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[RP-¡Abierto!] La Venganza

Yustebv


Maldita sea, si no te tocan los moros te tocan los forajidos… - dijo al escuchar el mensaje que la Reina dejó en el Real al salir raudamente un par de horas antes de que llegara el de Berasategui. Su viaje desde Benicarlò hasta Valencia fue agotador y no esperaba malas nuevas.

- Rodrigo, preparad caballos, partimos a Xàtiva. No será necesario llevar hombres del Real, la Reina ha llevado los suficientes, así que continuaremos viaje con la guardia ducal – indicó el de Berasategui – pero mi señor, debemos examinar las legalidades para la reunión que preparasteis – replicó el de Estivella – regresaremos antes de cinco días, y tendremos el tiempo. Además, necesito yo mismo abofetear al de Borja por su ineptitud – concluyó y avanzó camino a su recamara para preparar algunas cosas, sin embargo, el de Estivella volvió a hablar – pero… mi señor, solo quedan diez días para la reunión y … - el de Berasategui se giró y con elevando su tono se dirigió al secretario – ¿Acaso no soy tu señor?... – y sin decir mas, que no era necesario, el de Estivella agachó la cabeza en señal de reverencia y marchó a cumplir el encargo.

Sin duda, aquel acontecimiento enfureció a Yuste y no era buen momento para cuestionarle. Terminó de dejar algunos encargos en el Real y salió al patio donde esperaban su caballo y los benicarlandos, que no eran mas de 50 hombres en esta ocasión – Señores, lamento hacerles continuar el viaje, pero como ya os habrá anunciado Don Rodrigo, la sangre real corre peligro en Xàtiva, y es nuestro deber acudir. ¿Estáis conmigo? – terminó preguntando y todos respondieron al unísono con un fuerte “Si!” – el rey sonrió, pues a pesar de todo cuanto sucediera, siempre conservaba la camaradería con sus soldados.

Así partieron a Xàtiva y salieron del Real, cabalgando a la cabeza acompañado de Rodrigo, su leal secretario – Rodrigo, no hubiera querido regañarte, espero que comprendáis aquello – le dijo mientras cabalgaban – mi señor, no hay nada que vos hagáis y me haga perder el respeto y gran aprecio por vos. Fui yo el impertinente, y debo pediros disculpas – el de Berasategui se giró y le dio unas palmadas en el hombro – Amigo mío, sois irremplazable… - le sonrió y continuaron el viaje.

……………………….
4 horas mas tarde

Xàtiva a media legua, mi señor – le indicó el de la avanzada. El hermoso paisaje de aquellas tierras y su aire no habían sido en aquella ocasión el motivo de su visita, y solo anhelaba llegar al encuentro con su familia.

La escolta y el Rey llegaron hasta el castillo. Sirvientes corriendo de un lugar a otro desesperados, la guardia real cubriendo posiciones y el llanto de las mujeres fueron el recibimiento a aquel lugar. El de Berasategui desmontó de su caballo y mientras caminaba a la entrada interior del lugar principal indicaba a su secretario – Rodrigo, hablad con el capitán de la Guardia de Su Majestad y con quien sea necesario, reunid la mayor información que podáis, y que los nuestros se mantengan alerta y reunidos – el de Estivella asintió a la orden y dejó al rey continuar su camino.

Iba quitándose los guantes y con paso firme y apurado, un par de guardias en el portón del salón principal le abrían paso sabiendo de quien se trataba. Enfurecido caminó el de Berasategui hasta el medio del salón – BORJAAAA!!! – exclamó fuertemente exigiendo la presencia del señor del castillo.

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Nicolino


Se había abocado toda la noche, junto a sus dos esbirros, a la búsqueda. Había recorrido cuantas callejuelas se pudieran recorrer, preguntado, interrogado, y hasta amenazado cuando fue necesario, y todo resultaba frustrantemente infructuoso. Los resultados eran nulos, y la situación desesperante. Pero la falta de sueño no hacía mella en él, y se mantenía firme, incansable, como un autómata. Mas repetía lo mismo una y otra vez, las mismas frases intimidantes, el mismo gesto al desenvainar la espada: y todos eran inocentes, todos desconocían tener cualquier contacto. Y no tenía en claro qué había sucedido exactamente. Se percató de eso casi al haber dado por concluida su infructuosa búsqueda y sinfín de averiguaciones: el no era como los brutales caballeros o soldados, que sin detenerse a pensar, abogaban a la violencia como forma de solucionar problemas...pero sin embargo, utilizaba esos métodos en ese momento.

-Pero...bien...debo serenarme.-dijo para sí, intentando concentrarse. Seguir sin rumbo fijo no lo llevaría a nada.- La verdad, es que no sé quién pudo haber sido. -continuó diciéndose, a lo que una voz interior respondió: "Claro, idiota, sino no estarías aquí errando como un estúpido".- Tengo cientos de enemigos, hay cientos de razones para una venganza contra mí. No puedo "visitarlos" a todos, uno por uno. Y también no podría ser una venganza contra mí...podría tratarse de un ataque contra mi esposa, y la familia real. Puede que esto sea parte de algo mucho más grande...

De repente, se percató de algo. Mateu. No entendía como lo había abandonado sin intentar conseguir toda la información posible de él. Quizás fuera porque agonizaba, y no podría pronunciar ninguna palabra. El debería tener la respuesta. Debería haber visto el rostro del culpable, incluso entre las sombras de la noche. Por lo menos sus facciones, su número: ¿Sería más de uno?. Y quién entró, debía de conocer la casa, saber cuál era la habitación de los niños, o tener una llave. Podría ser una traición. Nicolás debía cerciorarse de algunas cosas antes de continuar. Quizás, alguno de los sirvientes contratados por su esposa...jamás habría podido desconfiar de ellos, ni del criterio de Ederne, pero debía pensar en todo. ¿Aunque actuando por su propia cuenta?¿Con que objetivos?¿Buscaban un rescate?. Siquiera sabía los nombres de aquellos a quienes había contratado, ni las modificaciones que la Infanta había hecho a la cantidad de personal.

Todo era difuso e inalcanzable para él. Y debía regresar. En su propio Palau encontraría lo que necesitaba para continuar.

-Más vale que Mateu siga vivo cuando regrese...
-murmuró, dando media vuelta a su caballo, y encaminándose hacia su palacete urbano al galope, haciendo un gesto a su escasa partida para que le siguiera, a su mismo paso-...porque sino, ya encontraré la forma de descender a los Infiernos, traerlo de nuevo, y hacerlo hablar. No lo dejaré descansar en paz.

Frunció el ceño a divisar el Palau, y ver las libreas de la guardia real, de tropas del ducado de Benicarló, y los símbolos de sus suegros.

-¿Cómo demonios se me habrán adelantando?¡Es imposible!¡No pudieron haber llegado tan rápido!. Maldita sea, ahora tendré que dar explicaciones.
-masculló, incrédulo. Era como un grito a medias, ahogado, reprimido. No entendía, ni su mente podría comprender, la rapidez con la que tomaban decisiones, y lo veloz que resultaba el viaje para ellos. O quizás, había pasado más tiempo fuera del que creía.

Deseaba resolver aquello lo más rápido posible, antes de que pasara a mayores. Quería solucionarlo él mismo, con sus propias manos. Hacer justicia y acabar con el asunto de raíz. Ahora, aquello había trascendido, y tenía bien en claro que se vería como un negligente y un inútil ante la Reina. No estaba de humor para soportar reclamos, y él era suficientemente hábil para zanjar aquello por sí mismo. No necesitaba a nadie más. Menos a un ejército, indiscreto, dispuesto a arrasar la ciudad, cerrar las puertas, o cualquier tontería semejante, que haría huir a los culpables a tierras lejanas. Y una vez escaparan de Valencia, estaría fuera de su mano, y existían infinitos lugares donde les daría cobijo o podrían encontrar refugio.

Descabalgó, avanzó hecho una furia. Apartó con el brazo a un guardia de Benicarló junto a la puerta, bruscamente. Ni siquiera lo había dejado decirle que no podía pasar, ni preguntar quién era.

-¡Muévete de mi camino, infeliz!. Soy el señor de esta casa, y no puedes negarme la entrada.

Abrió la puerta, y del golpe todos supieron que había vuelto. No reparó en quienes estaban dentro. Subió las escaleras.

-¡Mateu!¡Mateu!¿Dónde está ese condenado?-vociferaba, esperando a obtener una respuesta, que se le dio temerosamente. ¿En esa habitación, justo en esa?. Y volvió a abrir otra puerta, encontrándose en una escena distinta, con una atmósfera densa, que apestaba a muerte y ungüentos.

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Rose_de_anthares


Abrazó a su Hija intentando consolar lo imposible - lo averiguaremos, os lo juro hija mía - tomó sus manos y las besó, luego tomó un pañuelo y secó de sus mejillas las lágrimas que las surcaban - Serenaos Ederne, tenéis a una criatura en el vientre la cuál podría nacer antes de lo debido si no os cuidáis.. - mientras le aconsejaba miró al galeno - que se os vaya la vida en ello, galeno, que se os vaya la vida en salvar a ese hombre - le dijo con mirada seria.

Nuevamente iba a hablarle a su hija cuando un grito lleno de furia se oyó en la planta principal de la casa - ¿Yuste? - la Reina salió de la habitación y asomándose por la escalera pudo ver a su esposo el Rey que llamaba al Borja con insistencia - subid esposo, nuestra hija está aquí -

Así lo hizo el rey y los tres se hallaron vigilantes y espectantes de lo que podía pasar con el único hombre que podría dar una pista certera de quién había secuestrado a los niños. Otra voz rompía a gritos la densa calma del Palau llamando al hombre que se hallaba entre la vida y la muerte - es Nicolás - dijo la Reina. Ambos monarcas cruzaron miradas justo cuando éste hacía ingreso a la habitación.

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Yustebv


No alcanzó a decir nada, ni a su hija ni a su esposa, cuando el de Borja ingresaba en aquella habitación, y el aire de desconcierto se había vuelto más bien de tensión. El de Berasategui caminó enfurecido hasta el de Borja, le miró fijamente y cuando pretendió decirle o hacerle algo, se detuvo y retuvo su propia ira, entonces con tono serio le habló – no voy a deciros nada hoy, pero sabed que si esos niños no aparecen con bien, me encargaré yo mismo de que os arrepintáis de haber emparentado con nos y de no ser precavido con vuestra casa – concluyó con firmeza, y Nicolás no parecía tener intención de respuesta.

Rodrigo llegaba a la habitación para dar el informe de lo solicitado, sin embargo, se detuvo al notar la tensión que en aquel lugar se respiraba. El de Berasategui le miró y dejando de lado al de Borja se dirigió a su secretario – Que veinte hombres de nuestra guardia se prepare para regresar a Valencia, escoltaran a la infanta Ederne hasta El Real y serán su guardia día y noche.– aquello sin duda no caería bien a muchos, pero era lo que el de Berasategui consideraba más adecuado - El resto nos quedaremos en Xàtiva para organizar una búsqueda.

Sin mas, se retiró del lugar para reunirse con sus hombres y prepararse a salir. Marcharía al Castillo de Valken, él, sin duda, sería buen aliado en estos lugares, además de servirle de lugar de reposo a él y a sus hombres en lo que durará esta incidente.

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Ederne_bp


Cuando las lágrimas comenzaban a menguar, la voz enfurecida de mi padre se dejaba escuchar en todo el Palau requiriendo a Nicolás, y para bien o para mal, éste no se encontraba, desde que habían sido raptados ambos niños, el Borja se había aprontado a salir con un par de hombres.
Ahora, luego que el sol alumbraba en plenitud y mis dos padres habían irrumpido en el Palau, comprendí que habían sido muchísimas las horas sin saber nada de él, ni de los niños, de nuevo la angustia estuvo a punto de superarme. La figura segura de mi padre en la habitación, hizo que aquello no pasase y corrí, literalmente, a sus brazos, aquellos mismos que siendo una niña me habían dado la seguridad de que todo estaría bien, aquellos en los que podía confiar, aun mas allá de todo lo que pasase, aun cuando el cielo amenazara con derrumbarse sobre nuestras cabezas.

Los minutos pasaron, y solo Christos sabe bien cuantos fueron en realidad, la seguridad se me vino al suelo cuando escuche la voz de Nicolás en la planta inferior - ¡Mateu!¡Mateu!¿Dónde está ese condenado? - abrí los ojos sorprendida por la furia que aquellos gritos significaban, Nicolás no había encontrado a los niños.

Mire a mi padre quien aun me tenía bajo su abrazo y pude ver que el tampoco se podría contener, aquello no podría soportarlo, por lo que dirigí la mirada hasta mi madre, aunque quizás no era la mejor opción, pues, aunque mi madre denotaba un rostro algo más tranquilo, este era igualmente acusador.

Nicolás… - susurre ansiosa por saber sus noticias, y le vi asomar en la habitación, aquella misma habitación donde el mayordomo se debatía entre la vida y la muerte en manos del galeno

Salí de los brazos de mi padre para suplicar una buena noticia en el rostro de Nicolás, mas cuando quise preguntar, mi padre impuso su voz y mi consulta quedo ahogada en la garganta - no voy a deciros nada hoy, pero sabed que si esos niños no aparecen con bien, me encargaré yo mismo de que os arrepintáis de haber emparentado con nos y de no ser precavido con vuestra casa – aquellas palabras no tenían en discusión nada, eran claras, precisas y desafiantes - decidme que tenéis buenas noticias, Nicolás, dime que mis hijos están con bien … - suplique con la voz ahogada y casi sin aliento, le mire a los ojos, aunque en aquel momento los ojos de Nicolás se debatían entre responder o callar a su suegro, presione sus manos para llamar su atención y cuando la obtuve pude leer en sus ojos que nada había descubierto, estaba cansado y en sus ojos no había brillo ni chispa, solo cansancio y rabia contenida, no había sonrisa y en su cara comenzaba a brotar una barba dura y tupida.
Por favor, Nicolás, habla, dime que mis niños están bien, vivos y en casa - volvi a suplicar con los ojos llorosos y la voz débil, fue entonces cuando baje la vista para no leer en sus ojos la respuesta.

La presencia silenciosa del de Estívela se sintió solo cuando mi padre dio la orden - Que veinte hombres de nuestra guardia se prepare para regresar a Valencia, escoltaran a la infanta Ederne hasta El Real y serán su guardia día y noche. – abrí los ojos y eleve la mirada hacia Nicolás - ¿escoltar?, ¿dejar Játiva? Que… que diantres … - susurre -

El resto nos quedaremos en Xàtiva para organizar una búsqueda. – gire sobre mis pies soltando las manos que tenia entrelazadas a Nicolás, la suplica y la tristeza entonces se transformaron en desdicha y rencor, negue con mi cabeza para dar mas énfasis a mis siguientes palabras– Nadie me escoltara Padre, no abandonare a mis hijos, no me moveré de Játiva mas que para buscar a mis niños ni pienses que aceptare esta descabellada idea - desafiante desvié mi vista, que hasta ese momento estaba fija en la mirada que mi padre daba a Nicolás, a mi madre que hasta ese momento guardaba completo silencio - madre, dile que lo que pretende es un absurdo, no puedo irme sin tener a mis niños - suplique su apoyo, mas solo encontré silencio en todos los presentes en la habitación.
No me moveré de mi casa, usad esos veinte hombres en buscar a mis hijos, ordenad que ensillen mi yegua, iré a buscarlos al mismísimo infierno si es preciso, pero no me moveré de aquí, quiero estar presente e informada. – aquello ni siquiera era una solicitud, nadie me sacaría de aquellas palabras, ni de mi casa.

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Nicolino


El Borja no se sintió feliz al ver a los rostros, hostiles, de los Reyes, en aquella habitación. En su opinión sobraba gente, y corrían el riesgo de ahogar con tanta y tan imponente presencia, a la frágil vida de Mateu, quitándosela por asfixia. Y el llanto seguramente no ayudaba, más aún teniendo en cuenta que nadie lloraba principalmente por él, que era el agonizante. ¡Debería ser triste verse reducido en aquella situación, débil y seguramente atormentado, rodeado de otras personas tensas y acuciantes!. Peor aún sería encontrarse en ese estado, y que aún así, sin consideración, el señor de la casa, en defensa del cual había acabado así, acudiera al posible lecho de muerte su su servidor y le zarandeara intentando sacarle información por la fuerza, en vez de honrarle por su lealtad. Por eso, la piedad templó la furia y las malas formas del de Xàtiva.

Mas apretó los puños y rechinó los dientes al oír las palabras del Monarca. Pensó, al oír sus frías y firmes palabras, que incluso le abofetearía. Si así hubiera sido, no hubiera podido controlarse, y hubiera desenvainado, no respondiendo por sus actos. Era difícil contener la cólera, y aceptar palabras tan bruscas, sin derecho a réplica, porque antes de que pudiera decir nada, el Berasategui ya había desaparecido del lugar, abandonandolo por la puerta, que se cerró tras de sí. Lo hubiera alcanzado en las escaleras, y gritado su parecer, y el que no tenía derecho para juzgar ni decidir, insistiendo en que él era quién más se preocupaba por aquello y más tiempo había pasado consagrado a la búsqueda, y que tanta parafernalia y soldados no servían para nada.

Sin embargo, sabía que aquello no le llevaría a nada, y no había venido a discutir con ellos. Apretó la mandíbula, y se contuvo, sometiendo el instinto a la razón, lo cual parecía costarle horrores, un esfuerzo físico y espiritual. Nicolás ora resultaba impulsivo, ora resultaba calculador, pero en momentos así ambos atributos chocaban entre sí y él libraba una batalla interna. Respiró profundamente.


-¡Cómo si pudieran aportar algo!¡Su presencia aquí es inútil, y sólo entorpece las cosas!¿Para qué queremos un ejército?¿Eso nos dirá dónde están los niños?. No, al contrario, advertirá a todo el mundo, y aquellos viles truhanes huirán de nosotros ante nuestras narices. ¡Necios, necios todos!. ¡Y para más inri, hablar con esa rata negligente del Señor de Xàtiva!
-pero aquello no era todo. Las palabras brotaban de su boca como un monólogo, un monólogo que no tardó en adornarse con improperios y maldiciones diversas, a medida que avanzaba hacia lo que más le molestaba- ¿Desearme separar de tí, esposa mía?¿Quién se ha creído?¡Sólo Dios puede separar lo que Él ha unido!. ¡Y necesitará más de veinte hombres para apartaros de mí!¡Qué lo intente, sólo que lo intente!. Debemos estar juntos en esto.

Suspiró, relajando los músculos, cesando ademanes, y deteniendo aquel palabrerío dedicado a su esposa, pero que podría oírse desde abajo. Y en realidad, la última frase era la única importante, dedicada a una mujer valiente, que había enfrentado a su padre, y cuyas palabras eran loables. De pronto, como recordando que le trajo allí, miró a Mateu. En su mirada se veía compasión y orgullo. Se acercó a él, a la cama dónde reposaba, y miró a su esposa.

-¿Ha dicho algo en mi ausencia?. Él es la respuesta, el debió ver el rostro de aquellos malechores.-habló con calma, de forma serena. Allí, el mayordomo respiraba con dificultad.

-Amic, no moriréis. No habéis nacido débil, como esos enclenques castellanos. Y por mi parte, tuyo es mi respeto, y mi veneración. Os habéis enfrentado a la situación como un héroe. Esto no pasará desapercibido. Seréis más para mí que él Estívella para el Rey.-dijo al moribundo, dandole unas palmadas, que seguramente le habrían dolido bastante.

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Mateu


Con unas palmadas su paz secó. Los sonidos volvieron a llegarle con claridad, el férreo aroma de la sangre se abrió paso hasta sus fosas nasales y el dolor que parecía dormido, despertó para su desgracia, con más fiereza que antes. Lo único que no parecía volver a él, eran las fuerzas para gritar y ya que no podía, utilizó las pocas que tenía para abrir los ojos y recorrer el techo de la estancia hasta detenerse en un rostro.

- Mi s... - Reconoció el rostro del Borja y alargó una mano febril y temblorosa hacia él, como hiciera horas antes con el galeno. - Ant... - tragó saliva. - ...so no... llorar- Por un momento parecía caer en la inconsciencia nuevamente pero logró levantar los párpados y enfocar al señor de la casa una vez más. - Reb... Nan... beca.

Y de nuevo, la paz.
Nicolino


-¿Rebeca?¿Ha dicho Rebeca?¿Y nana...?-dijo el Borja, al oír las temblorosas palabras de Mateu. Por un instante su rostro se iluminó. Tenían un nombre, un primer indicio, que se presentó ante ellos de forma casi milagrosa, cuando las esperanzas menguaban y la frustración se apoderaba de Nicolás. Era un indicio que por cierto, sus suegros no tenían, lo cual pensaba él que facilitaría las cosas para sus planes. Realmente no le gustaba tenerlos en medio en un momento tan delicado.

Como buscando una confirmación, el Borja se volteó, mirando a su esposa. Su mirada, de pronto, pareció estar cargada con un atisbo de acusación...


-Así que Rebeca...vos sabéis los nombres del personal del Palau. ¿Habéis contratado a alguien más sin mi aval?-o su aval ligero, que lo concedía sin indagar demasiado a cualquier propuesta de su esposa, tal como la estimaba.

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Rose_de_anthares


Durante todo el tiempo, tal cuál un animal, bociferó sin sentido. Se había prometido mantener la sangre fría, por su hija, esa misma que ahora se negaba imprudentemente a cumplir las ordenes de su padre. Y se mantuvo en silencio, inmóvil, con la mirada fia en la situación, Ederne no podía más que llorar y Nicolás continuaba gritando en contra de sus personas como si no estuvieran ahí. Si fuese otra, sino fuera aprecio lo que sentía por aquel hombre que se había casado con su hija, le habría mandado a cortar la lengua ahí mismo, o peor, a repartir las partes de su cuerpo por el Reino como eemplo para quienes osaran comportarse siquiera como él lo hacía. Sin embargo esa no era su peor falta, lo que no le perdonaba era que por su falta de atención, su tacañería, mantuviera a su hija desprotegida en aquellos tiempos tan peligrosos y que por su única culpa, sus nietos corrieran tan oscura suerte.

- ¿Inutil? - eso le pareció intolerable - ¿inutil toda ayuda posible para buscar a los bebes? - el Borja fue a hablar con el moribundo hombre, tenía un nombre. Pero antes que pudiera seguir hablando, la Reina intervino, saliendo desde las sombras como la leona presta para hacerse de su victima - Ederne salid, todos fuera. AHORA - la joven hija replicó, más el resto obedeció inmediatamente. La tomó del brazo y la sacó fuera, cerrando la habitación. En su espalda podía oir la voz desafiante de su yerno, creyendo por escasos minutos que él era un igual para ella, era su familia, pero no su sangre; era su amigo, pero eso no le daba la autoridad para dirigirse a ella o al rey de la forma en que lo hacía.

Se giró tan rápido y con tal velocidad alzó la mano, abofeteándo el rostro del Borja. Con el rostro sorprendido, con el calor cubriendo el rostro por la ira, la Reina tomó de la barbilla al Borja y desafiante le habló - corta y penosa vida tendréis como oséis volver a hablar o dirigiros de esa forma al Rey o a mi. No olvidéis vuestra posición aquí, ni sois un valiente, ni sois un orgulloso, sois un padre y como tal comportaos. La proxima vez no seré tan gentil con vos, id ahora y preocuparos de tomar a la gente necesaria para organizar la busqueda.

Le soltó el rostro y se giró sin mirarle, abrió la puerta y tampoco sin mediar palabra a Ederne abandó la habitación para reunirse con la guardia y ordenarles trabajaran en conjunto con el Borja.

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Ederne_bp


Quise entender a mi esposo en sus primeras palabras, ¿acaso no quería el apoyo que venían a ofrecer mis padres, ¿despreciar un ejército? - atónita le mire, aquello me confundía completamente, Nicolás hablaba como si en ello se le fuera la vida, defendía mi postura de no dejarme ir del Palau, pero comenzaba una pugna por el poder de encontrar a los pequeños, como si toda ayuda no fuera necesaria en aquel momento, como si las respuestas a donde se encontraban los pequeños estuvieran en aquella habitación y no afuera en pleno campo.

Mi madre desde un extremo seguía en completo silencio incluso después que mi padre abandonara la habitación, mas Nicolás continúo con sus palabras, esta vez cercano al cuerpo de Mateu, quien en ese momento se quejaba y volvía a borbotar palabras sin sentido.
Nico... – quise decirle pero el volvió a hablar obviando todo -¿Rebeca?¿Ha dicho Rebeca?¿Y nana...? – Asentí ante aquella pregunta – se ref… - quise argumentar, mas Nicolás soltó su última frase - -Así que Rebeca...vos sabéis los nombres del personal del Palau. ¿Habéis contratado a alguien más sin mi aval? – aquello termino por desmoronarme, ahora ¿me culpaba de haber contratado al personal? Y aquella mujer ¿acaso significaba algo? – enmudecí y mire mis manos que en aquel momento comenzaban a sudar, buscando en ellas las explicaciones a aquella duda de mi esposo, las respuestas a ese extraño comportamiento, iba a hablar y explicar que aquella mujer no significaba nada, cuando mi madre rompió su silencio, aquello paso tan rápido que apenas mi mente fue capaz de absorberlo, digerirlo y por ultimo asumirlo, cuando me di cuenta estaba siendo sacada de mi propia casa y se cerraba la puerta en mis propias narices.

No sentí el dolor punzante en el brazo cuando mi madre lo cogió con fuerza para moverme de la habitación, tampoco escuche mucho de sus explicaciones, me quede mirando la puerta, desconcertada con la respiración acelerada y enfurecida, volví a ser consciente de todo cuando las uñas se me enterraron en las palmas de las manos, tenia los puños apretados, y la puerta por fin se abrió arrebolando mis cabellos con el paso firme y lacerante de la reina que salía de la habitación, alcance a dar un paso atrás y mire a Nicolás que en posición firme y erguido me observaba desde el interior de la habitación.

Pero…. ¿Que paso Nicolás? – nuevas lagrimas se agolparon en mis ojos amenazándome con salir. Necesite de todo mi dominio para que estas no cayeran, mas las piernas no me respondieron – Nicolás avanzo, cómo necesitaba su abrazo en aquel momento, mas paso por mi lado en silencio hacia la planta baja… - cuando se perdió en las escaleras las lágrimas cayeron sin poder evitarlo.

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Aleida


En algún lugar recóndito de la ciudad de Xátiva...

Duérmete ya condenada... ¿que tanto miras para todos lados?- la bebita Aleida no hacia mas que mirar para todos lados. No podía dormir. Extraba tanto a su madre y a su padre. El calor de su casa. El lugar en donde se encontraba era terriblemente frío, húmedo y tenia olor a encierro. Por alguna extraña razón... no habían recorrido demasiado tiempo, por lo que le lugar debería estar dentro de los alrededores.

La mujer que la tenía, le estaba dando la leche, al desistir de intentar hacerla dormir. Cosa que no lograría. Aleida llevaba mas de tres días, sin dormir. Y para ser una bebe... eso era extraño. En los momentos en que llegaba el hombre al lugar, a la Borja se le paraba el corazón. Ese hombre nunca la trataba bien, y siempre que la alzaba le dolía. Entró, al parecer de muy malhumor. Agarro a la beba de los brazos de la mujer, y con mucha fuerza y desdén la coloco en un colchón maloliente, inevitablemente la beba rompió a llorar otra vez. Esta vez nadie la callo, y sus llantos continuaron por horas.

Mientras tanto el hombre intentaba hacerse con la mujer, descargarse.

La beba continuaba llorando... y llorando...

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Hijar


-Doscientas alabardas al cuartel de Castellón, ese es el trato, herrero.

El Peñalver hizo un gesto a un soldado y éste le extendió al feliz hombre una gran bolsa en la que se oían rechinar los escudos valencianos. El hombre, ataviado con el manto de la faena todavía, hizo un gesto afirmativo y, tras guardar el dinero, empezó a cargar en el carro la mercancía, junto a otros dos soldados, todos ataviados con el uniforme del Gloriós del Rei Anzo.

Híjar, vestido de estricto negro, sin más ornamentación que el blasón de su apellido en la pechera de la armadura, constituía una figura lúgubre y potente. Estaba en un pequeño pueblo entre Valencia y Játiva, y ya llevaba varios días supervisando una serie de envíos a los regimientos de las distintas villas del Reino. Rompió un pergamino que llevaba en la mano, haciendo notar así que el último de los envíos estaba preparado.

Cuando ya estaba dispuesto encima de su percherón, también negro como el tizón, un soldado llegó cabalgando desde el norte. Se le acercó, bajó del caballo y le dio al Maestre una carta que venía desde Valencia, con sello Real. Híjar se apresuró a abrirla pues, si no fuera importante, no la hubieran enviado hasta ahí buscándole.

Y las noticias nefastas llegaron a su ojos. No perdió ni un momento.

-¡Alférez! -su segundo al mando se encuadró- terminad el trabajo y volved a la Capital. Esperad mis órdenes.

El oficial hizo un gesto afirmativo. Estaba acostumbrado a lo escueto de las órdenes de Híjar y obedeció sin pregunta alguna.

Como alma que lleva el diablo, el Peñalver cabalgó hacia Játiva; solo estaba a tres horas a ese paso y, ya acostumbrado a los trotes rápidos de urgencia, había conseguido adaptar su mente a ese tipo de viajes; pensaba y pensaba en lo que iba a hacer, en qué pasos seguir dependiendo de la situación que allí se diera...

Entre tanto pensamiento, no pudo evitar echar la vista a muchos años atrás y recordar... él no era más que un joven soldado en Morella cuando se le encomendó el buscar a la Infanta Ederne. Aquello acabó en aventura. Ahora, lo que Híjar esperaba es que esto no acabase en tragedia.

Llegó al palacio del Borja, los soldados se limitaban a saludar a su paso. Imaginaba la escena que se encontraría; sirvientes locos corriendo de un lado a otro y Nicolás organizándolo todo; también sentía pena en su propio corazón al imaginar el sentimiento de la Infanta, pues el vínculo que una madre tiene hacia sus hijos se hace poderoso en la alegría... pero aún más en el dolor.

Sin embargo, no dejó de sorprenderse al ver ahí a la Reina de Valencia y a varios soldados junto a los señores de la casa. Sin dudarlo y sin perder tiempo, el Peñalver se colocó entre ellos diciendo:

-Majestad, Nicolás, Ederne... no me desharé en consuelo pues poco sirve en estos momentos... -Híjar habló con la brusquedad que el momento requería- ...en vez de ello, dadme la mínima reseña, u ordenadme salir a revolver cualquier agujero de Játiva, y os juro por toda la lealtad que os tengo, Majestad, que en horas tendréis la cabeza del culpable tan cerca como a vuestros pequeños sanos y salvos.

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La_perra


El lugar donde se estaban escondiendo era una cueva perdida que existía en algún sitio lejos de los caminos principales, llevaban caminando horas y las dos criaturas no habían cesado de llorar durante el viaje.

El morral que había preparado la Perra con algunos utensilios había servido de ayuda en las primeras horas de la mañana cuando ambos pequeños habían reclamado su alimento.
No eran tan pequeños y aunque no tenían desarrollados sus dientes, recibieron el alimento un poco más solido remojado con un poco de leche de vaca que había puesto en un cuenco.

El sitio era húmedo y oscuro, y tenía un olor fatal quizás debido a que allí se guarecían animales en otros tiempos.
¿Y ahora que, Rata? ¿Vamos a estar aquí, con los bebes, exponiéndolos? Nos pillaran en menos que canta un gallo, que lo sepas – dijo la mujer con voz extenuada pero no sin fuerza en la voz.

No sé cómo te vine a hacer caso, pensé que ese malnacido que te contrató al menos habría previsto donde tener a los pequeños - miro a ambos niños que descansaban solo gorgoreando en un poco de paja que había en la cueva.

El niño hace mucho que ni se mueve – se paso la mano por la frente limpiándose el sudor, estaba tan cansada luego de caminar con el niño en brazos, aunque era delgado el camino había demostrado que sus brazos no eran tan fuertes como pensaba, así mismo había visto al niño debilitarse, las mantas en las que había sido envuelto al salir se habían ido calentando a medida que la noche avanzaba, y al llegar a la cueva, la mujer le había sacado de ellas para que tomase un poco de aire y le había notado empapado en sudor – el chico está enfermo Rata, si no lo devolvemos pronto a su madre, morirá – a pesar del gran agotamiento que sentía se acerco al niño para ver como se encontraba, este respiraba con dificultad y comenzaba a tener fiebres, toco la niña para ver si estaba en las mismas condiciones, pero, al contrario que su hermano, esta se encontraba en perfecto estado observándolo todo con sus grandes ojazos, la Perra intento sonreír a la pequeña o hacerle alguna gracia y elevo la boca en una sonrisa que no le llego a los ojos, luego se volvió hacia el Rata que no hacía más que rumiar un mendrugo de pan.

Nos colgaran por esto, maldito bastardo, más vale que tu jefe llegue pronto con algún buen plan, como se mueran ve despidiéndote de tu cabeza – la mujer sabia cual sería su destino, y estaba segura que aquella sería la mejor solución a su miserable vida, sabía que no podría vivir con la culpa de haber sacado de su hogar a dos indefensos niños, así como jamás viviría con la conciencia maldiciéndola por haber matado al mayordomo - ¿porque tenía que aparecer justo en ese momento!!? – dijo entre dientes a lo que el Rata, que apenas prestaba atención, pregunto – ¡de que hablas mujer!

La_rata


La noche se cerraba poco a poco un día más, y el tiempo frío me consumía. Poco a poco los días se iban haciendo más cortos y el cansancio hacía mella. Aquella cueva en el centro del cerrado bosque de Játiva se estaba convirtiendo en una cárcel poco a poco con el paso de los días, pero salir de allí sería un peligro para el plan, teniendo en cuanta que habríamos de pasar por en medio de la ciudad de nuevo, hacia el norte.

Algunos viejos enseres de pastores de la zona se acumulaban al fondo de la cueva, pero junto a ellos también les acompañaban excrementos de sus animales de otra época. La Perra me miraba y permanecía sentada sobre un viejo colchón, acunando al niño que cada día tenía peor color, y con la niña a un costado lloriqueando como hacía tres jornadas.

¡Te juro que como no se calle de una vez os rebano el cuello a los tres!
– grité malhumorado - ¡Me tiene negro esa maldita malnacida!

La tensión iba aumentando a cada día que pasaba y más aún cuando los escasos alimentos que habíamos traído amenazaban con consumirse definitivamente.

¡Esa ramera del Cerdo me las va a pagar bien caras! – gruñí – “Al segundo día llegarán a la cabaña dos hombres a recogeros y acompañaros hasta aquí” me había dicho… ¡Ya veo! ¡Maldito Cerdo embustero!

La niña gritó entonces con mayor fuerza, con un estridente y agudo alarido al escuchar el revuelo a su alrededor que me retumbó en los oidos.

Me niego a morir aquí de hambre o desquiciado. Nos vamos al amanecer, prepara a esos diablos… - ordené.

Rata… este niño está muy mal – me anunció una vez más ella.

Como si palma… ¿Crees que me importa? – le espeté.

Me recosté sobre un viejo banco, en busca de un nuevo plan para escapar del bosque de Játiva, hasta caer dormido.


Antso


De un momento a otro, no entendía nada. Estaba mareado y un frío comenzaba a recorrerle el cuerpo, pese a que lo llevaban en brazos y aferrado, no lograba sentir el calor de la mujer que lo tenía cargado.

Abrió los ojos con pesadez cuando lo depositaron sobre algo duro que no reconoció como el lugar donde siempre acostumbraba a descansar, y se inquietó. Miró al frente y reconoció el rostro que siempre le acompañaba, igual de asustado que él; y ¿qué se suponía que ocurría? ¿Cómo avisar que tenía frío y empezaba a darle hambre?
Deseaba con todas sus fuerzas dormirse, pero estaba agotado sin saber por qué, y ni siquiera descansar podía. Cerró los ojos con fuerza y bostezó; se relajó y quietito como estaba, intento encontrar el calor que ya no le dejaba sentir los pies.

Lo despertaron, y no fue el llanto del otro ser que le acompañaba siempre, a ella ya estaba acostumbrado; fue el hecho de que lo destaparan y cambiaran las prendas... Más cansancio sintió, y un hambre voraz, que por instinto, le hizo buscar con sus labios a modo de succión de donde beber.
Cuando no encontró nada, ni siquiera se molestó en comenzar a llamar para que se acercaran a alimentarlo; no, ya se sentía tan abrumado y agotado que no poseía las fuerzas para nada. Bajó su rostro e intentó ocultar su cuello, juntando su mentón con las telas que lo recubrían.

Una mezcla de miedo, añoranza, frío y extrañas sensaciones, no le dejaban si quiera mantener los ojos abiertos, pero tampoco entregarse a Morpheo.
Escuchaba ruidos, conversaciones y a diferencia de otras ocasiones, deseó silencio, algo le dolía, le molestaba, le inquietaba, pero no lograba definir qué; el poco manejo de su cuerpo y entendimiento de sensaciones no le dejaba anunciar nada.
No iba a llorar, no tenía fuerzas, entonces simplemente abrió como pudo sus ojos una vez más, y éstos empañados como estaban desde hacía un rato, buscaron con dificultad a la mujer para suplicar una solución a lo que le estaba molestando y más abrigo con urgencia.

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