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[RP]El vino de la Toscana.

Lisena
Al coger la rama de romero entre sus manos, se dio cuenta de que lo había logrado: había logrado someter la voluntad de aquel hombre. Aunque fuera sólo un ápice. Pero lo había conseguido. Así, sonriendo con astucia, se volvió hacia Césare pero la gitana, reacia a perder negocio, se dirigió a ella.

Niña, ¿tú sabes qué hace esa ramita?

La joven morena se volvió hacia ella con la sonrisa eclipsada por la parda voz de la anciana. Negó con la cabeza, y a continuación se encogió de hombros, guardó el romero en el canalillo que le formaba aquel ajustado vestido y echó a correr en busca del Mallister, al que ya había perdido de vista. Muchos hombres, en su mayoría mercaderes, se cruzaban con ella ofreciéndola lo que fuera. Algunos monedas a cambio de su compañía, otros simplemente querían ganárselas vendiéndole joyas, telas y alimentos a la muchacha. Pero ella rehusaba cualquier proposición, y hallando por fin al Mallister, se aproximó hasta él y le cogió de la mano, dibujando una mirada tan cándida e inocente que a pocos lograría impresionar salvo conmover, y cuyo propósito se ocultaba tras los labios teñidos muy ligeramente de carmín.

Tienes suerte de que sepa valerme por mí misma, pero no deberías perderme de vista aún así. ¿Me das una? -le preguntó, con la misma mirada de antes, refiriéndose a las almendras garrapiñadas.

Mientras tanto, fueron volviendo al centro de la villa, lejos del mercado y más próximos al hospedaje de la comitiva. Lisena le fue hablando, con tranquilidad pero queriendo causar impresión en él.


Me duele mucho la muñeca. ¿De verdad no vas a azotarle?, ¡o al menos hacerle andar hasta Roma! O sino... Llévame siempre contigo. Sobre tu caballo bastará por ésta vez. -y le sonrió, viendo lo aturdido que lo dejaba tanta inquisición de deseos y caprichos de una joven que, eso mismo, había empezado siendo un mero capricho, y que ahora se estaba convirtiendo en dueña de voluntades.
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Las mentes privilegiadas tienden a pensar igual
Cesar


Notó como alguien se ponía en su costado mientras una mano pequeña, de piel dura castigada por el trabajo, agarraba la suya. Al volverse se encontró con los luceros de Lisena, que le observaban como si de un alma pura se tratase. Ante ella no pudo evitar una sonrisa y acceder a su pretensión de comer almendras. Le dio las que quedaban, y se las llevó a la boca con la mano libre.

Atrás dejaba el Mallister a un mozo que partía esa noche hacia la ciudad eterna, y junto a la de Toledo volvía donde se iba a hospedar. Marcharon unos minutos en silencio por las calles, alejándose del mercado. Estas, de barro, zigzagueaban y estaban flanqueadas por casas y comercios, la mayoría de ellos hechos de madera y piedra. Cada dos por tres tenían que esquivar algún carro, animal o cabestro a dos patas y pasar por encima del primitivo alcantarillado. Cuando el gentío fue disminuyendo Lisena tomó la palabra, con dulzura y serenidad.

-Me duele mucho la muñeca. ¿De verdad no vas a azotarle?, ¡o al menos hacerle andar hasta Roma! O sino... Llévame siempre contigo. Sobre tu caballo bastará por ésta vez.

Respiró profundamente. De nuevo pedía, y seguiría pidiendo, pero mientras él pudiera dárselo y no supusiera un sacrificio, se lo daría. Se mesó el mentón pensando una respuesta lo suficiente buena para saciar el hambre de venganza de la Álvarez.

-Madonna…-al final se decantó por ese término.- Veo que no habéis entendido en cuanto a Fabio refiere. A un hombre podéis herirlo de dos formas, y creedme que Fabio lo está. Podéis herirle con una bofetada en la cara, cosa que veo que deseáis, o también, y os aseguro que es más dolorosa, una bofetada en el orgullo. Al pegarle tú…-se detuvo para observarla.-ya le habéis infringido más daño del que yo podría hacerle.

Volvió a iniciar la marcha. Cada vez quedaba menos para llegar al destino. Lo noche empezaba a caer y sus hombres aguardarían esperando algo de vino y con los dados preparados, dispuestos a jugarse la paga.

-Mañana cuando emprendamos la marcha irás conmigo. Y así el tiempo que gustes.-sentenció.

Finalmente alcanzaron la posada. Entraron ambos aun de la mano, pues ella no le había soltado.

-Mássimo y estos estarán bebiendo vino. Ahora iré con ellos. ¿Te unirás?-esperó una respuesta. Quizás ella estaba cansada y deseara descansar.

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Lisena
Con sus ojos como yugo, le profirió de nuevo otra sutil mirada, como un lobo una dentellada que reclama su propiedad. En este caso, Lisena sentía que su propiedad comenzaba a ser Césare, así como su voluntad, y volviendo la vista con desconfianza hacia una mesa en donde, suponía, se sentarían Mássimo y el resto después, sospesó las probabilidades de que le fueran sustraída su posesión. Pues en toda buena reunión de hombres había mozas, taberneras, ... Y al Mallister debía de bastarle con su presencia.
Fue así como, primero por premeditado impulso y después placer, la joven morena comenzó a ser socia de tales reuniones, y en el futuro venidero, cuando adquiriera más experiencia así como años (que no siempre iban de la mano), sería la propia Lisena quien organizara los encuentros.


Yo voy contigo,... mio caro signore. -le dijo con soltura, llevando una de sus manos a su cuello para colgarse de él, en puntillas y haciendo esfuerzos por alcanzar su mejilla, para después darle un beso de promesa.

Las mujeres, como Baco, acompañaban al buen vino. Lisena no iba a ser menos. Por lo que aproximándose a la mesa, en donde ya comenzaban a aparecer los hombres, la joven asió al de la Vega desde el antebrazo y se quedó en un segundo plano, observando. Todos se sentaron, el primero fue el de noble cuna, y el tal Mássimo hizo un gesto altivo de manos pidiendo vino constante. Y unas cartas, una buena baraja francesa, para jugar al rampono, póker o tarantela.

En breves instantes, y tras intercambiar groseras pullas entre los soldados y hacer que el Mallister riera a alta voz, llegó una joven, de edad parecida a la de Lisena, transportando dos jarras de barro llenas de vino en ambas manos, junto a la baraja de cartas en el canalillo. En ágapes de deleite, uno de los soldados cogió las cartas y echó a reír, y sin que lo previera la muchacha, la tomó desde la cadera y tiró de ella hacia él, haciendo que se sentara sobre sus rodillas. Llevó la mano después hacia su pecho, y sosteniéndola desde él, impedía que se fuera.
Por ello, la muchacha se quedó y, escrutando cuál de ellos sería la cabecilla del grupo de hombres para poder librarse del suyo, que la oprimía, comenzó a ser partícipe de la partida. Porque las mujeres, ya que no podían hacer uso de la fuerza, hacían uso de su astucia para poder librarse de situaciones como aquellas, y fue la propia Lisena quien sospechaba que la muchacha acabaría fijándose en el Mallister.


¿Cómo te llamas? (¡todo en italiano, eh! Italiano malo, pero italiano)

La joven la miró con prepotencia.


Caterina. ¿Y tú?

Lisena sonrió y, calculando que Caterina tendría dos años más que ella, presumió de ser la fulana del Mallister y se sentó a su lado, cuanto más pegada a él, e hizo ademán de subirse a sus rodillas. Césare acabó cogiéndola de la cintura y subiéndola a él, animado por el vino, los comentarios banales de taberna y el ambiente de la partida.

No te importa. -le contestó, sintiendo el despecho de Caterina y, satisfecha con ello, comenzó a moverse como un tigre, advirtiéndola que aquello que miraba era suyo y que podría costarle la vida, ya que a ella le había costado sudor y sangre ganarse la confianza del hombre- ¿Puedo beber? -le preguntó al valenciano, recostándose hacia atrás para aproximar sus labios al oído de éste pero sin apartar la mirada de la italiana y, así, se mantuvo hasta que Césare le dio una respuesta.

La taberna, la partida y los hombres se estaban animando. ¿Por qué no ella también?, la cara avinagrada de Caterina le sabía a poco.

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--Cathy.
Al parecer la escena se pondrá interesante, así que estaos atentos.

-Espero que no os importa que continué mi labor. -dijo en plan sosiego mientras los hombres no dejaban de sacarle las manos de encima, pero con la agilidad que la experiencia y los años que les había otorgado, logró volverlos más locos que enfadados por su sutil retirada.

Se acercó al Mallister con su andar de la noche y cuando llego a estar cerca, se inclino hacía él remarcando más el abundante busto que colgaba de ella.


-¿Os sirvo más, gentilhombre? -no espero respuesta alguna que empezó a servir su vaso hasta el renvalso. Fijó su mirada lujuriosa a cómo el suave chorro de vino se deslizaba de la jarra a la otra, relamiéndose.

Sacudió la jarra dejando caer sobre la mesa las gotas del vino restante, volvió a levantar la mirada hacía el caballero y dijo con un suave susurro, que si deseaba que alguien le llene la copa, ella estaría a su disposición. El punto final de la oración fue un guiño y se retiro para volver con los demás caballeros que la aclamaban. Uno le dio una palmada en sus posaderas, mientras que otro la tomó del brazo y casi logra que la jarra de barro vuele por los aires.


-Tranquilizaos caballeros. -sonrió picara la italiana mientras se sentaba en el regazo del más guapo que encontró a sus ojos. Le abrió la boca y le sirvió el poco vino que había directo de la jarra, ¡a fondo diestro y siniestro!

Probablemente, esa noche podría hacer un poco de dinero extra. No le interesaba quien le podría tocar por que para el hambre no hay pan duro, ¿cierto?
Cesar


Tras acoger a Lisena en su regazo, asirla por la cintura y ser servido por Caterina volvió a centrarse en la partida. Sandro llevaba una buena racha y había amasado una buena cantidad de monedas tras desplumar a Manfredi. El vino iba de las jarras al vaso, y de este al estómago de los presentes, bebiendo todos por igual, soldados, nobles y putas. Los abrazos y caricias hacia el Mallister por parte de la de Toledo tenían una clara intención, por su parte, la putanna se había encariñado con Mássimo, sin apartar la mirada de Césare, aunque los favores cambiarían según el tamaño que fueran adquiriendo las bolsas de aquellos hombres.
Caterina, melosa, bebió otro trago. Después, tras ver lo recaudado por Sandro se acomodó junto a él. Los hombres, alrededor de la mesa seguían en lo suyo, y los que aun conservaban algo de dinero, reclamaron más chicas.

Pronto se acercaron dos fulanas más y las cartas pasaron a segundo plano. A medida que pasaban las horas iban perdiendo protagonismo hasta que se convirtieron en un inconveniente.

-Sandro, canalla, ponte aquí.-dijo el Mallister, señalando un puesto cercano libre. La mesa ya no requería de que cada uno estuviera en una punta para evitar miradas indiscretas.

El soldado, ebrio, obedeció, pero se trajo consigo a Caterina, quedando las dos chicas muy cerca. El de la Vega, pícaro, incitaba a la meretriz ajena, posando una mano en su muslo para acercarse a Sandro.

-Menudo truhan eres, cabr0n, pero a mi no me engañas, la próxima te corto las pelotas, que con un tramposo nadie juega…-dijo a modo de burla, por incitarlo un poco. Le apetecía algo de pelea.

Y tras decir eso, con la misma mano que tenía en el muslo de la joven, empezó a acariciarlo mirando a Caterina de forma muy poco decorosa. Lisena por su parte seguía sobre el regazo de Césare. Intentando llamar su atención le cogió la mano y guiándola, la colocó sobre su pecho.

-Mon signore… es aquí donde debe estar… -le sonrió con dulzura.

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Lisena
Y tras sonreírle con aquella dulzura innata en ella, digna de la más decorosa de las doncellas, volvió de un vistazo hacia Caterina y, advirtiéndola de lo que era capaz de perder en la contienda, le devolvió la sonrisa que la italiana le profería con un ademán rencoroso y caprichoso de gata adulada. Fue una milésima de segundo aquella en la que se produjo un silencioso instante entre los de la mesa, en donde los jugadores volvían el rostro hacia la Álvarez al verla tan accesible al gozo de su dirigente, y se mantuvieron en aquella tensión en donde habían detenido incluso a sus propias chicas para cesar el deleite de caricias, besos y burdos juegos de comida llenos de picardía.
Los ojos de la niña rodaron hasta los hombres que habían formado un corrillo más cerrado al rededor de la mesa, tan sólo observando su reacción, quienes oscilaban entre un silencio aún mayor, una pelea de meretrices o algo que les hiciera resquebrajar tensiones y recobrar vivacidades acompañados de una buena moza y el vino aguado de la taberna en la que se hallaban. Pero Lisena supo responder. Al menos la dieron tiempo para pensar una solución fría y afable al tiempo.


A no ser que prefiráis que lleve la mía por aquí...

Seguidamente, con los labios entreabiertos exhalando el cálido aliento de la muchacha, llevó su siniestra por el interior del muslo del hombre, en un siseante y sinuoso movimiento, suave pero mordaz, y cogiéndole después con rapidez de sus virilidades, sacó su lengua para lamerse el labio superior, en respuesta a su elocuente mirada de impresión. La dulce flor de Lys del Mallister sabía bien lo que se jugaba, así como él de qué debilidad estaban hablando, y cediendo a los antojos de su dulce flor se volvió indefenso, al menos durante una pequeña jornada.
Los hombres del Mallister, a su vez, habían comenzado a reír en vistas de la arisca respuesta de la muchacha, que había aflojado la mano para subir por el torso del hombre, quien también acompañaba las risas de los suyos. Y fue ella, con el mismo rebuscado antojo caprichoso, quien se aventuró a liberar de la casaca al hombre, soltando las hebillas de las cinchas de cuero con una sola mano y sacando las mangas después de sus brazos, dejándolo en camisa y cayendo la prenda al suelo. Después, desató la lazada de la camisa, holgada y llena de fruncidos según las costumbres y usanzas de vestimenta en los reinos italianos, y haciéndole entrega, por último, del vaso de vino tras haberle dado un trago, le dijo:


Para que os refresquéis después de tanto esfuerzo en el día.

Permitió unas últimas carcajadas por parte de los hombres y, haciendo alarde de sus celos, y sobre el mismo regazo del Mallister, le dio la espalda y se dispuso a barajear ella misma, de nuevo, haciendo migas con los hombres y discutiendo si sería ella capaz, o no, de hacerse con una buena mano y conseguirse un porvenir de pequeñas fortunas bajo las reglas del azar.
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Cesar


Sendos tragos profirió al morapio, el fruto de Baco. Con la camisa holgada y desatada, tras Lisena, inclinó el torso hacia delante hasta que sus cabezas se encontraron. La joven iba mezclando las cartas, con fingido enfado y mucho descaro, miraba de reojo al de la Vega. Este con ambas manos fue a la caza de los naipes, atrapando por el dorso a la de Toledo. Le sonrió, él a ella, buscando la manera de engatusarla, o quizás mejor dicho, de encontrar una escusa para abandonar aquel lugar.

-No es a las cartas lo que debéis meter mano. Tenéis una tarea pendiente, además, seguro que vos también necesitáis de refrescaros.-y le dio un fugaz beso por donde muere el cuello, cerca de la oreja.

Caterina ya no le importaba, tenía con qué entretenerse esa noche. Esta, además, ya había desistido y buscaba el bulto de Sandro, indagando por el cuerpo del soldado.
En la aristotélica mente del Mallister reinaba el pecado. Forzó a Lisena a darse la vuelta, pues ella, juguetona, demoraba. Una vez de frente la besó y le pagó con la misma moneda. Los dedos del valenciano se movían por la espalda de la Álvarez. El bermellón vestido tenía una lazada sencilla, pues el uso era claro, el de la profesión. Lo aflojó de manera que un hombro quedara al descubierto, indefenso. En el rostro de Césare afloró una sonrisa.

-Será mejor que nos retiremos, mañana nos espera el último día.-dijo al resto, mientras hacia ademán para que Lisena se levantara de encima suyo.

Tras recoger sus pertinencias del suelo, las mismas que los instantes anteriores la Álvarez había arrojado, y sacudirlas un poco, pues sucias estaban, como su alma, se dirigió hasta la puerta, siendo la muchacha quien la atravesara primero. Antes de hacer él lo propio se giró, y buscó a Caterina. Esta, al verle detenerse paró su faena. El Mallister le devolvió el guiño y salió dirección a la alcoba.
Los peldaños de la escalera rechinaban bajo los pies del de la Vega, desgastado por el ir y venir de constantes viajeros. Los contó, al decimocuarto alcanzó el rellano, donde habían dos hileras de puertas, una a cada lado. A su mano derecha había una entornada, la suya. Poco a poco, y chirriando también la abrió. Allí se encontraba ella, sobre la cama, sonriendo ante la inminente realidad. Se había deshecho del vestido, que descansaba sobre el suelo de madera. Sus cabellos se habían posado sobre piel desnuda. Le hizo un ademán de que se acercase. Cruzó el marco, y al hacerlo, cerró.

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Lisena
El día asomaba por la ventana de la alcoba. Era una estancia luminosa y ello hacía que los defectos de la misma fueran más visibles y fáciles de hallar. Polvo, alguna que otra telaraña, pero al menos las sábanas eran limpias y la cama amplia, cabían dos sin que el uno tuviera que empujar al otro. Y del mismo modo que la claridad había asomado, la joven Álvarez se desveló ante el fulgor del Sol que, a pesar de hallarse el cielo encapotado, resplandecía bajo aquella maraña de densas nubes.
Nada más abrir los ojos fue desperezándose, estirando cada músculo del cuerpo y volviéndose después hacia la diestra, se halló con el cuerpo de Césare, aún dormido y que se había vuelto de costado hacia ella, haciendo que se encontrara con su aliento, caliente y acogedor. Se acercó más a él, buscando eso mismo, calidez, y le apartó las sábanas traviesa.

Pero él sólo se quejó y volvió a llevárselas consigo. Ella insistía, hasta que consiguió que abriera un ojo y la regañase con desdén. En vano, en cambio. Y queriendo despertarlo, lo puso boca arriba y se subió sobre él, riendo, cubriendo su cuerpo con el negro pelo, en contraste con la clara y jovial piel de su figura.


¡Nos están esperando! -le espetó, queriendo de algún modo inoportunarlo a golpes con la almohada y notando cómo poco a poco despertaba junto a su libido, pues tras los golpes se sucedían los besos, que siempre estaban para eso, para compensar.

La volvió con rapidez bajo él y ejerció presión con su cuerpo. Un grito ahogado, cerrar los ojos de nuevo y repetir que les esperaban, pero ¡al diablo! Hasta que...

Alguien tocó la puerta.


¡Señor, debemos irnos!

Y Césare gritó, enrabietado.
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Cesar


Dormía plácidamente, en aquella posada a un día de Roma, cuando un diminuto ser, de blanca piel y carácter juguetón empezó a incordiarle. Primero le quitó las sabanas para luego colocarse sobre él. Ante las quejas (no muy enérgicas) del Mallister y tras despertarlo del todo, le colmó de besos. Los labios carmesíes del lozano cuerpo de Lisena iban a su antojo y provocando al valenciano. El sueño dio paso a la pasión y con un gesto rápido se colocó sobre ella. Y llamaron.

-¡Señor, debemos irnos!

Con pesar tuvo que responder al individuo que se encontraba tras aquella puerta.

-¡Esperadnos abajo!

Y con una sonrisa a la Álvarez, la besó, como si de una futura promesa se tratara. Con la diestra corrió las sabanas y se levantó en busca de su ropa. Ella, con sumo cuidado le ayudó a vestirse, los calzones, la camisa y la casaca, poco más llevaba aunque las nubes que tras la ventaba aguardaban advertía de la inminente lluvia, de la necesidad de alguna capa. Él por su parte, observó cómo Lisena se cubría con aquellas telas, recreándose en cada detalle. Ella pícara, le sonreía.
Al rato estaban abajo, repasando que todo estuviera listo antes de dar el visto bueno y emprender la marcha. No faltaba nada ni nadie, muy a su pesar, pues Fabio había escalado hasta lo alto del carromato.
Él por su parte, cumplió con lo acordado, montando a la de Toledo sobre Borbón. La cara de Gaviolo, para gozo del Mallister, era un poema de odio y dolor. Así emprendieron la marcha, con un cielo encapotado y amenazando con descargar un diluvio sobre sus cabezas. Para amenizar la mañana, se habían enterado que el pobre Sandro, aquella mañana había despertado más pobre de lo que se acostó. Al perecer, Caterina lo había desplumado mientras dormía plácidamente tras el festín digno del dios heleno.
Pararon para comer en una pequeña villa, cuyo nombre no es de importancia en este relato. El mismo pan, ya duro, más queso, y lo que quedaba de miel fue el rancho de aquel día. Un trueno a lo lejos, amenazaba a los ciudadanos de Roma, y a ellos, que ya estaban cerca. Empezaron a caer unas gotas, no muchas, pero si por un buen rato. El barro de las calles dificultaba el trayecto, pues el carro se iba quedando atrapado. Todos estaban en silencio, meditabundos, la amargura de aquel día no invitaba a conversar.
Más tarde, las murallas de la ciudad eterna, la casa del Papa y del Altísimo en el mundo terrenal aguardaban, desafiantes, frente a ellos. El gris de la piedra se mezclaba con el del cielo.
Tras una breve pausa para admirar la majestuosidad, entraron.

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Lisena
Roma no tenía nada que ver con el resto de lugares en los que había estado. Ni si quiera los palacios y castillos de las señoras a las que había servido, y por supuesto, muchísimo menos las anteriores ciudades de los territorios tanos. Roma era especial, por algo la llamaban la 'Ciudad Eterna'. Ciudad eterna de vida, de gozo, de griterío, de ladrones y de penurias. Pero sobretodo de curas.
Lisena miraba fascinada el paisaje por sobre encima del hombro del Mallister. Y cada vez que veía algo especialmente mencionable, lo señalaba con el dedo y preguntaba, requiriendo de explicaciones. Césare parecía sentirse halagado ante la maravillada muchacha de pelo negro y largo. Cualquier explicación era poca, se le deshacía en la boca como las almendras del otro día. Y pedía más, y más. Quería saber, su mente se abría de lleno y sus oídos prestaban cauta atención a lo que hablaban muchos de los lugareños.
Mientras tanto, con el rabillo del ojo, se propuso vigilar a Fabio.

Pronto alcanzaron un puente de piedra, que reposaba sobre las aguas del río Tíber uniendo los márgenes derecho e izquierdo entre sí y a cuyos lados se hallaban unos hombres, de turbia mirada y voz parda, con calzones y casaca sobrias, camisa holgada y botas de caña baja de cuero marrón. La espada a un lado, envainada, y otros cuantos pocos artilugios colgados de un cinturón de cuero muy simple. La joven se detuvo a mirarles, y tirando del brazo del de la Vega (sin darse cuenta que reconducía al corcel hacia atrás), le espetó en susurros su preocupación. Aquellos hombres no le inspiraban confianza.


¡Césare!, ¿has visto? Démonos la vuelta, seguro que no es aquí. ¿Me has oído?, ¡hazme caso!

Pero cualquier grito, por bajo que fuera, y cualquier explicación o sugerencia bien de poco servían e, ignorándola a ésta, el florentino retomó la dirección adecuada, a regañadientes del caballo. Se hallaban a su altura cuando uno de ellos les detuvo.

¿A quién lleváis eso? -preguntó uno de ellos, apoyado sobre el vallado del puente, con cierto aire de sorna y gran carisma en la mirada. Uno de los soldados repuso, "Del Cardinale Spadalfieri Borgia", logrando el asombro de ambos y que intercambiasen sonrisas entre ellos. No tardaron mucho tiempo en responder.- ¡Ah!, por fin..., mi nombre es Vespino. Seguidme.

Ninguno de los presentes se preguntó quién y por qué les esperaba allí, pero todos supusieron que serían hombres del cardenal los que se hacían cargo de guiarles tras el Castello de Sant' Angelo, a expensas de asegurarse que la carga y mercancía llegaban a buenas manos. Su trabajo terminaba allí.
Mas a Lisena poco o nada le importaba el fin de aquella aventura, aún tenía ella que 'trabajársela', más ahora, que las responsabilidades del de Bétera culminaban. Y se distrajo, mientras les guiaban, con el arte arquitectónico exterior del inmenso, arrogante y soberbio castillo; no hubo reparado antes en él, pero pronto desapareció, tras unos establos muy lúgubres y propicios para transacciones contrabandistas. Reparó al instante en el cielo, encapotado aún, y en que algunas gotas, muy gordas, comenzaron a caer del mismo.
Fue a advertir de ello cuando escuchó un leve silbido, del que se habían descubierto unos hombres vestidos de negro, y después un siseo, más breve si cabía aún. Un grito ahogado de agonía y un cuerpo en el suelo, el del mercader que conducía el carro.

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Cesar


El anciano hombre cayó inerte, como una losa sobre el suelo. Un dardo se le había alojado en la parte posterior de la espalda, y de ese mismo lugar, empezó a brotar un líquido colorado, formando un charco de sangre. El Mallister y los otros cuatro hombres de armas desenvainaron prestos, dispuestos a vender cara la piel. Volaron dos dardos más. Uno se encastó en el muslo de uno de los guardias y el otro fue a parar a una pared. Vespino y el otro saltaron sobre el carro, lanzando a Fabio al suelo. Intentando hacerse con el botín.

La respuesta fue inmediata, Césare arrancó con el caballo, dirección a los hombres de negro ropaje, que serían media docena, o menos. El trote del equino hizo que Lisena cayera al suelo, cerca de Fabio. El valenciano ni se percató. Tras arremeter contra el primero de ellos y lanzarlo al suelo, prosiguió sobre el animal hasta el segundo. Con toda la fuerza que pudo y gritando blandió la espada, ante el indefenso ballestero, que no pudo hacer nada al respecto. Le entró el acero por la clavícula, sonando el romper de sus huesos por la brutalidad del golpe. Manfredi hizo lo propio con otro, que con el virote en su pierna había atravesado al infeliz que intentaba defenderse interponiendo el arma en medio. El resto, viendo el inminente peligro abandonaron los proyectiles y blandieron la espada.

Un hombre sumamente feo, con pocos dientes y medio calvo se abalanzó sobre el Mallister, pero este, sin saber exactamente como, pudo detener el golpe, pero cayendo del caballo. La fría piedra le acogió con hostilidad, hiriéndole la espalda. Se levantó presto, en guardia, pero sin saber muy bien de donde defenderse, desorientado. El asaltante volvió a abalanzarse sobre él lanzó sendos golpes que iba bloqueando y esquivando como buenamente podía hasta que, tras un fallo del desconocido, dejando un pie demasiado adelantado que el de la Vega lo pateó, derribándole y posteriormente hiréndole.

Sandro, cerca de él, veía como sus entrañas se esparcían por el suelo. El verdugo, un hombre alto y fornido pero con cara de pocas luces se fijó en Césare. Mon dié pensó. Lanzó un rápido vistazo a sus alrededores antes de cruzar aceros con aquella torre. A parte de Sandro, Mássimo también yacía en el suelo, y Manfredi junto a su compañero se batían en pareja con los otros dos restantes.
Era más fuerte que él. Maldijo su ventura e intentó por unos minutos cansar a aquel hombre, que torpe por su condición, cometía continuos errores. Al final su torpeza le valió la vida y el Mallister consiguió, hasta la empuñadura, meter el acero, no sin antes hacer que dejara descubierto su pecho.

Estaba cansado por el ejercicio realizado y viendo que sus dos compañeros habían despachado a aquellos miserables volvió el rostro hacia el carro. Se le heló la sangre al ver una caja abierta y volcada, con los florines que había transportado por el suelo. Vespino yacía encima, tiñiendo el oro con el bermellón de su sangre, y Fabio, pobre Fabio. Veía como sus últimas caladas de aire se escapaban, antes de acercarse los estertores finales. Miraba con los ojos bien abiertos a la muerte, como le iba llegando. Y a lo lejos, tras aquella mirada perdida, el otro guardia sostenía en sus manos un puñal.
Tras verse perdido y rodeado, aquel, el último de los malhechores, huyó para salvar la vida.

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Lisena
Pronto aparecieron varios hombres y se confundieron con los propios, entre mandobles de espada y golpes a cara descubierta a quien se le perdía el arma. Fabio se hallaba en el suelo, y ella también: ambos habían caído de su posición, y al encontrarse sus rostros entre el barro y los charcos se dieron fuerzas mutuas para alzarse y responder como un gato panza arriba, en el caso de Fabio, y un áspid, en el de ella. Se acercó corriendo al comerciante que había caído apenas instantes antes y, revolviendo entre sus cosas y su cinturón, halló una navaja con la que poderse defender.
Pero había tardado demasiado en ello y, para cuando quiso sorprender al oponente, él ya se hallaba sobre el carro y queriendo hacer avanzar al rocín que lo transportaba. Pegó un grito, entre tantos otros que se oían, y llamó a Fabio para que la ayudase a romper las correas que unían al animal con el vehículo. Fue a hacerlo, pero de pronto una mano la golpeó en la cara. Cayó al suelo y escuchó otro grito de Fabio.


¡NOOO! ¡NI SE TE OCURRA TOCARLA! ¡A ella no la toques! ¡NOOOOOOOO!

Abrió los ojos y se encontró al muchacho sobre el hombre, y otro hombre sobre el muchacho para ayudar al compañero. Había pegado un salto y comenzaba a revolverse en contra suya, defendiéndola. Ese gesto la estremeció, aunque bien pudo confundirlo con la bofetada en su mejilla, de incalculable magnitud.
¿Y su navaja?, necesitaba la navaja para liberar al caballo e imposibilitar que les robasen todo lo que llevaban. Que a ella poco la importaba, pero se consideraba perra fiel al amo y a la causa. Pero no la encontraba, el barro la ocultaba y aún debía tener cuidado con las pisadas de los combatientes. Hasta el momento se había despreocupado de ellos, ¿pero y Césare? Ahora que se acordaba de él, ¿dónde estaba? No importaba, primero era el carro. Ya que no podía soltar los arreos, mejor sería apartarlo y hacer más ardua la tarea, por lo que cogió de la bocada al animal y tiró con fuerza hasta salirse de la zona de lucha y alejarse un poco más.
Después,... después sí. Después a por Césare. Lo buscó con la mirada, revolviéndose en sí misma queriendo recomponerse del esfuerzo, y cuando por fin lo logró y lo halló, salió corriendo tras él, resbalando y cayendo, pero sin desistir en su cometido. Había visto caer flechas sobre él y, desesperada, pretendía ir a ayudarlo; de hecho, había sido testigo de una flecha que le había atravesado en la nalga izquierda, pero el Mallister seguía combatiendo, sintiendo tan sólo una pequeña molestia e ignorando más bien el hecho de que por detrás se acercaba el último que quedaba libre, una vez despachado el crío.
Pegó un grito desgarrador, más propio de ver una madre a su hijo que una manceba a quien la mantiene, y saltando sobre el opresor que iba desde la retaguardia a por el valenciano con la fiorentina manchada ya de sangre, provocó que él cayera y ella sobre él, y tras apartarla de otro golpe, ésta previno al hombre del otro, que torpe, se intentaba alzar del suelo embarrado para recibir sepultura poco después.

Los pocos que quedaron se tomaron las de Villadiego, al verse en minoría, y dando mayor protagonismo al torrencial de lluvia que les asolaba, tomaron descanso y aliento para dejar que se les helase el alma.


¡Fabio! -chilló, horrorizada, y se aproximó rauda hacia él a gatas. Lo sacudió varias veces, otras tantas repitió su nombre, y por último miró al de la Vega, exhausto, con la espada cayendo al suelo por el propio peso. Otro desgarrador grito y dejó que sus ojos fuesen cerrados por la melena de la chica, que lo abrazaba, impactada.- Por defenderme... -susurró balanceándose entre la locura y la tristeza, queriendo arroparlo en sus últimos anhelos vehementes de existencia.
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Cesar


Atrás dejaban el puerto de Ostia. El ir y venir del oleaje, la calma del mediterráneo. Atrás dejaban aquellos días turbulentos. Un futuro inmediato de paz y tranquilidad. Atrás dejaban las muertes de aquellos que les habían acompañado. El sosiego del sonido del mar, el dulce reposo tras el esfuerzo, la recompensa prometida se contraponía a la desazón, al recuerdo, al insomnio que le afectaba.
En su cabeza seguía recordando el desconsolado llanto de la muchacha, apenas mujer, abrazando el cadáver. El ir y venir del maternal movimiento, deseando que aquel cuerpo inerte recobrara el aliento, el ir y venir del mar. Los instantes en que le bajaron los párpados, evitando aquella mirada perdida, acompañado del “En paz descanse”. Todas esas escenas pasaban por la mente del Mallister. Y más, apenas un poco más tarde, el camarlengo les recibía, entre oro, plata, mármol, barro y sangre. Agradeciendo los servicios prestados, con vacías palabras de vanas promesas, dándoles algo de oro, y un lugar de paz. Un lugar donde descansar y echarlos lo antes posible, ya habían cumplido.
Sin embargo, no era la muerte de Fabio, ni el llanto desconsolado de Lisena lo que más azuzaba su pesar. Su alma, enferma y corrupta, se había resquebrajado al romper el código moral por el que se regía. El más sagrado. Los cuerpos insepultos, sin última confesión, bendición ni oración eran pasto de insectos, pájaros, roedores y cuanto animal carnívoro habitase la ciudad eterna. Sus almas no irían al paraíso solar. Eso pesaba en la conciencia del Mallister.

Apretó las manos contra el tablado de madera que protegía a los incautos de perecer a la merced de Poseidón. La mirada se le perdía en tierra, en las costas de la antigua y todopoderosa urbe que, antaño, acogió a la mayor civilización del mundo antiguo. La de Toledo abrazada a él, buscaba su calor. El silencio era toda su conversación. No era necesaria ninguna palabra en aquellas aciagas horas.
Así permanecieron un rato, hasta que el de la Vega quiso abandonar el castillo de proa. El horizonte había engullido cualquier rastro del temprano recuerdo.

-Marchemos, aquí no somos más que un estorbo para el capitán y los marinos.-dijo haciendo ademan para que la Álvarez se aferrase a su brazo.

Bajaron las escaleras que llevaban a la cubierta central del navío. La galera era pequeña, de transporte. Ponía rumbo a València y los remos a cada palada les acercaban más. Pobres infelices. Castigados para que la vida le sea un suplicio y la muerte un alivio. Pero ya le daba igual. Miró a Lisena, le sonrió y esta le devolvió el afecto. Continuaron paseando entre el resto de viajeros, haciendo tiempo hasta la siguiente comida.

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Lisena
Aquel oro debía de estar maldito, porque Césare había empleado una porción decente de él en regalos y enseres para la muchacha. Para que estuviera más linda, dijo. Pero ella sabía bien que la culpa le pesaba y que emplearlo en otros lo aliviaba en algún sentido. Corpiños, afeites, perfumes y alguna que otra joya, una en especial. Y tras la comida, el oportuno descanso y de nuevo la cena, la joven se dedicó a distraerse y distraerlo al tiempo con sus tonterías de adolescente. A veces sonreía ella, otras reían ambos y, las más veces, se comían con la mirada.
Habían ambientado el camarote con varios candiles y, tras el leve fulgor de ellos, se resguardaban ambas miradas, sin saber lo que observaba uno y mucho menos sin conocer bien los movimientos. Así, hasta que el Mallister la prendió desde el talle, juguetón, arrojándola sobre el lecho.


¡Basta!, ¡ten cuidado! Llevo todo el día mareada. -le espetó con sosiego y llevándose la mano al vientre.- Ayúdame a quitar el corpiño. Me molesta.

Y fue así que el de Bétera dejó el juego para liberarla de la opresión de la prenda, deshaciendo el lazo primero, aflojando después la tela y acariciando por último el costado por la curva de la cintura hasta las sinuosas y anchas caderas. Ella se alzó, y con su mano aún en el vientre, se puso de perfil ante un gran espejo. Sonrió después y alzó el gesto, manteniéndolo soberbio y adusto, regio incluso, y ligeramente vuelto hacia el frente, digno de retrato. Observó el busto, firme y terso en proporción a su destacada juventud, y su cabello, cayendo por la piel limpia sometida a los cuidados que hubiese requerido una gran señora. En absoluto parecía ser la misma chica que los días anteriores, con el pelo tan brillante, hasta la cadera, cayendo en finas ondas hacia la perdición de aquel hombre. El colgante del cuello además le cobraba un aspecto más radiante, y por un momento pensó que, tal vez algún día, así sería como luciría siendo la Condesa de Césare. Su amada Condesa, según sus expectativas.

Esperaba que Bétera mereciera tanta pena sufrida.


Se volvió hacia él una vez se retiró el collar. Desnuda de nuevo y llena de picardía en la sonrisa, tal y como a él conseguía evadirlo de los pesares mundanos. Se aproximó hasta él arrastrando sus rodillas sobre las sábanas y apartando la camisa de su pecho. El Mallister la detuvo posando el índice sobre sus labios, ella respondió mordiendo con dulzura y, tras una leve carcajada de él, la tomó de la mano e hizo que le enseñara el soberbio anillo de oro y perlas, en el centro una flor de lys, que cargaba el anular de su diestra.


¿Y sabes, miei fiore?,... -le dijo de pronto, como si estuviera continuando alguna conversación pasada y tras mucho pensarla, observando aún la joya y mirándola después a los ojos ante la respuesta de Lisena-... esta es la primera de las muchas que llevaréis, madonna.

Ella no supo más sino sonreírle y continuando el juego de los amantes, le repuso, indiscreta:

Pero ninguna será tan importante como esta, mon signore.

Y se quedaron ambos, amándose primero, durmiendo después, en aquel camarote, bajo la Luna de Valencia.
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Las mentes privilegiadas tienden a pensar igual
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