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[RP] "De futuros y diademas"

Montserrat


Montserrat mientras observaba aquel cuarto con asombro oía los gritos que provenían de aquella habitación en la que estaba su madre y aquel señor que parecía furioso al haberla visto...

Aveces ella sentía que había llegado a ese palacio para ocasionar molestias. No se sentía bienvenida allí.

Sentía temor de los gritos y de todo lo que imaginaba que podría estar pasando en aquella habitación. Aún así,en aquel palacio enorme nunca se sentía desprotegida si al lado estaba su madre... Aquella mujer la cual cada vez que sonreía sentía que todo iba a estar bien y que era junto a ella donde debía permanecer.


Los acontecimientos se desarrollaron rápidamente,pronto la noche había pasado y llegaba el nuevo día.

Cuando Montserrat se despertó se encontraba en un carruaje en los brazos de su madre. No entendía a donde se dirigían. Veía en el rostro de su madre angustia pero aún así nunca dejaba de sonreirle y hacerla sentir protegida.
Ederne_bp


El camino resulto ser más largo y agotador de lo esperado, debieron detener el carruaje en varias oportunidades para merendar, luego por las necesidades propias de la pequeña Montserrat y ubicar una posada por esos caminos que les alojara la noche antes de llegar a destino. El segundo día, avanzo mas ágilmente, el cochero que se había ocupado de los caballos refrescándoles y alimentándolos la noche anterior, pusieron su mejor empeño en acercarse a destino antes de la caída del anochecer.

Si bien aquellas tierras eran suyas, la Berasategui sabía que la buscarían allí si alguien la extrañara o si fuera necesaria su presencia. Ella, quería desaparecer, pero no abandonar su tierra, mucho menos el lugar donde había nacido y vivido lo más bello de su infancia.
La única doncella que la acompañaba, ponía cara de terror cada vez que la infanta mencionaba la ubicación por los alrededores de Benicarló. El feudo era inmenso y la distancia entre una casa y otra era digna de recorrer a pie durante todo un día.

Era allí donde quería pasar algunos días, antes de emprender el último viaje y despedirse de su tierra. Dispuesta a no ser encontrada, llegaron a últimas horas del día a un pequeño manso abandonado a su suerte y a luces, desde hacía mucho tiempo, sin moradores.

Ante el estupor de la doncella, el cochero que sabía de aquel abandono, detuvo el carruaje anunciando la llegada.
Mi señora – dijo el hombre bajando de un brinco - esta es la casa que os anuncie. Esta abandonada, hace mucho, como os dije - el hombre intentaba justificar el interior de la vivienda – seguramente debimos esperar para venir, habrá que buscar para limpiar todo…

La Berasategui ya estaba abajo cuando decidió hablar, sin dejar de mirar la casa. Sabia estaba muy alejada del castillo y quizás nunca la encontraran allí, perdida a la suerte del altísimo – no necesitamos a nadie más, podremos nosotros mismos – dijo a tiempo que abría con dificultad la puerta principal de la vivienda.

Adentro, la oscuridad era casi total, el olor a encierro y humedad daban a la pequeña casa un deje de abandono y suciedad.
La doncella, que había superado un poco su tristeza, buscaba algunos troncos y encendía el hogar. Mientras la pequeña Montserrat rodeaba la casa advertida de no alejarse mucho, la infanta observaba todo con curiosidad.

Era una pequeña casa de piedra y madera, pero paredes alisadas con techo de tejas rojas desgastadas por el sol y que a pesar de que el sol la golpeara fuertemente, dentro era frío y fresco, y que el suelo era de tierra lisa, quizás, de tanto barrer.

La sala era la habitación principal de la vivienda y ocupaba gran parte de esta. A un costado se encontraba la alcoba que tenía en su interior dos pequeñas camas sin más relleno que unos viejos colchones de lana. La casa tenía solo la chimenea de la sala y pronto comenzó a sentirse el calor del hogar que proporcionaba al estar encendida. A un costado de la sala, había una mesa y algunos utensilios de cocina. – la noche esta por caer, será mejor organizar las camas - miro a la doncella y luego al cochero - ¿podréis organizar las dos camas que hay en la otra habitación?, yo dormiré con Montserrat y vos podréis ocupar la otra cama – luego miro al cochero y le sonrió – mañana os acomodareis mejor, he visto que atrás hay un pequeño establo, donde podéis dejar los caballos y el carruaje, esta noche, podréis dormir aquí – indico el lugar cercano a la cocina - mañana veremos un lugar más privado también para vos.

El hombre y la muchacha asintieron y ambos se dispusieron a organizar todo.

Suspiro al salir a buscar a la niña, justo cuando el sol tocaba el horizonte para perderse, dejando un rojo frio en el cielo- ¿Hija mía, os ha gustado vuestro nuevo hogar? – pregunto a la niña, con una sonrisa cálida en el rostro.

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Nicolino


DÍA 2: DE NUEVO AL CONFESIONARIO

La madera había chirriado ante el peso de sus rodillas en ella. El Borgia tenía la cabeza gacha: aún dudaba de qué decir. No había siquiera pensado en qué sucedería si reconocían su voz, si iba directamente al patíbulo o a una excomunión por sus faltas. Suerte tenía de que no fuera la Arzobispo entronizada quién estuviera en el confesionario, pero él, dado a la planificación, esta vez lo había obviado.

...pero tenía suerte. Una voz afable pero firme, como la de un padre, le habló al otro lado. Nicolás se sentía incómodo. Ya era tarde para escapar a aquello. ¿Cuándo era la última vez que se había confesado?¡Habían pasado años de ello!. Siempre había sido poco dado a reconocer sus faltas.

-Padre...necesito alivio y consejo...-decía, dubitativo. Lo cierto era que no sabía cómo encarar la verdad, ni como repetir los actos cometidos, sin reducir su culpa.

-He pecado de muchas formas, padre...pero...creo el peor pecado ha sido...privar a otros de la felicidad deparada por Dios, para imponer mi voluntad.-¡vaya si esa era una frase ambigua!.

-Mas...me he encontrado también ante una contradicción...¿Hasta dónde se extiende el vínculo, que se extingue al tomar los votos, en caso de ordenarse para finalizar un matrimonio?. La tentación te persigue, las obligaciones hacia los vástagos permanecen, pero la ausencia de algo presente cambia la relación y la complica.

Bueno. ¿Lo había dicho?¿Esa era su forma de decir que era sacerdote, y expresar su intrincada, trágica y dramática relación?. Suspiró.

-Siempre he pecado de orgullo al no querer asumir cuando alguien más tiene razón y llevado mi visión hasta las últimas consecuencias. Esa es otra de mis faltas. Pero cuando se mezcla con los actos...y causa palabras y hechos que no quieres, en realidad cometer...

Murmuraba, casi. No tenía claro si el confesor le entendía, o si sus palabras no sonaban más bien a una reflexión personal.

-...no sé si soy claro.-No, no lo era.-¿Creéis que, sea bueno encaminar un alma, atarla, y utilizar medios a los que nadie le gusta, sólo para garantizar su bien, que ella no conoce?¿Vale, acaso, el intento?¿Es moralmente justo?.

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Montserrat


El viaje fue largo para Montserrat como para su madre, gran parte de este la pequeña había estado descansando y admirando el desconocido paisaje.

No sabía con exactitud a donde se dirigían,tenía gran curiosidad en conocer su nuevo hogar,en donde pasaría mucho tiempo, en donde jugaría, en donde debería hacerse amistades, y demás.

Muchos sentimientos la invadían, por un lado angustia, no le gustaba ver a su madre decaída... por otro lado, ansías de conocer la gente que habría allí...

Cuando llegaron,Montserrat se sorprendió al ver aquella casa ,mucho mas pequeña que en la que habían estado antes, pero aún así para ella era demasiado.

No tardo mucho para empezar a recorrer habitación por habitación y acosarla a preguntas a su madre,quería saberlo todo. Quería saber quien era ese hombre con el que la había escuchado peleando aquella vez y por qué la notaba angustiada desde ese momento.

Montserrat, de todas formas, sentía una inmensa alegría. Como ya era costumbre cada vez que estaba con su madre.

Entonces Montserrat tiro de su vestido y le dijo:

-Madre, ¿puedo hacerte una pregunta?
Ederne_bp


Limpiar no había sido misión fácil, sobre todo para la regente, acostumbrada a amplios salones, servidumbre que hiciera el trabajo y vestidos delicados y elegantes que, aunque arrastraran su dobladillo, no se dañaban en el lustroso piso. Aquí, la tierra que había en el suelo, había dejado el vestido ajado y polvoriento y el pulcro peinado que caracterizaba a la Berasategui, estaba bastante desalineado. Así y todo, gracias a la ayuda de la doncella y el cochero, pronto estuvo las dos habitaciones principales en buen estado para ser ocupadas. El calor de la chimenea abarcaba ambas habitaciones y se podía decir que no habría más por hacer hasta el día siguiente.

Antes de pensar en acostarse, se había preparado una mesa humilde con algunos de los panecillos que habían adquirido en la última posada y por primera vez, la Infanta compartiría mesa con gente sencilla y parte de su propio servicio, aun cuando estos quisieron sentarse en el otro extremo de la mesa y con bastante timidez.

Cuando todo estuvo dispuesto para cenar, Ederne salió de la casa hacia la parte atrás donde creía encontraría a su hija. La niña se había entretenido entre el debilitado jardín y el establo. La pequeña la había acosado a preguntas que poco a poco había desviado mientras hacía deberes o intentaba ayudar a la doncella. Por último, rendida había huido al exterior de la casa. Más al encontrarla, esta había jalado sus faldas para insistir.

Sus ojos llenos de preguntas, eran de una transparencia e inocencia mezcladas, el corazón de la Berasategui latió con fuerza. Era imposible negar el parecido que tenia con él. El mismo glauco de sus ojos. Suspiro e intento sonreír y parecer indiferente a los efectos que la niña provocaba en su memoria.

A ver señorita hermosa, ¿que desea saber usted? – dijo cargándola en brazos y colocándola en su cadera derecha, la niña se abrazo a su cuello, en firme determinación de no bajarse más de allí.


FRP: Perdon a mis compañeros de rol, Nico y Montserrat, y a nuestros lectores por la demora en escribir, un poco de decepción y otro poco de dolor. ahora si espero no demorar mucho mas en continuar el rp.

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Fray_mateo




- …He de suponer que también queréis confesar que soléis utilizar las palabras muy bien para intentar hacer que vuestras faltas suenen a menos- dijo fraternalmente el fraile, comenzando a construir el perfil de aquella persona desconocida al otro lado del confesionario. Seguramente era un político. No solían precisamente aparecer por los confesionarios.
-Sin embargo, decís que forzasteis a alguien a cometer actos que no quería. ¿Quizás una huída?...¿algo más grave?¿A pecar?¿O a complaceros?-continuó, pero esta vez más severo.
-Debéis saber, hijo mío, que eso siempre es pecado. Doblegar la voluntad de otro, o siquiera intentar hacerlo, es un acto sacrílego en cuanto va contra el libre albedrío que Christos y Aristóteles predicaron como forma en la que el hombre puede elegir el camino de la Virtud. Si alguien actúa para coartar aquel derecho…
-…y decís, asimismo, que el orgullo se interpone entre lo justo. El orgullo lleva a la rabia. Lleva al no querer aceptar verdades por su mero obstáculo. Nubla el raciocinio y nos convierte en bestias. Espero no hayáis pecado de ello, pero si es así, os animo a enmendar vuestra falta. Aún debéis estar a tiempo.
Y frunció el ceño. La otra frase le resultaba, cuanto menos, emblemática. ¿Era aquel, a la vez, un sacerdote? Habían pocos nobles que a su vez lo fuera. Normalmente asumían que no se podía servir a dos señores, a Dios y a lo que era de la Tierra. Suspiró.
-Respecto a vuestras tentaciones…en la vida uno debe hacer elecciones. Las hay incompatibles, que sólo nos hacen vivir en pecado. La indecisión, lo que no es ni bueno ni malo, nos impide acercarnos a Dios. Creo que…sería grave que vulnerarais promesas, fuera cual fuera, debido a esto. Debéis reprimir cualquier instinto si lo juzgáis pecaminoso e impío.
…más siendo contra la voluntad de ese alguien.

Y hubo un silencio. Aquello sonaba a gravísima acusación.
-Pero Hijo mío..¿Os arrepentís de vuestras culpas?
Nicolino


-Pero Hijo mío..¿Os arrepentís de vuestras culpas?

...un largo silencio...que se perpetuaba en el tiempo que parecía no pasar en la catedral valenciana. Respiró hondamente. Su mirada se había perdido en un punto fijo del confesionario, y ciertamente sabía que arremetía contra la moral aristotélica al retrasar su respuesta.


-Sí...me arrepiento...
-sólo un hilo de voz. Había oído las palabras de su confesor, y las analizó en profundidad. Quizás...quizás esas palabras encerraban un atisbo de verdad. El Borgia, aún de rodillas, adoloridas contra la madera ante la falta de costumbre de postrarse siquiera ante Dios, no entendía si había comprendido su significado racional o espiritualmente. ¿Era culpa o era solo interpretación?.

-Y prometo, desde ahora, ser hombre recto.-pronunció, con más convicción, agachando, acto seguido, su cabeza para orar:

-Creo en Dios, el Altísimo Todopoderoso,
Creador del Cielo y de la Tierra,
de los Infiernos y del Paraíso...


Pero, a su vez, la fe exigía la reparación material de la falta. Mientras rezaba, su mente divagaba. ¿Dónde estaría ella?¿El Palacio Real?¡Debía hallarla, cómo fuera!.

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Graciela


Una vez más, pero meses más tarde desde la última vez, sus tacones volvían a resonar con fuerza por los pasillos del Real.
No le había costado demasiado que le permitieran la entrada nuevamente. A pesar de la ausencia de la reina a la que sirvió como Dama de compañía, el servicio y los guardias seguían siendo los mismos que habían trabajado en palacio durante el mandato de Rose, por lo que no tuvo que acudir a ninguna estratagema para poder entrar al que por tanto tiempo había sido su lugar junto a la difunta monarca. Aun todos la reconocían como Dama de la Corte y de hecho, seguía teniendo todas sus pertenencias, ropajes y joyas en la habitación que había usado durante el reinado. Nada parecía haber cambiado aparentemente dentro de aquellas estancias, pero en verdad, todo, absolutamente todo, había cambiado para ella. Su posición en aquel lugar había quedado seriamente comprometida con el fallecimiento de la reina, su gran valedora, sin ella todo peligraba, incluido algo tan básico como su sustento. Ahora debía volver a ganarse el derecho a ese lugar, a esa posición y a ese hueco, que aunque pequeño por ahora, tenía entre la nobleza valenciana.

En el viaje que la trajo desde la vecina Segorbe hasta la dos veces leal, había podido hacer gran acopio de información. Conocía todos los nuevos nombramientos de nobles, los cambios en los feudos, los nuevos matrimonios y también los divorcios, la llamada a Cortes, e incluso intuía muchos de los movimientos que se realizarían a futuro en aquel gran tablero de ajedrez que era ahora Valencia. Era muy propio de su carácter curioso e interesado darse tanta prisa en conocer sobre qué terreno se movía para no dar ningún paso en falso. Lo había hecho así toda su vida porque era la única manera de sobrevivir en aquellos ambientes.

En sus aposentos de dama, mientras se arreglaba con ropas adecuadas antes de comenzar con lo que la había llevado hasta allí, su mente divagaba. Tras tantos meses de ausencia y los acontecimientos que habían acaecido en su vida, el porte, la gracia y la ambición de la joven seguían permaneciendo intactos pero se podía decir que no era la misma Graciela cándida y de buenas intenciones la que regresaba a casa, si no que eran causas menos nobles las que la traían a Palacio. Había ensayado mentalmente una y otra vez las palabras a decir, los cumplidos que debían parecer sinceros y desinteresados, la mejor de sus sonrisas y un gran repertorio de frases estudiadas encaminadas a ganarse el afecto y confianza de quién si no, más que de Ederne de Berasategui, la regente del Reino. Había solicitado audiencia con la Infanta nada más atravesar las puertas a las instalaciones reales, y era esa la gran misión que la movía, pero desafortunadamente al llegar al lugar le habían contestado entre cierto desconcierto que se notaba en el ambiente que la princesa no se encontraba en Palacio. Eso descolocó a la De Lara en un principio, pero dado que supuso que el Borgia no se encontraría muy lejos de allí decidió no perder el tiempo mientras esperaba poder encontrarse con la mayor de los Berasategui, jugar ese as bajo la manga y pedir que fuese el propio Canciller quien la recibiera en ese caso.

Sabía muy bien del divorcio entre la regente y el ahora Marqués de Gandía, así que, por qué no elegir el más escotado de sus vestidos para acudir a él. Ahora era un hombre libre y no estaba de más alegrar la vista de a quien te interesaba caerle en gracia también, pues a pesar de que ya no fuera el marido de la futurible reina, de todos era conocido que no había movimiento en el Reino en el que Nicolás no tuviera o bien implicación directa o bien estuviera moviendo a su antojo los hilos invisibles de alguna marioneta.

Se encontraba ya en la Sala de Audiencia, esperando a que el Borgia se personara, practicando esa sonrisa de falso aprecio y repasando cómo exponer su causa para que resultara creíble, cuando las puertas del salón se abrieron de par en par.
Su sonrisa no tardó en desvanecerse. La persona que entró en la sala no parecía ni la sombra de la imponente figura que esperaba encontrar ante sí, la que recordaba haber conocido en el pasado. Aquel hombre parecía haber envejecido lustros de golpe. O tal vez alguna enfermedad le consumía. Las canas habían invadido todo su cabello. Su rostro era el reflejo del cansacio del que lleva una pesada carga sobre sí y por si aquello fuese poco, no lucía los ropajes típicos de su posición, si no que se presentó ataviado con la ropa propia de un clérigo.

- Ma.... ¡Marqués!- dijo recomponiendo su sonrisa como pudo y haciendo una leve reverencia para disimular su sorpresa- ¡Por Aristóteles! ¡cuanto tiempo sin veros! Debo daros las gracias por haberme recibido con tanta prontitud. Estáis.... estáis...cambiado...

Sin duda, lo del escote no había sido buena idea...
Nicolino


El chirrido de las bisagras antecedió a las pesadas puertas de roble abriéndose con un sonido gutural en el inmenso Salón de la Audiencia. Aunque los colores de los tapices y los estandartes fueran cálidos, como toda insignia de Valencia, el Palacio y sus monstruosas proporciones se habían convertido en un lugar gélido, dónde el mármol y los ornamentos, lejos de representar la cercanía de una cultura que le era propia a su gente, imponían una distancia con todo aquel invitado, que automáticamente podría sentirse en la boca del lobo, en las fauces de la sede de una burocracia sin rostro...y vacía.

Burocracia de la cual el Borgia movía los hilos. El Chanciller, sin estar sentado en el trono, era la persona a la que todos acusaban de los males del Reino. Resultaba sorprendente el comprobar que su porte no era el de antaño, que no era quién hubiera luchado en las cruzadas, que su cabello ocre hilado de plata había perdido lustre, y constitución no era la de un joven.

Pero aún daba los largos pasos que lo caracterizaban. Y aquella firmeza de quién pocas veces admitía los errores, y luchaba fervorosamente por aquellas otras cosas en las que creía llevar razón.

-Por algo llevo un toro en el blasón...-solía repetirse, afirmándolo con orgullo, otras veces justificándose.

Aún así, en algunas extrañas ocasiones, sus pasos no perturbaban la falsa paz instaurada en el Palacio tras la muerte de su Monarca por sus contubernios. No. A veces, el Borgia mostraba su lado humano...esa vez, buscaba a Ederne. No el sello de Ederne. A la Regente, pero a la persona. Tenía las falsas esperanzas de encontrársela allí, esperanzas que se desvanecieron, cuando su mirada encontró a Graciela en el salón de la audiencia.

Y él...no tuvo más opción que ignorar su escote. Sus instintos supresos tras la confesión, y más aún ante la mirada de desconcierto de ella, se hicieron más patentes siendo que aún la recordaba como su tía política, a pesar de que él pudiera ser mayor que aquella mujer. La diferencia de edad con Ederne, a quién desposó cuando ella era muy joven, solía notarse en las relaciones con el parentesco. El estaba más cerca dela edad de Rose...

-¡Graciela! Sin duda es una sorpresa veros aquí. ¿Qué os trae por estas tierras?¿Asuntos de Castellón?¿Algo más privado, quizás?-dijo sin más, forzándose a conversar, ya que sus ánimos y la desaparición de Ederne, en realidad sólo le daban deseos de articular monosílabos.

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Ederne_bp


Para un corazón sediento de pasión y aventuras, aquello no era vida. No había nada que alterara los lentos días de trabajo y aburrimiento de la Infanta, ni las caricias de un amante, ni una noche de risas y bailes, ni el sabor del vino o el efecto embriagador de la libertad ocasional. No tenía otro recurso para escapar de la monotonía que sus sueños. Más lamentable aun, tan escasa era su ilustración que a duras penas habría sabido con que soñar de no ser por la doncella que aun permanecía con ella y que libremente podía movilizarse por la zona sin ser reconocida en busca de alimentos y también de cotilleos de la corte.

Habían pasado solo dos días, pero los alimentos habían mermado contundentemente, eso sí, la casita ya tomaba mas forma, y la pequeña se había acostumbrado al gran espacio y la libertad que le significaba no ser reconocida como noble.

Durante la cena, la doncella traía los chismorreos y descripciones esplendidas de los bailes que habían tenido lugar la noche anterior y que su presencia aun no era echada en falta, nadie la buscaba.
El Palacio Real seguía lleno de personajes deslumbrantes y no dejaba de enumerar los placeres que reservaba valencia.

Aunque la temporada estaba a punto de acabar y el verano ya estaba de camino, el ritmo febril de la capital apenas había disminuido y la infanta ardía con la fiebre de la frustración. Apenas se contenía ante su arrebato de haber huido del lugar que le correspondía, pero su orgullo era demasiado grande para devolverse a palacio y reconocer que se había equivocado, estaba clara que quien debía salir de allí era él, no ella, pero también comprendía que no tenía la fortaleza espiritual para hacerse cargo del reino en esos momentos, aun sentía el tormento de las palabras de su madre…

No ha cenado, señora - dijo la doncella, sacándola de sus cavilaciones - no puede enfermarse, lo sabe, así que es mejor se alimente - la mujer la reprendía tan dulcemente aun cuando el rubor se había elevado por sus mejillas, ciertamente la cercanía que habían experimentado ambas les había abierto la posibilidad de verse más iguales y ciertamente la doncella sentía cierto derecho a cuidar de su señora y la pequeña.

No era capaz de cambiar su situación y le faltaba la paciencia para sobrellevar su destino estoicamente. Despacio, se tranquilizo con el tibio y húmedo aire primaveral y se enfrasco en sus fantasías. Un día, soñaba Ederne, despertaría por la mañana y los días ya no serian grises como hasta entonces, sino de un color intenso. Un día, la sangre correría por sus venas con la dulzura del néctar de las naranjas. Un día huiría de su prisión invisible y encontraría alguien a quien amar, un hombre que la adoraría y respetaría, que le permitiría ser amiga, mujer, compañera y amante. Un hombre que compartiría sus sueños, despertaría en ella las emociones más intensas y la pasearía por el mundo enseñándole sus maravillas, absorbiendo cada imagen y sonido. Un día, todo cambiaria.
Suspiro y su hija la espabilo al mover su vestido. - mami, ¿porque suspiras? – le dijo con inocencia - porque los sueños nada tienen que ver con la realidad, hijita - le dijo con una sonrisa tímida a su hija, mientras le acariciaba los cabellos.

Ciertamente había encontrado al que pensó era el amor de su vida, al hombre que había soñado desde que era una niña... Sin embargo, cuando él había irrumpido en su vida, no tuvo nada que ver con lo que ella había esperado…

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Graciela


Perpleja, sin saber qué decir, sin ser consciente siquiera de si su cara denotaba la confusión que recorría su mente o si bien estaba consiguiendo mantener a raya sus pensamientos poniendo buena cara al Borgia. Así se encontraba ella. Se podía decir que ya se le había olvidado incluso a lo que había venido.
Le observó dirigirse con lentitud y desgana hacia el altillo donde se encontraba el asiento real y allí se dejó caer. Era obvio a los ojos de la muchacha que a pesar de que lo tenía delante y de que ese espectáculo que estaba presenciando era cierto, el espíritu del de Gandía no estaba presente allí y en verdad parecía estar muy lejos de aquellos salones.
Una incomodidad creciente la embargó. Disimuladamente, con ambas manos agarró la tela del apretado corpiño e intentó subirlo mínimamente en vano. "Bah, que importa...". Luego avanzó un par de pasos hasta colocarse a buena distancia de su interlocutor.

- Yo... Parece que he venido en mal momento, Canciller. Ruego me disculpéis si os he importunado.- le dijo sin mirarle a los ojos y haciendo una leve reverencia como para prevenirle de que se retiraba para regresar en otro momento más propicio- Yo, en verdad, venía a solicitar audiencia con... con Ederne.

Fue ahí cuando empezó a comprender todo y cuando su intuición le dijo que no iba desencaminada en las conjeturas que había hecho inicialmente. El desamor era el veneno más letal que existía sobre la tierra, un veneno que te mataba poco a poco, lenta y cruelmente, y eso ella lo sabía muy bien. El aspecto del Borgia tenía un motivo y ese motivo solo podía ser su divorcio. Maldijo no haber intuido eso antes. Sabía que llevaban años divorciados, pero en su mente un tanto dada a los cuentos de hadas, había imaginado a él picoteando feliz de flor en flor, y a ella asediada de apuestos galanes deseando llevarse tan preciado trofeo.
Pero nada más lejos de la realidad. Aquel nombre pronunciado con sutileza, utilizado de manera tan acertada, pues podía haber dicho "la regente", "la princesa" pero decidió remitirse a ella por el nombre que sus padres le pusieron, provocó una ligera mueca en la cara de Nicolás que pareció reaccionar, detalle que no se escapó a la De Lara.
Decidió en ese momento tirar un poco más del hilo.

- Disculpad mi atrevimiento, Marqués. ¿Pero seríais tan amable de indicarme cuando podré ser recibida por la Regente? Tengo asuntos importantes que tratar con ella...

No eran tan importantes sus asuntos ahora, pero jamás lo reconocería. Ahora lo importante era saciar su curiosidad y descubrir si el mal que azotaba al de Gandía era el que ella creía. Y si fuese así y se dejase ayudar... ¿porqué no aprovechar esa baza que el destino le servía en bandeja para ganarse la confianza y el cariño del que podría haber sido su tío? ¿Y si Ederne se sintiera igual y necesitara también una amiga en quien confíar? Ella, dispuesta a ayudar, como siempre, aunque sus motivos no fuesen altruistas precisamente...

Nicolino


-La Regente...-su mirada se desvió con cierta melancolía hacia algunos de los estandartes que aún pendían en el salón. Uno, era la insignia de la Casa de Berasategui. Ederne era la última que parecía quedar en aquel palacio, y ahora también se había ido. Él también la buscaba. Tras su confesión debía encontrarla.

Aún así, el destino no le favorecía, como siempre lo había hecho al permitirle conquistar aquellos puestos elevados que garantizaban su dominio en aquel Palacio vacío en total ausencia de la Casa Real. Y allí estaba, ante la mirada consternada de una mujer que había venido a buscar algo pero no encontró lo que buscaba. No tenía los ánimos para indagar a que se debía aquello.

-¿Mas dónde podría haber escapado? No tendría dónde huir...-murmuró, olvidándose por un instante de la presencia de Graciela. ¿No estaría asustándola con tal comportamiento, mirada desvaída y demás?. No importaba. Le era indiferente le consideraran loco.

Pero...una luz se encendió para él inmediatamente. Benicarló. No había otro lugar. Abruptamente, decidió:

-¡Graciela, vendréis conmigo!. Saldremos en su búsqueda. Ensillad vuestro caballo. No tendría otro lugar dónde ir.

¿Quizás su despecho la llevaría a encabezar una revolución, antes de que él pudiera hacerse con el sillón del Gobernador?¿Quizás cruzaría los pirineos tras tomar las posesiones valiosas que quedaran en su feudo? Muchas preguntas, ni una sola respuesta.

El Borgia tenía prisa por darlas.

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Graciela


Y así, llevada casi en volandas por el repentino arranque de ímpetu del Borja, arrastrada hacia un lugar incierto y sin tiempo para ni siquiera inventarse una excusa para no acompañarlo o pedir alguna explicación al respecto, Graciela se vio abocada a un viaje hacia Aristóteles sabía dónde.

Por un instante maldijo el momento que había elegido para ir a verse con la regente, pues no es que no tuviera ganas de meter su naricilla en los asuntos que se traían en aquel matrimonio roto, pero lo cierto es que su cuerpo debilitado por la enfermedad no estaba para recorrer muchas millas a caballo y justo acababa de llegar de la vecina Segorbe. Después de varios meses fuera de casa lo único que quería era regresar al hogar y descansar. Aquel viaje era un infortunio para ella si se miraba así. Pero en cualquier caso, sin Ederne en el Palacio Real y sin su beneplácito para que Graciela pudiera seguir ejerciendo de dama de la corte y campar a sus anchas por el Palau, que era lo que deseaba, no había ningún sitio al que pudiera llamar hogar como tal. No quedaba más remedio, por tanto, que viajar junto al Marqués y encontrarla.

El de Gandía salió tan presuroso de palacio y mantuvo tal ritmo acelerado de marcha que pareciera que era llevado por la criatura sin nombre. Graciela a lomos de su desentrenado caballo Truhán, que llevaba durante toda su ausencia sin abandonar los establos, a duras penas era capaz de mantenerse a la altura del galopar del otro equino. Así no había quien pudiera hacer una sola pregunta, así que tuvo que amenizar el viaje especulando consigo misma con qué diantres era lo que estaba pasando allí.
Cuando comprobó que enfilaban rumbo hacia el norte dedujo que se dirigían indudablemente a Benicarló, el feudo que había heredado Ederne de su difunta madre, la Reina. No podía ser a otro lugar. Además, tenía su lógica si es que tal y como su intuición y su inconmensurable imaginación la arrojaban a pensar. Según la historia que Graciela estaba hilando en su mente, y que podía resultar cierta, o solo semejante a la realidad, o tal vez podría quedarse tan solo en una historia para no dormir, Ederne, harta de tener que ver a su ex marido cada día por los pasillos del Real, habría huido de Palacio. Habría decidido relajarse en sus dominios, alejada por completo de las responsabilidades y de la dura carga que para una mujer que acaba de sufrir una pérdida como la que había sufrido ella, suponía tener que hacerse cargo de un Reino.
¿Habría sido así? ¿O quizás se equivocaba? ¿Habría detalles escabrosos en todo aquello, dignos de ser el apetecible entretenimiento en uno de esos corrillos tan habituales en la Corte? Realmente el ansia por enterarse de que era lo que había separado a aquel matrimonio que parecía tan estable y unido, de cual era la pena verdadera que afligía a Nicolás y de si ella sería la afortunada testigo de un portazo en las narices o bien de una romántica reconciliación, todo eso, era lo que alimentaba las fuerzas de Graciela para seguir cabalgando sin pausa en pos de la Berasategui.

Cuando el vasto feudo de Benicarló se abrió finalmente ante ellos y a lo lejos se pudo vislumbrar el castillo familiar de los Berasategui, fue cuando por primera vez el Borja aminoró la marcha. Aprovechando la ocasión, la dama se colocó con su caballo a la altura del de Gandía.

- ¿Podéis creer Marqués que pese a haber vivido años en Castellón y haber estado emparentada con los Berasategui, nunca había tenido el privilegio de visitar estas hermosas tierras? - expresó Graciela tratando de romper el hielo en la tensa situación y de paso confirmar que aquello era efectivamente Benicarló y no se había desorientado por completo perdida en sus divagaciones- Imagino que deseareis hablar con vuestra esposa a solas. - dijo tras unos segundos, después de que el más absoluto silencio fuera toda respuesta del de Gandía- Id, no os preocupeis por mí. Ya tendré tiempo de hablar con ella más tarde cuando hayáis resuelto lo vue... cuando hayáis conversado de los asuntos que hasta aquí os han traído, Marqués. Yo por mi parte daré un paseo por las tierras del ducado mientras tanto.

Y fue así, que tras adivinar en su semblante lo que parecía una mueca de aprobación en el Canciller, la de Lara se alejó al trote del camino principal que conducía a la propiedad del Castillo de Benicarló y se perdió por los alrededores entre arboledas y por caminos más estrechos y sinuosos, dispuesta a explorar y descubrir en total libertad el nuevo feudo heredado por Ederne.

Le impresionó lo extenso que llegaba a ser aquel dominio. Hectáreas incontables de campos con cultivos de todo tipo, donde los labriegos se afanaban por hacer la mejor de las labores. Pero la asombrada Graciela también quedó sorprendida ante un hecho que no esperaba, y era lo abandonado que se veía todo. El primer Duque de Benicarló, Yuste, había fallecido hacía ya demasiado tiempo, y era triste contemplar como ese mismo tiempo de ausencia de un señor que marcase el ritmo de los días y que diera vida a su alrededor había azotado inexorablemente aquellas posesiones.

Había construcciones, que tal vez en su día habían sido grandes casas que acogían a amplias familias entre sus paredes, pero que ahora eran tan solo la sombra de lo que un día fueron.
Graciela dirigía su caballo hacia una vivienda de aquellas cuando la risa y los juegos de una niña pequeña en el exterior de la casa llamaron su atención. Había una familia en aquel edificio, para su sorpresa. Lo cierto es que esa era la mejor de las noticias que podía recibir, pues se hallaba sedienta. El de Gandía no había querido detenerse en el camino ni para las necesidades más básicas de un ser humano, así que tal vez aquellas buenas gentes dispusieran de un pozo desde el cual pudieran ofrecerle algo de beber.

- ¡Pequeña! ¡Pequeña! - dijo tratando de llamar la atención de la niña, que ensimismada en su juego no se había percatado de su llegada. Le sorprendió que sus ropas no fueran humildes tal y como cabría esperar- ¿Seríais tan amable de avisar a vuestra madre, hermanos o a alguien que tuviera a bien servirme un poco de agua?

No iba a esperar que hubiera sirvientes, ni que la invitasen a comer algo en su mesa, pues la casa no estaba acondicionada de la mejor de las maneras...
Montserrat


Y es que ver tal cabellera rubia en aquellas tierras casi carentes de vida, era algo raro de verdad!. Mas aún, si no disimulaba su condición de noble, que acababa de descubrir. La niña, aún ajena a todo ello, sin embargo solo se limitaba a recoger flores del campo y perseguir lagartijas que habia por doquier en aquella tierra que comenzaba a volverse arida e infertil...podía, por primera vez, correr en libertad, abrazar la hierba y sentir la tierra bajo sus pies, las fragancias que se mezclaban, en aquel territorio, que de repente, había pasado a ser su casa...

...y de no tener ninguna, pues vivio en un convento de niñas toda su corta infancia, habia pasado a tener tantas en tan poco tiempo...pero su madre le reclamaba discreción. No hablar con extraños. Menos si llevaba un toro rojo en su escudo. Y aquel día, apareció en esas tierras una mujer.

- ¡Pequeña! ¡Pequeña! ¿Seríais tan amable de avisar a vuestra madre, hermanos o a alguien que tuviera a bien servirme un poco de agua?

La niña, flores en mano, entrelazadas en un ramillete bastante maltratado, la miró.

-¿Tú vives por aquí?, no te había visto, ¿Estás casada?-le preguntó, sin siquiera decir "hola".

-Pocas veces viene gente por aquí...-dijo moviendo su vestido de un lado a otro con una de sus manos- ¿Has venido a jugar?¿Quieres cortar flores conmigo? esta todo seco, pero mama dice que pronto eso cambiara ¿Tienes hijos con quienes jugar?- la niña parecia no querer detenerse en su preguntar y es que sentia curiosidad y visto que a la doncella que los acompañaba ya le habia hecho todas las preguntas posibles y su madre se negaba a responder unas cuantas mas, sobre todo las referentes a su padre, habia aprovechado la ocacion de asaltar a preguntas a una desconocida.

La volvió a mirar, de arriba a abajo, violando la norma de "no te hables ni acerques a extraños", aproximandose a ella.

-¿Nietos?-espero un segundo sin advertir la perplejidad de la dama.

-¡De dónde vienes seguro hay dulces! - dijo con más ánimo del esperado, extrañaba los dulces Se quedó pensando ante el silencio de la mujer y reacciono a la solicitud primera de la mujer.

-Oh. Querías agua. Bueno. Y su mirada se perdió en el suelo, cabizbaja. - Iré a buscar a mi madre...

Y huyó, sin más, corriendo con la brisa. La puerta se abrió, y allí, en aquella casa solariega, su madre aguardaba tras la puerta.

-Mamá, mamá. -dijo alborotada, pero su madre la tomo del brazo y la escondio dentro de la casa, en silencio casi confidentemente le advirtio de la visita -Encontré una mujer. ¡Te busca!

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Ederne_bp


Había visto a la mujer, la reconocía, pues en algún momento había sido su tía política, si, Graciela de Lara y Salcedo, y en aquellos años, aunque la Berasategui era muy joven, era muy apegada a su tío Zeian y había estado complacida con la boda que su tío haría con ella, luego el había partido ella se había casado, y sus vidas se habían separado, y la dama había estado en la corte de su madre...

Y ahora... ahora su hija estaba ahí, conversando con la Graciela, ¿ que hacia ella en Benicarlo? y ¿que hacia tan alejada del castillo y como había llegado hasta allí? - ¡te dije que no hables con extraños! Montserrat!- dijo a la pequeña con mas molestia de la que debía y presionando su brazo.
La Infanta cerro la puerta tras de si, y fue la doncella quien se acerco hasta la niña enviándola a su cuarto con un gesto amable.

¿Quiere que salga yo y hable con ella? - le dijo esta a la Berasategui que junto a la puerta analizaba que hacer y decir - puedo ... - agrego débilmente.

No - respondió lacónicamente Ederne - me ha encontrado - dijo antes de abrir la puerta y salir.
Andais algo perdida del Castillo, Graciela con quien venis? - sonrio, pero su sonrisa no llego a los ojos - pasad, por favor, tenemos mucho de que hablar.

Le indico con la mano que hiciera ingreso a la pequeña casita y la dama asi lo hizo.

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