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[RP] "De futuros y diademas"

Graciela


La sorpresa fue mayúscula cuando apareció ante ella quien menos pensaba encontrar en un lugar como aquel.

- E...Ederne!!! ¡¡Alteza! Pero...¿Pero qué hacéis aquí? Y miraos... ¿qué os ha sucedido?

Nunca, en las varias ocasiones en que habían coincidido en diversos lugares, pudo imaginar llegar a verla así vestida, tan sencilla y sin adornos. Si algo caracterizaba a la Berasategui a los ojos de Graciela era su porte, tan regio como el de su madre. El lugar tampoco era el más bucólico para una escapada vacacional como era lo que supuestamente la había llevado a Benicarló. Cuando entró en la pequeña salita donde una doncella le sirvió un cuenco con agua, no pudo ocultar su consternación.

- Os juro por lo más sagrado que jamás habría esperado encontrarme con vos aquí. Yo he venido hasta aquí... con...- entonces, justo cuando la duda de si debía hablar del Borgia o no asaltó su mente, se percató una vez más de la pequeña que correteaba alrededor de las dos mujeres ajena a cualquier problema. Y fue entonces que entendió muchas cosas. Cuando la vio por primera vez observó en ella algo familiar que no supo identificar, pero ahora todas las piezas encajaban con majestuosa claridad. Aquellos ojos, aquella manera resuelta de expresarse. Era digna hija de su padre. Decidió hablar. De ahí iba a salir un juego muy interesante y un sinfín de chismes y cotilleos que llevar a la Corte a su vuelta a la capital.- He venido con vuestro esposo. Os busca desesperadamente. Está ahora mismo en el castillo pensando que os encontraría allí. Alteza... Ederne... si algo puedo aseguraros es que vuestra ausencia le corroe el cuerpo y el espíritu, es una sombra, un alma en pena. Confiad en mi palabra, pues hay detalles que una mujer capta a la primera.- se acordó de lo inútil que resultó su escote en la audencia y pensó que de saberlo su interlocutora la mandaría a colgar de inmediato. Pero qué mejor que hacerse pasar por amiga para ahuyentar toda duda.- Si me dais permiso, puedo ir a buscarlo inmediatamente...Nada le hará más feliz que saber que estáis bien...

Estaba deseando ir a buscarle para así poder presenciar lo qué pasaba entre ellos dos, y sobretodo y especialmente, la cara del Borja cuando viera a aquella niña que era su viva imagen. Pero si tenía ganas de regresar al castillo, infinitas eran las ansias de volver a Valencia a contarlo todo...
Ederne_bp


Y allí estaba, sentada en el pequeño sillón, manteniendo el porte regio en silencio, estudiando a la dama en cuestión. maldiciendo en sus adentros aquella mujer que irrumpía en su escape - ¿como pudo creer que jamas nadie la encontraría allí? - estaba exasperada, mal humor, aquello cambiaba sus planes, debería huir de ahí, sobre todo si el Borja estaba con ella, si ambos estaban en el castillo, ella no podría volver allí, o el... el se enteraría de su paradero...si volvía a verlo, su hija sufriría.

El ya no es mi esposo, Graciela - dijo con cautela - nos hemos separado hace algunos años, por ciertas... - cayo, miro un momento a su hija y volvió la vista hacia la dama que con curiosidad la miraba - diferencias - dijo al fin un poco mas bajo de lo que su tono de voz era normalmente.

miro ahora a la doncella que estaba un poco mas al fondo de la habitación en silencio - llevad a Montserrat a su cuarto, es hora de su estudio diario - le dijo a la doncella esta asintió y tomo la mano de la pequeña

La Infanta se puso de pie y se acerco a su hija - haz tus deberes, yo iré cuando la dama se haya ido - le sonrió y la guió a manos de la doncella. - procurad no salga hasta que yo os avise.

Se giro cuando ambas, niña y doncella, ingresaron al cuarto contiguo y se sentó cerca de Graciela que la miraba expectante.

No tenia intenciones que nadie me encuentre, pero habéis sido vos y eso es una señal - dijo intentando ordenar sus ideas a medida que hablaba - el Borja..- pauso un poco - el Marques no puede saber que me habéis encontrado, Graciela, nadie en el reino puede saberlo - dijo al fin.

Os serviré un te - dijo poniéndose de pie y acercándose hasta la cocina que estaba un poco mas atras.
Preparó dos pequeños cuencos y agrego una hojas antes de vaciar el agua que hervía en el hogar.
Debía actuar y decir rápido y lograr que ella solidarizara con la Infanta, debía serle leal, y pedir dicha lealtad a una mujer que apenas había conocido no era misión fácil, así pues, tendría que culpar al Borja de todo, contarle las cosas quedando como una gran victima cosa que era en el fondo, aunque quizás muchas mujeres jamas lo entendieran.

Partiría por contar el motivo de su separación, el abandono en el que el Borja la había dejado, ocupándose del reino y relegándola a Gandia, las ultimas voluntades de su madre y el secreto de su hermana Leticia, le contaría como había negado a su hija Montserrat y como había renegado de ella, para luego querer enviarla lejos de ambos y si aun con eso no lograba confiar en ella, entonces.. entonces tendría que buscar otros métodos para acallarla. recordó aquel pequeño liquido que siempre había mantenido en su bolso y los efectos que este provocaría en quien lo bebiese, ese seria su ultimo recurso.

Vació el agua sobre ambos cuencos y sonrió a la dama, comenzando a contarle toda su penuria. Termino de contarlo a tiempo para que ambas mujeres terminaran aquel te de hierbas naturales y espero la reacción de la dama.

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Graciela


El relato de la Berasategui era conmovedor hasta el punto de que una mujer como Graciela, que no tenía el don de la empatía precisamente, lograba entender como se había sentido, el motivo por el cual no quería saber nada del de Gandía y porqué había huido de aquella manera. Pero había algo que no lograba comprender por más que quisiera. No podía asimilar que Ederne estuviera tan decidida a dejar el reino encomendado por su madre a la deriva, no podía concibir que se marchara para siempre y se relegara a si misma a una vida tan mísera y triste, tan vacía y sin expectativas. Valencia la necesitaba, ella como subdita de aquel reino, por el juramento que había hecho en su día ante Rose, no podía quedar impasible y de brazos cruzados en aquella situación. Quería que el reino tuviese una reina y Ederne tenía muchas virtudes para regentar aquel caos en que se estaba convirtiendo todo.
Además, ella no sabía que el Marqués estaba tan destrozado. Solo él podía recuperarla, recuperar su vida conyugal, pero por sobretodo, lo que más le importaba a la De Lara era recuperarla para el Reino, con el consiguiente beneficio que ella sacaría de ello, claro. Graciela, sin embargo, por más palabras bellas que le regalase a sus oídos, jamás podría reparar sus heridas ni convencerla de absolutamente nada.
No quedaba más remedio que traicionar su voluntad y confesar a Nicolás su paradero. Por Valencia.

- Descuidad Infanta. Iré al castillo y me llevaré al Marqués de vuelta a casa. Nadie sabrá de vuestro paradero. - le dijo simulando sinceridad, mientras apuraba las últimas gotas de aquel delicioso té de hierbas. Más tarde habría de confesar ante un sacerdote aquella traición, pero ya habría tiempo para ello. Además, ¿sería acaso pecado salvar al reino del abandono?

Cuando la dama llegó al castillo de los Berasategui en Benicarló y pidió que le abrieran paso pues tenía una noticia de gran trascendencia que comunicar, el corazón le latía cual caballo desbocado.
Encontró al de Gandía sentado degustando una escueta cena y con el mismo aspecto oscuro y triste con el que le había dejado con anterioridad, presidiendo una gran mesa de maderas nobles apta para gran cantidad de comensales, pero acompañado nada más que por la soledad y el silencio.

- Marqués, os traigo grandes y gratas noticias.- dijo haciendo una reverencia y sonriendo, aunque sin poder ocultar el nerviosismo. Tenía miedo de la reacción de la regente, era mujer de gran y duro carácter, pero confiaba en que si finalmente se reconciliaban pasaría por alto aquel detalle de la dama- Puedo deciros que he visto y he conversado con vuestra esposa y con vuestra hija. ¿Cómo es que nadie nos habíamos enterado de que teníais una nueva vástaga en común? ¡Pero eso es maravilloso! Además es vuestra viva imagen, nadie podría decir que no es una Borja... -sonrió- ¿No es ese motivo suficiente para vuestra felicidad conyugal?

No supo por qué pero la cara de Nicolás se descompuso todavía más de lo que estaba.

- Os indicaré donde podéis encontrarlas y yo por mi parte regresaré rauda a la capital... Tengo muchas... muchas... emmm... cosas que hacer allí...
Nicolino


Su llegada a Benicarló, mientras Graciela vagaba por esos páramos agrestes entre casas solariegas e improductivas tierras de labranza, consistió en una rápida movilización. La población se había acostumbrado a la ausencia del poder ducal bajo esos dominios, y éste, se personaba de repente en quién había sido esposo de la Duquesa.

Los tenderos escondían las mercancías que vendían sin autorización dentro del recinto de las murallas, los escasos averroístas dejaban de rezar hacia Córdoba, y la guardia despertaba de su sueño de cien años, pero con la barriga propia del soldado ocioso.

-¿No está la Duquesa en su trono?¡Asegurad pues las murallas!¡Rehaced las guardias en el palacio, hoy nuevamente la Casa Real estará en él!¡Con la autoridad del difunto Yuste, I Duque de Benicarló, y sus derechos heredados compartidos con Ederne, lo ordeno!

Decía, a medida que su caballo avanzaba por las calles entre el alboroto, y las puertas se abrían para recibirlo en el castillo.

Y era que él no tenía aquella autoridad de la que presumía. ¿Pero quién iba a cuestionarse la legitimidad de quién fuera esposo (sin haberse aún aireado "la cuestión" a las capas populares) de la Duquesa, y además era Marqués y Chanciller?.

Fuera como fuera, Benicarló era suyo, y el encontrar el castillo vacío, le llenaba de nuevos interrogantes.

-¿Dónde habrán ido?¿Me habré adelantado a ella?¿Habrá previsto mi movimiento, y su huída habrá sido hacia tierras del Norte, del Sur?¿Cruzará el Mediterráneo, fuera ya de mi mano?...¿Regresará?-eran algunas de las múltiples preguntas que le atormentaban.

Mas el Borgia debía atender asuntos más urgentes. Graciela llegaría en cualquier momento. Y así fue. Pronto la tendría a su mesa. Y notaba la emoción de la mujer, en contraste con su propia acedia, plasmada incluso en la sobria comida.

Y abrió los ojos. Grandes. La vio hablar. Vio sus gestos, sus labios, sus palabras, dichas con expectación. Aquella sonrisa que ocultaba el nerviosismo de quién confiesa un secreto que no pudo guardar. Si algo le había enseñado la diplomacia, era a distinguir cuando alguien mentía, o no.

Graciela no mentía.

...y eso era una amenaza.

Las consecuencias le hicieron empalidecer. Su rostro se descompuso. Supo Graciela lo notó. La Iglesia. El Reino. Sus otros hijos. O quizás fuera Ederne, que la enviaba a darle ese mensaje con un fin. No. No podía ser. No, Graciela no mentía, menos iba a tenderle una trampa.

Pero su mente no podía asimilar aquella verdad. Ederne le había traicionado. Jamás podría haber esperado un hijo suyo. Y por eso él había actuado como lo había hecho. Mas fuera como fuera...el descubrir un bastardo...o un hijo legítimo de un matrimonio disuelto de facto...o lo que fuera...su ordenación...su situación...se complicaba exponencialmente.

-Graciela...-comenzó a decir...su voz era calma...pero su mano temblaba.

-...el mundo...el mundo no siempre es tan simple como los cortesanos lo creéis. Mucho pesa sobre nuestras espaldas. Y un error, puede costar innumerables vidas inocentes. Pero vos...habéis hecho lo correcto.

Hizo una pausa.

-Lo cual no quiere decir, que a veces, hacer lo correcto, no sea un error.

Suspiró. Realmente no quería que lo siguiente sucediera.

-Quedáis recluída en los muros de este castillo hasta nuevo aviso. ¡GUARDIAS!¡LLEVADLA A SUS APOSENTOS!

Ordenó, con férrea firmeza. Y el Borgia reflexionó mucho sobre la siguiente decisión. Sobre los secretos revelados. Sobre cómo podría afectar a Valencia. Lo único que supo, fue que se le llevaría una cena austera a aquella habitación donde su huésped había sido recluída. Junto a solo una botella de la que servirse una única infusión.

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Ederne_bp


La Berasategui no se quedó conforme luego de la visita recibida, tampoco creyó que la dama en cuestión no fuese a decirle al Borja de su paradero, estaba intranquila y se movía de un lado a otro en la pequeña salita de la casa.

Sobre la mesa, aún quedaban los vestigios del te compartido y el cuenco que uso Graciela capto su atención, se acercó hasta el, debía cerciorarse que había tomado todo el brebaje que le había servido, si así era, quizás no llegaría al castillo y se desmayaría sobre su montura, con suerte, si lo bebía, el desmayo seria al interior de este, sin que el Borja pudiese sacarle palabra…

Sonrió al ver el cuenco casi vacío, aun así, estaba intranquila. La doncella salía de la habitación contigua donde su hija ya dormía - traedme el abrigo, debo salir - dijo moviéndose por la sala hasta la puerta – avisad que ensillen mi caballo - agrego mientras miraba por la ventana.

La muchacha volvió con el abrigo y ayudo a vestir a su señora - no debería salir, señora, la pueden ver… - termino de abrigar a su señora y retrocedió un paso - ¿puedo acompañarla? – pregunto bajito.
Y quien cuidara a mi pequeña, debéis quedaros - dijo la Infanta - no me hare ver, estad tranquila, solo quiero ver que Graciela haya cumplido con su parte y se haya llevado al Borja del castillo. - observo nuevamente por la ventana y vio su caballo esperándola – preparad todo para mi regreso, al alba saldremos de aquí, esto ya no es un lugar seguro - se giró mientras la doncella hacia una reverencia y salió a grupa de su caballo.

Recorrió el camino hasta el castillo, más rápido de lo que pensaba, y observo desde una distancia prudente.
En las caballerizas, el caballo del Borja y el de Graciela descansaban a la sombra de aquel patio. Aquello solo significaba una cosa, Graciela la había engañado.

Maldición! – logro farfullar, bajándose del caballo.
Se encamino hasta la puerta principal del castillo, ya no sacaba nada con ocultarse, para ese momento el Borja debía estar al tanto de su ubicación, quizás Graciela ya le habría dado detalles de todo lo hablado, la furia la cegaba, así, sin ver muy bien, se abrieron las puertas las puertas del castillo y ante la mirada atónita de los sirvientes, la Berasategui entro.

Señora… el… - el mayordomo hablaba sin mucha precisión.
Donde está el Marques! – fueron las palabras de la Infanta.
En el comedor, Alteza… no estábamos al tanto que vos… - intento decir el hombre.
Si, ya – dijo la Berasategui, quitándose el abrigo que recibía el mayordomo – ¿Graciela está aquí? – pregunto nuevamente Ederne.
Si señora, el señor, la tie… - y no escucho más, la Berasategui hacia ingreso en el comedor a grandes zancadas con el mayordomo tras sus pasos.
No tenéis ningún derecho a estar en mi propiedad, ni en mi mesa - anuncio con prepotencia la Infanta.

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Nicolino


Como si un espectro se hubiera manifestado súbitamente en la sala, el Borgia se volvió de piedra al ver a la mismísima Duquesa de Benicarló frente a él. La mujer había entrado en el salón como una fuerte y fría ráfaga de viento invierno, a grandes zancadas, pasos largos, mirada decidida, dispuesta a hacer su voluntad, o afrontar la muerte.

Definitivamente no era la joven que escapaba por las noches vestida de varón, con tal de vislumbrar algo distinto a lo que consideraba la monótona vida palaciega que le daba su familia e imponía su condición. No. Ederne había cambiado, y ahora ella tenía las riendas.

-¡No tenéis ningún derecho a estar en mi propiedad, ni en mi mesa!-bramó ella, con autoridad. Y tenía razón. Él, apoderado del sillón que a ella correspondía, era un usurpador.

-¡No! ¡Vos no teníais derecho a abandonar vuestro Reino por un mero capricho de niña rica, criada en la Corte!.-replicó él. Hacía alarde del talento que le había llevado hacia donde estaba: debatir, replicar, defender las más extremas posiciones, aún sabiendo que no tenía razón. Pero quizás...quizás su memoria recordaba el porque la buscaba.

El la había buscado con otros objetivos. No combatir. ¿Combatir hasta cuando?¿Hasta que no quedara nada de ellos?. La miró a los ojos. Intentó templar sus sentimientos.

-Ederne. No podíais desaparecer así. No podíais ignorar vuestro deber. Sin la Reina, y sin vos, quién es el siguiente al mando, soy yo, como Chanciller. Es mi deber. Y yo no lo he ignorado, como vos habéis hecho.-su voz se había calmado. Su ataque, se había convertido en sólo un sentimiento de reproche por su repentina desaparición.

-¿Dónde habéis estado?¿Escondiéndoos de un mundo que os reclama?¿No entendéis, acaso, que, sobretodo, sobre Nos pesa una enorme responsabilidad? Prima el deber. El mantener el orden. Sobre nosotros pesa la responsabilidad ante MILES DE ALMAS, que aguardan saber qué sucederá con la sucesión de Rose, y se preguntan quién gobierna el Reino de Valencia.

Se apartó de la mesa. Se acercaba a ella. Intentaba le comprendiera. Había tenido mucho que decirle, y ahora, sus pensamientos se encontraban con la oportunidad de hacerlo. Para aquel momento, el Borgia ya se había olvidado de Graciela y de todo lo referido a ella.

-¿Sabéis qué me dicen día tras día?¿Lo sabéis? Nuestro pueblo se pregunta si gobierna acaso el pérfido, frío y malvado Chanciller, cuyo nombre maldicen día a día por todos los males de este Reino, o si acaso gobierna aquella niña que vieron crecer, a quien aman, y en quién tienen sus esperanzas puestas. Ignoran vuestras andanzas. Ignoran que no soy un usurpador, sino que tengo el cetro en mis manos porque vos, herida por una palabra, habéis huído.

Suspiró, resignado. Su mirada detonaba cansancio. Tanto buscarla, y finalmente se manifestaba. Pero quedaba mucho inconcluso. ¿Dónde irían ahora?¿Su ruta sería el Palau del Reial de nuevo, dónde se formaría un nuevo Consejo Real?

-Es, de hecho, injusto. Aman los rostros bellos, las palabras dulces y los corazones cálidos. Y condenan los que obran con lo que creen justicia.

Pero bien. Aquí estáis. Y quiere el destino que toméis una decisión.


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Ederne_bp


Aquello le corto la respiración, la llamaba no solo furcia, sino que agregaba otro adjetivo a su estatus... ahora era una caprichosa, ¿es que acaso aquel hombre solo se dedicaría la vida a humillarla? Elevo la barbilla, si así era, aceptaría todo lo que dijera, o le callaría la boca con un bofetón.

El odio se reflejaba no solo en su rostro, sino también en su corazón, le inundaba como el agua de una represa que se ha roto contra las murallas que la contenían.

Dejo de pensar en sus sentimientos cuando le volvió a oír hablar, esta vez como si fuese un animal herido, aun así, le seguía humillando, culpándola, quizás con razón de su desaparición, el que había sido el único culpable de su huida, ella que había visto en la escapatoria una luz para seguir viva sin morir de tristeza por el dolor que le provocaba solo mirar al Borja a la cara. La culpaba otra vez de haber huido…

¿Sobre Nos?, ¿estaba acaso escuchando bien?, ¿sobre el caía la responsabilidad?, ¿él era el justo, el que hacía del reino un deber? ¿El mantenía el orden?,¿ el gobernaba? – lo miraba perpleja y aún no había vuelto a abrir la boca, solo le vio acercarse, a paso lento y contuvo el aliento. Así frente a frente estuvieron y el volvió a abrir la boca, parecía no querer callarse nunca y con cada palabra que emanaba de sus labios, la Berasategui sufría, aunque le encontrase razón, desgraciadamente así era, ella, sufría y él no era capaz de verlo… ya no…

Y ahí estaba el ultimo insulto que le permitiría, que solo la tratase como un rostro bello, que el fuese el perfecto y ella la traidora, así la hacía sentir. Y por último le pedía tomar una decisión, si la más difícil de todas, pero antes, se daría un gusto, antes de abrir su boca, sellaría todo el rencor que ambos se sentían con una acción, porque antes de haber palabras debe haber acciones y eso, la Berasategui lo sabía muy bien.

Elevo su mano y la dejo caer con todo el peso de su cuerpo sobre el rostro impasible del Borja, sintió que la mano se le congelaba, el dolor le llego hasta más arriba del codo, pero estaba desahogada completamente. El rostro del Borja aún no se reponía y sabía que aquel golpe le recordaría por varios días quien era ella.

No vuelvas a humillarme como si fuese una de tus criadas, o uno de tus empleados que no ha cumplido con su deber – se acercó a su rostro, aun de lado y con la mano tocándose la mejilla golpeada - no vuelvas a mirarme como si no supiera quien soy, ni cuál es mi deber - sintió la respiración del Borja cuando este logro recomponerse y mirarla y sus ojos se cruzaron, ambos con un deje de odio en ellos - no vuelvas a decirme mis obligaciones ni a hacer como que esto no fuese tu culpa, ni vuelvas a insinuar que eres el salvador del reino, nadie lo cree.

Se alejó, un par de pasos y ejerció presión sobre sus dedos, abriendo y cerrando la mano entumecida - muy por el contrario de vos, yo no necesito una corona sobre mi cabeza con la urgencia que la necesita vuestra testa – se volvió y lo miro, ahora tendría una sola amenaza a su persona - sabed, que si vuelvo, vos seréis mi principal objetivo, os destruiré, Nicolás, igual como vos haber destruido mi… - se calló, iba a decir su corazón, pero aquello le demostraría solo debilidad, y ella dejaría de parecerle débil, si la creía consentida y mimada, esta vez, sería una mujer con decisión, como él le pedía fuese. - vida.

Iba a salir de aquel lugar que repentinamente se le había hecho demasiado estrecho para compartirlo con él y recordó el porque estaba ahí – ¿dónde está Graciela? - pregunto sin más.

Esperaba que ella hubiese mantenido su palabra y no hubiese dicho nada de aquellas confesiones que, en su debilidad, le había confiado. Pero por las palabras que había usado el Borja, sabía que Graciela no había callado. La había traicionado, y el aun así… no la creía.
Necesito enviar a Graciela a un largo viaje y vos os encargareis de eso - siseo las palabras y espero la respuesta del Borja, en su mente, la imagen de su hija volviendo a palacio y de la tortura de tener que lidiar con todo aquello que mas odiaba en la vida le nublo la vista, se alejo del comedor y comenzó a dar ordenes al escaso personal que había en Benicarlo.

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Nicolino


¿Y qué podía decir? El Borja aún maldecía aquel día. Su mente le había forzado a negar y eliminar los recuerdos de las palabras de la Duquesa de Benicarló, cuando, todavía consciente de aquellos acontecimientos, se alejaba del castillo, contra el que golpeaban las olas del mar embravecido.

Y es que partía de noche. El plena tormenta. El cielo iluminándose detrás de sí por los relámpagos, era la única luz que permitía distinguir su figura en la distancia.

-Al menos esta capucha tiene un beneficio...
-murmuró. Por lo menos ocultaba su rostro, y con ello, la marca roja, que aún ardía en su mejilla. Cubría de esa forma su rostro ensombrecido, guarecido al abrigo de la capucha negra de su manto, por encima del que discurría la fría lluvia que el cielo dejaba caer sobre él, empapando la tela y enfriando su ya congelado cuerpo.

Sus manos se aferraban a las tiras de cuero de las riendas de su caballo. El guiaba la comitiva. Más que destinadas al Palau del Reial, parecían la comitiva de un cortejo fúnebre, por el aspecto lúgubre del de Gandía, y las sombras que le seguían, que eran el carruaje de Graciela y sus escoltas, perdidas en un camino cada vez más sinuoso.

El paso lento, interrumpido cada tanto por el carruaje atascándose en los lodazales que se formaban a medida que el terreno comenzaba a ceder por la humedad, era sin embargo continuo. Si mantenían el ritmo, tarde o temprano habrían de llegar a destino.

Nicolás suspiró...solo pensaba en las palabras que, además, habían quedado grabadas en un trozo de pergamino, que yacía sobre el lecho de la Berasategui, desde antes que el partiera...

Citation:
    Porque allí reinarás tú en el trono,
    Entre libreas y cetro de oro,
    Decidiendo el designio de un Reino,
    Que te ha sido legado.

    Mas duerme enterrado ese tesoro,
    Corona de espinas y de plomo,
    Arde en fuego tu destino,
    ¿Podría uno rebelarse a ser elegido?

    Pero aún recuerdo lo perdido,
    De tus ojos pardos el brillo,
    Tus pies fríos sobre la hierba,
    Aquella tierna niña que he conocido.

    ¿Dónde, acaso, todo ello se ha ido?


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Ederne_bp


Y el tiempo había transcurrido, la Infanta había regresado a palacio. Tras el fallido escape de sus responsabilidades y tras esconderse sin éxito de su más grande pesadilla, había tenido que lidiar con el Borja cada día. Primero como canciller, cargo que le había quitado en la primera oportunidad que tuvo. Luego le había retirado los títulos, que ahora constaban en su poder, y le había desterrado a ser solo el Gobernador de Valencia, cargo que era elegido por el pueblo, debiendo conformarse a no poder librarse de él por ese cargo. le odiaba o deseaba odiarle en cada segundo de respiro, mas seguía topándose con el en las dependencias reales, o bien en los salones de la generalitat o en las cenas de trabajo con embajadores, o con su propio secretario, tanto era así, que la Infanta había terminado por resignarse a verle aunque fuese una vez por día.

Las noches eso sí, ella le evitaba, se encerraba hasta altas horas de la noche en su despacho, prohibiendo ser molestada, para luego descansar en sus aposentos con la convicción de no verle, esto era algo que siempre la tranquilizaba. Mas eran escasas las noches en que la Berasategui dormía, por lo general las pasaba mirando por la ventana o deambulando junto al hogar encendido con algún libro en las manos. Las pocas noches que lograba quedarse dormida debido al cansancio que se auto exigía diariamente eran un tormento de pesadillas donde de una forma u otra el Borja era el protagonista.

Durante el periodo fuera de palacio habían sucedido acontecimientos que la Berasategui no podía olvidar y que eran sus fantasmas que la rondaban día y noche. La muerte, primero de su hermana Isabel de quien solo recibió su testamento, posteriormente su hijo Antso, de él prefería no acordarse pues las últimas palabras que ambos intercambiaron habían sido solo dolor y culpa, y la misteriosa muerte de Graciela que era la única que conocía una verdad de la cual se arrepentía de haber mencionado, confiado y que desconocía hubiese alcanzado a mencionar a alguien más.
Mucho dolor había en su alma y la Berasategui se obligaba a continuar adelante

Tenía estos pensamientos en su mente a tiempo que anotaba en su bitácora el solicitar una misa por el descanso de tantas almas que habían partido en tan poco tiempo de su lado.

Si había que mencionar algo mas era la pequeña Montserrat, que en primera instancia había aceptado de buen grado volver a palacio, pero, había terminado por enclaustrarse en la habitación destinada a la pequeña. Ederne le había prometido que aquel cambio al palacio seria temporal, y que pronto estarían en el castillo de Benicarló, donde pretendía darle a la niña un hogar, mas las obligaciones de la Infanta no habían logrado que aquello se cumpliera. Cada día empeoraba la relación que habían entablado en las afueras de Benicarló la pequeña niña y su madre. Sobre todo con la gran exigencia de trabajo que se imponía la Regente.

Así, pasaba desde el despunte del alba hasta bien pasado el anochecer en su despacho o en asambleas con los nobles o recorriendo los despachos donde el vicecanciller, el secretario real y el heraldo mayor pasaban largas horas debatiendo los lineamientos que debía tomar el reino en diversas causas y funciones.

Aquella mañana, estaba sentada revisando papeles cuando fue interrumpida, algo que no gustaba mucho a la Regente, pues le costaba luego volver a concentrarse en lo que hacía - señora - dijo el guardia desde la puerta - os necesitan en la alcoba de vuestra hija - el guardia no termino ninguna frase esperando la reacción de Ederne. Esta levanto la cabeza de sus papeles y se puso de pie - ¿os han dicho algo más?- inquirió acercándose a la puerta - no señora – dijo a tiempo que le daba el paso a la infanta que comenzaba su camino por los pasillos del palau.

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Nicolino


Y así había sido. Parecía que la voluntad de la Regente se había doblegado finalmente al destino que le tenían deparado de antemano, y su llegada al Palau del Reial, llenó aquel vacío que había quedado ante el interregno. Tanto fue así, que con el paso de los días, la Regente descubrió que el tener un Chanciller era algo prescindible. Ederne comenzaba a tomar mayores responsabilidades.

Pero en cuanto a él, las circunstancias le habían obligado a dejar su puesto y poner Gandía bajo tutela de la misma Regente, dadas las dificultades que atravesó como Gobernador. La Regente lo aceptó de buena gana...casi como si de alguna forma lo esperara. Mas ahora, todo había cambiado.

Acababa de ser investido Duque de Gandía, y con ello se convertía en el vasallo más grande y poderoso del Reino. Nuevas rentas llegaban a él desde sus dominios, que se invertían inmediatamente en sus negocios a lo largo de la ruta de la seda, sus cañaverales, y en los gastos inherentes a aprobar esa ley de puertos que reconocía la ubicación del puerto de Gandía como una costa donde se podía amarrar.

El ahora Duque y Gobernador, situación que solo habría de coincidir por unos días hasta concluir su mandato, se veía renovado en ánimos...y mayor que antes. La experiencia del gobierno, el lidiar con las arcas, había sumado todavía más ebras de plata a sus cabellos color ocre oscuro. Pero aún así demostraba porte orgulloso, en sus ricos ropajes negros, ahora algo más resaltados por el hilo de oro...

¿Poder? Lo tenía. Pero le preocupaba la capacidad de manejar sus intrigas desde la sombra una vez dejara en manos de Cristiano el cargo de Gobernador. Por lo cual, era imperioso encontrara a la Regente...

...y lo hizo. Viendo su vestido moviéndose al compás de sus pasos rápidos por un pasillo del palacio real, con prisas. No entendía a qué venía tanta consternación:

-Ederne. He de hablar de vos. Hay asuntos urgentes del Reino que requieren de vuestra atención...

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