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[RP] Veneno en la piel

Adelaine
Hacía tiempo que no se deleitaba dormir sobre una cama, que entre el suelo y el montón de paja que tenía en su hogar, se sentía dichosa. Sintió movimiento a su alrededor, pero decidió hace caso omiso, lo último que quería era abrir los ojos.


-No veo la hora de dormir en una cama. -le confesó a Lisena mientras arribaban al hostal. Su cuerpo se había vuelto una piedra, sobretodo sus hombros, cuello y espalda. El sueño y los sentidos al vilo no le ofrecían un descanso reparador, más las horas cabalgando. Cómo era de esperar, el francés era la única lengua que se manejaba, haciendo sentir Adela incomoda, vulnerable e irritable.

Para su sorpresa, Lisena se las pudo ingeniar con el idioma para hacerse entender, no hablaba fluido, pero le sirvió para el dueño del lugar acceder a darle una habitación. Ni bien se acomodaron en los aposentos, Adela empezó a quitarse su vestido, donde la blancura quedo de antaño, cubierto con motas verdes y marrones. Quedando en ropa interior se escabullo entre frías y húmedas sabanas mientras Olivia se subía a los pies de la cama.


-No me siento en ánimos para bajar a cenar. -dijo casi como un ronroneo. -A estas alturas se me parte la cabeza del dolor.

Lo último que quería era oír el bullicio incompresible de los demás que se hospedaban. Y con respecto a la comida, con sólo pensarlo se le cerraba el estomago. ¿Acaso se estaba enfermando? Sí, estaba enferma, del agotamiento, del cansancio y de la fatiga. Lo único que necesitaba era un buen descansar y un buen despertar. Bueno, lo último podríamos decir que dejo mucho que desear...

Esa mañana Olivia no la despertó lavando su cara con su lengua áspera como solía hacerlo. Al contrario, se estaba moviendo de un lado al otro en los pies de la cama casi pisándose sus cuatro patas. Abrió un ojo y vio que Lisena se había levantado.


-Cómo si hubiera visto un fantasma. -la rubia se pudo haber incorporado, pero su cuerpo no le respondía. Sus músculos se habían relajado de tal forma que maniobrar con ellos parecía un desafió.

    Desmayarse, atreverse, estar furioso,
    áspero, tierno, liberal, esquivo,
    alentado, mortal, difunto, vivo,
    leal, traidor, cobarde y animoso;


-¿Qué esta pasando?

    no hallar fuera del bien centro y reposo,
    mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
    enojado, valiente, fugitivo,
    satisfecho, ofendido, receloso.


Adela giró la cabeza intentando de mirar por encima de su hombro. Olivia le obstruía la vista con su cola.

    Huir el rostro al claro desengaño,
    beber veneno por licor süave,
    olvidar el provecho, amar el daño;


Le dio un empujón a Olivia con su pie. Ésta se sobresalto e hizo ademán con sus fauces abiertas para morderla. Le dio otra patada, esta vez más fuerte para corregirla.

    creer que un cielo en un infierno cabe,
    dar la vida y el alma a un desengaño;
    esto es amor,... quien lo probó lo sabe.


Se sentó mostrando su torso semi-desnudo. Su semblante siempre cálido y amigable se torno gélido e inquisitorio. No hacía falta palabras para sacar conclusiones, ni conocer historias para saber que estaba sucediendo. Permaneció en aquella postura, con las manos sosteniendo su torso, las piernas enroscadas en las sabanas y sus labios rosados entreabiertos. La mirada azur clavada en la puerta, esperando. "Quiero salir", pudo haber dicho, "quiero salir", pudo haber gritado. Pero hasta la persona más valiente sabría cuando callar.


Si aquel fue el hombre quien hirió los pétalos de la flor de Lis, probablemente, allí se encontraba el final del viaje.

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Asdrubal1
Al de la Barca le habría gustado decir que se había manejado a la perfección por las calles de Foix, que se había hecho entender por los habitantes, pero sería faltar a la verdad, y aunque él en alguna ocasión posterior a su estancia en la ciudad dijera que había hablado a la perfección el francés, la verdad era muy distinta, iba a regañadientes siguiendo a Druso, que sí sabía mencionada lengua, para mayor enfado del de Caspe, a quien le irritaba en profundidad verse sometido a la guía de otro que no fuera él mismo.

Lo llano no caracterizaba precísamente a esa ciudad, había dos partes, una zona alta y otra baja, el castillo dominaba la ciudad que era la capital del Condado del mismo nombre, Asdrubal se hospedaba en una taberna de mala muerte de la zona baja, donde había estado dando gracias durante varios minutos por haber encontrado una habitación medianamente limpia, su plan inicial era abandonar Foix rápidamente para poner rumbo a la Península Itálica, preferentemente una ciudad sureña, que allí por lo menos se hablaba, relativamente, castellano, la cuestión es que tenía que aprovisionarse, y eso le llevaba ya varios días, entre una cosa y la otra, se demoraba ya demasiado en ese maldito Condado, que si herraduras para los caballos, que sí bridas sin desgastar, y luego el avituallamiento, quebraderos de cabeza... Y de bolsillo para el de Caspe, me habrán visto cara de rico, pensaba, esto es una conspiración para arruinarme, si todo es culpa del de la Vigna, por no prevenirme de hacer este viaje de locos.
Dirigió una mirada furibunda al mencionado italiano, aunque se despejó al oir un grito al que se había acostumbrado;


-l'eau!

Ambos se apresuraron a separarse de la ventana de donde provenía el maldito grito, momentos más tarde una tromba de un líquido marrón, que en otro tiempo pretérito había sido agua, caía desde la ventana, que pasó a bajar calle abajo por lo empinado de la calle, anegando todo de barro y mugre;


-¡No lo aguanto más! Nos vamos ahora mismo a los barrios más altos, un segundo más aquí y me voy a morir del asco.

Empujando y despachando a quienes se ponían por delante, se abrió paso el de la Barca, con leves disculpas por parte del italiano, llegados ya a la zona alta, se apreciaba cierta diferencia, por lo menos las calles estaban más limpias, y al ser una zona céntrica, la guardia tenía una presencia más visible, por lo menos ya no tendrían que estar palpando sus bolsas de dinero cada dos por tres... Y no es que llevaran gran cantidad de dinero, pero sí suficiente para copar los numerosos gastos del viaje, que no iban a ser pocos.

L'eau--->El agua.

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Cesar
El contacto de aquella cálida mano con su rostro le apaciguó. Las caricias otrora fueron más abundantes y largas, sin miedo, buscando otro propósito que el de salvarse. ¿O quizás no? Ya le daba igual, había llevado su zurda sobre el dorso de la de Lisena. Arrastrando su mano hasta la altura de los labios del Mallister, con los que la besó mientras no apartaba sus ojos de los de ella. Sus ojos del color del caramelo, dulces, se fundían con los suyos, más claros. Volvió a besar aquella mano.

Algo le había sucedido. Había entrado en la estancia deseando ajustar cuentas con la de Toledo, y, sin embargo, ya no le dolía el orgullo como un rato antes. Su mente ya no era un bullicio de infames torturas, de geniales palabras de venganza. La desnudez de la mujer le había vuelto a atrapar, implacable, con aquellas palabras envenenadas. Versos malditos. Sin embargo el amor no era el motivo de su descortés visita.

Con la otra mano, la diestra, la cogió del mentón y elevó su rostro. Aquel que días atrás había herido, aquel que un año antes había besado. Lo examinó, intentando leer los pensamientos, que ahí aguardaban, tras los luceros de la castellana. De algo no tenía duda. Estaba asustada, se leía el miedo en su rostro, pero seguía ahí, impasible, esperando el fallo a los pies de aquel juez. Ya había hecho su alegato, ahora él deliberaba.
El pulgar de Césare se elevó hasta los labios de la Álvarez, que seguía aguantando la mirada que él desvió hacia aquel carmesí. Con suavidad le acarició el belfo.


-Vine para…

¿Le iba a decir para qué había venido? No iba a ser tan idiota, la tenía a sus pies, doblegada, sin posibilidad de escapar. No se había percatado de la rubia que atrás estaba despierta, ni que había elevado el torso. No se percataba de nada, su mente era un enjambre de ideas, caos. Hasta que una finalmente se le mostró clara, y no era del todo una locura.
Asiándola por el talle la elevó hasta él. Ambos se pusieron en pie. Frente a frente, mirándose de nuevo, esta vez, sin embargo, las manos del Mallister no hirieron aquel cuerpo. Los dedos iban desatando el corpiño hasta liberar aquel torso. Entonces sí. Sí que tenía sentido decirle para que había venido.


-Vine para perdonarte.-y la besó.
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Adelaine
El alba se dibujaba a sus espaldas mientras cabalgaban por los senderos franceses. Durante el día cruzaban las ciudades francesas, y durante la noche, dormitan entre la naturaleza con un improvisado campamento. "Estamos por llegar a Foix" dedujo ante las palabras que intercambiaban sus acompañantes, aquella madrugada donde el cielo aún seguía oscuro.

La marcha era lenta y constante, aunque para ella era una agonía larga y perturbadora. A estas alturas tenía durezas en los dedos debido a las riendas y ampollas se habían formado y reventado por toda la cara interna de los muslos, dejándolas a tal punto que tardaron varias noches para que sanaran.


-Ya hemos llegado. -anuncio alguien, no supo precisar quien había sido por que estaba dormitando sobre el caballo. Cuando se despabila se dio cuenta que ya era hora pasada el mediodía. ¿Cuanto tiempo estuvieron cabalgando a ese ritmo? Dirigió su mirada hacia su derecha y vio a Lisena, se la veía cansada igual que Adela, pero por alguna razón aguantaba más que la rubia. Detrás del perfil de ella estaba el Mallister, compañía que le sentaba como piedra en el estomago, aunque sin motivo concreto aparente.

Volviendo su mirada hacía el frente, sí, efectivamente habían llegado. Su entorno comenzó a cambiar, de vegetación frondosa a extensos campos de cultivos en plena etapa de crecimiento, hasta las primeras viviendas signo de urbanización. Foix era igual a las que habían pasado anteriormente, no cambiaba mucho. Seguían hablando de forma incomprensible a sus oídos y todas las ciudades, salvo alguna variación en las fachadas de las casas, no variaba mucho de Aragón.

Llego el turno de la actividad que más ansiaba Adela. Elegir un sitio para dormir. Ella no resulto demasiado pretenciosa a la hora de la elección, aunque tampoco iba a permitir un lugar equivalente o peor que dormir con el cielo de techo. Cuando decidieron, acomodaron los caballos en sus establos y se fueron a instalar a la habitación.

La rubia aprovecho para cambiarse de ropa. Se situo en un rincón de la habitación y empezó a maniobrar. Saco de aquel zurrón que se había apropiado un trozo de tela de baja calidad que compro en el camino, se quito el vestido que se encontraba desgarrado y quedó en ropa interior. De la misma habilidad que le había echo el velo a Lisena, se hizo un híbrido entre toga y vestido que cubría todo su cuerpo, dejando sólo sus brazos y sus pies al descubierto. Después de eso, no pudo evitar tirarse encima de la cama y al fin sintió el cuerpo como se iban las contracturas musculares.


-¿Tenemos algo para beber? Me entro sed.

Olivia se acomodo sobre el vientre de Adela, nuevamente obstruyendo la mirada a sus alrededores. Parecía una maña nueva que adquirió. Se sentó, moviendo a la zorra a su regazo y quedo a la espera de una respuesta, la garganta le ardía de la sequedad y un buen trago de vino o agua no le vendría mal.
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Lisena
Se estremeció ante el contacto de aquella cálida mano. Aún lo recordaba, sus labios sobre los suyos, acariciándolos, mordiéndolos, deseándolos tanto como a su cuerpo... Y de nuevo aquella volátil mano, que la había descubierto ante él y la asía ora sobre la montura.

Despertó de aquel sueño en el que había mantenido un ojo abierto. Aún sostenía las riendas de su cabalgadura a pesar de que era el Mallister quien las guiaba, tras ella, abrazándola con sus fuertes brazos. Esos brazos que la habían golpeado atrás en el tiempo y más anteriormente la habían hecho suya, algo que volvería a repetirse, y la mantuvieron bajo su recaudo una buena jornada durante sus andanzas en la Toscana.
Se recostó sobre su pecho, cansada del viaje, hastiada del tiempo. Desde que se reconciliaran no habían vuelto a mantener conversación alguna salvo las de las caricias y miradas fortuitas, que se volvían en conversaciones fugaces y elocuentes que jamás hallaban fin hasta que Adelaine les espetaba que era la hora de cenar. O de comer. No sabía bien, incluso confundía el tiempo. Ya no sabía si el Sol salía desde oriente o desde poniente, o si las estrellas cubrían su camino como un manto o si su camino se escondía bajo ellas. Y todo se había vuelto en una constante burla al desdén de los tiempos pasados y en motivo por los que recordarlos, día tras día, noche tras noche, hasta Foix. La desconfianza aún mellaba en ella y sin embargo en ocasiones sentía la repentina fuerza de la desesperación corriendo por sus venas, empujándola a armarse ante él, temerosa por su mano. Que si quería la reclamaba, que si quería la amansaba, y poco importaba el método a utilizar.
Aún no sabía cómo reaccionar ante sus reclamos y con considerado respeto se aproximaba hasta él y le ofrecía un plato con la cena por las noches o un tazón de leche por las mañanas. Ella se conformaba con mirarle comer, beber después, y se alimentaba con el odio que en él parecía haber desaparecido. Lisena aún le guardaba cierto rencor, de un amargo dulzor que camuflaba con un beso en una mejilla después. Y una sonrisa, llena de angustia, y un parpadeo colosal. Casi inalcanzable, indagando en sus pesares por el espejo de su alma.

Sólo bajaba la guardia, o se veía capaz de bajarla, cuando se acercaba a Adelaine y compartía con ella historias. Y cada noche le contaba, migaja tras migaja, cuál era la relación que le unía al Mallister más allá de los encuentros fortuitos durante aquesta aventura. Y tras aquello y sin poder evitarlo, no podía más que volver la mirada hacia él, que las miraba recostado y absorto tras el fuego, y sonreírle sin reparos. Recordaba gratos sus días en Roma a pesar de todo.


Aquella misma noche, e instantes antes de que el alba retratase sus siluetas, logró convencer al Mallister de regresar con ella a los territorios tanos. A diferencia de la primera vez que se conocieron, fue explicándole el motivo de su viaje con la verdad en su diestra; desesperaba, a veces, cuando Césare la preguntaba de más, pero no había nada mejor que un beso para apaciguar su curiosidad y gusto de conocer. Después, Foix comenzó a dibujarse más nítida y fue al ocaso del Sol cuando pudieron acomodarse en una humilde posada.


¿Tenemos algo para beber? Me entró sed.

Efectivamente, hacía una jornada que se les había agotado la bota de vino y agua, y aunque ninguno de ellos recordaba aquella incómoda sensación en la que el cuerpo pide a gritos reponer las fuerzas con morapio, el comentario de Adela les bastó para mirarse con complicidad.

Tienes razón... Aún puedo hacerme entender con el posadero para que nos dé buena cena y vino para acompañar. –Reflexionó en voz alta, por primera vez durante el camino. Un buen guiso, unos naipes después acompañando el candor del alcohol y aligerar tensiones mientras tanto. Percibía la desconfianza de Adela hacia Césare. No era tonta aquella rubia, por Dios que no lo era.- Yo... Bueno, aún tengo dinero... Así que corre a mi cuenta. ¿Qué me decís? –Les sugirió de nuevo.

La idea les fue grata pues tardaron poco en adecentarse. Lisena incluso aprovechó aquel corto tiempo de espera para contar las monedas. Cinco de oro y dos de plata bastarían por aquella noche, e incluso aún sobraba por lo menos la mitad del saquito, el cual se preocupó de guardar bajo sus faldas, enganchado al corpiño de una lazada y oculto bajo las telas. También aprovechó para peinar sus cabellos, apenas recogidos por un recogedor de madera entre sus orejas, cayendo el resto de la ondulada melena negra por sus hombros, y se cuidó de tener buen rostro para aquella velada. Procuraba engatusar al valenciano, de nuevo atraparlo entre sus argucias, y por lo que observaba no le sería difícil, los golpes del rostro apenas eran ya un vano recuerdo, y bien sabía el Diablo lo bella que estaba. Y si no bajase Dios y lo viera.
Después de todo, fue la belleza lo que había encandilado desde un principio al tano y esperaba que siguiera siendo así. Por lo que, apremiándoles a descender las escaleras hasta la taberna de la posada, se acercó y pidió una buena cena para ellos, en una mesa apartada del jolgorio, y después se sentaron todos en ella a la espera de la comida. En unos bancos muy extensos, que bien cabían más de tres personas en ellos, y Lisena enfrentada a Adelaine, junto al Mallister aún, sin separarse. ¿Y cómo hacerlo?, si cada vez que lo intentaba le podía el temor. A perderlo, de nuevo, y no conseguir de nuevo otra venganza que se había propuesto el mismo día que la cogió de los pelos. O quizás se propuso que sería ese el temor, y no que desde lo muy hondo de su ser, de su corazón, empezaba a ver la poca humildad del hombre, la persona bajo aquella coraza de ogro.

Se deshizo nuevamente de aquellas ideas y, echando a reír, dio de nuevo un trago al vino que les habían servido durante la espera. Habían culminado ya la cena y el posadero se apremió a enviar más vino y unos naipes, y era el Mallister quien, entre las risas distendidas de ellas, intentaba enseñarles a jugar. Pero ellas ya sabían, y se hacían las suecas, porque era parte del oficio el hacerse las locas. Y así, poco a poco, fueron desplumándole, hasta que Adelaine levantó el rostro de su mano de cartas, interesada en algo. Lisena miró hacia atrás, alarmada por el interés de la rubia, y logró ver, la silueta de un hombre, vacilando entre si acercarse o no, mientras el Mallister continuaba pensando en qué hacer con su reina de corazones.

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Asdrubal1
Sin embargo, pese a sus ansias para salir de la pocilga que constituían las costumbres que estilaban los de las zonas más bajas, su bolsa no era tan abultada como para permitirse una estancia prolongada en esa área en concreto, así que, a regañadientes, tornaron a su poca suntuosa posada.

Las calles estaban poco transitadas, lo cual facilitó el camino, detestaba tener que abrise paso entre unas calles en las que los comerciantes pugnaban el dominio sobre la clientela, lo cual era sumamente irritante, y totalmente imposible, pues si no era un maldito zagal que te empujaba a un lado, era un comerciante que sin el menor indicio de respeto se atrevía a agarrarle de la manga a ofrecerle sus productos.

Pero eso no pasaba en ese día, la gente habrá encontrado una mejor manera de malgastar sus malditas vidas, pensó el de la Barca, esos pensamientos cambiaron drásticamente al entrar en el hostal y ver quien se hallaba en él, de todos las tabernas de mala muerte, de todas las Coronas y tenía que haber elegido la Francesa, pensaba, bueno, habrá que comportarse según el protocolo; esbozó un proyecto de sonrisa y se acercó impasible tomando asiento al lado de una dama de cabellos rubios, bastante agradable a la vista la verdad, pero en esos instantes solo prestaba su atención al Mallister;


-No sabía que estábais en Foix Cesare... Vaya, tu fama realza en demasía tus verdaderas dotes en diversos aspectos... Viendo con quien te codeas... Y que necesitas pagar para conseguir... favores de diversa índole, no sé si me hago entender...

Pidió dos copas de vino, una se la tomó, y otra se la tendió a la muchacha rubia, no la conocía, ni la había visto jamás, pero le caía en gracia, aunque por sus vestiduras entendía que se dedicaba a lo mismo que la que no se despegaba del Mallister, lo cual le desagradaba hasta cierta medida, no lo suficiente para rechazarla, pero sí como para mantenerle a cierta distancia... No porque tuviera perjuicios contra ella, más bien por sus manías personales, le daba asco pensar en cuantas manos habría estado, cuanto hacía que no probaba un baño decente... Lo idóneo era hacerlo una vez al mes como mínimo...

-Yo que vosotros, no probaba nada de lo que sirvieran aquí, salvo claro está, la bebida, que es lo único que se salva de este tugurio, no aceptéis su comida, sino queréis levantaros mañana con el mayor dolor de estómago de vuestra existencia... Pero claro, sois muy libres de rechazar el consejo de la experiencia.

Se libró de uno de los anillos que exhibía en su mano y se lo tendió a la rubia, con una media sonrisa;

-¿Y tu nombre es? No soporto ver a una joven como tu sin ningún engalamiento, por todos los Santos, haces daño a la vista.

Hablaba en tono despreocupado, ignorando al Mallister y a su acompañante, la verdad es que poco le importaba, pero estaba harto de no tener alguien medianamente decente con quien hablar, y había intentado aprender algo de francés, pero lo había deshechado rápidamente, no le gustaba aquella lengua, y Druso no daba mucha conversación que se dijera, se dirigió sin esperar respuesta de la rubia a la otra;

-Bien, al Mallister le conozco, pero tu cara me es nueva, ¿Quien eres?

Ya contestarán las dos ahora, pensó, levemente se presentó diciendo con el mismo tono despreocupado que al empezar;

-Pero que modales los míos, yo soy Asdrubal, Asdrubal de la Barca.
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Adelaine
La odalisca mantenía la mirada hacía las cartas, pues aparentaba ser una buena mano en base a las explicaciones (casi en vano) de Césare. Se hallaba relajada, ya que las tensiones del camino se difuminaron con el vino, el guiso y las risas de complicidad. En el transcurso de las jornadas de viaje, cuando compartían momento a solas las dos mujeres, intercambiaban experiencias y técnicas. Adela le enseñaba a Lisena el arte de la danza, y a la inversa, ella la teoría del arte de su profesión. Fascinada se encontró en un principio, más allá de haber trabajado en burdeles como entretenimiento y conocía los manejos más que nadie, debía admitir que el amancebamiento podría resultar efectivo. Sólo bastaba buscar, y saber mirar.

En ese ambiente ameno, de vez en cuando aprovechaba a mirar sus alrededores. Lo analizaba como si se tratase de una obra teatral, siendo ella la única espectadora. Dejaba mucho que desear, entre borrachos gritando a carcajadas por un chiste subido de tono, o por haber perdido una mano con los naipes, hasta los posaderos que corrían de un lado al otro atendiendo haciendo malabarismos con los jarros y platos. Volvió la mirada a sus cartas y cuando tenía que prestar atención al italiano, volvía a mirar por el rabillo del ojo, hasta que alguien capto su atención. Con un leve disimulo, alzó la mirada con interés ante el vacilante hombre, y la volvió a bajar sus cartas cuando observo que se acercaba hacía ellos.

Como el extraño comenzó a entablar una conversación con el Mallister, ignorándola, automáticamente las dos muchachas continuaron con su partida de naipes inventando reglas en el momento para seguir con aquel juego de hacerse las suecas. Reían y bebían, haciendo de cuenta que eran ajenas a ellos. El desconocido le invito una copa de vino, al que sólo Adela agradeció con un simple gracias y una sonrisa, llevándose la copa sólo para mojar sus labios y paladar. Volvió al juego, pero al parecer los participantes habían cambiado al igual que sus reglas.


-¿Y tu nombre es? No soporto ver a una joven como tu sin ningún engalamiento, por todos los Santos, haces daño a la vista.

Le dijo aquel hombre mientras le tendía el anillo, con una sonrisa que junto a sus palabras pudo deducir que más de cortesía parecía asqueado. En otro instante, la hubiera ofendido y la bronca que le echaría sería monumental, o sino cambiar de un tono cortés a uno envenenado o un simple fruncir su semblante dejando en claro que no lo quería ahí.

Pero sólo se limito a expresar sorpresa y agradecimiento de forma nata. Después de todo, el juego no había terminado. Tomo el anillo con cautela, deslizando sus dedos de forma tal que el tacto con sus manos sea mayor. Sonreía ante el inesperado ofrecimiento, ¿o acaso era una oferta? Eso la dejo dudativa en su fuero interno mientras intentaba calzarse el anillo en sus dedos, a la vez que aquel hombre se dirigía hacía Lisena y se presentaba como Asdrubal.

Hay veces donde todo viene como anillo al dedo, pero en este caso, no era precisamente ese anillo que le venía al dedo.


-Un placer conoceros, Asdrubal de la Barca. Yo soy Adela Olivé. -hizo una pausa y bajo la mirada hacía su puño. Con su mano libre la deslizo para tomar y abrir la de él. Sintió cierta incomodidad proveniente de Asdrubal, la cual no evito que Adela riera entre dientes. -Gracias por vuestro anillo, sea préstamo, o regalo. Pero me temo que no estén echos para mis dedos.

Llevó su puño cerrado hacía la palma de la mano de él y le deposito el anillo. Gesticulo su cuerpo con la misma despreocupación como diciendo "la próxima será" y le cerro la mano. Y con la misma forma que le había recibido el anillo, retiro sus manos para volver a sus cartas.

-A ver, ¿dónde están tus modales Adela? ¿Deseas unirte a una partida? Estamos aprendiendo, así que podría resultarle un tanto aburrido. Al no ser que busques algo más desafiante.
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Cesar
El mundo era un pañuelo lleno de mocos. Los había altos y bajos, guapos y feos, fuertes y débiles, valientes y cobardes, pero mocos, que al fin y al cabo, tendían a unirse. Y el de la Barca era uno con el cual no deseaba encontrarse. Sobre todo jugando a los naipes, en aquel momento, y en aquel lugar.

No se había percatado de él hasta que ya estaba encima. Halagando a la bionda y soltando insidias sobre él.


-No sabía que estábais en Foix Cesare... Vaya, tu fama realza en demasía tus verdaderas dotes en diversos aspectos... Viendo con quien te codeas... Y que necesitas pagar para conseguir... favores de diversa índole, no sé si me hago entender...

Torció el gesto, claramente irritado. No era una buena manera de iniciar la conversación, y menos con alguien como él. Y se lo iba a cobrar. Así pues, espero pacientemente a que acabara su conversación con Adelaine, pero no se pudo contener.

- A ver, ¿dónde están tus modales Adela? ¿Deseas unirte a una partida? Estamos aprendiendo, así que podría resultarle un tanto aburrido. Al no ser que busques algo más desafiante.

-¡Claro! Uníos, estoy seguro que podréis aprender mucho, quizás algo que por fin os sea de valor- el de la Barca le respondió enarcando una ceja, gesto que el Mallister imitó-.

Tomaron todos asientos alrededor de la mesa, menos el del parche, que aguardaba tras el comerciante. No tardó el Mallister en repartir las cartas, como un hábil crupier, aguantando con la mirada al recién llegado. Dio a todos, hombres y mujeres, experimentados y nóveles, las cartas con la que jugarían aquella partida. Aquello prometía. Empezaba el juego.

-Espero, ilustrísima, os puedo llamar así, ¿no? ignoró la respuesta que le brindó aquel hombre- Espero que sepáis jugar mejor que lo que amáis, ya que dicen aquello de afortunado en el juego desafortunado en amores, ya me entendéis, quizás algún día lleguéis a la altura de un Mallister-no pudo evitar sonreír ante la referencia de su tío-. Veo que aunque el oro no os llegue para adquirir la grandeza de la nobleza, derecho único y exclusivo de nacimiento, si que os veo preocupado por vuestra espalda-lanzó una rápida mirada a Druso-. ¿Tan importante es proteger el poco oro que tenéis? Sabed que a mí no me gusta la pompa, y seguro que a vos tampoco. Además, conocido es por todos que sois soldado, y no conozco de ningún soldado que se guarde las espaldas. Y ningún hombre de armas es tan manco como para ser capaz de herirse a sí mismo. Por lo que…

Hizo una larga pausa, en la que todos se habían callado. Las chicas en silencio, desconociendo el pasado que unía a aquellos dos hombres, el de la Vigna atento, y Asdrubal… Asdrubal expectante. Por precaución el de la Vega sacó la florentina, poniéndola sobre la mesa, cerca suyo, a la vista de todos. Deseaba poder usarla.

-Por lo que sólo me queda una opción, y es que, al igual que a mí, gustéis de obtener placer a cambio de unas monedas. Supongo que a parte de por salvaros el culo, le pagaréis bien porque os lo deleite y que cuando acabe, podáis seguir montando a caballo.

Sonrió con toda la malicia que pudo, esperando a que Asdrubal dijera algo. Desde luego se lo pensaba pasar en grande. Todo estaba dispuesto. Una pelea tabernera, un cuchillazo por aquí, un rajote por allá, y otro que se va al infierno lunar bien despachado.
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Lisena
Los codos sobre la mesa y el pecho aprisionado entre sus brazos, mantenía su nueva mano de cartas en lo alto, observándola bien y guardándose a la vez de que nadie pudiera verle. Pero, ¡por Jah!, qué tontería la mía... Si aquellos dos se miraban como si la vida en el Infierno les fuera en ello y Adela, que estaba enfrentada a ella, tendría que hacer gestos muy descarados para poder hacer tanteo de sus naipes.

Quema una carta. A no ser que os prendáis fuego entre vosotros antes... -le dijo al Mallister, comentando aquello último por lo bajo y consiguiendo la mirada cómplice, casi divertida, de la odalisca. Los hombres por el momento habían ignorado aquel comentario, y en vistas de la apuesta que había hecho Césare, dudó en si continuar con su jugada.

Aunque bien pudiera haber sido aquella una estrategia y un alarde por parte del valenciano. Fuera lo que fuera, a Lisena poco le importaba y, esperando la apuesta del de la Barca, pues era él quien continuaba con las apuestas las cuales se debían igualar, le profirió una dentellada con la mirada, apremiándolo en sus movimientos. La fiorentina del Mallister bien podría ser sacrificada en aquella partida, y ya que Adela había rechazado el anillo...

Miró su mano. Brillaba. Y eso hacía que a Lisena se le fuera la mirada.


¿Asdrubal de la Barca? De la Barca... -Volvió a repetir, después miró a Césare con el ceño fruncido.- ¿Qué apellido es ese? -A continuación frunció los labios también, el gesto relajado y mordiéndolos por último, se le hacía divertido imaginarse a aquel hombre dueño de todas las barcas de Foix. Si era de la Barca, sería porque tendría alguna, supuso. A no ser que fuera un distinguido linaje como el suyo, ¡Álvarez de Toledo! De la Barca... De Toledo... ¿La Barca era algún sitio? Sacudió la cabeza, confusa por aquellos pensamientos.- ¿Os conocéis?, juraría que sí. Porque para que vuesas mercedes se insinúen tales argucias... Dios no quiera que lleven su parte de razón. ¿No es así,... de la Barca?, podría decir que me hallo encantada de veros, más nunca vi a vuased antes. En cambio diría que me encuentro congratulada de conoceros,... claro que... Bueno, habéis sido demasiado avispado con una Álvarez de Toledo. Sabed disculparme.

Quiso teñir su presentación de dulzura e ingenio, el mismo ingenio que ora maniobraba la oportunidad de que fuera la misma vida quien le devolviera la paliza al Mallister, por lo que siendo más melosa de lo habitual en la mirada, siempre cegada por el interés, sonrió a Asdrubal y vigiló después por el rabillo del ojo al Mallister. Parecía sulfurarse, y lo último que quería era que volviese a ser contra ella, por lo que se volvió hacia él y le cogió la mano, que tambaleaba sobre la mesa. Tocotó, tocotó.

¿Placer a cambio de monedas?, ¿y dónde se hallan, esplendor mío y deleite de mis ojos? A Fe que ya os dí de eso. ¡Al ladrón, al ladrón! -rió. Quizás las bromas les fueran gratas a todos. Un siete de tréboles, dos de picas y el Rey de diamantes sobre la mesa.- Me juego todas las apuestas de ésta noche a que ésta partida se volverá más placentera de lo previsto. Lo cual no evitará sus sinsabores.

Tras esto, enarcó una ceja y miró a Adelaine. Ella le había enseñado a bailar, pero Lisena le había enseñado a valorar las oportunidades durante aquel angosto viaje hasta tierras de Foix.
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Asdrubal1
Le estaba costando mantener su pétrea sonrisa, el esfuerzo en no saltar y empezar una pelea en aquél lugar de mala muerte se hacía notar en la forma en la cual apretaba los puños, tanta presión ejercía que se estaba haciendo hasta daño, pero eso ellos no lo podían apreciar, ya que no tenía las manos sobre la mesa, al serenar las manos empezó a tamborilear los dedos sobre la madera, los ojos mostraban en parte lo frenético de la actividad que se estaba gestando en su cabeza, por una parte, la manera de contestar de forma airada al Mallister, cohartando lo que ya sabía que iba a suceder, por otra, pensaba en la mejor forma de contestar a Lisena, de la que ya había oído hablar, en parte su cínico semblante era por eso, como los grandes linajes se rebajaban a esas alturas tan... bajas, mirando sus cartas distraído repuso a Cesar;

-Por supuesto, enseñadme las artes amatorias de los Mallister, ¿decidme por cual empezamos? En la que tenéis que sobornar a una dama para que se vaya con vos... ¿o en el que exhibís un contrato de matrimonio concertado para poder acercaros a la dama en cuestión y luego poder llevarla a donde vos queréis? Contadme, estoy ansioso de ver vuestras obligadas artes para poder atraer a una dulce damisela, pues es bien sabido que si no es contratada u obligada no se os da la posibilidad de enamorarla...

Soltó una carcajada llena de justa venganza, él había mencionado algo que todavía le carcomía como una espina, ahora él se lo devolvía, mas su semblante se tornó pálido ante la segunda flecha envenenada que le lanzó el de la Vega, escondida en falsos halagos había conseguido meter esa ponzoña en sus palabras, los demás habrían notado su tensa palidez si no fuera por las maravillosas habilidades del vino francés aquél, que conseguía a una velocidad sorprendente tintarle las mejillas de rojo, y eso que él consideraba que tenía mucho aguante frente al vino... Puso una cara de falso horror, exagerando el gesto, enarcando una ceja, y haciendo sendos aspavientos de asco y repugnancia;

-Pero...¿Qué me contáis? ¿En serio existen semejantes horrores? Si tan ciertamente conocéis a hombres que cometen semejantes felonías es que lo habéis conocido de primera mano... De primerísima mano...

No dejando que replicara, el que ya se imaginaba Asdrubal, enfurecido Cesar, se volvió a las damas diciendo;

-Por supuesto, hay que igualar apuestas... No querría ofenderos a vos, Lisena, dama de tan augusto linaje, ni por supuesto a nuestra rubia y apreciada... amiga, tan presta a rechazar regalos, pero tan dulce a la hora de poner excusas para hacerlo...

Llamó al tabernero para que trajera otra ronda, las jarras a rebosar sembraron la mesa, y el de la Barca extendió unas cuantas monedas sobre la mesa, no ignoraba el puñal, y sabía como empezar aquello sin poner en riesgo su pellejo, de pronto, volcó la mesa, el líquido desbordó la madera, mojando cartas y escudos, haciendo caer al suelo el puñal, raudo placó contra el Mallister, desembarazándose antes de la chaqueta y lanzándola al suelo, los presentes hicieron otro tanto, haciendo hueco, unos horrorizados, los dueños del local, y otros atentos, los demás, pronto la pelea degeneró en un mar de puños y piernas, a ver quien lograba hacer más daño a quien... Pero, ¿Quién podría parar aquella maraña de golpes?
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Cesar
De ponto se encontraba en el suelo, rodeado de jarras rotas, pedazos de arcilla y vino derramado. Encima de él estaba aquel usurero caspolino. La caída le había dejado algo desorientado y, desde luego, no esperaba tal ataque.

Cayó el primer puñetazo.

Rozó su cara, se hubiera tratado de una caricia en su mejilla si no fuera por la fuerza que llevaba. Con el rabillo del ojo el Mallister vio como la diestra del catalán se elevaba cogiendo impulso. Interpuso las manos, pero no evitó recibir un golpe, hiriéndole la nariz y el labio. Y la siniestra volvió a la carga, dándole de lleno. Los golpes caían verticalmente y se sucedían cada pocos segundos. Sin embargo, antes de recibir un cuarto impacto atacó él, a ciegas, consiguiendo alcanzarle en una oreja con un gancho.

Se levantó aturdido, le sangraba el labio y se notaba la cara dolorida, pronto se le hincharía.
Asdrubal, al igual que el italiano estaba conmocionado, desorientado, no había tenido en cuenta la posibilidad de ser golpeado desde ese ángulo. Pero para desgracia del de la Vega, Druso se encaró mostrando una navaja, o lo que fuera, algo con lo que rajar, ya me entienden vuesas mercedes.
Agarró una silla que había por ahí y la destrozó sobre el de la Vigna, que cayó al suelo, quizás inconsciente, pero a él ya le importaba un pepino, otro menos, y era lo que importaba. Tras despacharlo cogió otra, mirando a aquel hombre.


-¡Bellaco! Más vale que vendas cara la piel por que exhibiré tu testa colgada en mi pared-y se abalanzó.

Alrededor se oían gritos de espanto, hombres y mujeres gritando, pero ninguno intercedía, aunque ya habían llamado al alguacil para que viniera con los corchetes. Debía acabar rápido aquello o le detendrían.

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Asdrubal1
En otro momento y lugar, habría recapacitado sobre lo que estaba haciendo, pero en aquél momento, la ira y el vino tintaban de rojo sus mejillas, aplacando cualquier atisbo de razocinio, empezó con la zurda, seguida de la diestra, a la que respondió la siniestra de nuevo, estaba convencido de que en cuanto acabara con el Mallister no le iban a reconocer ni en su casa, pero cuando ya iba a caer de nuevo su mano buena, cerrada en contundente puño, un ataque de Cesar le sorprendió, cayendo sobre su oreja izquierda, lo que le produjo un molesto pitido, la sangre le empezó a manar de la oreja, eso y unido a una pérdida de equilibrio le dejaron desorientado.

Atisbó a ver al italiano con una especie de cuchillo en la diestra, encarándose al de la Vega, pero falló, siendo derribado por un fuerte golpe de silla por parte de Cesare, el pitido deformó las palabras del Mallister, pero le pudo entender lo importante, placó de nuevo, esta vez con peor fortuna, ya que el de la Vega volvió a armarse con una silla que fue a parar sobre su hombro izquierdo, en otra ocasión habría rezado para que no se lo dislocara, en aquella dedicó a un pensamiento a que no hubiera sido roto, el insoportable sonido que le chirriaba pareció amainar, lo que le dió tiempo a coger una pata de silla astillada y blandirla sobre Cesar, llendo a parar sobre su estómago, aunque el hijo de Condes no pareció notarlo, o se tragó el dolor en pos de ocasionar al de la Barca un mayor daño, pues con un sendo puñetazo de su diestra en la cara, y otro fuerte rodillazo en su estomago, cayó sobre su rodilla, atisbó a ver a la rubia, la que se había presentado como Adela, a lo mejor eran imaginaciones suyas, pero parecía querer intervenir para detener ese caos...

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Adelaine
Ante el abrupto irrumpir del de la Barca, era inevitable el instinto de saltar y salir corriendo por parte de las mujeres. El grito y el asombro no faltaron, mientras contemplaban boquiabierta a unos escasos pasos, sin saber que hacer. Adela le tomo del brazo a Lisena, ella le correspondió, y terminaron con sus manos en el brazo de la otra, mirando con asombro la escena.

La que suponía ser de Olivé sabía que debía hacer algo. La verdad le importaba poco y nada la vida de esos hombres, pero había sido atrapada, envenenada con esas palabras ponzoñosas que se intercambiaban, era una pieza más de aquella trama que se había formado. Y debía hacer algo, mínimo, quedarse observando la carnicería.

Sacudió a la Toledo de forma repentina, como si una idea hubiera atravesado por la cabeza, le soltó un brazo y con el otro sujetado la arrastro con ella hacía donde estaba el posadero. Se acercó a la oreja de él y le susurro casi gritándole al oído, por que el aire estaba saturado de contaminación sonora. Él la miro con desconfianza, pero ante la suplica mirada de la rubia termino asintiendo. Logró comprarlo con su mirar, era algo mínimo hoy, pero esencial a un futuro.

A todo esto no había soltado a Lisena, y tampoco la soltó, sino que la volvió arrastrar, pero esta vez a las habitaciones. Se quejó la morocha, no entendía nada, y no fue hasta que el sonido del ambiente disminuyera para que la rubia le contará su plan. La sorpresa se vio reflejada en su rostro, y como para no, ¿qué clase de idea descabellada había tenido la rubia?

Ingresaron a su habitación y Lis se puso a buscar telas de su bolso, donde consiguió dos ideales para los cuerpos de ella, una azul oscuro y la otra verde esmeralda. Cuando se la repartieron, se desvistieron hasta quedar como vinieron al mundo. Adela tomó la tela verde y empezó a atarla al rededor del cuerpo de Lisena, explicándole en detalle lo que harían a continuación. Se calzó ella la tela y salieron corriendo, volviendo al comedor de la posada.

La escena mucho había cambiado, muchas personas salieron corriendo sin querer formar parte del escándalo, mientras que la poca gente que quedaban gritaban apuestas. También sus participantes, ahora era Asdrubal quién yacía de rodilla al suelo, mientras que Cesaré olía el sabor de la victoria. Un sabor que no lograría deleitar.

La rubia camino por el salón primero, ya estaba acostumbrada a ese tipo de ambientes a diferencia que su compañera. Se dirijan hacía ellos con determinación. Las miradas ajenas comenzaron a desnudarles y dejar la libre imaginación que volará, pero las que les interesaba estaban cegadas de cólera y venganza. Se pusieron en medio de ellos, cada cual enfrentando a un hombre. Adela le clavó a Asdrubal una mirada cálida, desafiante y seductora, con la intensión de terminar con aquel pleito sin sentido más que demostrar quién era más hombre.

El posadero cumplió con su parte, y empezando tenue hasta cobrar fuerza una melodía distinta, donde daría inició a un nuevo de enfrentamiento. Fuego contra fuego. Veneno contra veneno.

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Lisena
Juraría que la tela se le caía por su cuerpo. Que se deslizaba sobre sus pechos y descubría las vergüenzas que deleitarían la vista de muchos. Pero la maldita Adela sabía, ¡vaya si sabía!, cómo fiar la tela al cuerpo por muy poco que cubriera. Tampoco entendió cómo logró que el posadero hiciera sonar aquella música pero, avanzando tal y como Adelaine le enseñara en sus bailes al atardecer, fue subiendo una cadera y avanzando con cada pierna en pasos cortos pero rápidos, así hasta llegar al hombre en cuestión.

Adela era más ágil que ella. Dominaba la técnica, lo demostraba en la práctica, mientras que Lisena entendía la técnica y trataba de ensayarla. Adela hacía movimientos más marcados y rápidos y movía los brazos sólo como el Diablo lo hubiese hecho para engatusar a Asdrubal, mientras que ella, bueno... Ella intentaba ir a su ritmo. No lo consiguió, por lo que se marcó el propio: subía una cadera, después la otra, y asía su cuerpo como el de una sierpe. Con veneno en la piel.
Y volvía a bajarla y después a subirla otra vez, los brazos dibujando sinuosos movimientos en el aire, y engarzando su pierna derecha a la de Césare trató de mantener el equilibrio con la otra y bajar poco a poco el tronco de su cuerpo, aún con las caderas en movimiento. El tamborileo animaba a desfogar los ánimos de los hombres de aquella posada, que encandilados se sentaron muchos a observar el festín de lozanías, y las llamas de las velas, lenguas de fuego que acariciaban la virginal cera, acompañaban el baile de ambas mujeres, de pelo claro como el día u oscuro como la noche. Volvieron a sonar los tambores, ésta vez con más fuerza, y Lisena se echó hacia adelante con la fuerza de su pelo acariciando el rostro del Mallister, el cual ahora sólo parecía tener ojos para ella. Hechizado, encandilado, atraído por el aroma de las féminas, presa de los ojos de la morena, que le miraban fijamente a los suyos mientras sus manos volaban hasta su cuerpo y le cogían de la pechera, retirando la casaca de cuero. Y después volvía con sus manos al pecho del hombre, y acariciándolo bajaba con la boca entreabierta hasta casi estar de rodillas, contoneando su cuerpo. Después subía de nuevo, negándose a quedar a aquella altura y dando a entender que lo convertiría en un juego.

Se forzó a sonreírle. Con picardía, apenas sin mirarle. Mas pronto difuminó la sonrisa de sus labios y le volvió a engañar con la mirada, tratando de engatusarle y, al mismo tiempo, hacer que ardiera en deseos como antaño lo hubiera hecho. Y, esclava de sí misma, se dejó llevar por los pensamientos de su cabeza; aquella era, de nuevo, su oportunidad. La perfecta oportunidad con la que enamorarlo, si lo lograba, y devolverle uno a uno todos los golpes que él le diera, así hasta llegar al último, que sería el golpe de gracia, y acabar con él. Alguna vez había oído aquello de “Vulnerant omnes, ultima necat”, pero no estaba segura de que aquello fuera cierto, por lo que se deshizo pronto de aquellas ideas antes de que Césare pudiera comprenderlas tan solo con mirarla. El rostro de angustia y rencor se convirtió de nuevo en un gesto de deleite.


Ojalá hubiese sabido bailarte así en los días de mi felicidad. –Se refería a los días en los que había viajado junto a él allende la angosta Toscana, con su vino y sus delicias, y el dorado de los trigales marcado en la tierra.- Hubieses disfrutado mucho más, yo lo sé. Lo veo en tus ojos. Me lo dice tu boca... Lo gritan tus manos.- De espaldas a él, le fue hablando, muy pegada, casi boca con boca, rozándose sus caderas, sosteniendo el pelo con su siniestra. Pero cuando éste intentó besarle, volvió la mirada al frente rauda.- Fue por miedo. Me fui por miedo, miedo a ti.

Volvió a avanzar con aquellos pasos de gata, en dirección a Adelaine y, justo antes de llegar a ella, se detuvo y giró hacia el Mallister. Sonrió de nuevo, ésta vez le supo a gloria. Él, con la cara marcada como la hubiera tenido ella días atrás, ahora estaba doblegado a la voluntad de sus caprichos. Y todo gracias a la astuta Adelaine, la cual ya había conquistado a Asdrubal con su contoneo de caderas y su busto, que subía y bajaba, que rodeaba un mundo imaginario lleno de placeres, que insinuaba, que gustaba, que incluso dolía, ansiarla tanto y poder alcanzar tan poco. Ella era una maestra, no sólo tenía a Asdrubal doblegado, sino que además había hecho que se sentase, que se le abriera la boca, que le suplicase a la rubia una caricia, tan sólo una caricia.


Halagadas, se juntaron en el centro, ambos hombres observándolas, y enfrentadas movieron sus cuerpos, muy juntas pero sin tocarse, y cada una mirando a su hombre. Los hombros rectos, la espalda erguida, las costillas dibujándose en sus torsos y el perfil de sus senos revelándose a ellos. Destacaba el contraste de sus pieles, de sus cabellos. Y las caderas, que se movían al compás de un sugerente vaivén y hacían que los hombres, llenos de libido, se las imaginasen sobre ellos. Hubo otra pelea atrás, entre el público de franceses curiosos de la posada, pero pronto se detuvo al verlas, a ambas, lanzar un beso a alguien.

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Asdrubal1
Y olvidó lo que estaba haciendo, su vista rápidamente se desvió del Mallister y se posó en las mujeres, concretamente en la rubia, miró con rencor a las miradas lascivas de los demás asistentes al espectáculo, la quería solo para él, alejarla de aquellos muertos de hambre, pero esa vista se difuminó tan pronto como Adela se acercaba, una parte de su mente deseaba volver con el asunto de Cesar, y otra abandonar ese recinto, esa ciudad, y largarse lejos, ambas ideas eran totalmente aplacadas, sin misericordia ni detenimiento.

Los ojos le brillaban de interés, y pocas cosas consideraba el de la Barca que le crearan verdadera inclinación, aquella muchacha era una de ellas, de un plumazo se borraron todos sus anteriores prejuicios, la otrora cara de asco y repugnancia que hubiera podido hacer se tornó en cara de apego y deseo hacia ella, quien le torturaba sin ningún tipo de piedad, pues a cualquier intento del de Caspe de cogerla, ella se escabullía discretamente de entre sus manos, las cuales Asdrubal retorcía de frustración, en sus ojos se encendió la ira que era apagada por el deseo, pues no quería asustarla y que se acabara aquello, pero por contra, deseaba apropiarse de lo que él ya consideraba suyo.

Mientras esta pugna se batía en su mente, la rubía seguía con su inmisericorde contorneo, que ya provocaba en el de la Barca diversos efectos de caracter fisiológico, bloqueando cualquier tipo de respuesta inmediata, dejándolo completamente absorto.

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