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[RP] La llegada de los invitados (Cumpleaños de Nicolino y Carolum

Ruy_tristan


-No me habían avisado de que iba a venir tanta gente.-se dijo Ruy.

Una gran muchedumbre había ocupado la entrada de Villa Borja poco después de encontrarse hablando con el Cardenal Alessandro. La gran inmensa cantidad de gente parecía que había asaltado el lugar y ocupado con grandes expectativas de satisfacción para su hambre y su sed.

Aún así, la fiesta parecía que iba a ser interesante. Había grandes personas del mundo, todos cercanos a la familia Borja e incluso amigos de estos. Entre ellos saludó al Marqués de Gondomar, al Cardenal Primado, a su sobrino Liborio y a todos aquellos que se habían acercado a saludar al Trastámara. La masa de personas se aglutinaba en un espacio, que anteriormente enorme, parecía ahora más bien como un simple dormitorio de hostal y el agobio iba en aumento.


-Dios mío que abran pronto las puertas los primos Carolum y Nicolás o sino morimos aquí todos, apretados.

En ese momento, como gracia divina, apareció el primo Carolum, cumpleañero en toda regla y ataviado como un verdadero Borja, todo un galán.

Sin pensarlo, Ruy se acercó a su primo y le dijo:


-Carolum, gracias por abrir, menudo aglutinamiento. Déjanos entrar ya que la sala contigua es más grande y se notará menos la gran presencia de invitados a esta fiesta. Si es que tú también eres...

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Linnet


Hacía varios meses que Linnet no había visitado La Villa Borja. Apenas llegaba y ya había bastantes personas en la entrada, pudo ver a algunos conocidos a quienes saludó al pasar, vió a Izuvioleta a quien estimaba mucho y tenía tiempo sin verla. Buscó a los cumpleañeros para poder entonces entrar y disfrutrar de la fiesta del año.
Carolum


Carolum se entretenía hablando con las invitadas que el duque Kossler había traído con él; las caras nuevas significaban distracción, sobre todo cuando estaba uno acostumbrado a rodearse siempre de la misma gente... de las mismas caras. Pero no duró mucho, una mano agarró al conde del brazo, insistiendo para que se separase del grupo: - Un momento, señoritas.- dijo el de Alba a la joven Liseana y a la Señora de Maella tan cortés como pudo, a pesar de la situación.

Por fin se dio cuenta que quien le agarraba y tiraba de él era Cyliam, moviéndose rápidamente, en ese revuelo de bucles rojos, en esa hiperactividad. El Borja se quejó - Vale vale, ya voy con vos.- y frunció el ceño; a veces le molestaba esa espontaneidad de la de Compostela. Los dos llegaron a la entrada del jardín. Bajo la capa de la Veneto, se escondía un polluelo de halcón, que retorcía el cuello y miraba con curiosidad al conde, con un destello en sus ojitos negros. - ¡Oh! siempre quise tener un pajarrac... un pajarillo como éste!.- dijo mientras sacaban con cuidado al animalito de debajo de la capa - intentaré buscar a alguien que le enseñe el arte de la cetrería... y yo también debería aprender. De todo corazón, gracias, mi señora.- Carolum hizo un gesto a dos criados. Con cuidado se llevaron al halcón a la casa, donde podría descansar en una habitación oscura y en silencio.

Junto al camino, donde los invitados se agolpaban, sonó el anuncio de un heraldo... "– Su excelencia la Duquesa de Benicarló y Condesa de Morella Rose de Pern, señora Berasategui, acompañada de su familia –" el Borja se dirigió allí a pasos largos y rápidos... "uy uy, que viene la familia..." Al llegar al pie del carruaje, ayudó a bajar a las señoritas. - Mi señora duquesa.- Carolum hizo una profunda reverencia. - Gentil señorita.- besó las manos de la hija con una amplia sonrisa. - Sean bienvenidas a mi casa, les aseguro que si viaje no habrá sido en vano.- el conde les cedió el paso entre los invitados - Veo que finalmente el señor duque no haya podido asistir... lo lamento. Quizás más adelante tenga el placer de conocerle.-

Pero ellas no eran los únicos Valencianos, también había llegado otro carruaje, que por las armas pintadas en la portezuela, Carolum pudo saber que eran los vizcondes de Olocau. El conde se acercó hasta allí y saludó a los recién llegados. Tenía las manos cansadas de tanto estrechar y la lengua de tanto hablar... "un último esfuerzo" se dijo a si mismo. - Bienvenido sea, señor Vizconde, ¿cómo se encuentra?.- dijo con cortesía diplomática, pues el Borja no conocía mucho a esa familia; seguramente serían los invitados de su hermano Nicolino... "y... ¿dónde estaba Nicolino?" pensó el de Alba al percatarse repentinamente de su ausencia.

Se puso a buscarlo entre los invitados, pero no lo encontró; preguntó a los lacayos, pero desconocían su paradero... "quizás debería ir a buscarle a su habitación... es capaz de seguir dormido a estas horas" Carolum hizo una mueca agria con la cara; no podía creer que su hermano tuviera la desfachatez de hacerle cargar a él con toda la cacería. Iba a entrar en la casa, cuando casi arrolla a dos señoritas que esperaban junto a la puerta. ¡Eran sus primas! - ¡Izuvioleta, Linnet!.- se olvidó repentinamente de Nicolino - ¡qué gusto verlas por aquí, ya pensaba que no iban a venir!.- las abrazó y las besó en las mejillas; con ellas si tenía suficiente confianza - ¿cómo estáis, últimamente no supe mucho de vosotras... quizás la culpa haya sido mía.- dijo avergonzado.

Creo que no me he dejado a nadie :S ya son tantos invitados que pierdo la cuenta.
Kurt


- Señor... señor... - susurraba desesperadamente Leopoldo, el viejo criado italiano del Borja, intentando despertar a su amo, que se hallaba profundamente dormido en la cama de sus aposentos en Villa Borja. - Amo... - insistió, balanceandolo en su cama. Por fin, Kurt abrió los ojos lentamente.

- ¿Qué ocurre Leopoldo? Estaba soñando con... bueno da igual... ¿qué ocurre? ¿por qué me despertáis? - renegó el Borja.

- Señor, no se si os acordáis, pero es la fiesta de cumpleaños de vuestros hermanos.

Como un muelle rebotó hacia arriba Kurt, poniéndose en pie.

- ¿Qué? ¿Por qué no me habéis avisado antes?

- El caso es que... yo también me quedé durmiendo.


Miró inquisitivamente el Caballero al criado, dándose la vuelta, puesto que se había levantado para vestirse. Negó en silencio con la cabeza y suspiró.

- Está bien, ayudadme a vestirme. ¿Han llegado ya los invitados?


El viejo asintió con la cabeza.

- ¿Todos?

- Si no todos, casi todos, amo.

- Pardiez...
- murmuró apesadumbrado mientras se calzaba las botas junto a la cama. - La chaqueta, vamos, está ahí.

Terminó de vestirse rapidamente, conjuntado de negro, que le favorecía por su blanca tez y su pelo oscuro. Botas negras, las nuevas, calzones de tela, y una camisa de seda blanca, sobre ella la chaqueta negra que le protegería del frío del otoñal, también negra, con detalles rojos y blancos, y con el escudo de Montesa bordado a la altura del corazón. Su habitual gorro rojo engalanaba su aspecto. Se ciñó el cinturon, se metió un pañuelo de seda al bolsillo y se colocó la capa roja con ayuda de Leopoldo. Salió de sus aposentos en la Villa, por los pasillos de esta retumbaban las voces de los invitados. Caminó rapidamente hasta la entrada, donde la multitud aún aguardaba. Suspiró, se adecentó el atuendo planchando con las manos un par de veces la ropa, y entró.

- Buenas sean. - saludó en general.

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"La siguiente frase es falsa. La frase anterior es verdadera."
Nicolino


Mientras subía desde la campiña hacia la residencia familiar, el Borja pensaba una excusa más convincente y señorial para su retraso, que para él, había sido un hecho fortuito. Vamos, nadie elije el instante en que el mozo de las cuadras te increpa a último momento que tu caballo, que llevarás a la cacería dentro de una hora, necesita nuevas herraduras, obligándote aquello a recorrerte toda la villa en busca de un herrero, mientras evitas algún desafortunado encuentro con algún invitado, situación que hubiera sido totalmente contraria a sus deseos: se retrasaría aún más con saludos y formalidades, y seguro hasta le hicieran cargar con algún regalo que debería llevar consigo durante todo el trayecto.

Y las cosas no hicieron más que empeorar para él. El viejo de José, que ejercía de maestro herrero hacía varios lustros en villa Borja, y que era quien se encargaba de herrumbres, espadas y corazas por igual, había muerto la semana pasada.-¡Bien podría haberse aguantado un par de días más el maldito viejo!-gruñía Nicolás, que molesto abandonaba la casa de la viuda y se resignaba a tener que cabalgar hacia el pueblo vecino, a fin de que sean hechas las herraduras, y de paso, se afile su espada. Era de esperar, que después de ese trayecto, al pobre caballo poco más le sangraran las pezuñas.

Para colmo, no era el único que demandaba con vehemencia que quién atendía aquella herrería, donde el acero fundido bullía y la gente se veía impaciente, hiciera caso a su encargo. Tras una discusión en aragonés de montaña, y hacer tintinear las monedas de su bolsa de cuero repetidas veces, logró convencer al herrero de que le diera prioridad por sobre todo el populacho local. Y éste se había hecho rogar, disfrutando el poder que le daba el tener a un noble presuroso a su merced. El Borja, sin embargo, estaba a punto de desenvainar y probar si así resultaba más elocuente.

Pero pronto su encargo estaba listo. Aunque sabía, por la posición del sol, que llegaría tarde. Y cuanto más avanzaba hacia el castillo, más claro se le hacía que no encontraría una excusa que sonara más señorial. Se preguntaba si su carcaj y sus flechas se hallarían donde los dejó...

Al final se halló ante las altas puertas talladas del cuerpo principal del castillo. Golpeó con la aldaba de bronce, esperando le abrieran. Se acomodó el sombrero y la capa lo mejor que pudo. Soplaba el viento, y arrastraba las hojas tras de sí...

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Marielkro



El carruaje frenó en la puerta principal de entrada de la Villa Borja, intentaba acomodarse para bajar del mismo cuando la puerta se abrió y el rostro de su esposo apareció tras ella; él había decidido trasladarse en su caballo que usaría en la cacería, por lo que dejó para la comodidad de su esposa y su abultada barriga la totalidad del carruaje.

Lo veia altivo como era habitual pero a la vez encantador, estos días de visitas en las diferentes villas y lejos de las ocupaciones en sus propias tierras le habían sentado espectacular, llevaba una pequeña barbilla de un día que le daban un aspecto desprolijo que a Mariel le fascinaba. Sus ropas impecables como siempre y haciendo tono en la gama de los azules, color que le sentaba a la perfección en su tez áurea. Sin dudas los ojos para su esposo estaban cambiando pero eso era algo que preferia guardarlo para ella.

Descendió con la ayuda de Inaraja y ambos se dirigieron a presentarse ..

-Barón y Baronesa de Barbastro- dijo Inaraja con voz estridente al acercarse a la entrada, Mariel no podía disimular una enorme sonrisa en los labios, sabía que su título de Baronesa era una patada en el hígado para varias personas y eso quizás era un incentivo para animarse a concurrir a este tipo de eventos formales.

Sus ropas eran muy llamativas, un kaftan color borgoña con estampados búlgaros, quería llamar la atención entre tanta gente importante sobre todo la de la gente de distinta creencia, aún así quitó su hijab ya que sabía que a su esposo le incomodaba sobremanera que ocultara su cabello y rostro de los demás, quedando su bermeja cabellera al descubierto de todos.

Se vió rodeada de gente importante, la alta Curia de numerosos Reinos, embajadores, nobleza con séquito incluído y unas cuantas caras ex aragonesas incluídas, debían los Barones sentirse agazajados en ser los representantes de su reino o no, quien sabe.
Las copas iban y venian de las manos de los invitados hasta las bandejas de la servidumbre que se acercaba a atenderlos.El bullicio del ambiente era infernal, carcajadas por un lado, conversaciones susurrantes, ulular de aves y el entrechocar de lanzas, cuchillos o armas similares que Mariel no podía distingur desde tan lejano sitio.

Luciendo con gracia caminaba del brazo de su esposo dejando que él la llevara a donde decidiera, ella deberia congraciarse con los que Inaraja le indicara y al resto hacer caso omiso, aunque quizás pudiera encontrar gente interesante con la que compartir algún momento ameno, seguramente su esposo la dejaría en la Villa para dedicarse por completo a la matanza de alguna alimaña por los bosques de los alrededores y ella necesitaría con quien conversar o pasar el resto de la tarde. Las caras conocidas se observaban desde lejos pero cada uno se encontraba en sus menesteres, por lo que decidió quedarse a la espera de formales presentaciones de su marido para luego saludar a las viejas amistades.

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Kossler


El Duque se aburría. Si bien le gustaban los protocolos así como el saludar a decenas de personas lo que que vivía hoy le aburría. Más que nada porque necesitaba un poco de acción y por el momento, esta brillaba por su ausencia. Sin duda la caceria le vendría bien, pero como no empezaran a darse un poco de prisa acabaria por anochecer.

-Perdonad. -Dijo el caspolino dejando solos al Cardenal, al Arzobispo y al Abad.

Iría a buscar al Conde de Alba para regañarle...

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--Fantasma_de_l


La Reina había muerto, así era. Y aunque los habitantes de Islandia habían dicho que había muerto de frío y por mal de amores, la realidad era que había muerto de un ataque de nervios. ¿Cómo era posible que los islandeses y vikingos no combinasen sus lujosas pieles con calentadores de lana ocre o unos zapatos de ante con tacón? Por el amor de Dios, aquello era el Kaos en persona, y ella no era el Kosmos que fuese a arreglarlo.
De cualquier modo, por fin dejó de pasar frío y de sufrir por no poder criticar abiertamente las vestimentas de cualquiera, a riesgo de ser acuchillada, pues a diferencia de antaño ya no disponía de una guardia o un Rey que la mimase. Y ya que muerta podía viajar a donde quisiera, y ya que era cierto lo que había dicho desde un principio (tenía pase VIP en el Infierno), pensó que sería una gran oportunidad aquella la de aprovechar las circunstancias para hacer una visita a sus familiares.

Alba estaba preciosa. Pero desde luego, no tanto como Elena sabía mantenerla, con aquellos pendones tan rimbombantes.

- Me pregunto si estará la Marquesa de Santillana... Estoy segura de que los corpiños de pedrería no la sientan tan bien como a mí me sentaban. ¡Oh!, ¿y qué habrá sido del perturbado armiño? Ojalá alguien eche de navaja y tire sus entrañas a un canasto... -muerta, sí. Pero rencorosa, también.- Pero claro, son tan modositos... Esto no es lo que era, ya me han demostrado que sin mí no son nada. ¡Oh, y ahí está mi adorado Duque! ¡Oh, mi Duque! Debí haberme casado con vos. Habríais sacado vos más provecho que Nos, estoy segura, pero habría tenido la seguridad de tener mi lecho caliente a diario. ¿Y ese es Nicolás?, no me lo puedo creer. ¡NO me lo puedo creer! Qué porte, y qué elegancia, y qué... ¡¿Bretona?!

La atracción que siempre había sentido por su primo Nicolás, al más puro estilo Borgia, siempre se había hecho presente entre ellos, y había algo especial que les unía, incluso más allá de la Muerte. Pero la presencia de la Armiña había hecho que le hirviera la sangre, si aún la poseía, y que quisiera volver a vivir para atormentar al Marqués.
Y a Carolum también. ¿Qué hacía con esas pintas?, le quedaban mejor las faldas. Aquello fue la gota que colmó el vaso. La copa que había sostenido en su mano con un poco de vino bailoteaba en su diestra, y a los ojos de los mortales ésta levitaba, y cada vez que ella bebía un poco de la copa el vino se derramaba contra la alfombra para la ignorancia de todos, a pesar de dos lacayos que habían observado la escena y muertos de miedo se agarraron las de Villadiego. Pero llegado el momento de máxima cólera en ella, agarró la copa y la lanzó contra un retrato. Casualidad, el retrato era suyo. Pocos se habían dado cuenta de lo que ocurría, pero los que habían visto estrellarse la copa divagaron que debía de haber sido producto de alguna bravuconería de pisaverde de Corte.

Se aproximó hasta su propio retrato, y como si se estuviese mirando a un espejo, comenzó a retocarse los cabellos, aún diavólicamente bellos y dorados dentro de su fantasmagórica presencia. Bella, aún muerta, presumía. Nadie podía verla, pero el estar rodeada de conocidos la hacía sentirse vista y admirada por todos, como siempre había sido.
Y miró sus ojos en el retrato, y unas gotas de vino caían cómo lágrimas de sangre desde los lagrimales. Y añoró volver a tener sobre su testa una Corona, y se alegró de ser portadora de una gran Casa Real.

- Y lloraréis, si no habéis llorado ya, malditos ingenuos. Que me habéis matado todos a disgustos, incluídos los vikingos. Y pobres de mis primos, la que se les avecina. Y pobre de mi hermano, que jamás le dije cuanto le quería.


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Ederne_bp


Un silencio particular se había formado en la sala, debido a la entrada familiar, lo quise pasar por alto, en realidad, de la mucha gente que había alli, solo me interesaba saludar al festejado. Había preparado con cuidado su regalo. Ya iba a encontrar el momento para dárselo, mientras, los ojos se me iban buscándolo, reparando en todos los que allí estaban.

En eso estaba, mirando por entre todos, cuando una voz grave se acerco a mi madre, realizando una profunda reverencia, mi atención se redujo al hombre alto que cogía mis manos para depositar en ellos un beso, sonrió al volver a enderezarse, -Sean bienvenidas a mi casa, les aseguro que su viaje no habrá sido en vano. - dijo el hombre, con aquellas palabras, reconocí era el Hermano de Nicolás, sonreí, no le conocía de nada, maldición, ¿donde estaba Nicolás? - gusto conocerle al Fin Eminencia - dije sonriendo - vuestro hermano me ha hablado mucho de vos, lamento no este aqui para que lo corrobore - dije al fin suponiendo sabia donde se encontraba el Borja - Veo que finalmente el señor duque no haya podido asistir... lo lamento. Quizás más adelante tenga el placer de conocerle.- repuso nuevamente el Conde de Alba - claro que lo conoceréis, sin duda - pensé, pero no logre expresarlo, no estaba bien yo respondiera, estando mi madre precediéndome y siendo las palabras del Conde dirigidas a ella, pero sí que lo tendría que conocer, si todo seguía como parecía, sería más pronto de lo que todos pensaban.

Por mi lado paso el de Bournes a quien le di un leve y disimulado pisotón, lleve mi mano a la boca demostrando una fingida sorpresa y le susurre - como vuelvas a decir una burrada como esa a mi madre y alguien os escuche os pasara como al Mallister - pase por su lado, sonriendo, como si nada hubiese pasado aquí.

La figura de Izuvioleta apareció entonces entre las distintas caras, a cada una sonreí, ya me cogería del brazo de la Rubia, si Nicolás no aparecía.
No había dado muchos pasos, mezclándome entre los invitados, cuando un estremecimiento me recorrió la piel, un aire helado, gélido, por las Barbas de Christos! la misma sensacion de las Tabernas de Jativa
Me detuve, un cuadro en particular, me llamo la atención, una mujer hermosa, que recordaba colgaba desde la pared.

A mi mente se vino la celebración de alguna actividad social, que había compartido con mi madre de pequeña, algunos niños a mí alrededor y mi caja de ranas esparcida por el salón, una de ellas sobre el blondo pelo de la mujer del retrato.
Abrí los ojos como platos, ignorando lo que sucedía a mi rededor, sonreí ante el recuerdo de la cara de sorpresa de mi madre y la dulce mirada de la otrora reina de Castilla al entregarme la rana que subía por su hombro.
Suspire, jamás me volvería a sentir tan libre de hacer cuanto deseaba como en aquellos primorosos años, los había disfrutado de verdad, y tenia intenciones de seguir disfrutandolo, aunque para eso, mi futuro tendria que aparecer pronto, algo que no sucedia aun.

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Urania


Si bien los mensajeros nunca querían aceptar los encargos para Santillana, pues más de uno de ellos, portador de invitaciones a bodas, había salido golpeado de ese lugar, esta vez el heraldo no sentía temor por su pellejo: la invitación venía del Cardenal. Difícil iba a ser que invitara a la señora a una boda. La propina se lo confirmó: 20 escudos, en vez de los 20 latigazos de rigor.

La Marquesa leyó la misiva con cierta curiosidad. Nunca había estado en una cacería. La espada, desde luego, no serviría en esos lances. La carta no daba pistas de las armas a utilizar. ¿Cetrería? Aparte de las palomas ululantes de Baeza, su contacto con aves era mínimo. ¿Irían a cazar jabalíes? En ese caso tendría que conseguir una buena lanza, y una barda más consistente para la montura. Diego le había contado que así cazaban a los osos allá por sus tierras: con lanza, y a caballo. Sería divertido aprender. Algún día tendría que visitar el feudo...

Su tío no quiso saber nada de ir a Villa Borja. Ella no insistió, ni tampoco hizo caso a las recomendaciones de que no acudiera. Tan sólo consintió en llevar el carruaje: "a ver si van a pensar que somos pobres, sobrina. No se te ocurra ir como siempre vas, de cualquier manera, a caballo, y con las botas sucias". El camino se le hizo eterno. Al menos, Diego, a caballo, viajaba al ritmo de la maldita carreta con cortinas y blasón en la puerta, y le iba amenizando el laaaaargo viaje, contándole la historia de la muerte de Mancho. Como si Elena no se la hubiera contado taaaaantas veces, cómo el capitano esto y lo otro. Pero bueno, mejor eso que nada.

A la llegada a la casa de Alba, le sorprendió ver la cantidad de carruajes nobles que había. "Si no encontramos ciervos, algún zorro caerá", pensó, divertida. Diego le ayudó a bajar del instrumento de viaje-tortura y, ya en el suelo, dio unos breves pasos para desentumecer las piernas. Convengamos que, de ser su casa, habría dado pequeños saltos, pero claro... Se acercó un mozo de la casa, a recoger los bultos del equipaje, y Diego le indicó el segundo transporte que había llegado con la marquesa. De allí sacaron una caja de madera con una colección de lanzas de distintos pesos y largos (la de Winter tendría que probar cuál le venía mejor), y hasta seis sabuesos españoles, todos tal y como decía Alfonso XI que debían ser los canes en su libro de montería. Los animales bajaron ladrando y armando revuelo, un par de mozos se acercaron para llevarlos con los demás animales. También custodiaron a Ferrari y al segundo caballo de repuesto a las cuadras, donde les prepararían para la cacería.

El lacayo indicó a la de Winter que los invitados se reunían en el salón principal. Enarcó una ceja. Justamente, había elegido ropas de amazona, no las más adecuadas para una recepción (bueno, dí que la Marquesa nunca fue precisamente elegida miss elegancia, pero oye...). Suspiró y movió la cabeza de lado a lado, ignorando la sonrisa de sorna de Diego, que disfrutaba como nadie al ver esos entuertos en los que se metía su señora.

- Bien, vayamos pues, si me hace el favor de indicarme el camino.

Urania, como siempre en estas circunstancias, puso su bien conocida cara seria (agria, la describían otros), que le había valido el apodo de Urimeyer. Total, una recepción más no la mataría. O eso se decía a sí misma, mientras se dejaba guiar por el hombre al servicio de Alba.

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Cyliam


La pelirroja se habia quedado embobada por los jardines, embobada y congelada para ser mas exactos, ahora a penas conseguia sentir los deditos de sus pies en esos incomodos zapatitos de damita. Maldecia en silencio al frio y a los zapatos, y al tiempo, y a la gente, en fin a todo.

Al final despues de dar varias vueltas por los jardines, de buscar ardillas que nunca aparecieron y de despejar su mente volvio hacia la entrada, a lo lejos vio a alguien a quien no consiguio reconocer en un principio, ladeando la cabeza y acercandose despacio siguio con su observacion hasta reconocer a quien habia llegado.

- ¿Nicolas? A decir verdad en la recepcion no le habia visto y claro entre tanto invitado felicitando al Conde parecia mas el cumpleaños de un solo hermano que el de los dos. - Ya decia yo que faltaba alguien en la fiesta. Felicidades. Dijo abrazandole y besandole las mejillas. - Te veo diferente Nico, como mas feliz.

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Izuvioleta


En el camino se cruzó con Linne. Prima a la que hacía tanto que no veía... recordaba haberla visto la última vez tal vez por Calatayud en esas tierras ya lejanas para ella. Iba a saludarla y darle un fuerte abrazo cuando uno de los cumpleañeros apareció. Claro. Se acordó que en la sección de vinos aparecerían los alcohólicos de la familia... y ese Carol si que lo era aunque el lo disimulara bastante bien. Una sonrisa se poso en los labios de la joven al ver a su primo Carolum. Le dio un fuerte abrazo de oso que lo dejo por poco sin respiración. Luego dos besos en la mejilla fue lo que ella recibió.

Como era de esperarse, la pregunta clásica que se le hace a los familiares que hace tiempo no ven. Ella, intentando ser rápida y concisa ya que seguramente tendría a más personas que saludar respondió:

Primo, sin muchas novedades de mi parte. En Castellón ya sabes... disfrutando de los placeres de la vida. Hoy para tu tranquilidad, no traje a nadie conmigo.- una sonrisa melancólica recorrió los labios de la joven. Hacía tiempo que no estaba en compañía. Una mujer de su edad, ya bien formada... necesitaba un hombre a su lado. La gente, al ser una Borja, no la miraba en forma despectiva. Pero... ella podía sentir esos pensamientos que recorrían la mente de los demás, viendo a una mujer ya hace varios años viuda, sola.

Sacudió la cabeza. Ya pensaría en esas cosas. Ahora, volvía a lo que de verdad importaba. Los vinos.

Varias caras conocidas vio con la mirada. Sobre todo a Rose y Yuste. Junto con sus hijos. A ellos si que los saludaría, pero primero... unas cuantas copas.

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Kurt


Admiraba el Borja la gran acogida que había tenido el cumpleaños de sus hermanos, no recordaba haber visto tanta gente en Villa Borja desde hacía mucho tiempo. Se detuvo a observar caras conocidas y otras no tanto, aunque poco a poco se iban haciendo comunes en sus recuerdos. Apoyó la mano en la toledana que colgaba de su cinto, como de costumbre, y abrigado por su aterciopelada capa roja, casual en este tipo de eventos, caminó entre la gente. Buenas tardes, por aquí, como va todo, por allí. Saludaba continuamente a los asistentes, hasta topar con la Duquesa, Rose y su hija, Ederne. Sonrió al verlas allí, tan paradas, tras la repentina escapada de Carolum, que continuaba estresado saludando a la gente.

- Duquesa. - bajó al cabeza en forma de respetuoso saludo. - Ederne. - repitió el cortés gesto, sonriente. - Me alegra que estén aquí, mas lamento la ausencia del Duque, espero que por nada malo.

En ese momento el punto de mita de Kurt varió, observando algo al fondo que captó su atención.

- Perdonad. - retornó la mirada a las damas, y se disculpó de Duquesa e hija. - Disfruten de la fiesta, con vuestro permiso, nos vemos luego. - y se marchó tras los debidos saludos, mezclándose entre la gente, denotando cierta prisa.

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"La siguiente frase es falsa. La frase anterior es verdadera."
Leonor




Unos tacones sonaban apresurados en el frío marmol de la entrada, era Leonor que casi sin aliento había llegado a la mansión de los Borja. Dudó en quitarse la capa, puesto que hacía bastante frío, pero nada más acercarse a uno de los criados deshizo el nudo de ésta, ofreciéndosela para que la guardara a buen recaudo, luego ceremoniosamente se quitó los guantes. Un escalofrío le recorría la espalda, así que sin más demora se dirigió a la recepción donde seguro podría tomar una copa de buen vino al calor de la chimenea y en amena conversación.

Una vez alli, intentó disimular su pasmo al ver la de gente que había congregada, no sabía donde se hallarían los cumpleañeros, ni mucho menos su prometido Kurt.


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Kurt


Kurt, que se había escabullido, no sin la educación necesaria, de la conversación con Duquesa e hija, caminaba entre la gente. La razón que le había hecho dejar la conversación para meterse entre la gente, cuando algo llamó su atención, era que había visualizado en la entrada de la sala a su prometida, Leonor, cuyo esplendor hacía honor esa noche a la dulzura de su movimiento.

- Leonor. - la llamó a unos metros, abriendose paso entre la gente: Perdone, excuseme, por favor, a ver, a un lado... - Leonor, querida. - insistió en el nombre, sonriendo.

Se acercó a ella y le besó las manos.

- Voto a Dios que estáis hermosisima, como de costumbre. Venid, os conseguiré una copa. - añadió señalando al suya, que había conseguido por el camino, al toparse con un lacayo que portaba una bandeja repleta de ellas. - ¿Os he dicho ya lo hermosa que estáis? - se reiteró aposta, mientras avanzaban enlazados por el brazo.

Hacía al menos una semana que no la veía, había estado demasiado ocupado en el Tribunal, y viajando a Montesa, que casi no tuvo tiempo de tomarse un rato libre, pero ella estaba ahí, tan bella como siempre, con ese pelo negro largo y suelto, como si de unas cataratas oscuras se tratase, cayendo sobre sus combados hombros, que daban pie a una figura repleta de curvas y esbelta.

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"La siguiente frase es falsa. La frase anterior es verdadera."
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