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Deber, Sangre y Honor

Gulf_de_ostemberg


La tarde se tornaba cada vez más oscura y el tiempo invernal hacía que en Picassent la gente estuviera resguardada en sus casas. Ni un alma rondaba ya las calles, y tan sólo los guardias del Castillo permanecían a la intemperie, cubiertos con largas capas sobre el portón.

Entre los árboles de los bosques cercanos, por el camino de la capital llegaba entonces un jinete, inclinado contra el viento y al galope vivo. No paró hasta llegar al castillo.

¿Quién va?
– preguntó el guardia.

Traigo un mensaje urgente para el Conde de Tabarca. Su Majestad Rose I me envía – respondió con la respiración acelerada y a viva voz.

El portón crujió entonces y comenzó a abrirse, dejando pasar al hombre que atravesó el patio hasta la puerta principal.

En uno de los salones, el alboroto era máximo. Tres niños de corta edad jugaban como pequeñas bestias sobre la alfombra junto a un butacón en que su madre junto a la chimenea prendida les vigilaba. A poca distancia y con la mirada perdida en el infinito, el Conde de Tabarca tras un escritorio trataba de trabajar.

¡Por Santa Calandra!
– dijo saliendo de su ensimismamiento – Y pensar lo que siempre presumí de la tranquilidad de mi Castillo. Ya me decía Yuste… “Te casaste, la cagaste.” Recuerdo como me reía de él rodeado de tanto crío, aunque en el fondo, él estaba encantado. Ahora nos toca a nosotros, cariño, que si bien no acabamos desquiciados con estos críos, disfrutaremos algún día de su madurez.

Pero su charla se vio interrumpida por la llegada de una doncella.

Mi Señor, disculpadme. Un mensajero del Palacio Real – dijo hablando rápidamente – Dice que debe veros con urgencia.

Adelante, que pase por favor – pidió.

El joven, calado hasta los huesos y temblando de frío entró en el salón cabizbajo. Miró a los niños un momento. Una pequeña niña pelirroja mordía el brazo de su hermano mientras una bolita rubia le tiraba de las orejas.

Ignoradles y hablad – urgió el de Tabarca – Mi esposa puede estar al tanto imagino.

Sí, Egregio. Su Majestad Rose I me envía. El Rey ha regresado, pero su estado es grave según dicen los galenos. Urge vuestra presencia en la capital.

Franciska se tapó la boca conteniendo el aliente y él le mantuvo la vista anonadado.

Señor, atiende a este hombre bueno en sus horas de debilidad. No le dejes partir aún a tu lado – murmuró elevando una oración al Altísimo – Gracias por venir – le dijo al muchacho - ¡Sancha! Pon algo caliente a este hombre. ¡Dionisio! Prepara el carruaje con premura, debemos partir de inmediato. ¡Dulce! Quédate con los niños hasta nuestro regreso.

Antes de acabar de organizar su casa, su esposa ya estaba a su lado en pie y le cogía de la mano.

Déjame acompañarte – pidió la Condesa.

Venid pues. Vuestra juventud nos hará bien. ¿Creéis que podáis montar? Llegaremos más rápido y las circunstancias lo exigen.

La mujer le miró frunciendo el ceño. Aquella cara era habitual, pues el Conde solía provocarla.

Cierto es. Vos podéis si Nos podemos. ¡Maldita rodilla! – gruñó - ¡Dio! ¡Prepara mejor los caballos! – pidió – Y necesitaremos un par de gruesas capas. Puñetero invierno… ¡Puñetero día! ¡Puñetero Yuste! ¡Cómo se le ocurre! Todo el día llamándome viejo y ahora pretenderá ganarme en su llegada junto al Altísimo. Seguro que quiere tomar la delantera para prevenirle sobre mi… ¡Ay Señor! Que tiempos tan aciagos nos ha tocado vivir.

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Valken


Valken había viajado con un grupo de Guardias Reales acompañando al Rey en su odisea siguiendo las órdenes de Su Reina, manteniéndose siempre cerca aunque con cierta distancia, sin estar en contacto ya que su presencia allí le recordaba al de Berasategui la negativa que había recibido de su esposa.

Los hombres de la reina no se mezclaron en ningún momento con los locales ni los de los Benicarlandos, habían montado sus tiendas con un perímetro hecho con estacas formando una especie de campamento dentro del campamento, con la Senyera de La Reina en el corazón del mismo.

Los días pasaron en relativa tranquilidad hasta el día 11 en el que las hordas moras mostraron su maligna presencia en el horizonte. Rápidamente todos se movilizaron para la guerra y se formaron a las afueras del pueblo a la espera de lo seguiría.

La batalla transcurría, el Capitán con sus hombres a caballo tenían la principal misión, no de combatir como parte del ejército, sino asegurarse de que el Rey saliera vivo de la trifulca pero su tarea se vió complicada por una rápida e inesperada maniobra por parte del monarca con su caballería más ligera que dando la vuelta dejó de perseguir a la caballería enemiga y se precipitó contra lo que quedaba del cuerpo de infantería infiel. El de Játiva vió entonces horrorizado cómo el Rey de la Corona, Rey Consorte y Duque Valenciano desaparecía con su montura en la gran nube de polvo que cubría la refriega principal. Para cuando él también llegó al centro de la acción lo encontró tumbado en el suelo con sus soldados rodeándolo en silencio...


Las siguientes horas pasaron velozmente, tras el viaje de vuelta a Valencia ya se encontraban en el Palacio Real, los galenos habían hecho todo lo posible, parecía que en ese momento todo estaba en manos del Altísimo. El corredor frente a la puerta de los aposentos reales estaba lleno de agitación y murmullos, grupos de cortesanos intercambiaban noticias y especulaciones. Para cuando Valken llegó escuchó decir a un joven ayudante de cámara que la Reina estaba a solas en el interior de la habitación y había echado a todos repentinamente del lugar.
Comprendía la necesidad de intimidad en ese momento difícil, no debía interrumpir y sabía también que su presencia no sería grata siendo que todo aquello era su culpa, le había fallado a su reina... con eso en mente el hombre se apoyó contra una columna en silencio con la cabeza gacha intentando recordar alguna plegaria para rezar.

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Nicolino


Aquellos días estaban llenos de agitación y movimiento. Días de trabajo, días convulsos y ajetreados, días en que se demostraba que el Palau Reial, más incluso que el castillo de la Generalitat, era el verdadero centro neurálgico del gobierno del Reino y su administración. Y al Conde de Gandía, esa centralización y unión entre el poder real y el que ejercía el Consejo, le facilitaba muchos las cosas. En ese Palau, podía extender sus manos no sólo sobre los asuntos del gobierno, sino también en la Corte Regia, vigilando lo movimientos de ciertos cortesanos de cerca, como teniendo ojos y oídos en los asuntos más diversos. Además estaba demostrado que se trataba de un sistema más eficiente y coordinado.

Por todo eso, era obvio rondara en los pasillos del Palau, dejándose distraer por su esposa con habitualidad, conversando con embajadores que allí se alojaran y tejiendo intrigas, que era para lo que más talento demostraba. Era lógico, al fin y al cabo era un Borgia. Pero ese día, ese frío y aciago día en particular, sería distinto a todos los demás, por su trascendencia atípica.

Nicolás aún no era consciente de los acontecimientos que se precipitarían sobre ellos en ese momento, y sus obligaciones, ahora redobladas, lo alejaban de aquella negra nube que se ceñiría sobre Valencia. Pero no tardaría en toparse con ella al cruzarse con su esposa:

-No es vuestra madre, Alteza-escuchó decir al guardia que hablaba con ella-Vuestro padre, el Rey, ha regresado herido desde el campo de batalla.-y en aquel momento, el Borja tuvo una oscura premonición. Tanto tiempo en la diplomacia y otros asuntos del Reino, le habían hecho convencerse de que si podía pasar lo peor, evidentemente sucedía. No meditó más sobre aquel funesto axioma, ni decidió confesarselo a su esposa: tampoco le dio el tiempo.

Lo siguiente había sido todo muy rápido. Vio el rostro de Ederne empalidecer, y antes de razonar más, se lanzó hacia ella, y la sostuvo entre sus brazos, impidiendo su inminente caída. La noticia había sido demasiado para ella, y por un instante se puso en su lugar. Pero ella, más que nadie, debía ser fuerte. La Infanta, como mayor de sus hermanas, debía ser el pilar que sostuviera a aquella familia. Si algo le ocurría al Duque de Benicarló, la Reina quedaría devastada, inhabilitada de tomar cualquier tipo de decisión, e incluso podrían tener que nombrar un Regente.

-¿Estáis bien, esposa?-obviamente no lo estaba, pero él garantizaría que mantuviera la compostura, y sería sostén para ella en momentos tan difíciles. El Borja se tomaba en serio sus votos matrimoniales, eso de "en las buenas y en las malas", mientras a la par pensaba en las consecuencias políticas de los acontecimientos.

Reanudaron el paso hacia los aposentos de la Monarca. Los guardias custodiaban la puerta. Su esposa ingresó primero, y él dirigó unas palabras al alabardero:

-Encargaros de que NADIE atraviese estas puertas. ¿Me habéis entendido?. Nadie que sea ajeno a la Casa Real puede ingresar en estas habitaciones. Mantened alejados a los otros Consejeros Reales. En especial esos malditos buitres carroñeros de Gulf y Valken. Este es un asunto que atañe sólo, y SOLO a la familia del Rey. No toleraré intromisiones.-y cuando el Borja utilizaba aquel tono imperativo, dejaba en claro que había dado una orden y no había forma de negociar. Estaba de más decir también que tenía bien en claro su pertenencia a la familia real tras haberse casado con Ederne, y la responsabilidad que ello implicaba. Valencia debía estar primero.

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Izar_bp


La herida resultante del ataque de cobardes de que fue víctima mientras el reino estuvo invadido, había sanado casi completamente. Ya no le dolía y podía hacer movimientos que, semanas atrás habrían significado retorcerse de dolor. Sólo un leve escozor, le recordaba de vez en cuando la fina cicatriz que ahora decoraba aquel lado de su cuerpo; y se encontraba aquel día rascándola a conciencia por encima del camisón, en sus aposentos, cuando el ruido de una cabalgata numerosa llamó su atención y la hizo asomarse a la ventana, camuflada tras el cortinaje.

Poco tardó en saber que su padre había partido con premura hacia otra guerra. Parecía no importarle el haber sido herido no hacía mucho, casi con la misma gravedad con que ella misma lo estuvo. A Izar, el detalle de su precipitada marcha la entristeció, pero no solamente por el hecho de que estaría lejos de él, sino porque no se había dignado en pedirle que le acompañara en aquella ocasión. Se había sentido orgullosa cuando supo que durante la invasión que casi les cuesta la vida a ambos, no solo había luchado junto a su padre; aunque éste en ese momento la creía a salvo en el Real; sino que también habían resultado heridos casi al unísono y compartido durante algunos días la habitación donde se recuperaban bajo la supervisión del galeno. Él se había recuperado antes que ella y por esa razón la infanta le admiraba más, magnificando a raíz de aquel detalle, las dotes militares y de pelea de su padre. Para colmo, la indignación fue mayor cuando supo que parte de la Guardia Real y el Capitán mismo; habían salido en la misma dirección, tras los pasos del Rey.

- ¡Aquí luchan todos menos yo, no es justo! - Había vociferado en sus aposentos con la impotencia reflejada en las curvas de sus labios y el enfado en el fruncido de su ceño. - ¡Y encima no tengo arco! ¡Jopeta!

No le quedó más remedio que resignarse y hacer compañía a su madre que para alivio y alegría de Izar, tampoco había acudido a la llamada de las armas, no entendía el por qué, pero mientras estuviera con ella, poco le importaba.

Los días pasaron convirtiéndose en semanas, hasta que un viernes, una de sus doncellas entró en sus aposentos, interrumpiendo sus cavilaciones y el rascado concienzudo de su cicatriz de guerra. No dijo mucho y tampoco fue necesario, en cuanto Izar escuchó de sus labios: “Vuestro padre... ha llegado...” combinado con las expresiones de aquel rostro que transmitía sensaciones negativas con cada gesto, supo que aquella noticia distaba mucho de ser buena. Algo iba mal.

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Corrió todo lo que sus piernas le permitieron, disfrutaba mucho escondiéndose y explorando en las 300 habitaciones de aquel palacio, pero aquel día habría deseado que tuviera solo una. Por si fuera poco, la doncella no dejaba de perseguirla.

- ¡Que váis en camisón Alteza! - Le hablaba a media voz, intentando no armar demasiado alboroto y alargando la mano para alcanzar a la niña.
- ¡Dejadme en paz! - Fue la contundente respuesta, alta y clara, de aquella cría que ya no lo era tanto y que logró escapar de las garras de aquella mujer a la que normalmente adoraba pero que entonces, le resultaba odiosa. - ¡Apartáos! - Ordenó a los guardias y cortesanos que permanecían en el corredor que daba acceso a los aposentos reales sin fijarse en realidad en quienes pudieran ser, y se abrió paso entre todos, con su dorada melena cayendo en libre cascada por su espalda y el largo camisón de dormir, que solo dejaba al descubierto sus pies, por todo atuendo. Luego se detuvo y tras un suspiro que pareció eterno, se atrevió a empujar las puertas suavemente y a desaparecer tras ellas.

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Jokin_b


Un mensajero real portaba malas noticias hasta Castellón, la expresión matar al mensajero cobraba sentido. Cabalgaba sin descanso, solo parando para cambiar el caballo en las casas afines a la corona, un sentimiento más de ira u odio se reflejaba en el rostro del joven más que de tristeza. Deseaba que todo se tratase de una mala broma o un error, pero algo arrastraba sus pensamientos al cajón de la parca.

Antes de llegar siquiera a las tierras que circundaban el feudo del Rey la guardia real salió a su paso para escoltar al joven, no existia entonces duda posible, se temia lo peor.

Al entrar en las estancias de Palacio el silencio era sepulcral, el trasiego de los asistentes, el trabajo de los servicios, todo habia enmudecido. Jokin sentía que ya todo estaba cambiado en su vida, uno de sus pilares se dermoraba sin que él, o los que lo rodeaban pudieran hacer algo. Todo había cambiado, todo iba a cambiar...

Se acercaba a la estancia principal, a cada paso que daba notaba como su corazón perdia el control.
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Gulf_de_ostemberg


Pocos minutos después estaban ya ataviados con gruesos ropajes y una larga capa que les cubriría de la lluvia y el viento en el trayecto hasta la Capital. Tenían un aspecto espectral y las caras largas no mejoraban la escena. El de Picassent había estado pensado mientras se abrigaba en los buenos momento que había pasado junto a aquel hombre que conocía desde mucho tiempo atrás, y no sólo con él sino con toda su familia. Muchas historias felices le vinieron a la mente, pero se nublaban con la desesperanza del momento.

Portaos bien – les repitió a sus hijos con seriedad regresando al salón – Porque si me entero que os habéis peleado, os rebanaré el cuello como a gusanos – continuó, sonando tajante.

Los niños le miraban asustados, pero para ellos no era novedad.

Cariño, no les digas salvajadas o acabarán tarados – replicó la madre.

Crecí entre menestrales y miradme, tan normal – se justificó.

No tardaron en bajar a las caballerizas. Las monturas estaban listas y el portón abierto. Viajarían raudos por los caminos en compañía de otros dos jinetes como protección aunque las tierras eran seguras y tranquilas por lo general. Dionisio, ayudó a la Condesa a subir a lomos de su caballo y después al Conde, y sin pausa, los cuatro equinos se pusieron en camino.

La lluvia era gorda y persistente, y les acosaba en las caras congeladas de frío. El barro y los charcos saltaban bajo las herraduras y la tarde avanzaba. Llegaron apenas una hora después al Palacio Real. La plaza estaba tranquila y el ambiente era lúgubre y silencioso. Tras sacar la cachava de debajo de la montura, donde cualquier caballero hubiera llevado su espada, dejaron los animales al encargado y las capas húmedas al mayordomo en la entrada y se adentraron en el Palau.

A pesar de todo estáis preciosa – le dijo a su esposa que trataba de secarse el rostro con la manga y se atusaba los cabellos – siento no podáis decir lo mismo de mi, pero es lo que hay… En fin… vamos… espero que lleguemos a tiempo.

Me conozco esto como si fuera mi casa, ven, sígueme – le dijo a su esposa ofreciendo su brazo libre para que se cogiera.

Los largos pasillos llenos de habitaciones y lujosas salas se sucedían y tardó a llegar el lugar que buscaba. Seguramente había un camino más corto, pero era lo suficientemente terco como para no esperar a un guardia, doncella o mayordomo que les acompañara.
Al final apareció, no había duda de que era aquella puerta las estancias del Rey, custodiada por una pareja de soldados armados con lanzas.

Buenas noches… por decir algo – saludó presuroso al llegar al lugar – los Condes de Tabarca, abridnos, por favor.

Lo siento, Egregio, nos han ordenado negar el paso salvo a la familia Real – contestó el hombre.

Bueno, para el caso… como si lo fuera… Se podría decir que vivo aquí – comentó – Abridnos.

Egregio, le repito que no puedo. Las órdenes han sido claras – se justificó.

El de Tabarca no debía tener muy buena cara pues su esposa se soltó del brazo dando un paso atrás y el guardia le miró nervioso.

Voy a contar tres y quiero ver esa puerta abierta… o la echaré abajo… - exigió – Un, dos…

Señor… no puedo…

… ¡tres! ¡Tu lo has querido! – dijo elevando la voz.

Levantó la cachaba del suelo y golpeó con fuerza las rodillas del soldado. Después aprovechando la conmoción le golpeó en la espalda con el bastón de nuevo obligándole a inclinarse hacia delante hasta caer al suelo. El estruendo de las corazas de acero contra el suelo resonó a lo largo del pasillo vacío, y el pelirrojo mantuvo la vista en el otro soldado.

Tengo para dar y para repartir, así que ya sabéis – dijo señalando la puerta con una voz melosa pero amenazante.

El hombre sin miramientos abrió la puerta que daba a la antesala de la habitación del Rey. El de Tabarca apoyó de nuevo la cachava y ofreció el brazo a su esposa, que lo cogió rauda. Avanzaron pasando por encima del soldado caído y entraron en la antesala.

Allí se encontraban algunos de los más cercanos al Monarca. Esperando para verle cuando se lo permitieran. Giraron la cabeza al verles pasar con asombro.

Disculpad el alboroto... Mi esposa discutía afanosamente con el guardia… - explicó antes de reconocer a los presentes.

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Rose_de_anthares


- No, no os esforcéis - le dijo al ver su mano tratando de apaciguar sus lágrimas. La tomó y besó reiteradas veces, repitiéndo en su mente las pocas frases que él había logrado articular. - Mis ruegos han sido oídos...os recuperaréis - y volvió a besar su rostro, como si con ello intentara sanar todo cuanto le sucedía.

Su hija Ederne apareció en la habitación, era la primera en llegar pues casí vivía en el palacio real. Tenía los ojos rojos y parecía pálida. No atinó a decir más y la Reina se puso de pie para abrazarla - No le pasará nada ¿si? - se apartó de ella para hablarle . Regresó los pasos y la mirada junto al rey con una sonrisa - Yo sonreiré por vos - le dijo.

La pequeña Izar fue la segunda en llegar, entró con esa fuerza y determinación que la caracterizaba. La Reina fue hasta ella y la alzó a pesar de su edad, dejando que Ederne se acercara a su padre - bonita, miradme - le pidió a Izar - Padre está bien y madre... - titubeó cuando un nudo en la garganta le cerró la voz - y mamá...ya se siente mejor - intentó seguir hablando, pero la niña, que era como su padre, con ese caracter siempre positivo y lleno de seguridad le respondió - yo le cuidaré con mi arco, madre - aquella respuesta le arrancó una sonrisa a la Reina y se aferró a su hija con fuerza. Luego la dejó en el suelo y dejó se acercara a su padre.

Se encaminó hacia la puerta y la abrió - traed a los galenos, el Rey ha despertado. ¡Rápido! - ordenó mientras posaba la mirada en la antesala de la cámara real. Ahi estaban el capitán de la guardia quién se veía visiblemente afectado y con quién hablaría, esperando su mente y corazón se relajaran, para tranquilizarle. Los condes de Tabarca hacían su ingreso, los miró a ambos. Franciska era como una amiga para ella, y sin pensarlo la abrazó con fuerza. Llenos sus ojos de lágrimas la miró y sonrió - gracias por venir, el Rey ha despertado. Tengo esperanzas, podéis pasar a verle - les dijo, mientras apresuraba el paso para regresar al lado de su esposo. Al llegar tomó la mano de su esposo, Ederne la miraba preocupada y ella sonreía como se lo había pedido el Rey.

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Juliane_bp


El frío atardecer de aquel jueves del primer mes del año caía sobre la villa castellonense y los débiles y escasos rayos del sol dejaban sus tenues estelas surcadas sobre las aguas que bañaban la costa de la misma, dejando entrever que la noche se acercaba con prontitud.

Juliane aún permanecía trabajando en su oficina del puerto. Por aquellos días la gran demanda en construcciones de navíos, llegadas de embarcaciones, peticiones y solicitudes tomaba gran parte de su tiempo. Se puso de pie, aprovechando a estirar sus piernas y su mirada quedó perdida a través del cristal de una de las ventanas. Decidió escribir a sus padres, tenía buenas nuevas que sabía les alegraría, así es que luego de prepararse un té, dejó de lado por un momento su labor, y tomó pluma en mano dispuesta a componer su carta.

El cansancio se adueñó de la joven y minutos después, quedóse dormida sobre los papeles de su escritorio, sin siquiera llegar a beber su infusión.

A la mañana siguiente, unos bruscos golpes en la puerta hicieron sobresaltar a la infanta. Se trataba de un mensajero, que al parecer por su desencajado rostro, no traía gratas noticias…
- Buenos días, alteza. Su majestad necesita veros con urgencia… - comenzó a decir el muchacho sin terminar la frase debido a la interrupción de la joven.
- Mi madre! – exclamó la Berasategui con inquietud – qué sucede con ella? Decidme sin más, por favor.- indagó sin aliento.
- Vuestro padre está herido…

La dama no dejó que continuara y a toda prisa y sin titubear montó su caballo rumbo a Palacio. Sus lágrimas recorrían su rostro humedeciéndolo casi tanto como la fina aguanieve que comenzaba a caer...

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Erzsebet_bp
Que alegría. Arriba y abajo, la sonrisa de su madre. ¿Podía querer otra cosa una niña?, sí, tal vez un pony, más vestidos, menos nieve, pero todo era secundario al hecho de ver a quién le dió la vida. Y ella se veía feliz.

Pero los bebés tienen un sentido que puede percibir lo que pasa en el exterior y lo pierden cuando crecen y aprenden a hablar. Fue lo que pasó cuando entró el viento por la puerta, frio, miedo, sentimientos que no conocía y la abrazaban desde su pequeño pecho. Y lloró, y aún con el apego de su madre, no consiguió dejar su llanto. Ni un dulce ofrecido cuando su madre la dejó en brazos de su amiga la podían contener, y tanto lloró, que con hipo de pena se decía
- Ojalá caminara, ojalá hablara. Podría buscar el color más bonito y llevarlo a madre. Así sonreiría, pero no camino, ni hablo. Yo solo puedo llorar. - y así consiguió obligado el sueño.
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Franciska


Las palabras del emisario habían sido claras, el Rey estaba herido, y necesaria era la presencia del Canciller en el palacio real.
Sabía que acompañarle quizás no fuese lo ideal y que aquello podría significar una preocupación más para su esposo, pero Franciska no pudo evitar pedirle acompañarle.
Ambos iban montados bajo la lluvia, quizás en otras circunstancias habría sido una postal romántica, pero distaba mucho de aquello, veloces y al galope intentaban ambos llegar lo más rápido posible al palacio.

Al entrar y aun con los cabellos algo mojados por la lluvia, el matrimonio hizo ingreso en el lugar, los guardias que en un principio se negaron, pronto y algo maltratados cedieron el paso a un cascarrabias Canciller, Franciska se agarro al brazo de él, antes que esos guardias le prohibieran el paso a ella y su esposo los dejase a suerte de la rubia.
Entraron en la antesala de la habitación real, para Franciska era primera vez que estaba allí, apenas tuvo la oportunidad de admirar el lugar, el silencio al interior llamaba a la reflexión.

La reina entonces hizo su aparición y su esposo la saludo, gesto que Franciska imito con una reverencia, la Reina, fuera de todo protocolo la abrazo, fue un abrazo sincero y en ese momento comprendió el sufrimiento de la Reina ante el estado de salud del Rey. - gracias por venir, el Rey ha despertado. Tengo esperanzas, podéis pasar a verle – la Reina intentaba dar ánimos cuando debía ser todo alreves, los ánimos debía recibirlos ella, admiró su valentía y comprendió porque era la Reina de Valencia. – no tenéis que agradecernos Majestad, hemos venido en cuanto nos necesitasteis y aquí estaremos, dispuestos a ayudaros en lo que deseéis – instintivamente cogió las manos de la reina y le sonrió.

Prontamente Gulf avanzo a ver al Rey y Franciska espero en la antesala, sabía bien que aquel privilegio pertenecía a unos pocos y ella no se sentía con el derecho de usarlo.
Espero en silencio en la antesala, llegarían más personas y quizás fuese importante que alguien les recibiera allí.

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Muchas Gracias mi niña Ary...
Yustebv


El duque sintió como la presencia de su familia y amigos a quienes conocía estaban fuera de la habitación, pidió que se les dejara pasar y a pesar de la negativa de los médicos lo consiguió. Sonrió a cada uno de ellos, intentó hablarles, pero su cuerpo aún estaba débil – agradezco vuestra preocupación, pero ya veis que ha sido solo una exageración de mi esposa – dijo con voz débil, aunque él trataba de mantenerse firme, pero cuando intentó levantarse un poco sobre sus almohadas sintió la herida y el dolor de ella impidiéndoselo, no quiso que se notara aquello y ocultándolo simplemente se acomodó sobre su lugar – todos sois muy amables, y me encantaría levantarme a tomar un poco de vino con vosotros, pero creo que tendré que esperar a recuperarme del todo – les sonrió tratando de mantenerse sereno. Uno de los médicos se acercó al Duque y le susurró algo en el oído, el de Berasategui asintió y continuó hablando – este caballero que sabe mas de medicina que yo me dice que trate de no hablar y no hacer esfuerzo, y yo digo que le mandaremos a ejecutarle – pretendió reír, aunque no pudo hacerlo por mas de dos segundos, pues el dolor se tornaba cada vez peor a cada palabra que decía, entonces, pausó un instante y continuó – brindaremos la próxima semana, entonces, podéis marchar sin mayor preocupación por mi, que aún este roble no cae – sonrió una vez mas, y aunque deseaba poder contarles lo que había sucedido y conversar con cada uno de ellos, su estado no se lo permitía. Pidió que se acercaran a él uno por uno y agradeciéndoles nuevamente les decía hasta luego.

Luego de la visita y de que pidiera a su esposa que no se preocupare tanto, pidió que le dejaren solo con los galenos, les preguntó que con claridad le explicaran de su situación, que es lo que le sucedería y que posibilidades tenía, puesto que él sabía y sentía que su herida no era cosa tan simple. Los médicos le explicaron tan detalladamente como podían, sin embargo la conclusión de cada uno era que todo estaba en manos de Dios. Yuste pensó sobre todo, y luego de un silencio que los médicos no supieron interpretar, les agradeció por su sinceridad y pidió que le dejaran solo para poder descansar.

Esa tarde el dolor iba tornándose a cada vez mas fuerte, lo mismo que la fiebre iba y venía de él, sabía que realmente estas podían ser sus últimas horas, entonces pidió que llamaran a su primo, pues deseaba entrevistarse con él para acordar ciertas cosas. Su primo esperaba sentado en uno de los pasillos, pues tampoco había querido marcharse del lugar sino hasta saber de la certeza recuperación del Duque. Asistió raudo al llamado del Duque, pidió que se le acercara con una silla y se sentase a su lado… conversó con él durante casi una hora, entonces el Duque le pidió que cumpliera con ciertas cosas tras su muerte, de la que no podía escapar si era designio divino, y aunque su primo se manifestara reticente, Yuste terminó de convencerle que era lo más conveniente.

Aquella noche el de Berasategui no pudo dormir mas de tres horas, su cabeza rondaba entre ideas y cosas que deseaba hacer, y si, era el miedo a la temible muerte, aquella que arrebata sin pedir permiso todo lo que somos, que mezclado por las fiebres que a momentos se le tornaban realmente incomodas. Observaba entre sus horas de insomnio como su mujer había estado acompañándole en aquella habitación y podía escuchar sus rezos al altísimo, así, él pretendía relajar su malestar para que ella no notara su delicadeza.

A la mañana siguiente, después de sus pocas horas de sueño, despertó con la ilusión de que todo había sido una simple pesadilla, sin embargo triste fue su amanecer con la realidad que le tocaba. Su esposa se había retirado, preguntó a un paje que con curiosidad observó en la habitación, este le respondió que la Reina debía atender asuntos que le necesitaban de urgencia y que a pesar de su deseo de no salir de la habitación debió hacerlo. Los galenos ingresaron nuevamente en la habitación y revisaron la situación del Duque, y cuando este preguntara los galenos dieron la misma respuesta del día anterior, el Duque respiró profundamente y encargó que llamaran al escribano del palacio, nunca se había preocupado de lo que iba a hacer, y era tiempo de hacerlo.

Sintió como la fiebre en esos momentos no le fastidiaban, no había mejor momento, dentro de lo que cabe, que aquel instante de completa lucidez para poder escribir su testamento, aquél que pensaba debería hacerlo en años más avanzados de vida, pero ahora era menester. Terminó con aquel documento y pidió que lo guardaran con cuidado de que aún nadie mas lo leyera.

Ese sábado lo pasó pensativo e inmerso en recuerdos, deseaba recuperarse, deseaba no dejar aun este mundo, pero a cada hora que pasaba sentía como aquello era cada vez más difícil. Las fiebres se acompañaban de repentinas taquicardias, sentía nauseas repentinas y el dolor en su abdomen era cada vez mas un fastidio. Ese día no pudo probar nada de comer, salvo agua y unas infusiones que le proveían los médicos, así llegó la noche y nuevamente con las pocas horas de descanso en las que su mente escaba de su cuerpo adolorido.

Despertó el lunes, y verse en la misma escena que el día anterior no hacía más que desgarrarle las esperanzas de que algo pudiera mejorar. Entonces luego de meditar sobre su real situación, pidió que vinieran a verle la Reina, su primo y el Canciller del Reino. Cuando estuvieron con él, pidió que se viniera el escribano con aquel documento que el día anterior había escrito, y entonces les habló, aún con mucha dificultad:

- Esposa mía, Canciller Gulf – les saludó – os presento a mi primo, Erlantz, a quien me hubiera gustado que le conocierais en circunstancias mejores. – entre ellos se hicieron señal de saludo – os voy a ser sinceros de porque he pedido estéis vosotros aquí conmigo, y es que mi salud es compleja. Y porque soy tan mortal como cualquiera, temo a la muerte, y le temo porque hay cosas que deseo hacer, pero que no podrán cumplirse si esta me arrebata de vosotros… Si esta herida que me han causado en combate me llevara a la muerte, quiero que sepais que he vivido feliz y no hay nada que haya hecho de lo que pudiera arrepentirme. Tengo una esposa a quien amo de manera incalculable y unos hijos de los que siento orgullo, tengo mas amigos que enemigos, y no creo tener deudas con nadie – pidió un poco de agua antes de continuar, pues por su situación no podía extenderse mas, entonces quiso ser mas breve – así, con cuanto os digo, quiero que obréis como testigos de lo que a continuación os mostraré y mi escribano leerá, para que sepáis que lo he escrito de buen juicio y memoria, que no he sido coaccionado a hacerlo ni hay locura o sin razón en él, pues a pesar de que estoy enfermo en mi cama mi mente no está nublada – pidió le entregaran el testamento y lo desenrolló para verlo antes de que le den lectura, a continuación lo entregó al escribano para que lo leyera.

El escribano tomó el testamento y a continuación le dio lectura.

Y cuando se terminó la lectura el Duque añadió – esa es mi voluntad y testamento, y os pido que a mi muerte lo reveléis como los testigos que os nombro de que lo he dictado y que no hay razón para no ejecutarlo.

Sintió en ese momento un dolor más fuerte que los últimos, tanto que tuvo que llevarse la mano al abdomen – no hay personas en las que mas segura esté la confianza que os estoy depositando.

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Rose_de_anthares


Desde que el Rey había despertado habían pasado dos días, era lunes, un día que debía ser especialmente ajetreado. Pero la Reina había ordenado que toda actividad estrictamente necesaria se realizara en el Palacio de la generalidad, no quería ni que la más mínima interrupción pudiese afectar la recuperación del Rey.

Y aquellos días fueron un tormento constante en su interior. Todo en su corazón era esperanza, pero lo que sus ojos veían cuando estaba junto a él era otra cosa, un anuncio fatal del que huía a cada instante. Por ello iba y venía por el Palacio, a veces a su habitación, a veces en medio de la nieve en los patios del palacio tan solo para que el frío la hiciese sentir viva. Otras se encerraba largos minutos con su pequeña hija, pero el resto o la mayoría, lo pasaba en la capilla real rezando.

- Altísimo, a vos que he dado mi más profunda fe y devoción, oíd mis plegarias. Dadle fuerzas al hombre que es mi vida… - oraba, casi, como si en aquella plegaria se le fuera la vida.

Llevaba un pañuelo blanco bordado en las manos mientras salía de la capilla a paso lento. Pocos instantes atrás había secado sus lágrimas y se tocaba el rostro para que en él volviera el color, le había pedido que no llorara, pero… no podía. Porque si tan solo a cada instante que desaparecía de la habitación y regresara viera en él ese color canela que con los años había adquirido su blanca piel o el azul de sus ojos brillara intensamente como la noche en que le conoció camino a Roma, entonces, se secarían dentro de sí todas las penas. Y siguió a paso lento hasta casi sin darse cuenta llegar a la habitación que ambos compartían. Y no había sido más de un mes en que ambos se habían reunido ahí para reencontrarse y expresarse mutuamente su amor en caricias y besos. Pero se detuvo en la puerta sin valor para ingresar ahí, si lo hacía, los recuerdos invadirían su mente y quemarían lo poco de fuerza que le quedaba. Se giró sobre sus pasos y caminó rápido, casi huyendo, para mantenerse en pie. Pero antes de que pudiera siquiera retomar la senda a la habitación del Rey se topó con la presencia de dos soldados quienes la buscaban.

- Majestad, mi señora… - dijo el hombre – debéis ir con premura, su excelencia os llama –y sin responder comenzó esa carrera que parecía no había podido detenerse desde que supo de sus heridas. Corrió tan rápido que sus pies no parecían tener contacto con el suelo. En la antesala de la habitación estaban todos, sus hijos, su cuñado Zeian, las familias de éstos y los amigos, todos la observaban en silencio. Ella se detuvo en seco y trago saliva, corrigió su vestido y avanzó con la cabeza en alto hacia la habitación. Parecía se enfrentaba a su propia muerte en ese instante.

- ¿Qué hacéis vos aquí? – preguntó al ver al hombre que era culpable de todo sentado junto a su esposo – ¡os mandaré a colgar ahora mismo! – exclamó - o mejor – se abalanzó rápidamente hacia uno de los soldados que custodiaban la puerta y desenvainó su espada – os mataré yo misma – dijo amenazante. Y lo habría hecho si la voz débil de su esposo no la hubiese detenido.

Entonces le miró largo rato en silencio, nunca notó el momento en que su mano soltó la espada, pues no podía quitar la atención que tenía puesta en él y en su imagen. Estaba semi sentado y apoyado contra la pared del lecho. Sonreía débilmente y pequeñas gotas cristalinas surcaban su rostro hasta llegar a su pecho humedecido por el sudor que provocaba la intensa fiebre. Tenía el rostro lavado, blanco y tranquilo – tenéis que oír lo que tengo que decir – le dijo. Y relató sus deseos, escuchó la lectura de su testamento por parte del escribano. La llamó luego a su lado y pidió se acercaba para susurrarle el pacto que con su primo había acordado y que ella debía hacer cumplir. A todo decía que sí apretando su mano, no miraba a los presentes, no miraba nada que no fuera él.

Cuando terminó, su mente lo había grabado todo, dedicó una fulminante mirada al de ojos grises y si hubiese podido en ese triste instante tener algo de fuerza en sus manos, le habría matado. Pero no tenía fuerza, más bien las manos le temblaban por lo que las cruzó contra su estómago para contenerlas – Mi amor…os recuperaréis ¿verdad? Los galenos lo han dicho, veréis, los traeré para que os lo digan – y la Reina se movió a la antesala de la habitación - ¡ustedes! – Les increpó - ¿por qué no le habéis dicho al Rey que no es necesario deje sus asuntos en regla? ¡Id y aclaradle que estará bien en unos días! – alzó el tono de voz. Los hombres no la miraban – Majestad… - dijo uno aún sin mirarla – hemos hecho de todo, pero la infección no cede… no – tragó saliva fuertemente – está en manos de Dios -sentenció.

Y como si se tratara de una pieza de ajedrez, una Reina que era de oro sólido, capaz de defender a un reino y su Rey a la vez, de volvía de cristal para quebrarse y doblarse ante la impotencia. Su cuerpo le dolió y pareció enfermar - ¡qué…qué me decís! – Se trató de reincorporar a mirarles - ¿es oro, no? ¿Bolsas de oro, eso falta? – Temblorosa se llevó sus manos a su cuello y desató la cinta de su collar – tomad, tomad – agarró la mano del galeno y puso la joya en ellas, luego se quitó anillos – tomad todo, pero por el amor de Dios traed esa cura para él ¡ya! – el galeno no hacía más temblar - majestad… - ella le miró - no digáis nada ¿por qué solo os lamentáis y no os movéis? – Podía oír los sollozos de algunas de las damas presentes - madre… - oyó la voz quebrada de su hija mayor - ¿qué vais a decirnos Ederne? Nada, no digáis nada – le respondió mientras su voz parecía debilitarse a momentos.

Se enfrentaba a su pena, a la congoja, a como sentía le arrancaban pedazo a pedazo la carne viva. Pero aún así no lloraba, parecía estar todo apretado dentro de ella y encerrado por su promesa de no entristecer – Majestad, familia, venid, os está llamando – dijo el canciller y ella corrió de nuevo de regreso a la habitación. La mano del Rey estaba extendida, débilmente, y oía como la nombraba. Fue hasta él y tomó su mano. Acarició su rostro y le besó muchas veces – a Vuestro lado, siempre juntos. Lo prometimos en el altar ¿lo recordáis? -

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Yustebv


La salida repentina de la Reina le confundió, la preocupación de ella era mayor, él quiso poder hacer algo, levantarse y decirle que no hiciera más, que estaba bien y que nada malo le pasaría, deseaba como nunca había deseado algo poder no estar postrado en una cama, entonces mandó a llamar a su familia, ya había dicho su testamento y ahora deseaba dedicar unas palabras a sus cercanos, pues temía que luego no pudiera hacerlo, aunque aún conservaba la esperanza de que la divina providencia le permitiera más tiempo en esta tierra.

Familia, solo quiero que sepáis unos pensamientos míos, y que si por algún azar me toca dejar este mundo pronto, quiero los conozcáis.

Hijos míos
– empezó por dirigirse esforzandose en que sus palabras sean claras - sois todo lo que un padre puede desear de un hijo, y sé que tal vez no he sido el padre que esperabais, pero sabed que nunca habéis abandonado mis pensamientos, aun en las horas de mas lejanía. No voy a pediros que sigáis un rumbo o exigiros alguna cosa sobre vuestras realizaciones, puesto que no dudo vuestro camino es y siempre será correcto. Y solo deseo una cosa más de vosotros, y es que si cuando yo no esté mas en este mundo, no desamparéis a vuestra madre, pues sois el fruto de un gran amor, y manteneros cerca de ella será el mejor consuelo y alivio que puedan darle. Sed felices.

En ningún momento dejo la mano de su esposa y habló al canciller – Gulf, cuando yo ya no esté aquí, vos seréis encargado de dar mi gratitud a todos aquellos amigos que me han acompañado a lo largo de las diferentes etapas de mi vida, he tenido la mejor amistad de aquellos que un hombre pudiera desear. Decidles, también, a quienes no es necesario nombre, que son el sostén de este Reino, y que a pesar de que haya quien os diga lo contrario, vosotros sois los verdaderos protectores de Valencia. Nunca desprotejáis a nuestra tierra, manteneos firmes ante la adversidad, y cuando el enemigo os quiera injuriar, simplemente seguid adelante, y pensad que son los la tierra que se junta en los zapatos cuando uno ha caminado y avanzado mucho – le sonrió.

Luego miró a su esposa – Vos, esposa mía, sabéis que el amor que os profeso ha sido siempre sincero y grande, y debo daros gracias por haber correspondido a todo afecto cuanto os he mostrado. Hasta el fin de nuestros días… y así será, pues sabed que en mi última hora vos estaréis en mi mente y vuestro nombre en mi última palabra – observaba sus ojos, aquellos que no deseaba dejar de mirar, su mano apretó fuerte a la de ella, y aunque no deseaba una lagrima corrió por su mejilla – Siempre estaré con vos, aun cuando creáis que no es así… dejaré este mundo convencido de que he encontrado el sentido a la vida, y es amar – acarició su rostro y se acercó para besarle – si estas son mis últimas horas, sabed que soy el más feliz del mundo, pues tengo vuestros ojos frente a los míos… – sostuvo su mano y haciéndole acercarse un poco y le susurró – a la hora del final solo quiero tu mirar, con tu perfume alrededor, morir al lado de mi amor, me dormiré mirándote… - apretó fuerte su mano y en ese momento fue mas humano que nunca .

Aquella noche el Duque durmió mirándole…

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Rose_de_anthares


No tenía palabras. No había nada dentro de sí que pudiera expresar, solo un vacío imperante. A cada gesto, palabra y caricia, se moría con él, poco a poco hasta el punto de no sentir ya nada. Entonces la hizo acercarse a él con las últimas fuerzas que le quedaban, le susurró las palabras en respuesta a lo último que le había dicho y sus ojos quisieron dormir frente a ella.

Llevó su mano a la boca para ahogar el desgarro interior y se abrazó a él, aún podía oir débil el latido de su corazón - dejadnos - ordenó y todos los que en aquella habitación estaban la abandonaron para esperar afuera. Entonces la habitación volvió a ser oscura como lo era su vida ahora. Se recostó junto a él con su oido pegado a su pecho, sus lágrimas caían sin control más y más sobre su camisa, tenía tantas decepciones, habían tantas cosas que en su vida se iban con él que las fuerzas abandonaban su cuerpo. Al cabo de unas horas se durmió rendida.

Y soñó con él, con su vida juntos, y podía sentir el olor del mar en aquel barco en dirección a Roma cuando fueron presentados. Su boda, sus hijos, su amor... y entonces despertó tan rápido que su corazón se había apretado en su pecho y la visión de hallaba nublada.

Yuste, Rey, Duque, amigo, padre, hermano, hombre y por sobre todo amor, había partido de este mundo acompañado de los suyos, pero para ella injustamente y pronto. Se levantó unos instantes y le miró, había paz en su cuerpo aún tibio pero inerte. La noche se lo había llevado, el ángel de la muerte le había regalado lo último de él en un sueño.

Seguía sin palabras y se sentó junto a él corrigiendo un mechón rebelde de su cabello, ese, que había heredado Izar - ¿Y ahora decidme, cómo voy a vivir yo? - le preguntó, pero jamás habría respuesta - No tardaré mi amor, lo se, preparad para nos un lugar en el cielo... - se aferró a solas junto a él. Luego se puso de pie y secó sus lágrimas, abrió la puerta de par en par. Llevaba su pañuelo en sus manos, apretado, y los miró a todos.

- Que sea anunciado que un gran Hombre nos ha abandonado, que todo Valencia sepa que su Rey ha muerto. El que yace ahora en esa habitación no contiene en sí al que amé - avanzó sin mirar a nadie, tropezó y pareció desvanecerse siendo sostenida por Nicolás. Tomó fuerzas y la apartó de si - tengo que rezar para no perder mi alma. No quiero nadie me moleste, volveré a por él en la mañana. Yo prepararé su cuerpo para su última morada, nadie más, solo yo -

Dejó asi tiempo para que sus hijos, familiares y amigos se despidieran de él. Caminó sola por los pasillos oscuros del Reial y así sería siempre, por más luz que hubiera, desde la muerte de su compañero, ya nadie sería igual - siempre habrán sombras - repitió - y se encerró en la capilla real a llorar su pena.

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Zeian_de_berasategui


Galopaba raudo, como alma a la que llevaba el diablo. Tres veces había cambiado de caballería mientras corrían y corrían las leguas, aunque él no notaba nada, ni cansancio, ni síntomas de su enfermedad reciente.

La nota de su cuñada Rose, informándole de las funestas heridas del Rey, le había llegado en el lecho del dolor, aquejado de un fuerte ataque de fiebre. Había sido advertido por el galeno de los riesgos del viaje, pero había desoido los sabios consejos del viejo espinozista que le había tratado siempre y no había querido atender a razones ni súplicas, ni aún de su joven esposa y había salido raudo camino de Valencia, llamado por la fuerza de la sangre, aunque bien abrigado y escoltado por dos mozos a sugerencia de Graciela que, ya encinta, no podía afrontar tan imprevisto y accidentado viaje y partiría a ritmo normal.

Se sentía horriblemente mal, su último hermano vivo, el último lazo con los viejos tiempos, se moría. Y estaba enojado, furioso de que fuera así. Pero la vida era así y no podía dejar de despedirse de su hermano trillizo, su amigo y compañero desde el nacimiento a pesar de que habían sufrido un cierto distanciamiento reciente motivado por motivos de índole ideológica.

Y mientras galopaba como un poseso, clavando espuelas y forzando un caballo tras otro, no podía dejar de repetirse entre dientes como un mantra mientras las lágrimas le ardían en las mejillas: Bastardo, maldito, no te mueras, por Dios, no te mueras...

Casi al anochecer, por fin divisó los muros de la capital y forzó aún más al caballo. Éste, reventado, sufrió un desfallecimiento cuando el hermano del Rey salto y se abalanzó sobre las puertas del Palacio Real, evitando a los guardias.

Zeian, en su carrera frenética para despedirse de Yvste, apartaba sin remilgos a los guardias que intentaban impedirle el paso, lo que motivaba improperios y juramentos hasta que el infante era reconocido. Por fin llegó a los aposentos reales e irrumpió en la cámara y allí, ahora sí, exhausto, se dirigio a abrazar a su cuñada, sobrinos y demás familiares.
No pude llegar antes...-susurró a Rose y volviéndose hacia su hermano, yacente en el lecho de muerte, comprendió y preguntó con los ojos arrasados en lágrimas: ¿está...?

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