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[RP] Y que la eternidad se los lleve.

Galbart


La capa ondeaba con el viento que se había levantado desde el sureste. Galbart se encontraba en un acantilado observando el mar mediterráneo. Estaba apoyado sobre una piedra con una pierna formando un ángulo recto y la otra estirada, su espada descansaba, colgada en su cintura, a si izquierda. El escocés divagaba y pensaba en mil y una cosas mientras el viento lo golpeaba a él y las olas la tierra sobre la que se apoyaba. El olor del mar y el rugir de las olas parecía que lo transportaba a otro mundo, un mundo en el que él había estado y del que había sido, de una manera u otra, despojado. A lo lejos observó como un pájaro planeaba cera del agua, muy cerca, peligrosamente cerca, hasta que cayó al agua. El escocés dio un respingo cuando vio que el mar se tragaba a aquella criatura. Sin embargo, un instante después el pájaro volvió a alzar el vuelo. El escocés quedó maravillado, ¿cómo era posible? Pensó en el plumaje del pájaro como si fuera la ropa de una persona y en como costaba salir del agua cuando caías al agua con ropa. Por más que pensó en alguna posibilidad no se le ocurrió alguna lo suficientemente razonable como decir que tenía que volar porque era su destino. Con aquel razonamiento se conformó el de Caithness que decidió volver.

En el camino de regreso se concentró en el camino y nada más, trató de dejar la mente en blanco, pero aquel día era difícil porque a unas treinta varas de distancia advirtió a un anciano que estaba sentado en un tocón y apoyado en su bastón. Incluso a lo lejos, el anciano miró en dirección a Galbart. El escocés siguió caminando y llegando a su altura el anciano dijo:

- Si lo que quieres es riqueza, en mi no encontrarás mas que pobreza. Estos trapos con los que me cubro y esta vara es lo único que me queda, supongo que para mi es un tesoro, pero pa...

- Basta.- Le espetó el de Caithness.- No voy a robarte ni a hacerte daño.- Dijo en un tono más amable. Se fijó en él más detenidamente y observó que llevaba una bolsita de tela colgada al cinturón, estaba bien camuflada porque era del mismo color que los pantalones. Pero lo más significativo eran sus ojos, blancos como la leche.- ¿Qué trae por estos lares a un ciego anciano?- Quiso saber el de Caithness.

- Hmm, extranjero sí... Debes ser ese escocés del que hablan por ahí, el Senescal, ¿me equivoco? Aaah, pero no quiero eludir tu pregunta, no, no... Vengo aquí casi todas las tardes a sentarme en este tronco, ¿sabes? Tiene su historia si tienes tiempo para ella, claro, vivimos tiempos agitados y confusos y bueno, un hombre como usted estará ocupado.- Dijo esto último con un tono arrogante mientras una sonrisa se le dibujó en el rostro. Era increíble que conservara todos los dientes. El de Caithness valoró la oferta, estaba claro que aquel anciano quería hablar. Pero el de Caithness intuyó algo más en el tono de voz de aquel hombre al hablar de aquel árbol.

- Puede ser una historia interesante, sin duda. Sin embargo algo me dice que puede ser muy aburrida o ser muy interesante.- Dijo el escocés y ahora fue él el interrumpido.

- Mire, señor- dijo con tono serio- tengo cerca de ochenta veranos y he visto y oído muchas cosas y creo que es una buena idea compartir todo lo que sé, bueno, lo que he visto y vivido, antes de que el Altísimo me lleve. Es evidente que vos no queréis saber con quién cortejaba de joven o no, ¡que el demonio me lleve si yo mismo quiero vivir esas historias!- dijo algo más relajado.- No hombre, cuando llegues a una edad entenderás por qué tengo ganas de compartir vivencias, cuando tengas mi edad, si es que no te matan antes- sonrió- lo comprenderás, sí. Ahora, qué me dices, ¿acompañarás a este viejo y escucharás una de sus historias?- A Galbart le gustó su descaro y asintió, luego fue consciente de que él no le podía ver.

- Claro señor, pero será mejor que nos vayamos a una taberna... con una cerveza y algo de comer creo que nos irá mejor.- Dijo el escocés.

-Aah, me alegra oírte. Sí, vayamos, conozco un lugar... a propósito, ¿has oído hablar de los strigoi?

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Carrie.munro_donan


¿Cuánto tiempo llevaban en Castellón? Ya ni se acordaba, mucho, demasiado tiempo fuera de casa, esperaba que en Castellfosc todo estuviera bien. No les había llegado ninguna noticia, lo que, seguramente, era indicio de que todo iba bien.

Aquella calma la intranquilizaba. Sabía que los ejércitos no andaban lejos y aunque había pactado un armisticio, ella tenía el convencimiento de que no iba a ser respetado. Los catalanes siempre han sigo gente sin palabra ni honor, eso es lo que le habían contado en Valencia y por lo que había llegado a entender siempre había sido así.

Se giró hacia Galbart y le besó suavemente en la mejilla, le acarició con delicadeza el rostro paseando los dedos por su cara, casi sin tocarle para no despertarle, aún así él resopló y se giró hacia el otro lado. Carrie le besó en el cuello y se levantó, no quería despertarle, si alguien necesitaba descansar era él, tenía muchas cosas en la cabeza, decisiones que tomar, gente a la que organizar y tantas otras cosas...

Se vistió rápidamente sin hacer ruido, se envolvió en su capa y se fue a dar una vuelta. En cuanto la vieron los soldados de guardia fueron hacia ella para preguntarle si le pasaba algo a ella o al Senescal, si necesitaba cualquier cosa. - Tranquilos, necesito pasear un rato y despejar la mente, esta calma me tortura. Quisieron acompañarla pero ella se negó, prometió que iría con cuidado y que no se alejaría mucho. Ni que fuera todavía una niña, dioses pensó.

La noche era terriblemente oscura. Sólo una tímida estrella se asomaba de vez en cuando dejando intuir que todavía seguían allí en lo alto, que todo seguía siendo como siempre. Oyó un ruido al que no prestó mucha atención, pensando que sería algún animalillo. No era sitio de emboscadas ni los ejércitos enemigos podían estar en esa zona. ¿O si? Quizás estaba pecando de confiada. Al volver a oir el mismo ruido pero un poco más fuerte se inquietó. Instintivamente puso la mano en la empuñadura del cuchillo y avanzó lenta para que sus pasos no la delatasen. Otra vez el ruido. ¿Qué sería? Dislumbró unas luces... pero no eran hogueras, ¿serían antorchas? Pero las luces eran azuladas y demasiado grandes para ser unas simples antorchas, ademas parecían cambiar su forma y a veces también el color.

¿Madre?
s
usurró pensando que era Brigid que la estaba guiando hacia algún lugar. Pero era extraño porque no sentía su presencia como otras veces.

Las luces se concentraron todas en una, hicieron un movimento de espiral, como un remolino ascendente y de golpe a una velocidad increible bajó hasta el suelo y desapareció. ¿Qué era aquello? Los pies se le hundían, el suelo era inestable y estaba todo encharcado. Empezó a sentir un olor desagradable y continuó avanzando hacia el lugar donde había desaparecido la luz. Dioses- masculló entre dientes. El olor se intensificaba llegando a ser un hedor cada vez más irrespirable, nauseabundo. Se tapó la cara con la capa dejando ver solo la parte de los ojos y entonces descubrió la causa de todo aquello: eran unos cuerpos en descomposición en medio de aquella ciénaga. Y otra vez el ruido...

Miró alrededor y vió que estaba en una zona muy desprotegida así que volvió sobre sus pasos hacia el cuartel. Con la idea de volver para saber qué hacían aquellos muertos ahí, si eran soldados, campesinos, viajantes que habían fallecido por el camino. Pero lo que la desconcertaba era el lugar donde los vió, el extraño fenómeno de la luz y los ruidos.... ¿Qué le estaban diciendo los dioses?

Cuando se despertó Galbart ya no estaba a su lado. Consiguió un trozo de pan y queso, y se fue otra vez al lugar de la noche pasada. Esta vez sin luces extrañas ni nada raro en el camino, sin oir los ruidos.
Llegó al lugar y ahí estaban los cadáveres en un proceso avanzado de descomposición. A saber qué les había pasado a esos infelices, no se apreciaban heridas, aunque en ese estado era difícil distinguir nada, tan solo que no les faltaban miembros. Algo llamó su atención, así que se dirigió hacia unas cañas que parecían esconder alguna cosa más que una vegetación un tanto espesa. Era otro muerto, pero con la diferencia de que este era muy reciente. No había nada raro en él tan sólo una especie de mordiscos en su brazo. ¿Habría por ahí algún lobo? De todas maneras la herida no parecía tan grande, tan profunda o tan incisiva como para provocar la muerte del sujeto... Y el ruido otra vez...

Se fue al campamento. Quizás alguien de la guardia de la noche anterior había oído algo o sabía alguna cosa. Intentaría averiguar qué significaba todo aquello.
Galbart


¿Qué sería un strigoi? El de Caithness le daba vueltas a la cabeza y lo único que se le ocurrió fue algún zorro o gato local. Sin embargo algo le decía que no y la intriga lo estaba consumiendo poco a poco, la curiosidad lo erosionaba como el agua de mar moldeaba la roca. El viento aún era fuerte y avanzaban lentamente, no daba ni un sólo traspiés y se le veía concentrado en la tarea de caminar, quizá por eso no había abierto la boca en todo el camino. Galbart por su parte, pensaba en lo que le había dicho y miraba al frente, siempre atento, por si acaso. Sin darse cuenta llegaron a las afueras de Castellón y antes de entrar en una de las tascas del puerto, en la que ya se había metido el cigo, Galbart se fijó en una procesión: la encabezaba un clérigo, entrado en años ya, y lo seguían dos monaguillos con dos incensarios. Un pequeño grupo de gente formado por pequeños burgueses, vagabundos e hidalgos, los seguían en silencio mientras el anciano que encabezaba la comitiva lanzaba plegarias al cielo en latín, a continuación los monaguillos contestaban algo y movían con más violencia el incensario. Al pasar por delante de Galbart, que se apartó para dejarles pasar, el clérigo le hizo un gesto con las manos y siguió su camino. El olor del incienso fue un agradable contraste con los olores cotidianos. Pasado el grupo, el escocés se introdujo en la taberna pero se detuvo al escuchar una voz conocida.

- Ei, espera, Galbart.- Era Carrie, sonriendo como siempre. - Oye, hay una cosa que me ha llamado la atención...

- Hola guapísima.- Sonrió al ver su sonrisa y empezó a hablar en su lengua materna- Ven, entra, hay un hombre que me tiene intrigado, es ciego y dice que tiene una historia interesante.- Carrie puso los ojos en blanco pero siguió a Galbart al interior de aquel antro. Sólo había un hombre que estaba tirado encima de una mesa agarrando una jarra de lo que sea que estuviera bebiendo aquel desgraciado. Cerca del hogar, si es que se podía llamar así a un círculo de piedra con tres leños encima, en donde había unas tímidas brasas y una estructura para colgar la olla, se había sentado el anciano y justo estaba dejando el palo apoyado en la pared. Galbart se sentó y a su lado, muy cerca, Carrie.

- ¿Quién es nuestra compañera amigo mio?- Dijo el ciego pillando por sorpresa a Galbart, ¿cómo era posible que supiera que era una mujer la que los acompañaba? - Ah, pero que indiscreción la mía, no hace falta que contestes Señor, yo... sí, beberé lo mismo que tú.- Dijo con picardía, estaba claro que al escocés le tocaba pagar. El escocés levantó la mano y el dueño del local se acercó.

- Trae una jarra de vino y algo de comer.- Dijo secamente y cuando se marchó presentó a su esposa al ciego.- Ella es mi esposa Carrie, y Carrie este es...

- Abraham, soy Abraham... sí amigo mio,- y a continuación bajó la voz- soy spinozista.- Dicho aquello que no tuvo mayor repecursión con sus interlocutores, recuperó el tono de voz normal, - Y en el final de mis días, como bien te dije hace un rato, quiero compartir todo lo que he visto, pero para ti, dejaré sólo una parte, algún día, quizá cuando compruebes o veas la veracidad de lo que te voy a contar vuelvas a saber más de este pobre anciano y ciego, castigo justo del Señor como bien juzgaréis cuando oigáis mi relato.- Dejó aquellas palabras flotar en el aire mientras el posadero dejaba en la mesa una jarra de vino y un plato con trozos de gallina. El spinozista se lanzó a la comida bajo la atenta mirada de los dos escoceses. Galbart se llenó su copa y dio un trago, tiempo hacía que no bebía y trataba de evitarlo pero bueno, aquella ocasión era algo especial. Galbart, mientras Abraham devoraba el plato de gallina, se fijó en como el dueño mataba a garrotazos una rata que se había colado por debajo de la puerta. Después de muerta se la llevó la sala interior, a cocinarla seguramente, aquello no le sorprendió, él mismo había comido rata en otra ocasiones, si bien no era algo desagradable, tampoco era agradable, pero alimentaba, cumplía su función de no dejar vacío el estómago. Dio un trago y miró a su esposa, que le miraba fijamente, él le sonrió y alzó la jarra de nuevo para dar otro trago. Giró la cabeza para ver que Abraham ya había terminado. Había dado buena cuenta de aquel plato y ahora bebía con fruición una copa de vino. Una vez acabada se limpió el morro con la manga de la camisa y dijo:

- Uno debe saber cuando ha de parar y yo he terminado. Ahora, dejadme que haga un poco de memoria y encuentre la raíz de la historia que os voy a contar.- Dicho lo cual se recostó en la pared y meditó durante unos minutos en los que reinó el silencio en la tasca. Galbart removió las ascuas y parecieron avivarse. El sonido del viento entrando por la cualquiera de las rendijas era lo único que se escuchó durante los instantes posteriores.

- Cuando yo tenía pocos años, quizá siete u ocho, empecé a estudiar el oficio de mi padre. Resulta que mi padre era cartógrafo en las islas baleares. No tenía mucho renombre y los encargos que le hacían eran sobre todo marineros que buscaban nuevas rutas para navegar. El arte de la cartografía es muy complejo pues mezcla saberes de todo tipo: geometría, álgebra, astronomía, geografía... el sueño de mi padre era poder cartografiar el mundo o trabajar para algún señor acomodado, cosa complicada para los nuestros, jeje... En fin, sea como fuere, aprendí mucho de mi padre, no sólo los saberes que enumeré anteriormente, también aprendí a interpretar las escrituras e idiomas latín, árabe e italiano. Los dominaba tanto oralmente como por escrito y aquello me abrió bastantes puertas. Y digo esto porque en varios de los contratos de mi padre, se me permitió subir a un par de barcos para ver de primera mano para qué servía todo nuestro trabajo. Y veréis, nuestro trabajo no sólo consistía en hacer una serie de cálculos para guiar a los marineros en sus rutas, tratábamos de impregnar el mapa del mayor detalle que fuera posible y aquello constituía conocer muy bien todos los golfos, bahías y estrechos que hubiera en las costas del mediterráneo, porque todos nuestros contratos iban enfocados a rutas comerciales por este mar. Subir al barco, por primera vez, me pareció una de las experiencias más gratas de toda mi vida. Fue en una genovesa tripulada por sicilianos que habían parado en las islas a comerciar y a estudiar más mapas. Nuestro trabajo, por el motivo que fuera les gustó y me ofrecieron embarcar para ir con ellos a Sicilia, como dominaba el italiano pude entenderme bien con ellos y mis padres no se opusieron a que me fuera con ellos. Así fue como embarqué y estuvimos un año recorriendo distintos puntos del mediterráneo: Ceuta, Melilla, Alejandría, Argelia, Túnez, Malta, Córcega, Cerdeña Sicilia... Viajé mucho en un año y a mi regreso estuve días contando mis experiencias, fue algo maravilloso. Hicimos más y mejores mapas y mi familia volvió a recuperar cierta notoriedad en las baleares como cartógrafos fiables. Sin embargo a la muerte de mi padre, no se me concedió el permiso de titularidad del negocio y caímos en desgracia, sin ingresos y con mi madre enferma no tuve que esperar mucho hasta que decidí marcharme de Mallorca. Enterrados mis padres, marché como tripulante en una carraca mercante hacia Venecia, sin embargo, al entrar en aquellas traicioneras aguas, una tormenta nos llevó a la costa de Albania, en donde tuvimos que bajarnos a reparar los daños del barco: el casco estaba agujereado, las velas rotas y el mástil astillado. Pasamos, unos cuantos meses parados en Albania, tiempo que aproveché para conocer el lugar, el idioma no fue problema, claro, me hice amigo de un viejo hombre que se hacía llamar Besnik, un erudito árabe que compartía su amor por la cultura conmigo, me preguntó cosas sobre mis viajes, mi vida, mi familia, la vida en las islas, mi oficio, todo. Era un hombre bastante curioso y me dijo que iba a emprender un viaje hasta el principado de Valaquia y me invitó a acompañarle. Después de despedirme de mis compañeros, que estaban borrachos, me fui con Besnik y emprendimos nuestro viaje hasta el Principado.-

Galbart escuchaba con atención todo lo que aquel hombre contaba. Sin duda alguna, por todo lo que había viajado Abraham, su historia merecía la pena escucharla. Galbart, sin embargo, esperaba un giro en los acontecimientos de aquel hombre. Dejó sus pensamientos a un lado y volvió a concentrarse en la historia.

- ... no me malinterpretéis, no es que tuviera nada en contra de aquel pequeño, pero quería quitarme el dinero y no estaba en disposición de dejarle... Sea como fuere, Besnik cada vez estaba más preocupado por algo. No era un hombre que contara a menudo cómo se sentía, pero se le notaba. Una vez, cenando en la casa de unos campesinos que nos acogieron con toda la humildad del mundo, Besnik enfureció porque le pregunté por qué estaba tan raro. Dejé el tema aparcado y a la mañana siguiente dejé una moneda de plata en la casa de aquellos campesinos, cuando la vieron, se me partió el corazón porque lloraban de alegría, es curioso, me pasó lo mismo en Cerdeña y no pude evitar, en aquel momento, pensar en que el mundo no es más que una constante repetición de nosotros mismos. Podremos crear estados, nuevas fronteras, nuevos feudos, podremos destruirlos, quemarlos... pero la gente siempre será igual, o no igual sino que se comportará de la misma manera, algo en nuestro interior nos lleva a comportarnos de una determinada manera en una determinada situación independientemente del contexto temporal o geográfico... podría atreverme a decir que la Historia es algo cíclico y que si bien sus protagonistas nunca son los mismos, si que lo son las situaciones. Pero volviendo al tema que nos ocupa... Llegamos por fin al Principado de Valaquia, y llegamos a la capital, Targoviste creo recordar... Una ciudad muy grande y con aristotélicos y averroistas conviviendo con algún spinozista. Pasamos un mes allí, Besnik recuperó su forma de ser y volvió a ser la persona que conocí en Albania... Fue una noche calurosa de verano cuando, para mi, todo cambió. Esa noche, el mismo Besnik me llevó a una casa, decía que había conocido a un hombre de mundo, así llamaba a los viajeros. Fuimos y para mi sorpresa, nos alejamos cada vez más del núcleo de la ciudad. Yo me sentía inquieto, eramos dos extranjeros paseando de noche, sin luces, por la ciudad. Al rato, tras salir de los muros de la ciudad y pasar varios campos labrados, llegamos a una casita apartada del resto y antes de llamar a la puerta me preguntó: "Abraham, ¿has oído hablar de los Strigoi?"

Otra vez aquella palabra, Galbart estaba seguro de que no podía traer nada bueno.

- No, respondí. Y él, tranquilamente me sonrió y me dijo, oirás que son enviados del mismísimo demonio para acabar con el mundo conocido... pero, se equivocan, ¿o puede que no? Lo último que recuerdo de aquel momento fue como se abrió la puerta y el fogonazo cegador que apareció de dentro, un fogonazo azul y después un olor muy desagradable, después caí inconsciente y desde entonces mi vida cambió... a peor.

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Galbart


El escocés dio un respingo ante el dramático corte que introdujo en el relato Abraham. Aquel hombre había recorrido una gran cantidad de mundo, aunque sólo fuera el mundo mediterráneo, había estado en contacto con más pueblos y civilizaciones que la mayor parte de las personas de aquel Reino. Incluso, por lo que se intuía en su relato, había visto y conocido a seres oscuros y malignos. Sin embargo había una cosa que a Galbart le producía cierta curiosidad y por ello, aprovechando el parón de Abraham, le preguntó:

- Una cosa, ¿qué historias cuentan los marineros? O contaban, vaya... Has viajado con marineros y has estado en un sinfín de ciudades marítimas.- Hizo una pausa para que el ciego asimilara la pregunta y aprovechó para pedir que les llenaran la jarra. Al cabo de unos instantes dijo.- Las historias de mar siempre me han gustado, desde bien joven, sólo siento curiosidad por ellas.- Dijo mientras el posadero llenaba la jarra y la llevaba de vuelta. Galbart se llenó la boca de vino muy amargo, aún así, lo tragó con gusto. Esperó con gusto a que aquel hombre hablara, porque le había visto sonreír con la pregunta.

- Hmm, sí, te puedo contar una de la historias que más me gustó. La escuché en una taberna en Atenas. Preciosa ciudad aquella, cuna de nuestra civilización según algunos eruditos de Grecia, no obstante, es un termino muy... relativo que les rebatiría con gusto.- Sonrió ante aquella firme afirmación.- Volviendo al tema que nos ocupa, no era muy complicado sacar temas de conversación a los griegos, puede que parezcan un poco mustios al principio, puede ser, pero cuando invitas a una ronda... amigo, no hay cosa más poderosa que el dinero; te pueden decir que un arma, o el hombre que empuña un arma, o quizá el hombre que empuña un arma y tiene seguidores... Pero obviando a la divinidad, creo que estaréis de acuerdo conmigo en que una moneda de oro tiene mucho más atractivo que una espada, que a los dos meses está herrumbrosa. Y es ese atractivo el que ciega al hombre, lo aleja de sus pasiones, amistades y lo corrompe hasta oscurecer su alma. El dinero es un arma poderosa que está en vías de expansión y ese crecimiento será imparable durante mucho tiempo.-

Hizo una pausa y tanteó la mesa buscando la jarra de madera. Galbart se fijó en la elaboración de la jarra, parecía de fresno, pero no se atrevería a dar esa respuesta como segura. Los pensamientos de aquel hombre pintaban una realidad bastante precisa. La nueva clase de comerciantes que se estaba asentando por todo el continente desplazando a la vieja nobleza y a los viejos caballeros. La transformación venía, según diversas fuentes que le contaban este tipo de cosas, desde el centro del continente, desde el Sacro Imperio. La voz de Abraham lo sacó de sus pensamientos.

- ...para qué quería yo aquello? Esa era una de las preguntas que me hice entonces y bueno, al instante tuve respuesta y después de que saciaran su sed empezaron a contar historias. La que más me gustó trataba del Dios Dionisio, un antiguo Dios Griego del vino y de la fiesta. Según cuentan los marineros, los delfines son humanos. Sí, aunque no pueda veros la cara, sé que estáis asombrados, tanto como yo lo estuve en su día. Por lo visto, Dionisio, disfrazado de humano, contrató a unos piratas para llevarlo de una ciudad a otra... No recuerdo los nombres, la edad... En fin, hago un pequeño inciso para comentaros una cosa que me llama la atención: ¿por qué en todas la historias griegas sus Dioses se disfrazaban de humanos? ¿Por qué siempre tienen que pagarlo con los pobres griegos? Y mal rayo me parta si estoy blasfemando contra ellos, pero es verdad, ¿por qué un Dios, al que se le supone poderoso, tiene que hacerse pasar por humano? Argh... sea como fuere, Dionisio se disfrazó para ir de un sitio a otro, y contrató a unos piratas que, bueno, hicieron lo suyo, apresaron a Dionisio, al que creyeron que era un príncipe y pidieron rescate por él. Sin embargo, las cadenas se le caían siempre, al igual que con las mordazas. Los piratas se asustaron y lo hicieron todavía más al ver que el agua se tornaba de color vino y al ver como la vela del barco se convertía en una gran vid. Tan asustados estaban que saltaron al agua y al instante quedaron convertidos en delfines, ¡Humanos convertidos en delfines! Se cuenta que en los naufragios, los delfines ayudan a los náufragos a encontrar tierra y que estos delfines son esos piratas que arrepentidos por su maldad tratan de expiar su pecado.- Terminó el relato bebiendo de la jarra.

El de Caithness quedó maravillado con la historia. Un gran relato que no hizo más que corroborar el modo en que Galbart entendía el mar y el oceáno, que era una gran fuente de poder y en el que habitaban criaturas maravillosas capaces de lo peor y de lo mejor, y daba igual en que parte del mundo estuviera porque aquello parecía que se cumplía siempre.

- Bueno, después de este pequeño inciso, creo que nos habíamos quedado en mi encuentro con los amigos de Besnik...- Se pasó la lengua por los labios y continuó.- No es algo fácil de contar lo que viene ahora, pero prometí contaros esta historia. Bueno, cuando recuperé la consciencia...

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Galbart


-...abrí los ojos, naturalmente, y traté de asimilar lo que veía: piedra. Yo, estaba convencido en aquel momento de que me habían llevado a una cabaña y de hecho, creo tener el recuerdo de caminar sobre unas losas de madera, ¿o los confundía? En aquel momento, para mi, era todo muy confuso. Traté de levantarme y al incorporarme, volví a quedar inconsciente, pero esta vez no hubo un fogonazo, justo antes de desvanecerme supe por qué me desvanecí. A la segunda vez que volví en mi, me descubrí sentado y un agradable olor llegaba hasta mi, puede que fuera incienso... no lo recuerdo, sólo sé que era agradable. Pero aquellos instantes de sosiego desaparecieron cuando en mi cabeza apareció de nuevo el rostro de...- hizo una pausa y frunció el ceño. El pobre Abraham parecía estar reabriendo viejas heridas y no lo estaba pasando bien. Al cabo de un rato prosiguió después de aclararse la voz. - ¿Sabéis? Creo que después de más de cincuenta veranos sigo siendo incapaz de describir el terror, sin embargo la cara de aquel hombre era la perfecta definición. Tenía un rostro pálido, casi enfermizo, lucía una sonrisa siniestra en la que se le veía una dentadura asombrosamente blanca, la nariz la tenía perfectamente alineada, un poco ganchuda pero casi inapreciable y entre todo destacaban sus ojos claros, de un verde muy tenue, muy suave. Recuerdo perfectamente que al abrir los ojos esa segunda vez, la sonrisa se acentuó aún más, pero no caí esa vez, no sé de dónde saqué las fuerzas la verdad, pero pude aguantar la mirada y me dijo, para mi sorpresa, en un perfecto latín:

- Te has despertado al fin. Bienvenido, Abraham. Nuestro hermano Besnik nos ha hablado muy bien de ti y creemos que eres la persona adecuada para unirte a nuestra pequeña asociación. No temas, Abraham, no hay por qué temer, tu viaje empezó hace mucho tiempo, quizá antes de que nacieras, tu estancia aquí sera sólo una etapa más en tu vida y la encontrarás tanto o más gratificante que el resto de tu vida.- Recuerdo, entonces, que se levantó de la silla en la que estaba y me hizo un gesto con la mano, como señalándome que le acompañara. Para ser sinceros, estaba horrorizado no me salían las palabras y simplemente obedecí, sin embargo, algo dentro de mi me decía que mi vida no corría peligro allí dentro, pero sí mi, cómo decirlo... alma. No obstante allí estuve y allí conocí a brillantísimas mentes como la de mi compañero Besnik que se mostraba ahora mucho más abierto conmigo. Pero claro, os preguntaréis cómo fue mi estancia allí, cómo me adapté, qué hacía o qué no hacía, qué veía, qué pensaba... cómo me cambió estar en aquella cueva, que para mi sorpresa era bastante grande e incluso tenía un nivel inferior. No quiero aburriros con todos esos detalles, pero es parte de la historia y son, a mi juicio, necesarios.
- Hizo una pausa y levantó una mano hacia el fuego para sentir su calor.

- Bien, la primera semana la pasé en la cama en la que desperté. Me llevaban comida, lo justo para pasar el día; me llevaron una túnica negra para vestirla a diario sobre mis ropas; pero sobre todo escuché muchas discusiones y muy interesantes todas y cada una de ellas, hablaban de los clásicos: Heráclito, Heródoto, Pitágoras, Platón, Aristóteles, Virgilio, Agustín de Hipona, Anselmo, Averroes... discusiones acaloradas e intelectualmente exigentes que no hacían más que aumentar una llama de curiosidad en mi. Aquel ambiente me gustaba y empecé a unirme a los corros de debate. A todo esto, el que parecía el líder de aquel grupo no se había vuelto a mostrar, de hecho no se hablaba de él. Aprendí rápido la rutina y aprendí el lugar en el que se almacenaba el conocimiento de toda la vida. Una pequeña estancia con estanterías de madera llenas de pergaminos transcritos al latín y al árabe, era absolutamente precioso, también había estudios de los miembros de aquel grupo, muchos sobre medicina y anatomía y biología también, era curioso porque... bueno, no salíamos de aquella cueva, sin embargo días después, no sé cuantos pues perdí la noción del tiempo, aparecieron siete hombres con túnicas negras y cordones azules a la cintura, sus túnicas poseían capucha. Me llevaron con ellos en mitad de la noche sin pronunciar ni una sola palabra, vi entonces el segundo nivel que no estaba por debajo, sino encima y sentí el aire que me llegaba de alguna parte, recuerdo que me quise echar a llorar pero no pude porque hablaron, y decían cosas sobre superar una prueba y de cómo todos los allí presentes las habían pasado. Estuve en el nivel superior cerca de dos meses y allí hice cosas que nunca podré olvidar: me obligaban a abrir cuerpos en descomposición de personas fallecidas, me obligaban a dibujar todos y cada uno de los órganos y de las partes que consideraba importantes del cuerpo también...-

- ¿Qué? Eso lo he visto aquí en Valencia. Carrie, no sé si te acuerdas de aquel... monstruo* que mataba gente o las abría en canal para ver cómo eran y luego las dibujaba... Dioses, aquella fue una imagen verdaderamente horrible.- Dijo el escocés interrumpiendo al spinozista, que frunció el ceño con el relato de Galbart.

- Sí, amigo mio, sé qué horrores viste, sin embargo a mi me embrujaron. Me decían que sin sacrificios no había progreso, tampoco conocimiento. Y pasaron los días así, entre cadáveres y plantas hasta que pude salir de la cueva. Me enseñaron muchas más cosas allí fuera, por ejemplo a ir desde la cabaña a la cueva, que no resultó ser una cueva sino un proyecto de castillo que no salió bien y otras muchas cosas que prefiero no decir, D... ya me castiga lo suficiente por ello. Lo más asombroso de todo, ahora que lo veo con perspectiva es que me olvidé completamente de interior, de mi paz interna, de mi alma. Descuidé oraciones y descuidé mi alma y ahora pago por ello, pero pagaría mil veces con tal de poder olvidar todo el horror vivido...- El sonido de las campanas interrumpieron a Abraham y pusieron en guardia a Galbart y Carrie que se levantaron al oír la tercera: batalla.

- Esta historia no ha terminado. Aún os queda mucho por saber y a mi mucho por contar, recuerda que todo esto tiene que ver con el árbol sobre el que me viste sentado.- Dijo Abraham con una sonrisa.

- Procura que no te cojan, viejo.- Se despidió el escocés, no sin antes apurar las dos jarras llenas que había en la mesa.

*http://foro.losreinos.com/viewtopic.php?t=2237456

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Galbart


La pesca estaba resultando ser un sanísimo ejercicio para recuperarse de la heridas sufridas en el combate. No sólo era por el esfuerzo físico cuando picaba algún pez, eso pasaba muy de vez en cuando, la mayor parte del tiempo la ocupaba en pensar, reflexionar y hablar con la gente que pescaba cerca o con el viejo Abraham. El escocés entabló buena relación con él y el viejo parecía disfrutar de la compañía de la pareja y de las comidas pagadas. Una tarde estaban charlando de trivialidades hasta que saltó el tema de la historia de los strigoi. El escocés se sentía con fuerzas y con ganas de querer conocer más detalles de la misma y así se lo hizo saber al viejo.

- La última vez que hablamos, viejo, me dio la sensación de que apurabas tu relato... por no hablar de que hay muchas cosas que nos dejas a nuestra imaginación. Me resulta increíble que te adaptaras tan bien a aquella situación... - El viejo alzó la mano para hacer callar al de Caithness.

- Si omito cosas es porque no son relevantes en el relato... sin embargo tienes razón en que resulta increíble que me adapta bien y en este punto podría mentirte y decirte que dada la situación no podía hacer otra cosa o que simplemente traté de mimetizarme con el entorno pero como dije, sería mentiros. No, ellos me torturaron. No lo recuerdo con claridad, pero sí recuerdo tener dolores intensos por todo el cuerpo... no me torturaron exactamente, me... me embrujaban y me manipulaban... creo que me adormecían con algún tipo de planta y con técnicas heréticas me cambiaron. Eso es lo que he sacado en claro después de tantos años... - El viejo hizo una larga pausa.

La caña se movió ligeramente y Galbart la apretó casi al instante. Instantes después la caña se dobló y el escocés se puso en pie para luchar contra el pez que tiraba con fuerza. Primero tiró con el palo y después con ayuda de Carrie tiró de la cuerda, poco a poco. Al cabo de unos cuantos minutos de batalla física y mental, vencieron y capturaron un pez que Galbart reconocía de haber visto colgado en algún aparejo de algunos pescadores de la zona. Sonrió ante la victoria y lo puso dentro de un cubo antes de preparar de nuevo el cebo.

- Mi memoria ya no es lo que era, a parte de que hay cosas que preferiría llevarme a la tumba. Sin embargo hay detalles e historias dentro de este relato que sin duda os contaré, entre ellas, por ejemplo como me convertí en el enlace del círculo de los siete con los "buscadores"... Hay mucha historia por delante todavía, sí, algún día os lo contaré, pero si me disculpáis hoy estoy cansado y sin fuerzas.- Dijo finalmente.

El viejo se quedó allí sentado, con ellos, escuchando el chapoteo de los peces en el agua, el canto de los pájaros y el ulular del viento entre los árboles.

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