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[RP]De frente a la Tormenta.

Valken


La imagen de la niña malherida y luchando por su vida en el lecho junto al galeno era descorazonadora. Estaba con sus ojos cerrados, en un profundo sueño, su rostro cubierto de sudor y respiraba agitada, luchando por su vida.

Valken, tenéis unos minutos. El resto que me acompañe a la sala de armas. Iremos a la ciudad... - escuchó decir a su soberana

El hombre asintió y se volvió, acercándose a la Infanta. Se quitó su pesado guante y con sus dedos acarició las mejillas de la niña con ternura, luego le quitó suavemente unos mechones de dorado cabello de su rostro.
Todavía impactado por la situación vio a través de la ventana la silueta de la ciudad de Valencia, algunos de sus edificios en llamas la iluminaban en la noche, y los ruidos del acero chocando se escuchaba sordo a lo lejos. Volviendo en sí se inclinó sobre la cama para besar la frente de Izar y luego con los labios centímetros separados le susurró
- aguanta pequeña... sé que eres fuerte y valiente... resiste...

Volvío a calzarse el guante de la armadura, y salió rápidamente con el yelmo bajo el brazo al encuentro de la reina.

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Rose_de_anthares


En el salón de armas fue poco lo que estuvieron. Todos se reunieron ahí y fue su hija Juliane quién la asistió con la armadura y la pesada cota de malla en su habitación. De ahi poco tiempo, no quiso tardar más y la primera parte del trayecto la hicieron a caballo. Pero antes de ingresar a la ciudad, se montó el campamento militar y la Reina ordenó continuar a pie. Acompañada por su hija y Valken, encabezó el ingreso a la ciudad capital.

Las calles eran todo menos lo que adoraba de la ciudad. Incendios, heridos, conmoción. El ayuntamiento se hallaba casi en el centro de la ciudad, muy cerca de la catedral valenciana. Cuando se acercaron al mismo edificio de la alcaldia, la guardia se dividió y se movieron con sigilo, la contienda no fue directa, pero se enfrentaron a un buen par de asaltantes antes de siquiera poder llegar al objetivo que era aquel edificio que por ratos pertenecía al enemigo y a manos valencianas.

Habían muchos heridos, algunos de ellos aún de pie defendiendo el ayuntamiento. En los edificios cercanos los arqueros enemigos no daban tregua a ninguno, el resto del ejército que venía con ella se había apoderado ya del edificio pero le estaba costando trabajo defenderlo. Habían demasiado heridos y muertos.

La estrategia de entrar a pie había sido la correcta pues la guardia real ayudó terminar con los diferentes flancos que debía defender el ejército y ahora podría concentrarse toda la defensa en la entrada principal - iré por detrás del edificio, guiad al resto por la derecha hacia la calzada principal del ayuntamiento - había ordenado a Valken quién asintió. Acto seguido, espada en mano, avanzó por las paredes agrietadas de la alcaldía, escudo en alto, protegiendose siempre de la inesperada flecha a la cuál desde Dénia le tenía respeto. Fue entonces que su hija le alerto sobre un herido al que se acercó. Le miró, tenía una herida profunda aunque no grave, sin embargo era muy joven y se impresionó ante la figura de la Reina - quedaos quieto - le dijo - ya sois un heroe, ahora debéis recuperaros - ordenó a los que venían tras de ella lo llevaran al campamento a atender sus heridas - majestad, el gobernador estaba con nosotros pero ha caido - señaló con la mano - murió señora - sentenció el joven mientras se lo llevaban.

La Reina alzó la vista, a los lejos, cerca de la puerta de un edificio vecino al de la alcaldia podía verse un cuerpo inmovil semi enterrado entre la nieve y el barro. Avanzó pero nada mas tar un paso, una lluvia de flechas detuvo su marcha - ¡Arqueros! - gritó mientras con un gesto pidió a su hija le acompañara. Dos de los tres que estaban en las techumbres cercanas habían caido bajo flechas valencianas, sin embargo el tercero dió más pelea llegando a herir levemente a su hija en el brazo. Sin embargo no fue de preocupación para ella ante el gesto de confianza de su hija.

Cuando llegaron ante la figura inmovil del hombre, la de Pern lo movió un poco para ver su rostro, el joven tenía razón, era el de Gandia. Elevó la mirada a su hija y ésta llevó la mano a su cuello - está vivo - dijo mientras la de pern le revisaba. Cuando llegó a su costado, su mano se manchó de sangre - saquemosle de aquí, sino el frio y el desangrarse le llevaran a mejor vida. No es una herida muy profunda, ¡vamos! - ambas mujeres le giraron y de cada brazo le arrastraron hasta llevarlo contra la mismisima pared del ayuntamiento. Una vez ahí, la Reina se hincó frente a él golpeando su rostro, debía recobrar el conocimiento. Era una labor casi imposible sacarle de ahí arrastrando, sería blanco de arqueros y quienes lo ayudaran también pues no podrian sostener espada y escudo - ¡vamos Borja, reaccionad! - sus ojos comenzaron a abrirse - bien, bien. Vamos hombre, volved con nosotros - la reina sonrió y se puso de pie ordenando se lo llevaran. Ambos no cruzaron palabra alguna, pero Nicolás pudo ponerse de pie, al menos seminconciente para ser llevado con los heridos a las afueras de la ciudad.

La Reina avanzó, y para su buena suerte, se topó con un batallón del ejército enemigo. Entre los gritos inentendibles de los ladrones usurpadores pudo entender bien que hablaban de ella y con alegría comprobó que su cuerpo estaba en perfectas condiciones como el soldado que fue en antaño. Solo quedaban cinco de la guardia que le acompañaba ya que el resto había regresado con los heridos que hallaban en el camino. Sin embargo la situación se complicó seriamente, muy cerca del camino por la calle principal a la cuál habían llegado producto del fragor de la batalla, vió un grupo bien armado a caballo de diez hombres que venían hacia ellos - ¿amigos o enemigos? - preguntó su hija quién sostenía su brazo herido. La Reina no le contestó y se giró para mirar a unos de los guardias que le acompañaba. Tomó su arco, lo tensó y lanzó la saeta al caballo de quién parecía ser el lider. El equino cayó muerto llevándose con él a su jinete, acto seguido todos quienes le acompañaban desenvainaron sus espadas y desmontaron avanzando hacia ellos junto al que, lamentablemente, no se había quebrado el cuello al caer. Soltó el arco dejandolo caer y desenvainó su espada - ahora lo sabremos su alteza real - respondió a su hija y avanzó a pasos largos hacia los jinetes.

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Juliane_bp


Mientras Su Majestad abandonaba aquella lúgubre habitación del Palacio real, devastada por el profundo dolor de la escena y la que a la vez la hacía más fuerte e imbatible que el acero mismo, Juliane atendía a la pequeña Izar, procurando cambiar los vendajes con la mayor delicadeza posible para no causarle daño alguno, mirándola por el rabillo del ojo con la esperanza de que sus ojitos se abrieran. Pero descanso era lo que la niña necesitaba, la fiebre parecía ceder, así es que acarició sus mejillas y besó suavemente su frente… - pronto volveré… - volvió a susurrarle.

Más tarde la Capital aguardaba por ellos, exhibiéndoles a su paso, con destino al ayuntamiento, imágenes desgarradoras de personas caídas en batalla, gritos, sollozos…
La infanta y Valken acompañaban a la de Pern, protegiendo sus espaldas de las saetas que llovían por doquier, sin casi poder distinguir su procedencia seguidos por parte del ejército al que pertenecían. - ¡Arqueros! – gritó alertando, la Reina al divisar a través de su yelmo a varios de ellos. La joven alzó su escudo a la altura de su peto y una de las flechas burló uno de sus codales, introduciéndose en uno de sus brazos. Corrió su visera para cerciorarse del daño y con un ademán advirtió a su madre que podía continuar. Recobró el aliento y, sujetándose el brazo, reanudó su marcha.

La espesa nieve les jugaba en contra y por esos momentos era grande la confusión entre ladrones y defensores. El número del grupo con el que habían comenzado la contienda iba menguando a medida que parte de éstos, y por órden de la Reina, ayudaban a los heridos, entre ellos Nicolás, quedando solo cinco guardias escoltando a madre e hija.

Diez hombres armados y a caballo se antepusieron en el camino, avanzando hacia ellos y haciendo alarmar a la joven infanta, quien incomodada por su herida, dejó caer su escudo al suelo y desvainó su espada. - ¿amigos o enemigos? – preguntó la infanta a su madre, en tanto ésta sin responderle, flechaba la cuerda del arco, introduciendo la saeta en el animal que montaba el líder de aquel grupo, haciendo que éste cayera.
- Ahora lo sabremos su alteza real – respondió con firmeza la de Pern a su hija y avanzó hacia sus adversarios que tras el acto de la Reina asediaron de igual modo manteniendo sus espadas en alto.

En un ataque repentino por impulso, y presintiendo el peligro que Su Majestad corría, Juliane se abalanzó en su defensa, a la par de la de Pern, y llevó la punta de su espada al cuello del jinete que intentaba levantarse del suelo – quiénes sois ?? – interrogó precipitadamente y en un grito la jóven, haciendo detener con esta acción a los hombres delante de ellas.

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Nicolino


El Borja había sido abrazado por el cálido sueño de la inconsciencia, un descanso del insoportable dolor que torturaba su cuerpo y enturbiaba sus sentidos. Al quedar fuera de combate, no pudiendo hacer más que arrastrarse lastimosamente unos pocos centímetros ante la imposibilidad de cualquier otro movimiento, ni hablar de ponerse de pie, el de Gandía se había limitado a ver caer los copos de nieve, que comenzaban a acumularse sobre los caídos. Fue así como intentando resistir inútilmente, sus párpados comenzaron a pesarle, sus fuerzas y su voluntad a menguar, y sus ojos se cerraron.

La sangre se coagulaba en sus heridas, sobre las que sus manos teñidas de rojo habían dejado de hacer presión. Su armadura era cubierta gradualmente por la escarcha, pero no dando Nicolás signos de que aquello ni el frío le afectara. Simplemente yacía inmóvil, respirando el gélido aire de invierno dificultosamente. Poco podía hacer por sí mismo, para salvarse, menos aún inconsciente. Solo restaba esperar, aguardar por el fin del combate, o hasta que alguien se fijara en él, y lo reconociera. O no, y lo dejara donde estaba. No dependía de él su destino, y de haberlo sabido, hubiera sufrido la impotencia.

Pero de repente se vio arrastrado, a instado a reaccionar. No escuchó que le dijeron ni sus heladas mejillas sintieron si acaso le habían golpeado. Sus ojos se abrieron lentamente, y sintió sus extremidades entumecidas. La posición anterior había sido antes que nada, incómoda, dejando caer todo su peso sobre un brazo que ahora no sentía. Tampoco sentía los dedos de los pies. Su visión, nublada, solo le dejó distinguir el rostro pálido de una mujer de grandes y expresivos ojos llenos de determinación, y sintió le intentaban poner de pie:


-¿La...Parca?-dijo a media voz, confuso, refiriéndose más bien a la tercera, olvidando que esas figuras que regían el destino sustraídas de la mitología griega trasladada a la romana y en cierta forma equivalente a la nórdica, no existían para la religión aristotélica. Y sin entender mucho, ayudado por otras personas que no distinguió, salió cojeando del campo de batalla, dejándose llevar y volviendo a sentir aquel brazo que parecía dormido.

Tardaría en comprender que esa figura no había sido otra más que la Reina, y que no estaba ni cerca de morir. Aún le quedaban muchos y largos años de vida.

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Ederne_bp



Játiva estaba alejado de todas las batallas que día con día se llevaban a cabo en la capital, algunos murmuraban que estaba devastada y sus calles llenas de cadáveres. Cada noche, una paloma adiestrada para estos casos, único medio de enterarse de alguna novedad, llegaba hasta el Palau, allí me encontraba junto a los pequeños y algunos coroneles de ejercito que organizaban la defensa y el ataque.
Cada mañana salía a hacer un recorrido por las murallas que eran resguardadas por voluntarios que defendían cerca del Ayto. De Játiva, evitando así, aglomeraciones que pusieran en riesgo la integridad de algún setabense o del propio alcalde.

Todo se iba volviendo confuso, las informaciones, las ordenes y porque no decirlo, el destino de los rebeldes, que merodeaban los caminos intentando pasar inadvertidos por cada pueblo.
Fue así como al caer la noche, y luego de la última ronda a las bodegas subterráneas que servían de guarida a las posesiones del reino y que se habían cubierto de espesa paja para disimular su ubicación, llegue al Palau.

La cara de Mateu, el mayordomo y de algunos coroneles reunidos en el lugar, me llamo la atención. Al costado, casi resguardado un soldado esperaba en posición firme.
Hice ingreso y ralentice el paso, hasta quedar al centro del grupo de personas congregadas.
¿Qué sucede? – pregunte nada más entrar, la mirada de unos y otros y el absoluto silencio, hizo de aquellos segundos simularan una eternidad hasta lograr poner mis vellos de punta.
Un frio electrizante me recorrió la espalda desde la misma cabellera hasta los pies, a mi mente se vinieron entonces, todos aquellos a quienes amaba y que estaban allí, la tragedia no podía seguir, ya había sido informada de las heridas de mi padre y mi hermana, ¿quién podía faltar ahora? ¿Acaso pensaban ensañarse con cuanto ser viviente habitaba la capital?hablad por el amor de Dios! ¿Qué sucede? - el soldado que hasta ese momento se encontraba rígido y en silencio, se sobresalto, como si saliera de un trance.
El Gobernador ha sido herido… - no me miro en ningún momento, su vista estaba perdida, en aquella posición de firme, en la nada – de gravedad - concluyo

Sentí que el peso de mi propio cuerpo no era sostenido por mis pies, un abismo se abrió bajo ellos y perdí la sensación de firmeza, parecía que la caída no tenía fin. Mis brazos que hasta ese momento estaban en jarras a cada lado de mi cuerpo, adquirieron vida propia y me cubrían en un abrazo por la barriga, sentía un dolor, algo que me partía en dos el estomago, aquello no podía estar pasando de verdad.
Sentí que no soportaría mas el cuerpo sobre los pies, así que comencé el descenso lento hasta quedar en cuclillas, el silencio era incomodo, y cada uno de ellos se miraba en el otro sin saber muy bien cómo reaccionar.

No, ellos no lo harían, no reaccionarían, y yo no podía sentirme una mujer sentimental en ese momento, hundí mi cabeza entre mis manos y aun sin pensar en nada más que en Nicolás e imaginar sus ojos y su sonrisa, volví lentamente a la realidad
Uno de ellos intento cogerme por los hombros, pero ya me había incorporado en mi cuerpo y volvía a sentir mis piernas resistiendo.

El gobernador no morirá, saldrá adelante, vivirá para mí y por mí, - mire a cada uno de los presentes - ¿habéis comprendido? – alce un poco la voz - coronel - me dirigí a él – debéis entrar en Valencia, debéis salvar esa masacre – luego dirigí mi mirada hacia el mensajero que seguía en la posición de firme como si el aire no entrara en sus pulmones - si fuisteis capaz de llegar aquí con esa información, ahora volveréis allí… conmigo – el hombre perdió entonces su postura y quiso rebatirme - no estoy pidiendo vuestra opinión, iré, si no con vos, iré sola, - la mano de Mateu sobre el brazo del soldado, le dio a entender que cualquier cosa que quisiera hacer o decir para intentar convencerme seria en vano, aquel mayordomo ya me conocía muy bien
Todos a descansar algunas horas, partiremos al alba – luego de aquello, rompí el círculo que me protegía y subí a mi cuarto.
En la oscuridad de la noche cubierta de nubes y copos de nieve, llore…

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Valken


Cuando salieron a la intemperie el frío los recibió con una ráfaga de viento y escarcha en el rostro, el metal de las armaduras perdió rápidamente temperatura. El invierno, si bien no era la temporada tradicional y recomendad para hacer la guerra tenía la ventaja de mantener frescos a los soldados envueltos en capas de cuero y acero evitando el rápido cansancio al que se sucumbía en una batalla con clima más caluroso. El invierno dificultaba una campaña larga, pero la defensa de una ciudad era más llevadera.

...iré por detrás del edificio, guiad al resto por la derecha hacia la calzada principal del ayuntamiento... fue la orden que recibió de su majestad mientras ella se aventuraba con un grupo de hombres a rodear el edificio.
El capitán asintió y se reunió rápidamente con el cuerpo de armas para dirigir un asalto por el flanco del ayuntamiento. Levantando la visera de su yelmo se dirigió a su grupo
-Manteneos atentos y juntos, siempre juntos y asistiendo al hombre que tengáis al lado, esta noche no quiero héroes, nuestra misión es matar la mayor cantidad de invasores y recuperar el ayuntamiento, no ganar medallas que entreguen post mortem a nuestras familias. Yelmo cerrado, espadas en mano y escudos en alto la batalla por el ayuntamiento había comenzado.

Los arqueros desde los tejados hacían llover el infierno sobre ellos, los valencianos se cubrian con sus escudos mientras corrían para ganar las paredes de los edificios para ponerse a cubierto. Alguno hacía de señuelo cruzando rápidamente una calle para distrayendo al arquero enemigo mientras otro camarada derribaba al malnacido con una certera saeta de ballesta. Así fueron ganando terreno casa a casa, callejuela a callejuela y finalmente chocaron con la guarnición de suizos a las puertas del ayuntamiento en un combate cuerpo a cuerpo.

Embistieron la formación de helvéticos golpeando con fuerza con sus escudos primero para desequilibrarlos y desviar sus alabardas, acosándolos luego con sus hojas afiladas, mejor preparadas y útiles a distancias cortas que las picas enemigas. La virginal e impoluta nieve pronto se vio cubierta de gules al desarrollarse la escaramuza. Hubiese deseado que esa sangre fuese solamente foránea, pero en toda guerra se ve morir amigos y hermanos y por desgracia esta no sería la excepción.

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Rose_de_anthares


Con cierta sorpresa la Reina observó a los jinetes y a su vez al señor de estos. En silencio envainó su espada y miró a Juliane quién con la misma sorpresa en el rostro imitaba a su madre dejando la espada en su cinto.

- Mala época habéis elegido para visitarnos - le dijo mientras llamaba con una mano a unos de los guardias - acompañad al grupo completo hasta el Palacio, que sean bien atendidos. No deseo sangre amiga derramada este día, no al menos necesariamente. Espero veros al anochecer, si el altísimo así lo quiere, para charlar con vosotros - miró al caballo que la nieve teñía de rojo con su muerte. Se acercó y le acarició la cabellera negra - lástima, parecía buen ejemplar. Veré que se os compense - le dijo al jinete.

Esas fueron las pocas palabras que dedicó al grupo. Se giró sobre su posición y partió en dirección al ayuntamiento dónde se encontró un campo de batalla que causó a su corazón un frío peor del que sentía su piel y rostro. Una vez ahí se encontró con el capitán de la guardia, la situación era dificil de sostener y no se sabía a ciencia cierta el número de catalanes y suizos que los atacaban por lo que calcular el tiempo en que podrían resisitir o vencer era difícil.

Por unos instantes cambió la mirada y a su lado vió a su hija con el rostro compungido de dolor pero firme. Se acercó a ella y tomó su brazo para mirar la herida - es profunda. Id a que os atiendan, eso podría infectarse y no deseo una hija sin brazo - la Infanta trató de oponerse a la decisión de su madre pero ésta, con rostro firme y serio, le ordenó con el gesto cumpliera su orden.

- Von Rommel, ¿cuantas bajas? - le preguntó a éste que se había acercado hasta la Reina para hablar - pocas, pero bastantes heridos - respondió éste - que sean todos enviados de inmediato a que les atiendan - ordenó mientras observaba el edificio de la alcaldía. Se giró un poco para ver los alrevedores, las casas y edificios que ardían y a la vez el movimiento posible en las techumbres - Hemos conseguido el edificio pero dudo resistamos, el ejército llegará en breve junto nuestros aliados. Hasta entonces resistiremos lo necesario pero no a cuenta de perder más hombres. Si algo me sucede y no puedo dar ordenes, ya sabéis que hacer Von Rommel.

Suspiró y apoyó las manos en su cintura. A pesar del frío parecía que el rostro que hasta hace unos instantes se le congelaba comenzaba a arder. Se quitó el yelmo y dejó caer la cota de mallas que cubría su cabeza. Sintió el viento de invierno jugar con los pocos cabellos libres de su cabeza, el sonido de aceros cruzándose no se oía muy lejos. Una casa, pequeña, sucumbía frente a la mirada de los soldados reales por el efecto de las llamas y se convertía en un montón de cenizas humeantes. Volvió la mirada hacia sus soldados que observaban el fuego con algo de nostalgia, claro, era cierto, sus brazos se congelaban pero les era imposible acercarse a esa enorme llama al menos para calentarse sin ser posibles presas fáciles para arqueros enemigos - vamos, moved ya a los heridos - ordenó mientras a paso lento iba hacia a uno de los heridos que portaba un estandarte valenciano. Se hincó junto a él y le atendió lo mejor posible.

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Liborio


Una expedición se separa en la bifurcación del nuevo camino, diez leguas al este de la ciudad de Osma, que había sido realizado por los dioses, una pequeña comitiva no más de doce hombres se dirigieron a todo galope hacia el este, hacia las fronteras del Reino de Aragón, mientras unos pocos hombres seguían el mismo camino pero a un paso mas tranquilo, llevando una carreta llena de baúles. Pero el grueso de aquella expedición salió hacia la Ciudad de Osma, la cual era dirigida por la Señora de Compostela, la pelirroja que era conocida por sus muchas ardillas, que habían invadido la ciudad de Valladolid.

Con una tela cubriendo la nariz y la boca, el primer grupo avanzaba a gran prisa las cuarenta leguas que les separaban del primer pueblo aragonés, Calatayud, a llegar el líder de estos de dirigió hacia una taberna cercana junto a unos hombres, otros fueron al mercado por suministros para luego reunirse en la taberna. Un par de horas después los caballos relinchaban rumbo a Segorbe, el camino era largo, sesenta leguas para ser exactos, la ruta parecía bastante transitada, algunas residuos de fogata lo revelaban. A mediados del recorrido hicieron una larga pausa, ya que el cansancio se notaba en el rostro de todos, sobre todo en el del Conde, después de todo era el primer viaje fuera de la Corona que realizaba desde hacia mucho tiempo. Las últimas leguas fueron bastante rápidas, quizás por las ansias de llegar a un lugar cómodo o porque habían realizado mal los cálculos, pero al anochecer una patrulla de seguridad de la ciudad, detuvo el trayecto.


¡Alto ahí!grito uno de los guardias, mientras otros desenvainaban su espadas Identifíquense

Abran paso a Su Excelencia el Conde de Alba de Tormes - dijo uno de los jinetes sobrino del Conde de Gandía - Las palabras hicieron su efecto en los guardias ya que rápidamente envainaron sus espadasDisculpe Excelencia, es que nos encontramos en guerra, Su Majestad ha partido hace un para de horas hacia la capital junto a las tropas para ayudar al Condeinformo rápidamente el guardia, mientras el rostro del Conde mostró preocupación ante el hecho- ¿Se sabe algo de la familia real y la familia del Conde?- El guardia negó con su cabeza antes de bajarla.

Biendijo el de Alba antes de girarse a su compañíaIremos hacia la capital a prestar nuestras armas, ustedes dosdijo señalando a dos de la escolta-cabalguen hasta encontrar a los otros y quédense con ellos, cuiden los baúles con su vida, los demás síganme- ordeno el Conde antes de comenzar a cabalgar a toda marcha hacia la capital del Reino, seguido por nueve hombres. La preocupación en la cara del Borja era clara, no había manera de ocultarla. Algunas nubes de humo salían de la ciudad, un miembro de la escolta señalo hacia una de las entradas, el Borja giro hacia donde le indicaban y observo el ingreso de la Reina a la ciudad, ante lo cual comenzó a cabalgar hacia una de las entradas de la ciudad. El esquema de la ciudad era bastante confuso, sin agregar la conmoción que reinaba, hizo que la comitiva de Alba perdiera fácilmente el rastro de la Reina y su guardia.

Los ruidos de batalla los llevaron por el camino indicado que parecía ser la calle principal de la ciudad, se diviso a un grupo de siete personas, entre ellos la Reina, que se encontraban relativamente cerca, por lo que aumentaron su cabalgar para llegar pronto ante ella, pero cual fue la sorpresa de grupo cuando la Reina disparo una saeta hacia el caballo del Conde, haciendo que este callera y por poco se quebrara el cuello, la escolta se puso en alarma y desenvainaron sus espadas, pero antes que pudieran hacer algo, la Infanta tenia la punta de su espada en el cuello del Borja
- vaya recibimiento da a un amigo- dijo algo bajo, sonriendo un poco ante la ironía del momento, mientras escuchaba las palabras de la Reina, pero antes de responder esta partió dejando al Conde sentado en el sueloHe de suponer que es causa de la batallapensóDescabalguen, ustedes lleven los caballos a palacio, no queremos mas perdidasindicó mientras se ponía de pie y miraba la nieve teñida de rojo, ese rojo tan característico que manaba del que fuera uno de los regalos del difunto Rey Carolum, padre del Condelos demás síganme, iremos a ayudar en lo que podamosdicho esto el Conde se separo del corcel y camino a paso rápido hacia donde se encontraba la Soberana atendiendo a uno de los heridos

No crea que podrá librarse de mi tan fácil, Majestad, dígame en que podemos ayudar - dijo el de Alba mientras miraba la desolación de la ciudad

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Rose_de_anthares


La Reina oyó las palabras del Conde y le miró cuando éste terminó de hablar - ayudadme - le dijo, mientras entre ella y él movían al herido a un lugar más seguro. La noche prontamente se hizo presente y la Reina ordenó una guardia de vigilancia, los más fuertes y turnos de rotación. En ningun momento el Conde de Castilla le dejó sola y a pesar de que ella no había dicho ni una sola palabra que no fueran ordenes, parecía que el hombre entendía a la perfección la situación. Una vez volvieron al campamento, su principal preocupación fue ver al Conde de Gandia y llevar a que viera a su intrepido sobrino. Las heridas del Borja se veían bien y le halló despierto cuando entró en la tienda donde cuidaban de él.

- Veo que es cierto - Nicolás le miró extrañado - eso de que mala hierba nunca muere - sonrió y tocó su rostro para mirarle - se os ve bien, me alegro. Os he traido a vuestro sobrino al que, de no ser por el viento de invierno, ahora sería un cadáver. Mis saetas no son tan exactas en el frio - miró a Liborio y sonrió - más agradezco su inprovisada presencia. Os dejaré solos unos instantes, iré a ver a mi hija y su herida. Vendré por vos en breve Liborio, deseo cruzar unas pocas palabras con vos en el Palacio antes de regresar a la ciudad.

La Reina salió de la tienda contenta por ver a su yerno con bien. Se le había informado de la pronta llegada de su hija Ederne y eso, sin duda, pondría de pie de inmediato al Borja pues sabía que la sola presencia de su hija era vida para el de Gandia. Fue dónde atendían a los heridos leves, ahí estaba su hija, obligada al descanso y con bendas - Juliane... - la miró y sonrió - que valiente - le dijo, a sabiendas que esa herida debieron coserla o como minimo cicatrizarla con hierro caliente - Habéis visto al Conde de Alba ¿no? o al menos vuestra espada. Me quedaré con vos unos instantes y luego iremos con él a Palacio. Quiero ver a mi hija y esposo aunque sea unos instantes - se sentó en un improvisado diván mientras relajaba su cuerpo y mente, llevando todos sus pensamientos a la habitación del Palacio donde estaba Izar.

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Liborio


El Conde escucho a la Reina a lo cual asintió, entre ambos levantaron al herido y lo llevaron a un lugar mas seguro, las palabras parecían sobrar en aquellos momentos, los ojos glaucos se paseaban por todo el terreno y examinaban cada rostro de los muertos o de los heridos a los cuales socorría la Soberana y el Noble. Las luces del astro mayor se escondían dejando paso al territorio del astro de plata, dejando poca visibilidad para continuar con la labor, luego de unas últimas órdenes, se dirigieron hacia el campamento, el noble castellano se preguntaba sobre el de Gandía, ya que no se encontraba entre los hombres que estaban con la Reina.

La sorpresa y preocupación aparecieron en la cara del joven Borja al ver al de Gandía con varias heridas, las cuales parecían haber visto peores momentos, las palabras de la monarca sonaban un poco lejanas, pero al marcharse, el de Alba, se giro para el ver el rostro del hombre
me alegra que sus heridas se encuentren mejor, por la cara de la reina al venir parecía que estabas en agoníasonrío el joven, mientras se alejaba un poco para buscar una silla, que no la encontró muy lejos de ahíNo le importa que me quede unos momentos para haceros compañía, ¿cierto?mientras tomaba asientoTraed agua y vinodijo el de Alba con vos moderada para que alcanzaran a escuchar la guardia que lo había escoltado y fueran en busca de ello

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Juliane_bp


Semisentada en uno de los asientos provisorios y lechos que habían montado en una de las tiendas donde asistían a los heridos , se encontraba Juliane, quitándose el peto, yelmo y coderas, dejando luego al descubierto el brazo donde había sido levemente herida para ser atendida por alguno de los galenos que allí se encontraban.

- Juliane... – dijo su madre al entrar, mirándola y sonriendo - que valiente – continuó.
- Madre… sabrás que estaré bien, al parecer no es tan profunda – contestó la joven restando importancia al hecho, en tanto vendaban la herida haciendo presión sobre la misma para cortar la hemorragia que ésta producía. Bien sabía que la de Pern siempre festejaba sus logros, por más pequeños que fuecen...

- Habéis visto al Conde de Alba ¿no? o al menos vuestra espada. Me quedaré con vos unos instantes y luego iremos con él a Palacio. Quiero ver a mi hija y esposo aunque sea unos instantes – replicó la Reina.

- Oh… qué pena! No supe que él era… - sus palabras se entrecortaron y un manto de vergüenza le invadió el cuerpo quedándose apesadumbrada por la confusión de aquel momento en las calles de la Capital. – por supuesto madre, apenas terminen el vendaje os acompañaré allí y me disculparé con el Conde, dándole la bienvenida, que al parecer no ha sido nada buena… - respondió la joven casi quedando en silencio.

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Rose_de_anthares


Una vez terminaron de atender a Juliane, ambas regresaron rápido a donde se hallaba el conde de Gandia y su sobrino - Vos debéis reposar, asi que he venido a llevarme a vuestro sobrino a Palacio - miró al Conde de Alba - acompañadme - le dijo dejandoles unos instantes a los tres a solas en la tienda.

En el camino que se recorría hacia el Palacio volvieron a reunirse, la Reina guardaba un silencio completo y no parecía querer otra cosa que llegar pronto a los interiores de su hogar. Una vez se hallaron entre sus muros, la Reina siguió el camino memorizado hacia dónde se hallaba su pequeña Izar -¿cómo está? - preguntó al galeno - La fiebre ha cedido señora, ha salido todo perfectamente. La pequeña ahora parece descansar en un relajado sueño - la reina, ante las palabras del viejo hombre, se inclinó junto al lecho de su hija y tomó su mano para besarla suavemente un par de veces quitando luego algunos de sus cabellos que recorrían su rostro. Tras unos largos minutos, abandonó la habitación pero antes se dirigió a su hija y el Conde - por favor Juliane, iré a ver a vuestro padre. Llevad al conde al salón familiar, que le sirvan algo caliente y esperadme ahí. En breve debo volver a las guardias del ayuntamiento.

El rey se hallaba en su habitación sentando en uno de los divanes, su herida estaba bien y se hallaba solo al momento en que la Reina ingresó al cuarto real. No dijo mucho, se quitó la pesada cota y avanzó hasta él para sentarse a su lado. Él como siempre le sonrió y ella miró su herida con preocupación y dulzura. Ambos no mediaron palabra alguna pues no la necesitaban, apoyó ella su cabeza cansada sobre su hombro y cerró los ojos por unos instantes.

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Juliane_bp


Ambas damas salieron de aquella tienda dirigiéndose a la que se encontraba Nicolino junto a su sobrino, quien velaba por él en esos momentos. Tras las palabras de la de Pern, las pocas que pudieron oírse, los dos jóvenes junto a Su Majestad marcharon con destino a Palacio, más precisamente a aquella habitación del ala este del mismo.

Al fin la fiebre de la pequeña Izar había cesado, lo cual tranquilizó a la Reina - por favor Juliane, iré a ver a vuestro padre. Llevad al conde al salón familiar, que le sirvan algo caliente y esperadme ahí. En breve debo volver a las guardias del ayuntamiento – expresó la de Pern casi en un susurro para no inquietar el sueño de su niña, en tanto abandonada la habitación.
La joven asintió con un ademán en su rostro y volviendo su mirada al Conde solicitó con cortesía que la acompañara.

Durante la recorrida por los extensos pasillos que llevaban al salón familiar, la Berasategui intentó cruzar unas palabras con el Borja, casi deteniendo su paso y llevando su mirada a él, pero prefirió callar y hacerlo luego, el momento no era el oportuno, el silencio los invadía...

El salón les esperaba, con sus cortinajes cerrados y pocas velas eran las que estaban encendidas, señal de lo triste que se veía la Capital por esos días.
- Liborio, tomad asiento por favor, seguramente estaréis cansado – dijo la infanta acercándose a la gran mesa que ocupaba gran parte del recinto y encendiendo las candelas cercanas a ellos. – Deseo disculparme por lo ocurrido al veros, fue un impulso, normal con los tiempos que corren…. – hizo una pausa y posó sus ojos en los del joven – sois bienvenido a nuestro reino y ... – prosiguió y se detuvo. Una doncella aparecía en la escena – por favor, traednos dos tazas de té caliente, su majestad llegará luego, gracias.

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