo se atrevia a mirarme así? A mí?
Herví de furia. Pero qué cosa más temeraria, desconsiderada, estúpida!
Sin decir palabra me monte sobre Toronja, con la mayor dignidad posible
Cuanto tiempo tendría que soportar esa situación insufrible? Que me ignorase como si no existiera en ese mundo del que él pretendía apartarme, confinándome a una simple ama de casa?.
Nicolás avanzaba al galope y aun cuando desde que habían nacido los pequeños era primera vez que montaba no me iba a ir al trote ni mucho menos de paseo. Espueleé a Toronja y este respondió avanzando a gran velocidad hasta quedar a la par de Nicolás.

Jamás me vuelvas a dejar relegada! – Dije con el aliento agotado – no tenias que molestarte en esperarme – no le mire, pero le vi de reojo su rosto serio y malhumorado.
Redujo el galope a un trote y por ende hice lo mismo con Toronja, el viaje se hizo en un silencio que solo era interrumpido por los cascos de ambos caballos.
Pronto llegamos a destino, los trigales estaban ahí a nuestro alcance y los empleados sacaban sus sombreros a nuestro paso.

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Nicolino


La luz del Sol convertía a los trigales en un mar de color oro y ocre, listo para ser cosechado, y hacía desprender de las espigas destellos áureos, resplandecientes. Y el mediodía parecía deparar una tarde calurosa. El brillo del Sol era cegador, y se reflejaba en cada hoz y guadaña del campo. Recordó entonces de que con tanta prisa, había olvidado su bota de vino, y pronto empezaría a tener sed. Tendría que acercarse a algún pozo para beber, y contentarse con agua siempre que la hallara.

Y eso también era culpa de su esposa. Poco más, la culparía también del calor y de la falta de viento, que era sólo una leve brisa que hacía ondear el trigo levemente. Y más aún, cuando se volteó, se vio perseguido por ella.-¿Qué, al final hizo como dijo y decidió seguirme?¿Cuánto más va a torturarme?-murmuró. Aquello ya era demasiado, y no podía huir. Se resignó. ¿Por qué siempre ganaba?. A pesar de la discusión y de que no deseaba saber más de ella, por lo menos por hoy, le había acompañado, y por la fuerza tendrían una tarde juntos.

Ella le habló, jadeante por el galope. El Borja, no respondió, internamente negándose a decir algo hasta que se le diera la razón. Tampoco la miraba. Sus fríos ojos glaucos solo miraban hacia adelante, obviándola, y obviando a todo lo demás, arados, caballos de tiro y cualquier otra cosa a ambos lados de sí. En aquel momento no le importaba nada más que él mismo, lo demás bien podría desaparecer ante sus ojos, que no se inmutaría. Tan así fue, que sus ojos no vieron cuando fue que de repente el cielo se ennegreció, plomizo y oscuro, anunciando un diluvio.

Sólo le hizo volver al mundo real, rompiendo con su ensimismamiento, un relámpago que cortó el firmamento, y el fuerte trueno que le sucedió, sonido metálico y estruendoso. Llovía a mares, y desde el momento en que la lluvia, gotas frías y gruesas, se precipitaron sobre ellos, quedaron inmediatamente empapados ambos. Espueleó a su caballo, apresurándose lo más que podía, escuchandose el chapoteo de sus cascos contra el fangoso camino, hace unos minutos tan seco...


-¡Ederne!¡Rápido!¡Al molino!
-rompió con el silencio, señalando el único lugar dónde podrían tener refugio.

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Ederne_bp


Así que pensaba ignorarme el resto del viaje y el resto de la tarde y quizás el resto de la vida! – Aquellos pensamientos fueron elevando mi furia - si pensaba ignorarme, no le daría en gusto, pues tendría toda una vida para soportarme – si él deseaba ignorarme, no sería yo quien le dirigiera la palabra, me enteraría por los empleados cual había sido el problema, total jamás había sido tonta para no comprender que pasaba, aquello se volvía un verdadero desafío de voluntades, y hasta ahora, nadie con su sano juicio intacto me había desafiado ignorándome.

Pronto descubrí de que iba todo el asunto y cuál era el verdadero problema, Nicolás por fin descargaba su furia contra otro ser humano que no fuese yo.
Muy pronto el cielo se oscureció aun a sabiendas que estábamos en primavera y que el sol aquel día parecía un verdadero día de verano, eleve mi vista y musite mas para mí que para el resto de la humanidad - Lo que faltaba para completar un maldito día, es un día que contenga lluvia - aquellas palabras no terminaban cuando el aguacero se dejo caer sobre nosotros.

Los trabajadores corrieron a guarecerse, mientras Nicolás montaba su caballo dando órdenes.
¡Ederne!¡Rápido!¡Al molino! – me sentía toda empapada pero no pude contener ni dar respuesta a aquella orden, el ya se había retirado hacia donde indicaba.
¡Pero que te crees!, ¡pero que te crees que soy! - la furia ya no estaba contenida – ¡no soy tu sirvienta! ¡Que a mí no me das órdenes! – me subí sobre Toronja que impaciente esperaba y corcoveante movía su cabeza.

Empapada me dirigí al único lugar seguro que tenía en aquellos trigales… el molino
Deje a Toronja junto al otro caballo. Observe a mi alrededor, jadeante, allí solo había, sacos de harina, trigo esparcido y un poco de paja arrinconada, afuera el agua caía a cantaros. Y allí estaba él, sacudiendo su cabello, el agua aun le escurría por las ropas mojadas, estaba de espaldas y puede observar sus anchos hombros solo cubiertos por la tela de la camisa. Se veía maravilloso y por un instante, la furia se transformo en admiración, me quede sin aliento y con la mirada fija.
Aquel hombre podría matarme allí mismo de un infarto paralizando mi corazón, sino fuese tan… tan… testarudo...

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Luterna


Un par de noches antes...

Su existencia sería efímera, así estaba escrito; pero la suya estaba siendo más larga de lo humanamente deseable. Para colmo, el entorno no era el más agradable, se sucedían los empujones y reyertas verbales y es que el espacio se reducía cada día que pasaba sin que abrieran las puertas de salida.

Aunque algo extraño ocurrió un par de noches atrás. Dormían o eso intentaba la mayoría; apelotonados los unos contra los otros, tanto que resultaba imposible mover siquiera la punta de la cola. De pronto, un murmullo in crescendo rompió la calma, algo pasaba y se estiró todo lo que pudo para mirar por encima de los demás. Una brisa leve, pero sumamente cálida le dió de lleno en la cara; acompañada por los ronquidos del propietario de aquel cuerpo y toda su anatomía.

- ¡Que me toca a mí! - Llegó a escuchar de uno.
- ¡Que estaba primero yo! - Dijo otra acompañando su réplica con un empujón.

Luterna no se lo pensó y cuando logró sacar la otra mitad de su cuerpo de entre la multitud, fue avanzando a trompicones hacia la revolución en ciernes. ¡Por fín saldría de allí! Sabía que le esperaba una muerte segura cuando lo hiciera y le daba igual porque nunca se permitió soñar con ser la elegida; si su destino era morir joven, así sería, pero en libertad.

El calor iba en aumento a medida que se acercaba al tumulto nervioso y su ansiedad, también. Pronto comenzaron los empujones en todas direcciones y ella, la que más empujaba.

- ¡Un poco más! - Llegó a gritar, animando al resto a la no pasividad.
- No...err...¡Eder...sí...! - El eco del intenso murmullo que exhaló la garganta del Borja.
- ¡Ahora sí! - Gritaron varios a la vez y empujaron mucho más que antes, tanto que las compuertas terminaron cediendo y el grupo comenzó su avance, al principio lento y luego desbocado.
- ¡No! ¡No vayáis! - Clamaba Luterna pero nadie la escuchaba, la muchedumbre estaba enloquecida y estaban arrastrándola con ella. - ¡Está soñando! ¡Ella no está!
- ¡Qué dices niña! - Espetó una de las que la empujaba. - ¡Arrea que no me dejas pasar!
- ¡Recuerda, ella no puede! - Detuvo a quien le gritaba y por un momento pareció darse cuenta de que tenía razón, pero fue en vano. El empuje siguió y necesitó de todas sus fuerzas, para escapar por encima de la avalancha.

Cuando las compuertas se cerraron de nuevo, Luterna estaba a la cabeza de la multitud, ahora despiertos todos, pero inusualmente callados.
- ¿Cómo sabes que no debíamos salir? - Preguntó uno de los primeros, confuso.
- Él ronca, no ha dejado de dormir en ningún momento.
El de la pregunta asintió, demostrando estar de acuerdo y volvieron a acomodarse, ahora con un poquito más de espacio, para terminar las largas siestas nocturnas, a la espera nuevamente de escapar de aquel hogar circular.

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Pero los hechos de aquel día, no son nada comparado con los que están por acontecer esta noche. Volvían a ser demasiados para tan angosta estancia y el humor de la mayoría comenzaba a escasear, incluído el de Luterna. Fue entonces como, con la paciencia menguada por las constantes posiciones incómodas que se veía obligada a mantener; descubrió que aumentaba el número de habitantes, por enésima vez.

- ¡Pero hasta cuando! ¡Qué calor! - Refunfuña malhumorada. - ¡Eh! - Se queja tras un empujón y se gira para encararse con el que fuera que la había empujado. - ¡Déjame dormir! ¿Y tú quién eres? - Mira de arriba a abajo a aquella figura tan diferente. - ¡No tienes cola!
- No, me llamo Testos y y tenéis que salir ya.
- Testos... ¡Ajá! - Le señala con un dedo acusador. - ¡Eres un andrógeno! Os ví el otro día caldeando el ambiente... Pero sóis muchos hoy... - Asombrada cada vez que descubría a otro de ellos alrededor.
- Sus ojos ven lo que desea, tenéis que salir. - Repite una y otra vez, empujándola hacia la compuerta.
- ¡Que no empujes! - Refunfuña como puede ante la costumbre de aquello de pegarse más y más a ella. - ¡Que no pienso sal...! - Y su ánimo acalorado. - ¡Es la hora! ¡Vamos! - Comienza a gritar al resto que son como ella, ansiosa, removiéndo la cola.
- ¿Por qué has cambiado de idea? - Otra vez el de las preguntas.
- Me lo pide el cuerpo y este chico... - Señala a Testos.- Y porque ahora él no ronca, ronronea...

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Nicolino


Durante los primeros minutos allí, atrapado en el molino, sólo intentó escurrirse lo mejor que pudo el agua de la ropa empapada, retorciendo su camisa como si se tratara de un trapo viejo. En cuanto al manto y las botas, también inundadas, acabaron sobre el montón de sacos de harina en un rincón. Cuando se quitó el manto, se dio cuenta de que realmente el agua pesaba, sin el, se sentía bastante más ligero. Bufó. El bufar se estaba convirtiendo en algo bastante habitual en él, gesto que siempre representaba cierta forma de resignación más allá de su enojo.

Se negó a prestarle atención a su esposa, haciendo como que siquiera se había dado por aludido de que entró. Fuera, llovía incesantemente, y tras sacudirse el cabello y rehusarse a intentar secárselo con el manto (lo que lo dejaría más mojado aún, si se pudiera), se apoyó contra una de las firmes maderas que hacían de pilar sosteniendo la estructura del molino. Sus ojos de expresión vacua solo veían la lluvia caer, y la cortina que se rompía al comenzar el molino. Dentro, todo parecía bastante seco, excepto por el agua que se filtraba a través de pequeñas aberturas en la techumbre del taller.

Y mientras veía la tormenta precipitarse sobre la tierra, arruinando la que hubiera sido una buena cosecha, ahogándola, pensaba en cuán irresponsable había sido su esposa. Aquella actitud impetuosa, seguro que ahora le haría enfermar y debilitarse. El agua y el frío, que tendrían que soportar hasta que parara esa tormenta, sin duda le debilitarían cuando debía ser más fuerte. Debía cuidar de sus hijos, y mantenerse fuerte después del parto. El Borja se preocupaba por su salud y su bienestar. No entendía como podía ser tan terca como para negarse a comprenderlo.

-Quizás...quizás me ama y desea seguir incluso mas allá de su propio bienestar, y salud. Incluso más allá de su deber como madre. Quizás todo sea porque verdaderamente necesitaba mi compañía. -reflexionó en un instante, llevado a ello por sus propios pensamientos. Sin embargo, no sabía si eso era bueno, mas realmente significaba que su esposa le profesaba un gran afecto. Y María, la partera, les había marcado firmemente una irrevocable separación por al menos cuarenta días, por lo que dormían en lechos separados. Físicamente también se habían visto bastante distantes aquellos días. Se preguntó, en su mente siempre acosada por mil cuestiones, si no había sido muy duro, más duro de lo que su esposa podría merecer. Cuando respondió a ello, se preguntó si había sido justo. Y no, no lo había sido.

Mas aún estaba a tiempo de reparar su error. Volvió su mirada hacia Ederne. Con dos pasos, acortó las distancias. Cuando intentó tomar su mano, ella pareció dudar, pero los gestos de Nicolás demostraban arrepentimiento.

-Esposa mía...creo...creo que he sido injusto con vos. No os mereciais mis reproches, menos aún por serme amante devota y fiel. Entiendo que solo deseabais que dejara de lado toda trivialidad para que disfrutáramos de nuestra mutua compañía.-no pudo evitar que su mirada descendiera, desencadenando algo en su fuero íntimo, y que era consecuencia del hechizo de su mujer. La ropa, empapada, se le apegaba al cuerpo, sutilmente sugerente, marcando su silueta, joven, vivaz-...tiempo juntos, como...¿Recordáis ese día que paseamos por el bosque en las afueras de la ciudad?

La reacción fue mutua, y espontánea. Un beso, inmediato, fue la chispa que encendió la pasión.

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Ederne_bp


Apenas los pensamientos estaban ordenados, mientras mis ojos se deleitaban en la fornida espalda de Nicolás, si el supiera lo indecentes que se había vuelto mis fantasías desde aquel momento, no se habría acercado como lo hacía en ese preciso momento, en un abrir y cerrar de ojos, estaba a mi lado, con aquella expresión que me hizo estremecer.
Desde hacia noches le había imaginado tal cual estaba ahora pero conmigo entre sus brazos. La camisa de él, suelta y fuera de la pretina dejando el pecho al descubierto y el primer botón de los pantalones negligentemente desabrochado.
Su torso era liso, firme, con su vello rizado, húmedo, solo musculo, solido, rígido, cubierto por una piel tensa y glaseada por el sol, nada estropeaba su perfección.

-Esposa mía... – comenzó a decir y aquello relevo mis pensamientos mientras sus palabras se volvían susurros y se acercaba, mi mente voló entre nubes disipando todo mal humor, toda tensión
No quiero hablar – declare en un susurro, cuando su boca abarco la mía, el sonrió e inclino la cabeza para obedecer. Dedos delicados descendieron por mis hombros para acariciar y atormentar mi cuerpo. Un delicioso tormento que hacia noches que no disfrutaba. Nicolás doblo aun más la cabeza y sus labios y lengua me hicieron gemir. Aquel sonido, logro que él se estremeciera y enredo sus dedos en mi pelo húmedo.

Aquella suplica hizo que me tomara entre sus brazos y me tendiera suavemente sobre la paja seca
Dime como te sientes – susurro él, moviendo la boca con agónica lentitud hasta mi vientre, ascendiendo de nuevo hasta lo largo de la clavícula y al cuello antes de capturar mi boca una vez más.
Ardiendo – respondí, con cortos y sofocados jadeos.
Por favor, Nicolás – susurre rodeándole con mis brazos su cuerpo e intentando deshacerme de su camisa mojada.
¿Por favor que? – dijo el atormentándome más con otro beso
Busque su oído y en un susurro armónico y jadeante le dije – hazme tuya, aquí… ahora – el sonrió – como desees – dijo.

Se dio la vuelta para sentarse en el suelo y librarse de los pantalones. Yo en cambio aproveche para besar los omoplatos y deslice las palmas alrededor de su cintura y su abdomen plano y musculoso. Aun con las ropas mojadas, sin que eso importase aun, me apoye sobre el codo y le bese y mordisquee la oreja, el gimió y alentada por aquello, deslice las manos para ayudarle a desabrochar sus pantalones

Lasciva – dijo con voz ronca, apartándome la mano mientras se bajaba los pantalones por los muslos y luego se deshacía de ellos de una patada.
Es culpa tuya - replique, fascinada, excitada y aterrorizada. El dejo que le contemplase mientras lucia una leve sonrisa y después se tendió de lado sobre la paja seca.

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Nicolino


El matrimonio….¡cuanto que lo disfrutaba!. En momentos así, reafirmaba que no se arrepentía de nada. Día tras día lo comprobaba, instante tras instante. Seguramente eran pocos los que se consideraban dichosos de estar casado, y él se sabía dichoso de gozar de tal privilegio.
El Borja podría considerarse un tanto volátil en esos momentos. En aquella circunstancia, cambiaba de determinadas sensaciones a otras totalmente opuestas. Una sonrisa insinuante, y un arrepentimiento bastaban para ello. Y cada vez estaba más seguro de que entre las habilidades su esposa, se hallaba la de romper con su habitual testarudez, y destruir cualquier argumento que pudiera ser causa de su obstinación.

Por otra parte, tenía la certeza de que aquello debía ser así. Que debía dejarse llevar. Certeza que sin intervención del razonamiento, era así. Una fuerza superior, instintivamente, le atraía hacia ella. Y sólo la visión de su dama, su expresión de sutil inocencia que camuflaba su deseo, sus proporciones, y la ropa empapada que se apegaba a su piel, transluciendo, sugiriendo desnudez…

Sus labios besaron su boca, en largo beso desenfrenado. Las palabras sobraban, y suaves caricias ocuparían su lugar. Su camisa no tardó en acompañar a sus botas, ya a un lado, y los botones volar por los aires, arrancados por la fuerza y la prisa. Se sentía ansioso, impaciente, inquieto. Sus besos recorrieron el cuerpo de su amada, y sus manos desgarraron sus ropajes de montar, deteniéndose en lo que otrora atrapó una camisa. Le sucedieron más besos. Recorría su piel, centímetro a centímetro, cuidando que nada quedara sin cubrir.

Aquello exaltaba sus sentidos, y no era todo sino deleite. Sonrió al percibir el aroma de su esposa, juventud, aroma de mujer. Y extrañaba aquella cercanía de sus cuerpos, que los plazos tras el parto les había arrebatado por unos cuantos días. Quizás por eso estaba más irritable de lo normal…era difícil para el aceptar estar alejado de su lecho. Era feliz de su suerte porque ahora, en aquel instante, todo aquello terminaría.
Rodaron hacia el montón de paja, acentuando más aún su excitación, su denotada ansiedad.

-Ardiendo -pronunció su esposa, jadeante, en respuesta a sus vagas palabras.-Hazme tuya, aquí… ahora.

Y él no deseaba otra cosa, y ya no había más ropa mojada entre ambos. Se precipitó más aún sobre ella, y besando su cuello, la tomó para sí, gozando de aquel húmedo placer entre sus muslos, que le pertenecía, que era suyo y que solo él podía disfrutar. Con la pasión de dos amantes se amaron, y el tiempo a su lado pasó intensamente rápido, en gozo infinito, en entrega absoluta, y sin otro pensamiento más que ella. Quizás alguien más les oía a pesar de la lluvia y los truenos, o solo el campo y el firmamento era lo único que les acompañaba. De toda formas, no le importaba.

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Luterna


La turba ansiosa de cabezones de cola nerviosa, no era tan fácil de convencer como le había parecido a Luterna en su momento.

- ¡No vayáis que es otra falsa alarma! - gritaba uno sin cesar.
- ¡Que os digo que ahora sí! - Forzaba la garganta en vano.

Testos y su escuadrón de andrógenos no paraban quietos, de un lado a otro, mezclados entre la muchedumbre. Podía sentir el calor que despedían cuando alguno pasaba cerca de ella, pero el resto parecía no reparar en ello.

- ¡Él sigue ronroneando! - Se empeñaba en convencerlos.
- ¡Mientes, ya no dice nada! - Escuchó por un lado.
- ¡Es otro de esos sueños! - Alcanzó a oír por otro lado.
- ¡Porque ahora hace ese ruido que llaman beso, escuch...! - No logró terminar la frase. Todo comenzó a dar vueltas, incluídas las paredes esféricas donde estaban contenidos, propicias para hacer perder el rumbo a cualquiera. Cuando se detuvieron, sólo se escuchaban los lamentos del gentío desorientado, únicamente Testos y sus soldados seguían bien ubicados. - ¡Deja de rozarme! - Espetó a uno de ellos después de escupir la cola de uno de sus congéneres, que había terminado en su boca con tanta vuelta.
- ¡Salid, tenéis que salir! - Repetían como enajenados, sin dejar de empujar desde todas direcciones; y el color en ellos era de un rojo subido, como el de la madera cuando prende.
- Hazme tuya, aquí… ahora. - Una especie de eco exterior.

Se hizo el silencio total, todos se miraban, perplejos. ¿Era real lo que escuchaban? El calor seguía subiendo, el poco aire que quedaba era irrespirable, demasiado caliente; pero oír aquella voz había sido como una bocanada de aire fresco, aire femenino, sensual y poderoso.

- ¡Es ella! - Gritó Luterna y con su declaración, insufló el empuje que a todos había faltado.

Patadas, pisotones, empujones e improperios varios. Ahora venían las prisas, el querer salir el primero, de los que antes no la creían.

- ¡Oye tú! - Empujaba la que más. - ¡Suelta mi “joya”! - Vociferó a uno que pretendía meterse por uno de los bucles de su preciado lazo rosa.

Entonces, las compuertas comenzaron a abrirse, no sabía si porque ya tocaba que se abrieran, o si tanto empujar estaba teniendo el efecto deseado: pero comenzaron a ser expulsados de allí a presión. Un grito de júbilo secundó la estampida que cesó en cuanto se dieron cuenta de que abandonaban las estancias circulares para entrar en otra, una única cámara alargada, permaneciendo aún en él. Los andrógenos seguían también con ellos, igual de candentes y sobones, aunque para entonces ya el gentío no necesitaba que les estimularan, la ansiedad les había contagiado.

Luterna no era capaz de proferir palabra alguna mientras una especie de vaivén les llevaba adelante y atrás; en principio lento pero constante, incluso divertido. Unas cuantas olas después cambió a constante y progresivo pero el espacio volvía a escasear, las compuertas traseras seguían abiertas y con cada avance, volvían a acumularse y a ser demasiados para respirar. Pronto, ni siquiera el oleaje contínuo lograba moverles, algunos llegaron a pensar que les habían engañado de nuevo y morirían todos allí, calcinados. Y entonces ocurrió; un instante después de un gruñido gutural del que solía ronronear...

- ¡Por Sant Rogeeeeeer! - Gritó con él y salió disparada.

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Ederne_bp


Nicolás ladeó la cabeza, contemplándome sin tapujos. Aguarde con el corazón desbocado, deseando compensarle del modo que fuera posible.
Lentamente él tendió el brazo, enroscando suavemente los dedos entre mis rizos y arrastrándome contra él, me susurró:
—Bésame, Eder.
Fui hacia él sabiendo adónde nos llevaría aquello, dónde acabarían las caricias y los besos, consciente de que no le merecía y aceptando que era demasiado egoísta como para anteponer el honor a la promesa del placer. Ese día no.

Entrelazando los brazos alrededor de su cuello, no supe si fui yo quien había acercado los labios de Nicolás a los míos o si se los había ofrecido. Y carecía de importancia. El fuego fue inmediato, convirtiendo mis entrañas en lava y mi razón en cenizas. Mi cuerpo palpitaba con la acuciante necesidad de estar más cerca.
Mientras sus dedos se tensaron con más fuerza en mi cabello y su deseo presionaba duramente contra la curvatura de mi abdomen, Nicolás profundizó el beso, poseyendo mi boca con una avidez tan pausada, tan premeditada que contuve el aliento y todo mi cuerpo se estremeció de placer. Él sonrió, su dicha me atravesó, mientras me besaba con mayor intensidad y sus huesos se fundían. Soltó mi cabello y me rodeó con los brazos justo cuando mis rodillas comenzaban a fallarme.
Su tierno asalto no dio tregua mientras me levantaba y giraba para depositarme sobre la paja seca. Empleando la cadera me atrajo lentamente para colocarse en el espacio entre mis muslos. Jadee debido al audaz preludio de lo que estaba por llegar.

El aire fresco sobre la piel ardiente hizo que me recorriera un escalofrío. La fricción de vello ensortijado y de los duros músculos contra las palmas de mis manos me provocaron un nuevo estremecimiento, más intenso, violento y deliciosamente primario. Y luego se desvaneció, eclipsado por una brillante descarga de sensación que se disparó, caliente y penetrante.
Nicolás apartó bruscamente sus labios de los míos. Resollando, haciendo caso omiso de su sollozo frustrado, ambos sabíamos que aquello no estaba bien, aun así el desvergonzado empuje de mi cuerpo desnudo a punto estuvo de echar por tierra su propósito. Se volvió directamente hacia mí y me presionó los hombros con las manos, sujetándome para que mi cuerpo mantuviera la posición de ofrenda para su disfrute.
Hermosos, plenos y maduros. Jadee y me arquee, apretando las caderas fuertemente contra las de él y haciendo que una ráfaga de puro fuego me atravesara las venas. Ascendió con su lengua, premeditada y velozmente.

Susurrando mi nombre, yo… me arquee aún más. Él no podría haberse resistido a una ofrenda así aunque lo hubiera deseado. Gemí y me mecí bajo él, apretándome contra sus manos, sus caderas y avivando la llama de su deseo.
Deje escapar un jadeo cuando sus manos recorrieron mi piel sensibilizada hasta los hombros. Dios, lo que él me estaba haciendo... Era una sensación mucho más exquisita de lo que podía soportar, mucho menos de lo que necesitaba. No podría soportar por mucho más tiempo, tenía que moverme, tenía que ascender. Había algo que me impulsaba hacia arriba, que me retaba a alzar el vuelo e intentar alcanzarlo. Un exquisitamente arrebatador torrente de placer se propagó como un rayo desde mi cuello hasta el centro de mi matriz.
Sus dedos descendieron por la delicada zona de mi abdomen y más abajo todavía, dejando un reguero de exquisito fuego hasta la elevación de mi vientre, contuve el aliento cuando Nicolás agachó la cabeza y depositó un sinfín de leves besos a lo largo del sendero todavía ardiente que había forjado sus dedos. Consumida por la necesidad, embriagada por la promesa, me arquee contra sus labios, contra sus manos y le suplique que me liberara.

Mi ruego se abrió paso por entre el calor del deseo de Nicolás y sacudió su consciencia.
Frote la mejilla en el hueco de su hombro y mordisquee ligeramente su cuello.
Por favor, no me hagas esperar. - susurre
Mereces seda —respondió con los dientes apretados, comenzando el ascenso—.
Le mordisquee de nuevo, gruñendo:
No me importa. —Y acto seguido arquee la espalda, mientras dibujaba osadamente el lóbulo de su oreja con la lengua.
Su sangre vibró y contuvo el aliento.
Pero a mí sí —se recordó, sujetándome con más fuerza y apresurando el paso.
Te odio —susurre, atrapando el lóbulo de su oreja entre los dientes.
No, no me odias —respondió, llegando a posicionarse completamente sobre mí—. Lo que odias es tener que esperar para obtener placer.
Por favor, Nicolás. No me hagas esperar.
No podía. La fricción era demasiado sublime, la promesa demasiado tentadora... me retorcí debajo de él, atrayéndole entre mis muslos. Nicolás inhaló entrecortadamente mientras su cuerpo se estremecía y se esforzaba por saborear el punzante impacto del placer. Nuevamente me arquee, moviendo las caderas para lentamente acariciarle en toda su longitud y arrebatarle todo el control de sus manos. Clavo su mirada en silenciosa advertencia, unió ambos cuerpos con un solo y certero envite. El pensamiento consciente se tambaleaba bajo la oleada de arrebatadora sensación. Nicolás se quedó inmóvil por un instante, tratando de conservar el control, tratando de sobrellevar lo asombroso de la fusión, el calor de mi acogida, la urgencia de mi necesidad. Y entonces pronuncie su nombre entre gemidos y menee las caderas para profundizar la unión. Desarmado, Nicolás, cerró los ojos y sucumbió al instinto animal.

Arqueándome, me afane en subir la cresta que se iba rápidamente formando. Era el paraíso; era el infierno. Una ola de placer mayor y más intensa de lo que podía abarcar y conocer en su totalidad. Jadee sobrecogida, deseando gozarlo para siempre, y después lo hice de nuevo cuando fui superada por otra oleada aún más intensa, más exigente, más desmedida. E incluso más arrolladora. Volando a mayor altura de lo que lo había hecho antes, me afane desamparadamente por llegar todavía más arriba. Moriría cuando llegara a la cumbre; moriría un millar de veces si no lo conseguía.
El placer me asaltó con mayor celeridad, con mayor fuerza y profundidad hasta que no hubo nada más. La llama ardió en mis entrañas en un solo segundo, reduciendo mi realidad a aquella extraordinaria promesa, a su exquisitamente pausada explosión. Placer, puro y flameante, brotó desde mis entrañas —hasta mis mulos, los dedos de los pies y la cabeza— y me propulsó, temblorosa, hacia las oscilantes estrellas.
Descendí demasiado pronto, demasiado débil y gloriosamente saciada como para luchar contra ello.
Ederne. -Un embriagador susurro contra mis labios que acarició dulcemente mi alma. Su beso fue tan tierno que me hizo suspirar su absoluta satisfacción. Su propio suspiro se mezcló con el mío y Nicolás retrocedió lentamente para soltarme las muñecas y estrecharme entre sus brazos.
Cuando se puso de lado me arrastró consigo y le sonreí. Había sido tal y como siempre imagine que sería; feroz y salvaje y perfecto. Éramos compatibles, mis necesidades y su sentido del tiempo eran uno. Incluso en ese instante mi respiración era igual de laboriosa que la suya, su cuerpo se encontraba exactamente igual de relajado y saciado, su satisfacción aparentemente igual de profunda.
¿Nicolás?
Él dejó escapar un sonido monótono y me apretó más contra sí.
Ojalá —susurre, depositando un sinfín de leves besos en su frente— pudiera haber hecho que durara más.
Me habría puesto a gritar si lo hubieras hecho —confesó, recorriendo con los dedos el vello ensortijado que salpicaba su pecho—. Gracias por haberte apiadado de mí —sonrió y agregó—: Al fin.
Mi risa fue serena, pero la sentí reverberar por toda mi alma.
¿Crees que tienes fuerzas para hacerlo de nuevo? —dijo lánguidamente—. Tal vez, entre los dos, podríamos tratar de ir lo bastante despacio la próxima vez como para saborearlo un poco.
Estoy más que dispuesta siempre que estés preparado. En cuanto a ir despacio... —le brinde la verdad—. No estoy segura de poder contenerme. No en lo que a ti respecta.
Así que, ¿en realidad no me odias? – dijo con sorna, la vista fija en el techo de madera.
Jamás!.- Respondí - —Estaba de mal humor. De muy mal humor.
Sosteniéndome la barbilla entre los dedos índice y pulgar, me alzó el rostro hasta que nos miramos a los ojos. Nicolás lucía una sonrisa pícara.
Nunca te disculpes por desear, Eder.
No pensaba llegar tan lejos. – dije con picardía
Él se echó de nuevo a reír y me dio un beso rápido antes de retirar el brazo de debajo de su cabeza e incorporarse.

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Nicolino


Su corazón latía fuertemente en su pecho, y finalmente volvía a oír el ruido de la lluvia: se había olvidado de la tormenta, del viento y del agua, que ahora llenaba el vacío de palabras, que a su vez era plenitud de sentimiento y diversidad de pensamiento tras uno solo. Con una necia sonrisa en el rostro, extenuado, saciado, y feliz, contempló por un instante la nada: la dulce sensación de no pensar. Y era algo que con ella siempre le sucedía, o bien todo lo contrario: lograba apartarlo de la realidad, llevarlo a recorrer paraísos lejanos, sensaciones indescriptibles...y lo que lo unía a ella también lo era. En ocasiones el cariño más puro se encontraba la admiración, en otras el deseo con la pasión, y en otras la complicidad con la picardía.

Después de tanto tiempo, aún no había encontrado en ninguno de los poetas y trovadores las palabras precisas que expresaran lo que sentía. Acarició las mejillas de su esposa, y por un instante se perdió en sus ojos, viendo en ellos su propio reflejo: más que ver, observaba. Confirmó que a su lado perdía la noción del tiempo, y no sabía si era día o noche, cuantas horas habían pasado. Afuera, todo era bastante oscuro, y ahora era presa de una especie de letargo. En los minutos posteriores, pensó que se dormía, sosegado, sereno. Parpadeó. Volvió a parpadear, y cerró los ojos unos instantes. Siguió escuchando la lluvia caer, y no tardo en sentir frío en los pies.

Entrelazó sus dedos con los de su esposa, y frotó sus pies contra los suyos. Inmediatamente, decidió que era buena idea taparse con su capa, y estirando el brazo, la alcanzó. Lo siguiente, fue casi envolverse en ella, y un par de tirones disputándosela ambos quedando esta lo más centrada posible. Y aquel montón de paja era bastante cómodo una vez que cualquiera se acostumbraba. Se preguntó si ya deberían emprender la vuelta, o podrían disfrutar de un instante más de sosiego…

-¿Será de noche, esposa mía?¿Debería asomar a ver?-le dijo, en voz baja. Mas un sonido repentino casi interrumpe sus palabras. Se oía chapotear en lo lejano. Pasos sobre el agua abnegada, acercándose, aproximándose al granero. No oía caballos, por lo que seguramente sería alguno de los campesinos de a pie, que labraban los trigales.

-¡Maldita tormenta!. Llueve ahora, cuando no lo necesitamos, y en siembra hay sequía. Ahora la lluvia solo sirve para helarme los huesos y empaparnos a todos. ¡Vamos, llevemos ya esas bolsas de alfalfa a los establos y larguémonos de aquí!-masculló una de las dos figuras. Por algún juego de sombras, y la oscuridad en el rincón del molino donde se hallaban, no les notaron al entrar. Nicolás miró a su esposa, y señaló unos sacos de harina, contiguos al montón de paja. Con un movimiento rápido, ambos se lanzaron hacia allá. Tras tantos sacos, imposible sería que los vieran. Solo quedaba contraer el cuerpo, aguantar el aliento, y esperar a que se fueran.

-Espera...¿esto es una bota?-inquirió el otro a su compañero, tropezando con el descubrimiento...

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