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[RP] Prosperidad o barbarie.

Galbart


La primavera traía sol y lluvia; fría y calor; actividad y tranquilidad. Pero muchas de las personas desconocía que la primavera significaba que los mares estarían mucho más tranquilos que en invierno, cosa buena para los armadores que volverían a tener trabajo y también para los burgueses que por fin podrían sacar sus productos a otros Reinos. Pero si algo había aprendido el escocés de su tiempo en la Compañía Militar del Sol del Norte era que la primavera era un tiempo de oportunidades. La primavera, y sobre todo el inicio de la misma, era una moneda que mostraba sus dos caras en todas las costas. Al otro lado de la moneda, claro, estaban los piratas, ansiosos por conseguir un botín, gente arrojada a la piratería por su situación de pobreza o porque les gustaba la promesa de oro fácil o... porque les gustaba matar. Para el escocés, cuando pensaba de aquella manera, la primavera sólo significaba dos cosas: prosperidad o barbarie.


Aquella mañana se había despertado mucho antes del amanecer y no era porque había dormido mal, ni mucho menos: aquel día llevaría, personalmente, la comida a un prisionero que había hecho días atrás en Castellfosc*. No le había gustado nada el que se paseara por la villa y menos siendo quién era, un sureño de piel oscura. El escocés aún no se había acostumbrado a ellos y estaba más que claro que nunca se acostumbraría porque su piel se negaba a oscurecerse como la de su esposa Carrie que tenía la piel menos castigada por el sol que la de él. Pero no era aquella la cuestión por la que había decidido encarcelarlo. Unas inquietantes amenazas cuando iba a pagar al obrero fueron el detonante de una serie de informaciones que se habían ido acumulando y que tarde o temprano iban a estallar en la cara de Rahim Al-Dahla. Los amigos de Rahim, seguramente, estarían preocupados por él, y el escocés de estar en el pellejo de esos amigos, lo estaría. A la hora de tratar con prisioneros, el de Caithness se comportaba de una manera diferente. Fue una de las lecciones que su padre le había enseñado muchos años atrás: "Dales un atisbo de esperanza, ya sea con una sonrisa o con una palabra amable y se aferrarán a él como a un clavo ardiendo", solía decir él. Es por ello que Galbart dejaba de ser él mismo y se convertía en un ser despiadado y sin compasión. Por eso no dejaba que nadie entrara con él en la celda con él y si lo hacía era porque ya sabía de antemano lo que iba a hacer con su prisionero. Por eso aquella mañana se había levantado antes, por si aquello se alargaba demasiado, no podía dejar que interfiriera con otros de sus muchos quehaceres. Se acordó entonces de la cuadrilla de obreros y de los dos que habían escapado. Darían la voz de alarma a esos amigos... si es que existían.

Olegario, que hacía guardia en aquel momento, le saludó y le abrió el portón que daba a las escaleras que bajaban hasta el ya denominado "pozo". La verdad es que las mazmorras de Castellfosc dejaban bastante que desear. Se componían de tres celdas situadas a la derecha según se bajaba y de una mesa, a su izquierda, en la que había herramientas. No las iba a utilizar. Antes de entrar en la celda de Rahim, respiró dos veces y ordenó a Olegario que abriera.

Vió como Rahim devoraba el pan y cómo se atragantaba con el agua. El escocés no pudo más que mostrar su rechazo con una mueca. Rahim sonrió.

Si no me tuvieras aquí como a un perro no te molestaría tanto paleto del norte.- Dijo Rahim cuando acabó lo que le había llevado Galbart.

Sláinte -salud-. A los perros les damos dos comidas. Viven mejor que tú.- Respondió Galbart.- Los actos llevan asociadas consecuencias, pude pasar por alto el que espiaras los puntos claves del castillo, pero no pude pasar por alto una amenaza. Has tenido la mala suerte de encontrarte con un bastardo como yo, pero no se puede tener de todo en esta vida. La verdad es que te doy las gracias por hacerme un buen muro y por reconstruirme parte de la ciudad...

Que te den por el cu.- Una mano cruzó el rostro del sureño. El árabe tardó en reaccionar ante lo que había pasado. El escocés lo miraba con rostro serio y continuó hablando.

Como te decía, te doy las gracias por reconstruir la ciudad. Aunque sé que habéis escatimado con el mortero, pero ya he mandado al maestro constructor a que arregle ese problema. Claro lo barato tenía que salir de alguna parte.- Sonrió.- Háblame de tus amigos, pero antes, has de saber una cosa, no me gusta que me engañen, y tampoco que me falten al respeto. Somos dos caballeros y nos podemos llevar bien si cooperamos.- Había roto la regla de su padre, pero esperaba que tuviera el efecto deseado.

Se miraron durante tres minutos, en silencio. La marca de la bofetada se hizo visible y estaba claro que le dolía porque no paraba de mover la mandíbula. El escocés sacó un puñal de su cinturón y jugó con él mientras contaba hasta diez. Antes de llegar al número seis, Rahim habló:

Que te den por el culo.- Sentenció. El escocés dejó de jugar. Guardó el puñal y pegó dos porrazos en la puerta. Al sentir los cerrojos de la puerta, el escocés se volvió y le sonrió.


A los dos días, Rahim y sus hombres habían sido ejecutados en la horca. El padre Pere sugirió quemarlos, y así procedieron. Aquel mismo día, los hombres que había destinado a buscar a los fugitivos volvieron sin noticias, cosa que enfureció bastante al de Caithness cosa que nadie sabría porque no había hecho ninguna mueca ni dicho nada, se limitó a asentir y a irse a comer. No habló mucho durante la comida, se limitó a comer y a pensar hasta que se le ocurrió decir, en voz alta:

Aún no se si esta primavera nos traerá prosperidad o barbarie..- El cuervo, que semanas atrás le había traído Carrie, graznó.




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--Farud


No había sido fácil escapar de los guardias de Castellfosc que iban a caballo. Sin embargo, Dios estuvo de su lado aquel día. Farud y su compañero Aadil, un fervoroso creyente averroista, caminaron y corrieron en dirección sureste hasta que tuvieron la certeza de que habían escapado de las tierras de Castellfosc. Cuando vieron a los guardia entrar en la cabaña en la que los habían alojado, ambos estaban cargando agua para la tienda y aquello les salvó de las mazmorras, toda una suerte que ellos estuvieran fuera, porque el "plan" podría llevarse a cabo. Aunque cuando hablaban un poco más en serio, Aadil y Farud, llegaban a la conclusión de que no sabían gran cosa del mismo porque Rahim, un gran orador en opinión de ambos, les citaba siempre pasajes de las sagradas escrituras y el nombre de las personas con las que tenían que contactar. Concluyeron, sabiamente, que debía de tratarse de un código. El plan original era que Rahim contactara con esas personas y hablara directamente con ellos, pero ante las sospechas que tenía, decidió compartir con ellos aquellos pasajes, así como los nombres de sus contactos. Y en esas estaban los dos obreros cuando se enteraron de que habían ejecutado a un grupo de obreros en Castellfosc.

Habían transcurrido ya ocho días desde su marcha de Castellfosc y apenas podían sobrevivir con lo que tenían, recurrían al pillaje en huertas y bebían de los arroyos cuando podían. Aún así se obligaban a seguir, debían llegar a una cala en la que les esperaba un conocido de Rahim, además, debían hacerlo por sus compañeros caídos, a los que por cierto no dedicaron una oración de tan concentrados que estaban en su objetivo. Farud calculaba que habían recorrido unas dieciocho leguas hacia el sur, a veces veían el mar y otras no, pero sabían que estaban cerca de su objetivo. El motivo que les hacía ir tan lentos era el miedo a encontrarse con patrullas o que los mismos vecinos de las diferentes localidades los denunciaran y no porque no estuvieran acostumbrados, sino porque su actitud era muy sospechosa.

La mañana del noveno día al fin lo vieron. Había dos tiendas militares en la playa de la bahía y al lado tres botes encallados. Aadil comentó que a lo lejos se veía una embarcación más grande, pero Farud estaba más concentrado en dar las gracias a Dios por llevarles hasta sus compatriotas. Los hombres de la tienda salieron, alertados por un hombre que hacía guardia allí fuera, para ver quién se acercaba o quién los había descubierto. Pero antes de que nadie dijera nada, Aadil recitó el pasaje que, en teoría, tendría que verificar sus identidades. Los hombres miraron al que estaba sentado haciendo guardia y éste asintió. Farud notó como el ambiente se calmaba. El hombre que estaba sentado, que ahora removía la arena con un palo, les pidió que le contara qué había pasado con el resto y Farud, tomando la iniciativa se lo contó todo: la contratación, los detalles de las obras, la información que habían recabado de los Señores de Castellfosc, cómo les habían puesto guardia para controlarlos en todo momento, cómo habían conseguido burlarla, y finalmente, cómo los habían capturado y cómo ellos habían escapado.

-Sin duda alguna, tenéis a Dios de vuestro lado.- Comentó a continuación. - ¿Qué ha sido de Rahim?- preguntó mirándoles a los ojos.

-Rahim y el resto de la cuadrilla fue ejecutada hará un par de días. Bueno, en realidad...- Farud dejó de hablar ante la seriedad que había adquirido el rostro del hombre sentado. Ahora que Farud se paraba a pensarlo, no se habían presentado, algo curioso.

El hombre se levantó y sorprendió a aquellos dos hombres con su gran envergadura y enorme barriga. Ordenó que recogieran mientras observaba a los dos obreros. Finalmente, les dijo:

-Soy el Sultán del Mar, era primo de Rahim y como comprenderéis, bueno... quizá no lo sepáis, pero... No. ¿Queréis venir a nuestro barco? Allí podemos hablar más tranquilamente, ¿qué os parece? Tenemos agua y algo de comida, creo que también un par de camisas nuevas que no os vendrían nada mal...-Dijo el sultán. La promesa de comida, agua y compatriotas fue lo suficientemente persuasiva como para que los dos dijeran Sí al mismo tiempo.

El Sultán del Mar sonrió y antes de subir al bote, Farud se dio cuenta de que escupió en la arena valenciana, pero no en el mar, ¿qué significaría aquello?
--Umara


No se había ganado el apodo del "Sultán del Mar" así por las bravas. Sus compatriotas habían empezado a llamarle así, entre otros muchos motivos, por navegar entre tormentas por el Mediterráneo y salir ileso de todas ellas. Toda una hazaña sin duda alguna. Además se encargaba de asegurar varias de las principales rutas de comercio de los países del norte de África. Su flota crecía a cada año al igual que su tripulación, muchas veces los barcos llegaban rotos y la tripulación sin conocimientos, pero para Umara, el Sultán del Mar, todo y todos servían a algún propósito y en aquellos días, no podía más que pensar en vengar a su primo Rahim.

-Farud, dices que sabes dónde es el lugar aquel, ¿cómo era, Caselon...Castelon...? ¡¡Castellfosc!! Eso es, sí, sí, ya recuerdo... Bien amigo mío, como bien me dijiste antes, estás en deuda conmigo y yo sé cómo puedes pagarme esa deuda.- Dijo el Sultán que sonreía mostrando su amarilla dentadura.-

-Trataré de cumplir con cualquier tarea que me asigne.- Contestó un sumiso y asustado Farud.

A los dos días de aquella conversación, un grupo de seis hombres más Farud partió hacia Castellfosc.
Galbart


Galbart, últimamente, dormía mucho y muy bien. Se acostaba temprano y se levantaba minutos antes del alba, quizá por los ruidos del cambio de guardia, inicio del servicio o quizá fuera porque su cuerpo le pedía asomarse por la ventana y recibir el primer fogonazo de sol. Sin embargo aquella mañana pasó algo más de tiempo en la cama. Estaba en una postura muy cómoda, mirando al techo y sin sentir casi dolor por la dureza de la paja, las plumas y demás materiales blandos que metieron dentro de aquellas telas. Tendrían que cambiarlo, el escocés pensó en la lana de las ovejas como material para colchones y se dijo a si mismo que lo tendría en cuenta para hacer un encargo. Cuando se cansó de pensar en cosas absurdas se asomó a la ventana el sol se había asomado, pero desapareció entre algunas nubes que lo taparían durante unos minutos. Se fijó en el patio del castillo en donde ya había mercaderes instalando sus puestos. Tendrían que dejarse ver por allí a ver si iba a haber algo nuevo y no se enteraban.

Lo cierto era que después del incidente, la gente estaba menos tensa. Los infieles, que ellos llamaban, ya no estaban. Era extraño, ¿por qué a ellos? ¿Por qué iban a fijar su objetivo unos asaltantes, de a saber qué parte de mundo, en un señorío no reconocido por la Corona. Era extraño. Pensó que tal vez podrían intentar asestar un golpe en Beniparell, feudo conseguido hará un par de meses. En aquello pensaba cuando se vestía para salir de la cámara. Bajó los escalones y llegó al salón principal en donde una rebanada de pan con un trozo de queso le esperaba para el desayuno. Como si lo intuyera, preguntó al aire.

-¿Dónde está Carrie?- Ella apareció detrás suya para robarle el queso. Galbart le miró furioso mientras ella, cortando el queso en trozos más pequeños, le sonreía. Se concentró en el pan, que devoró con una fingida ansia que les hizo reír a ambos. La risa no valió de nada porque no probó más que dos trozos mínimos del queso.

-Vamos a dar una vuelta por el mercado, me han dicho que hay puestos nuevos.- Sin duda alguna, Carrie, hija de Brigit, Diosa del Fuego, le leía la mente.

Una vez estuvieron en el mercado, que estaba lleno de gente aquel día, miraban los puestos de uno en uno, se mezclaban con la gente, se perdían y se volvían a encontrar. El escocés se paró con un hombre del oeste de la península, ¿era portugués?. En cualquier caso que tenía figuras de madera talladas por él mismo. El puesto era pequeño y poca gente se paraba a verlo.

-Mire usted, tengo aquí unas figurillas de madera tallás por mi mihmo. Utilizo una maera d'un árbol c'abunda en mi tierra, el alcornoque le dicen, yo, yo no se ná d'eso yo cojo lo que sobra del campo y lo tallo. Y mire, mire, las tallo con mis propias manos. Una punta bien afilá y mucha paciencia ¿sabe? Treinta escudos y cualquiera d'estas es suya, estas de aqui son más caras, por sesenta se las deho.- El escocés casi no podría seguirle, hablaba muy rápido. Galbart miró las figuras y se fijó en una. Era un pájaro, visto de lejos casi podía confundirse con uno de verdad. Era en realidad una obra de arte auténtica, se le veían bastantes detalles: el pico afilado, el contorno de los ojos, las plumas largas de la cola, las patas y varios detalles de relieve. Pedía algo razonable por ella. El buen hombre le dijo que iban a ser sesenta por esa. El escocés le ofreció veinticinco y el hombre se llevó las manos a la cara y se la quitó de las manos.

Ay, por Dió, por Dió, por Dió, no me haga eso hombre. Mire, si quiere le bajo a cincuenta, pero más no.- Le dijo tendiéndole la figura.

Cuarenta y cinco.- El hombre lo pensó y Galbart se dio cuenta de que no quería pagar tanto. Finalmente el hombre le dió la figura y Galbart tuvo que pagar cuarenta y cinco escudos, después de estrechar la mano con el hombre. Después siguió viendo puestos y se fijó en el de un árabe. Había telas, nadie paraba allí porque las telas eran muy caras. Miró a su derecha y había otro, que vendía madera. Carrie llegó a su lado y le dijo algo pero el escocés estaba observando al vendedor de madera que discutía con un cliente mientras vigilaba por el rabillo del ojo al otro, que le miraba sin parar. La multitud pareció dispersarse por un momento y vió a otros dos en los puestos de en frente. Casi sin tiempo para reaccionar Galbart agarró del pecho un hombre y lo puso delante suya, haciendo de escudo humano ante el puñal que volaba hacia él. El hombre desconcertado al recibir la puñalada le echó una mirada de auxilio mezclada con ¿por qué? El escocés lo dejó caer. Aquella mirada...

-¡¡A mi!! ¡¡A mi!!- gritó el escocés, que buscaba a su guardia mientras cogía a Carrie del brazo e intentaba marcharse de allí. La gente estaba desconcertada hasta que vieron el cadaver y empezaron a gritar, después los hombres armados y la tormenta se desató en el patio de Castellfosc. Su corazón latía a mil pulsaciones. Tiraba de Carrie y la gente salía por donde podía, huía de la gente armada. Cuando llegaron a un muro, Carrie y Galbart desenvainaron las espadas y buscaron a los hombres armados.

-Te dije antes que los había visto y que no me gustaba su pinta.- ¿Lo había dicho? El escocés buscaba y vio a uno. La guardia no había llegado a ellos aun, pero debía hacer algo. Se acordó de que al menos había cuatro. Un cuchillo le rozó la cara y gritó lleno de rabia. El patio se había vaciado, algunos cuerpos yacían inertes en el suelo. Y estaban rodeados por cuatro hombres. Galbart graznó y se lanzó a por uno de ellos. La rabia de había apoderado de él. Intuyó a parte de la guardia echándose encima de otros tantos. Él había fijado su objetivo e iba a por él. Su oponente alzó la espada para defenderse, pero el de Caithness no mostró piedad alguna con aquel hombre. Estocada tras estocada, cada una más fuerte que la anterior hasta que una se desvió y cercenó el brazo del árabe. Galbart pareció no notarlo y siguió lanzando estocadas: espalda, cabeza, cuerpo inerte, cuerpo inerte, cuerpo inerte...

Se tiró al suelo de rodillas y golpeó el cadáver hasta que no pudo más. Una masa viscosa cubría sus manos y el hedor de la muerte inundó sus fosas nasales, su rostro estaba salpicado con sangre. Se levantó con la espada en la mano. Se tranquilizó lo que pudo, aún respiraba muy deprisa. La guardia le miraba. Él se limitó a guardar la espada y a caminar hacia las casas de la gente, antes de seguir caminando dijo:

-Carrie, prepara la marcha, nos vamos a Beniparell.


El prólogo ya está. Esta historia está abierta a todo aquel que quiera participar. El hilo principal será que una flota de piratas asalta la costa valenciana y ellos intentarán rapiñar todo lo que puedan. Si queréis participar pero no sabéis cómo, escribidme y hablamos sobre el rol que puede tomar cada uno en esta historia.

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Carrie.munro_donan


Miró los hombres muertos, tirados en el suelo enmedio de un charco de sangre. Jadeante por la lucha y la inquietud que recorría su cuerpo buscó alrededor algún indicio de peligro, pero no vió nada. Por fin llego la guardia, Romualde fue corriendo hacia Carrie y se interesó por su estado y como había sucedido todo. Entrecortadamente fue explicándole todo ... y entonces Galbart ambas giraron la cabeza hacia donde se encontraba él. Parecía estar fuera de sí golpeando al último de los que cayeron...tiró de mi y nos fuimos hacia ese rincón, desenvainamos y la emprendimos con ellos Antes de que le preguntase le dijo que sí que estaba bien, sólo algún golpe y algún rasguño sin importancia y el de Caithess creía que también salvo el corte que le habían hecho en la cara, pero parecía estar bien, aunque un poco fuera de sí.

Se encaminaron hacia el grupo restante de la guardia cuando Galbart se giró para decir algo, que no entendió, y desapareció sin más.

- ¿Qué ha dicho?
- Que preparéis la marcha para ir a Beniparell
- ¿Beni... a Benipareeeeell?- dijo refunfuñando

Miró en dirección al escocés que sin mediar más palabra se iba solo.

- ¡¡¡Pero.... pero... PERO A VER!!!!- cogió una piedra que había en el suelo y la lanzó con todas sus fuerzas contra la pared de la casa más cercana- Doy gracias a los Dioses porque no le ha pasado nada, porque así tengo yo la oportunidad de matarlo- vió como Romualde hacía esfuerzos para no reirse y aquello la enfurismó más- No... ni se te ocurra reirte o te juro que...- sentía ganas de acercarse a uno de los muertos y acuchillarle cien veces para resarcir su rabia- ¿Se cree que soy su criada? ¿ O que leo su mente? ¿Como voy a organizar una marcha sin saber los detalles ni lo que pasa por su cabeza? ¡¡¡Maldita sea!!!! ¿¿Y a Beniparell??? ¿Con lo que acaba de pasar? ¿Cómo vamos a irnos? Dioses...... Dioses...... Dioseeeeeees.....

Se dió media vuelta y como hizo el de Caithness sin decir ni media se fue al castillo. En cuanto la vieron entrar en aquel estado todo el mundo se volcó en ella y preguntaron por el Barón.

-Estoy bien, dejadme en paz, el Barón está bien, sólo los Dioses saben por donde anda en estos momentos.

Siguió andando y se giró en seco.

- Cristiana- odiaba tener que pronunciar ese nombre, pero la pobre chica no lo había escogido ella- prepara todo para una marcha a Beniparell.
- Pero señora yo...
- No me preguntes, no puedo responderte a nada porque yo tampoco lo sé. Tu prepara

Se fué escaleras arriba gruñendo y refunfuñando hasta su habitación. Lo último entendible que oyeron fue que en cuanto llegase el señor la fueran a avisar
Galbart


- ¿No sería lo más lógico?- Preguntó el escocés a Romualde que le seguía como una loca por todo el patio.

- Pero Galbart, quedaguemos una guarnición insignificante aquí dentgo.- Dijo la francesa por enésima vez. Al escocés le divertía aquella forma de pronunciar según qué palabras.

- Vamos a ver, Romualde, este lugar no es un objetivo. Yo soy el objetivo. Y Carrie. Y estaremos más seguros cuanta más gente venga con nosotros, además, ya va siendo hora de que vaya a ver esas tierras que me corresponden.- Dijo sonriente el escocés. Era mentira, no le correspondían. Las que de verdad eran suyas estaban en Escocia, sería difícil transportarlas hasta Valencia. Rió con aquella absurda idea bajo la furiosa mirada de Romualde que acabó por desistir y se marchó visiblemente furiosa, seguramente a hablar con Carrie. El escocés aprovechó para subir a la muralla y contemplar el bullicio que llenaba el patio del castillo de Castellfosc. Un contingente de cuarenta hombres marcharía a Beniparell para buscar apoyos en su peculiar cruzada. Hacía un par de meses que había recibido una carta del castellano de Beniparell y a la cual no había respondido, y hoy pensaba presentarse allí en Beniparell sin avisar. No tardarían mucho en llegar, estimaba unas tres horas de marcha y saldrían en cinco o diez minutos, por eso se apresuró y fue a buscar su caballo para meter prisa al resto. Una vez estuvieron todos preparados, la capitana de la guardia, Romualde, dio orden de marcha y salieron bajo la preocupada mirada de sus vecinos. A los pocos metros, Galbart paró la marcha y se dirigió a sus vasallos:

- No os vengáis abajo, no es una retirada la que hoy protagonizamos, es el inicio de una guerra, una guerra contra aquellos que se atreven a hacer daño a nuestra gente. Los enemigos de nuestras tierras serán aplastados, aniquilados y erradicados de la faz de la tierra. Hermanos, no temáis, ¡venceremos!- Dio la vuelta y espoleó el caballo y el grupo les siguió. Lamentaba no quedarse a enterrar a los muertos, pero ya era demasiado tarde.

Cuando llegaron a Beniparell su llegada causó mucho revuelo y nerviosismo entre la guardia de la ciudad. Normal. Estandartes de verde y negro portadas por soldados armados hasta los dientes y afirmando que el Barón de Beniparell había llegado. Parecía que Romualde se había atascado en la negociación con uno de los hombres que guardaba la puerta, Galbart que hizo un gesto a Carrie para que fuera con él, descabalgó y avanzó hacia los guardias que flanqueaban las puertas del castillo.

Soy Sir Galbart Donan de Caithness, Senescal del Reino de Valencia y Barón de Beniparell, aquí mi esposa Lady Carrie Munro-Donan, Baile del Reino y Baronesa de Beniparell. Como sigáis impidiéndonos el paso os mandaré azotar.- Dijo con una sonrisa de oreja a oreja.- Si no creéis quién soy, llamad a Agustino de Recalde, castellano de este lugar.- Dijo al tiempo que avanzaba y dejaba atrás a Romualde, para acercarse cada vez más a aquellos hombres visiblemente desconcertados.

- No esperábamos a nadie, señor.-

- Lo sé, por eso he venido.- Se coló entre los dos guardias junto con Carrie. - Así que esto es Beniparell, ¿eh?

- ¡¡Mi señor!! Al fin habéis venido. ¡¡Dejadles pasar inútiles!! Mis señores, vengan por aquí, vengan.- Galbart miró a Carrie sonriente y caminaron cogidos del brazo mirando de un lado para otro observando lo que era una de sus nuevas posesiones. Siguieron a Agustino de Recalde que les hablaba de las gentes de Beniparell y de cuanto habían esperado la llegada del Barón.

En las dependencias del castillo, Galbart, sorprendiendo incluso a su mujer, pidió papel y pluma para escribir una carta que mandaría enviar tan rápido la tinta secara.

Cita:
A Don Nicolás Borja,


Recientemente hemos sufrido, en la villa de Castellfosc, dos ataques a manos de invasores moriscos. Nos encontramos en Beniparell. Temo que esto sea parte de algo mucho más grande, pues nos habían estado observando desde hace bastante tiempo. ¿Alguna idea?

Sir Galbart Donan de Caithness, en Beniparell a tres de mayo de mil cuatrocientos sesenta y cuatro.


- Agustino, llame a algún mozo, que lleve esta carta tan rápido como pueda a Gandía y la entregue en persona a Don Nicolás Borja.- Carrie miró a Galbart. Agustino de Recalde hizo lo que Galbart ordenó y cuando volvió, le preguntó si todo iba bien.

- No, nada va bien. Nos han intentado asesinar, Agustino. Dos veces, y me temo que esto sea parte de algo mucho mayor.

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--Lolin


- Niño, atiende hombre que algún día tú vivirás de esto. Mira, cortas esta parte del pescado... tal que así, ¿ves? Ahora... bueno, espera, esta parte podemos dejarla que a tu madre le gusta... ahora, bien, mira hijo, clavas el anzuelo justo en la boca, ¡trás! Así. Bien, bien, ahora cogemos y lo lanzamos al agua y... a esperar, quién sabe, ¡podríamos pescar un tiburón! ¡ja, ja!

Lolo el pescador, o Lolín como le llamaban sus amigos por su corta estatura, disfrutaba de aquel día con su hijo que había decidido acompañar a su padre a faenar. Aunque el chiquillo parecía arrepentirse a cada minuto que pasaba, Lolo disfrutaba de su compañía. Era sangre de su sangre y estaba orgulloso de él, le fascinaba ver como Dios había cogido parte de él y de su esposa y lo había convertido en su hijo, era fascinante. Sin embargo no mostraba el mismo amor por la pesca como lo hacía él y en parte eso dañaba a Lolo, y por eso insistía tanto una y otra vez:

- Ah, hijo mio, no encontrarás un lugar más tranquilo y rebosante de vida que en el mar. Bueno, cuando no hay temporal, claro.

Pasado un rato y sin pescar nada, amarró la caña y se tumbó en el bote, mirando al cielo. Su hijo miraba al horizonte, al este. Dios sabría en qué pensaba aquel zagal. El cielo estaba azul, casi tanto como el mar, en el horizonte quizá se podría confundir. Su hijo se irguió un poco más y se puso la mano a modo de visera y llamó a su padre, que se incorporó.

- Pa, ¿son barcos?

- Bien sabe Dios que sí, creo que deberíamos acercarnos un poco más a tierra.- ¿Había salido la flota de la Reina a algún lugar? ¿Eran comerciantes? ¿Eran... otra cosa? Remar tierra adentro era la mejor idea. Recogió el sedal y cuando se aseguró de que estaba todo recogido, cogió los remos de la barca y remó con ganas. Sin darse cuenta había llegado al poblado pesquero en el que vivían. Manuel, su tocayo que estaba en la playa arreglando una red le preguntó cómo le fue.

- No ha ido mal hombre, lo que pasa es que vienen barcos del sureste y bastantes. Conté unos siete.- Decía mientras echaba los cuatro peces en un cubo y mandaba a su hijo coger los aparejos. Se acercó a Manuel y vió cómo trabajaba con la red. Era todo un arte arreglar una red de pesca. Llevaba mucho tiempo y eso que aquella era pequeña. Se despidió de él y fue a casa. Sin embargo una sensación extraña invadió su cuerpo, aquellos barcos no encajaban allí y eso sólo significaba una cosa...


La intuición de Lolo no falló, pero bien podría haberlo hecho porque aquella misma tarde los piratas desembarcaron al norte y fueron a atacarlos. Los gritos y los ladridos de los perros sonaban desde todas las direcciones. Lolo, que estaba en casa cenando con su esposa y su hijo, se puso las botas y cogió un martillo y un cuchillo. Ordenó que apagaran las velas y el fuego y que se escondieran en el otro cuarto. No rechistaron. Lolo se quedó pegado a la puerta escuchando. Gritos y mas gritos, pasos, carreras, ¿un entrechocar de aceros? Un golpe en su puerta y... la echaron abajo. Lolo no dudó en lanzar una puñalada al frente y silenció el grito de uno de ellos ahora en el suelo. El otro, incrédulo no reaccionó a tiempo y Lolo pudo golperle en la entrepierna con el martillo, cuando le tuvo más a mano le golpeó en la cabeza dos veces y quedó tumbado en el suelo. Llamó a su familia. Rápido. Ordenó a su hijo que cogiera una de las espadas, él llevaría la otra. Una choza empezó a arder, la de Manuel. Que Dios nos asista.-dijo en alto. Lolo sólo sabía que tenían que salir de allí no sabía cómo ni hacia dónde pero sólo quería alejarse de allí. Se dio cuenta de que ni tan siquiera se había lamentado por no avisar a nadie de sus temores ¿qué le pasaba? Decidió entonces girar a la derecha y comprobar si los caballos de su cuñado Honorio, estaban allí. Gracias a Dios estaban, otra cosa era montarlos. Abrió la cerca y ayudó a su esposa que parecía estar en otro mundo, a subir, su hijo subió a otro y no sin dificultades, Lolo, consiguió subir a otro.

-Dadles con el talón y saldrán corriendo lo he visto hacer, agarrad con fuerza el pelo y rezad.- Su hijo obedeció, pero su mujer no, miraba al frente, no estaba en este mundo. Lolo bajó del caballo, escuchó gritos en una lengua extranjera que se acercaban. Trató de subir al caballo de ella pero sus piernas cortas se lo impedían. Volvió a subir al que estaba, ¿dónde había dejado la espada? Se acercó como pudo al de sus esposa y los gritos fueron hacia ellos. Él se tiró encima del caballo de su esposa mientras gritaba:

- ¡VETE HIJO! ¡AL SUR! ¡¡AL CASTILLO DE GANDÍA, CUENTALE LO QUE HAS VISTO AL DUQUE, CUÉNTASELO TODO!! ¡TE QUIERO!- Lolo, que estaba casi besando la grupa del caballo vio de reojo que sus adversarios estaban demasiado cerca, cerró los ojos y golpeó la grupa del caballo con varios manotazos.
Nicolino


Xeraco había ardido. Xeraco, pertenecía a sus dominios. Concretamente, unas cuantas millas al norte, se alzaba dicha alquería con un pequeño de casas de adobe, las más favorecidas con rojizas tejas de arcilla cocida, las menos, con techumbre de paja, la cual extendía sus huertos y acequias, hasta donde comenzaba la playa y el luego el mar. Un paupérrimo muelle de madera, que seguramente llevaría ya más de un siglo soportando el oleaje mediterráneo, servía de asidero para amarrar las humildes barcazas de los pescadores locales, quienes se valían del fruto del mar para dar de comer a sus familias.

Pero aquel poblado de chozas y pequeños caseríos, que siquiera tenía una iglesia o una torre para aquellos tiempos, había ardido, reducido a nada más que cenizas. Las ínfimas posesiones de sus habitantes habían sido expoliadas, las esposas raptadas, las jóvenes violadas, los hombres capaces de empuñar una lanza o una horca, asesinados.

Dichas tierras eran suyas. Y el Duque, debía proteger a sus súbditos. No había apostado ninguna guarnición en dicho poblado, como era de prever, por razones obvias: ¿A quién le interesaría saquear unas tierras de insignificante valor como aquellas? Al parecer, ahora a alguien que rehuía a la confrontación directa con las tropas del Duque, bien aprovisionadas, con acero de calidad y férreo entrenamiento. Porque los Borjas, se habían convertido en una Casa de gran poder y riqueza en Valencia, y a pesar de que su número había mermado, sus tierras prosperaban y abarcaban una buena porción del Reino de Valencia.

Mas quizás aquella riqueza propia de Gandía, había empujado a su soberano a cierto sedentarismo, abandonando la beligerancia propia de aquellas tierras donde los señores eran muchos, empobrecidos, y dispuestos a derramar sangre por dos acres de tierra, o tal o cual rebaño en las montañas. Nicolás, dado que Gandía se veía beneficiada por su puerto y el comercio de la Ruta de la Seda, que beneficiaba tanto a Valencia como a sus propios dominios, se había limitado a hacer alianzas, luchar entre intrigas por el poder de Roma, y ocuparse de los intereses del Reino, más que por ampliar sus feudos, ya favorecidos por su propia posición.

Sin embargo, no era un hombre que tomara una agresión en vano. Sus puños se cerraron, cuando oyó en el Salón de las Coronas, en audiencia, a aquel hijo de pescador contándole las desgracias de su pueblo, al que el Duque había jurado proteger. Porque aquella era la misión de todo noble: defender a sus gentes, protegerlas de bandidos, piratas, moros, y cualquier escoria que el Todopoderoso les arrojase encima a sus súbditos. Era el pilar del vasallaje, y la escala se repetía a medida que se ascendía entre los rangos nobiliarios, hasta llegar al Rey.

El Borja no era de aquellos que se tomara a la ligera aquel sagrado compromiso. Ni menos, una carta del Senescal del Reino, informándole de que una de sus villas había sufrido la misma suerte. Era necesaria, más que nunca, una mano firme, antes de convocar a las huestes y al Ejército del Gloriós. El Duque se reunió con el Capitán de su Guardia, Lotari, en el Salón de los Elementos, para resolver aquella cuestión.

Pronto, hubo tomado una decisión, frente al pergamino con la cartografía de las tierras de su feudo, sus alquerías y sus villas.

-Reunid las tropas, Lotari. No convoquéis a la totalidad de los soldados, pero sí a una lanza suficiente para enfrentarse a la guarnición de un torreón nazarí. Aprovisionad las carretas con carne en salazón, pan, agua y aquellos enseres necesarios para levantar tiendas. ¡Marchamos a Xeraco, para limpiarla de aquella escoria que osa desafiar nuestra autoridad!-exclamó el Duque. Pronto, marcharían a erradicar a quienquiera que se enfrentara a ellos.

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And I SET FIREEEEEEE TO THE RAAAAAAAIIIINNNN...!!!
Galbart


Pasaron dos días y no recibió respuesta alguna de Gandía. No le sorprendía. Es más casi lo esperaba. Por eso había mandado exactamente la misma carta a la Secretaria Real en Olocau, ella, seguramente, podría influir en su padre y poder ayudarle. Ya no era una noticia de última hora la invasión pirata en Valencia, todo el mundo lo sabía y todo el mundo trataría de defender lo suyo.

Los temores de Galbart se habían hecho realidad: los asaltantes habían desembarcado en varios puntos de la costa y saqueado y destruido villas pesqueras de poco valor monetario pero que eran claramente una provocación para los señores de aquellas tierras. Los informadores de Beniparell, bastante mejores que los de Castellfosc, le dijeron que incluso había llegado varias millas tierras adentro. Estaban muy bien organziados y si querían asestar un golpe letal aquel era su momento, pero como eran piratas no lo harían, se dedicarían a rapiñar

-¿Qué vamos a hacer?- Le preguntó aquella misma mañana a Carrie.

- Primero poner a salvo a la gente que está fuera del muro, ¿no crees?- Respondió ella. No es que no lo hubiera pensado ya, pero seguramente habría quejas y sobre todo el día después a la tormenta: denuncias por robos, peleas... Galbart hizo una mueca.

- Habla con Agustino de Recalde y haced lo que tengáis que hacer para ponerlos a salvo. Habilitad posadas o talleres o casas abandonadas o lo que sea, pero que no no quede nadie fuera de la muralla. Yo iré a echar un vistazo a la armería y... bueno, a ver qué podemos hacer. Nos vemos luego y decidimos el siguiente paso.- Salió con paso decidido de aquel salón, reconvertido en centro de operaciones aquellos días, en dirección a la armería. Aquello era una novedad con respecto a Castellfosc, que no disponía de un sitio específico para guardar las armas, armaduras y demás y pensaba que podía ser beneficioso. El escocés no se fijaba en los detalles, menos aún sabiendo que había un grueso contingente de tropas, indisciplinadas pero sedientas de oro y fama, en sus costas. Era un insulto que no podía tolerar, pero antes de dar el merecido correctivo debía asegurarse de que estaban bien armados. Y en esto pensaba cuando un hombre enjuto y calvo le llamó la atención:

- Barón, venga por aquí.- El Barón le observó y fue hacia donde él estaba. Resultó que era el Maestro Armero de Beniparell o así se había presentado Don Hernando. Resultó que Beniparell estaba bastante bien preparada: hachas, hachuelas, cotas de malla... pero lo que más le llamó la atención fueron los dos cañones que había al fondo de la sala.

- Ah mi señor, verá, estas dos de aquí son dos falconetes y dos culebrinas forjados aquí mismo. No son necesarios los carros para los falconetes, pero disponemos de ellos para transportarlos. Y bueno, si quiere recorrer una distancia como la que...- dejó de hablar ante la atenta mirada del de Caithness, que alzó una ceja al ver que dejó de hablar.- Perdone, sí, para ir hasta la costa tardaremos una hora, dos como mucho. Eso creo yo, sí.- Sin duda alguna aquellas armas eran el futuro. Las había visto en acción, tiempo atrás, y las había sufrido. No eran muy precisas pero cuando impactaban contra el casco de un barco, la tripulación del mismo estaba condenada. Pero no le preocupaba la precisión, seguro que se podría mejorar, sólo habría que investigar un poco más. Se acercó a las culebrinas y las tocó. Frías y silenciosas descansaban en el fondo de la armería.

- ¿Cuántos proyectiles tenemos? Y lo más importante, ¿cada cuánto podemos dispararlas? - Preguntó Galbart. Hernando pensó y le dijo:

- No creo que sea un problema hacer más proyectiles, tendremos dos cajas llenas, pero podemos hacer otra para dentro de tres días. Y las culebrinas, pues depende del artillero... No creo que se tarde mucho más de quince minutos... ya sabe, dejar que enfrie, colocar la mecha, la polvora, cargar... lleva su tiempo, además...- El escocés levantó la mano. Sabía que le iba a decir que era muy importante respetar los tiempos pues se agrietaban con cierta facilidad.

El escocés sonreía ante las posibilidades de la artillería. Quizá no estuviera a tiempo de armarse mejor, pero se le acababa de abrir un nuevo horizontes de posibilidades. Nunca había pensado en la artillería como en un asunto serio en el que invertir, pero al verlas allí en la Armería de Beniparell supo que tenía que hacerlo. Antes de marcharse y después de hablar largo rato sobre la forja, los armeros, los aprendices, los materiales... ordenó que se hicieran más picas. Llegado el momento igual eran más valiosas las picas que las propias espadas y hachas y más aun si era un campesino sin experiencia de combate.

Sí, las guerras habían cambiado. Galbart, para su edad, ya había estado en algunas y siempre veía cosas nuevas y decidió que él debía innovar y contribuir al desarrollo de tácticas y sobre todo de la técnica. Estaba contento ante aquella perspectiva y sonreía. Y se cruzaba con sus vasallos que le veían sonreír y eso sí era importante.

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Anabel.


Valencia vivía en paz. Sus ejércitos limpiaban caminos, las villas eran prosperas y el único peligro era, según su opinión, la falta de interés de los ciudadanos con otros problemas básicamente de índole política. Sin embargo, ella les comprendía. Respecto a la nobleza, sus feudos y las villas a su encargo, no podía hablar sobre sus vecinos o algunos otros, más si de Olocau. Con la partida de otros nobles de la región de Segorbe, los Bournes eran de los pocos que aún se mantenían en pie, vigilando los caminos y manteniendo no solo las villas entregadas bajo su protección, sino que lo que pudiesen cubrir con sus tropas. Y gracias al altísimo, jamás habían tenido el problema de hombres y mujeres que desearan unirse a su hueste.

Aquella mañana se hallaba en un pequeño duelo con el de Cary, para no perder habilidades que duramente le había costado conseguir. Desde que había dejado el ejército y dedicado más a la corte no tenía la oportunidad de entrenar, por ello cuando estaba más en Olocau, aprovechaba ese tiempo con la guardia y el mismo capitán del Águila para no enfriarse en el uso de la espada, el arco y otras barbaridades con las que podría derribar a un desgraciado que osara enfrentarse a un Bournes.

Lo que no esperaba era aquella carta, más de quién provenía - ¿Y sabe escribir el Barón Picto? – rió y rompió el sello para leer – Vaya… - detuvo completamente su entrenamiento - ¡Escuderos! – los llamó y de inmediato acudieron a ella – quitadme esta armadura – ordenó. Erlantz la miró preocupado y ella, sin mediar mucha palabra, le entregó el documento mientras se deshacía de sus pesadas ropas de entrenamiento – vamos con el Conde, Erlantz. Esto es muy grave. – Erlantz asintió y ambos fueron en su búsqueda.

-¿Es que acaso no hay paz en este reino? – suspiró mientras observaba una manzana roja, hermosa y brillante – no importa; Pobres, ricos, fuertes o débiles. Siempre hay alguno con ganas de… - su padre la miró y ella sonrió traviesa mientras mordía la manzana – y entonces, padre ¿merece la pena que intervenga el condado? – volvió su mirada hacia la manzana que ahora parecía más bella que antes al haber probado su sabor – Lo digo porque el Barón jamás ha sido muy cercano a nosotros. Olocau vigila bien sus fronteras, Sagunt y Bétera sin dueños, cada uno hasta sus fronteras – pensó unos instantes y luego observó a su Padre - aunque supongo no es una invasión solo a su feudo, es un peligro potencial al resto del reino. Vamos, no estamos muy lejos de ellos – su Padre sonrió – tardasteis, pero lo comprendisteis hija mía - ella rio – solo me divierto por unos segundos Padre. Al final, la decisión es vuestra – el Conde tomó unos mapas – es nuestra, acercaos ambos – ella se levantó y observó el mapa – Erlantz, en base a las tropas con las que contamos y podamos reunir, necesitamos mantener en orden Olocau y sus tierras, además del águila… - la cantidad de hombres, la estrategia y la ideas sobre un posible apoyo militar con la que el capitán de las huestes demostraba su conocimiento era elocuente y quizás sería él, el de Cary, quién al final daría la ayuda indirectamente al Barón de Beniparrel. Ella solo atendía y aprendía en silencio.

- Muy bien, acudiremos. Lo ideal habría sido destruirles antes de que llegaran a la costa, pero será en tierra donde se derramará la sangre – ella sonrió ante la idea – quizás sea divertido – su padre, quién parecía trazar movimientos en el mapa con la mano, alzó la vista – así será hija mía. Erlantz, informadme de todo y preparadlo. Hemos de partir en el menor tiempo posible.

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Galbart


El día de la batalla final.

La maniobra hecha por las fuerzas de Castellfosc no fue nada sencilla. En primer lugar debían alejarse del campo de batalla, por la noche, y dar un rodeo hacia el sur para subir por la costa. En segundo lugar tuvieron que esperar un par de horas, con frío a que los rivales bajaran la guardia y en ese momento entrar en el campamento sur y exterminar a todos lo piratas y capturar los barcos anclados cerca de la costa.

A la mañana siguiente, cuando el mensaje de que la primera parte de la misión se había completado, el de Caithness sonrió y agradeció a los Dioses que le ayudaran con aquella tarea. En seguida se puso la espada en la cintura y salió de la tienda a respirar el aire neblinoso de la mañana. El salitre le inundó las fosas nasales y dio un respingo cuando los olores del campamento llegaron a él. Dos días de campaña eran demasiados para unos simples piratas y para colmo los falconetes se habían roto y tenían los barcos piratas disparando contra ellos en el momento de carga. Era una vergüenza no haberlos expulsado ya. Pero entonces, en un momento de divina inspiración, gracias a Morgana, vio con claridad lo que había que hacer para destrozar su artillería. Todo fue planeado la tarde anterior y un grupo de cuarenta y dos soldados, capitaneados por Romualde, salieron a cumplir las órdenes. Esa misma tarde se acabaría todo y debía disponerlo todo para cargar y acabar con los enemigos de su feudo.

Más tarde, cuando el sol llegaba a lo más alto, el cielo lucía un azul intenso, un paisaje precioso que se ponía en contraposición de lo que iba a pasar. Antes de partir y caminar casi una milla al campo de batalla, reunió a la tropa. El escocés estaba subido en una piedra y desde ella podía observar las sobrevestas verdes y negras de Castellefosc y las blancas y amarillas de Beniparell. Trescientas caras le miraban esperando a que dijera algo.

Lo que vais a ver hoy es lo más cercano al infierno en la tierra de los vivos. Creo que esos piratas no saben la que se les viene encima. Hoy nuestra vida o nuestra muerte estará en manos de los Dioses.- Hubo murmullos y para acallarlos desenvainó la espada-. Pero si vamos a morir, que mejor forma de hacerlo que metiendole la espada por el culo a esos bastardos, ¿eh?- Dijo sonriendo- ¡Alzaos camaradas! Vamos a sacar la basura de nuestras tierras, ¡alzaos! Vamos a matarlos a todos, ¡que no quede títere con cabeza!- Alzó la espada y la tropa gritó al unísono para ponerse, inmediatamente en marcha.

La llegada de las fuerzas de Castellfosc pilló desprevenidos a los piratas que seguramente se habían relajado tras no haber visto batalla por la mañana. Ciertamente encontrarse tan tarde para combatir era algo... novedoso cuanto menos. Cuando su ejército se posicionó, Galbart junto con Carrie avanzaron diez pasos.

-¿Ves aquellas naves de allí?- Dijo ella. El escocés no vio nada pero asintió.- Ya están aquí.- Dijo sonriente mientras volvía con su sección.

Diez minutos después, las naves que venían de sureste hicieron que el campamento pirata estallara de alegría. Las provocaciones iban en aumento: insultos, cortes de manga... incluso los había que enseñaban sus genitales como signo de repulsa. Sin embargo, todo aquello cambió cuando Galbart Donan desenvainó su espada, la alzó y señaló a sus enemigos. Empezaron a caminar todos juntos.

Los piratas estaban desconcertados unos lo veían como un acto suicida y otros no le encontraban sentido. Umara daba voces y ordenó que los barcos, dos en paralelo a la costa, no dispararan hasta que los refuerzos llegaran. Sus hombres, poco acostumbrados a la batalla en campo abierto se dispusieron en varias filas y avanzaron unos metros gritando.

El ejército de Castellfosc avanzaba a buen ritmo pero se detuvo cuando Galbart lo hizo. Una de las naves estaba a menos de cien metros, sin tripulación y directa hacia los barcos de la costa. El de Caithness empezó a reir a carcajadas. Dió un grito y la sección de arqueros preparó una descarga.

Fue demasiado tarde para Umara y la gente de los barcos de artillería. Uno de los barcos que ellos creían de apoyo, llegaba con mucha velocidad y para cuando quisieron reaccionar...

La proa del barco robado penetró en el casco de uno de los barcos de artillería partiendolo en mil pedazos. El estruendo fue brutal. La madera volaba en todas direcciones e incluso hubo una explosión que desató una tormenta de fuego en la playa. La proa del barco partido golpeó con violencia al otro barco haciendo que se tambaleara. Su mástil se partió y cayó hacia un costado creando un efecto de péndulo que finalmente golpeó el casco del barco, agrietandolo y finalmente, por la presión del agua, generando un boquete de un tamaño lo suficientemente grande como para que el barco empezará a hundirse. Los sonidos fueron especialmente intensos al principio, luego el silencio de apoderó del lugar para ser interrumpido por el grito de los piratas que pedían socorro. Unos salían de entre las llamas tirándose al mar. Lo más grotesco fue ver como uno de ellos saltaba, para salvarse, desde el casco para acabar atravesado por una estaca de madera. El plan había funcionado.

Las flechas caían sobre las desordenadas tropas de Umara que se desgañitaba tratando de reunir su tropa y huía de las flechas.

A cada ráfaga de flechas, una vez la sección de Galbart otra la de Carrie, avanzaban unos pasos. Cuando las flechas se acabaron estuvieron lo suficientemente cerca como para cargar contra los huidizos piratas.

El cielo reflejó la sangre derramada aquel día. El resto de barcos piratas habían abandonado la costa hacía rato y de los barcos destruidos sólo quedaba madera que sería reaprovechada para el invierno.

El escocés observaba a sus hombres saquear los cadáveres de los piratas. Satisfecho con su labor, podría por fin, gobernar en paz. Dejó la espada clavada en la tierra y poniéndose de rodillas, arrancó tierra del suelo, la deshizo y dando gracias a los Dioses, lanzó la tierra al aire para que le cayera en el rostro.

Una vez más, había vencido.



Cerrado por petición del autor
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